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Full text of "El corto verano de la anarquia"

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El Corto Verano 

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Hans Magnus Enzensberger 
El Corto Verano de la Anarquía 
( Vida y muerte de Durruti ) 
2006 Ediciones HL 



Se recomienda I a reproducción 
total oparcial deestetexto 

difunde I ibr emente 

Contacto: 

hormigalibertari@yahoo.com 

hormigalibertaria.blogspot.com 

www.espora.org/hormigalibertaria 



Ediciones HL 



El corto verano de la Anarquía 
(Vida y Muerte de Durruti) 




H.M. 
Enzensberger 



Nota de los traductores 

Al realizar la traducción de esta obra hemos tenido en cuenta que gran 
parte del libro se compone a su vez de traducciones libres de textos de 
escritores españoles. 

Los textos incluidos en la novela (en alemán) proceden del español, 
francés, inglés y alemán, y pueden dividirse del siguiente modo: 

1. Textos traducidos literalmente (al alemán). Son muy escasos. 

2. Textos parafraseados, traducidos libremente o reelaborados por el 
autor (en alemán). Constituyen la inmensa mayoría. 

3. Los textos procedentes del alemán son escasos. En ocasiones han 
sido reproducidos directamente, y otras veces han sido reestructurados por el 
autor. 

4. Textos del autor (comentarios). 

Hemos traducido siempre directamente del alemán. Las fuentes en 
español, francés e inglés han servido únicamente como ayuda secundaria. 
Agradecemos la colaboración del doctor Hans Magnus Enzensberger, quien 
nos suministró parte de las fuentes y nos expuso su punto de vista con 
respecto a la traducción. Damos las gracias también al señor Ignacio Vidal, 
quien nos envió otra parte de las fuentes desde Barcelona. 

Nos hemos esforzado por conservar el estilo del autor. Dada la diversidad 
y el carácter fragmentario de los textos traducidos (por el autor), hemos 
procurado realizar nuestra traducción (al español) en el lenguaje más claro y 
preciso posible. Los textos, al ser extraídos del contexto del libro, la 
entrevista, la revista o el periódico donde se hallaban insertados, exigen una 
transmisión exacta y altamente expresiva. De este modo se han evitado 
posibles ambigüedades. Al mismo tiempo, debemos señalar que el carácter 
fragmentario de los textos está compensado ampliamente por la unidad 
estructural de la obra en su conjunto. Existe una continuidad dramática, 
temática y rítmica en el ordenamiento consecutivo de los fragmentos 
seleccionados. Esta continuidad y estructura originales logradas por el autor 
justifican plenamente la inclusión de El corto verano de la anarquía dentro 
de un género novelístico de nuevo tipo. Las fuentes han suministrado la 
materia para la concepción de una obra cuya originalidad reside en el trabajo 
selectivo, la reelaboración de las fuentes y la organización armónica de las 
partes. Los comentarios del autor son un contrapunto reflexivo, una pausa de 
meditación histórica en medio de la multiplicidad, la rapidez y la violencia 
de la acción. 

La novela de Durruti es un documento fundamental para la compresión 
del anarquismo en general y del anarquismo español en particular. A través 
del libro se revela claramente la sorprendente magnitud y profundidad que 
tuvo el anarquismo en España. 



Julio Forcat 



Prólogo 
Los funerales 

El cadáver llegó a Barcelona tarde por la noche. Había llovido todo el día, 
y los coches que escoltaban el féretro estaban llenos de barro. La bandera 
rojinegra que cubría el coche fúnebre estaba sucia. En la casa de los 
anarquistas, que antes de la revolución había sido la sede de la Cámara de 
Industria y Comercio, ' los preparativos ya habían comenzado el día anterior. 
El vestíbulo había sido transformado en capilla ardiente. Como por milagro, 
todo se había hecho a tiempo. La ornamentación era simple, sin pompa ni 
detalles artísticos. De las paredes colgaban paños rojos y negros, un 
baldaquín del mismo color, algunos candelabros, flores y coronas: eso era 
todo. Sobre las dos puertas laterales, por donde debía pasar la multitud en 
duelo, se había colocado, a la usanza española, grandes letreros donde se 
leía: «Durruti os dice que entréis» y «Durruti os dice que salgáis». 

Unos milicianos vigilaban el féretro, con los fusiles en posición de 
descanso. Después, los hombres que habían venido con el ataúd desde 
Madrid, lo condujeron a la casa. A nadie se le había ocurrido abrir los 
grandes batientes del portal, y los portadores del féretro tuvieron que 
estrecharse al pasar por una pequeña puerta lateral. Les había costado abrirse 
paso a través de la multitud que se agolpaba ante la casa. Desde las galerías 
del vestíbulo, que no habían sido decoradas, miraban unos curiosos. El 
ambiente era de expectativa, como en un teatro. La gente fumaba. Algunos 
se quitaban la gorra, a otros no se les ocurría hacerla. Había mucho ruido. 
Algunos milicianos, que venían del frente, eran saludados por sus amigos. 
Los centinelas trataban de hacer retroceder a los presentes. También esto 
causaba ruido. El hombre encargado de la ceremonia daba indicaciones. 
Alguien tropezó y cayó sobre una corona. Uno de los que llevaban el ataúd 
encendió cuidadosamente su pipa, mientras la tapa del féretro era levantada. 
El rostro de Durruti yacía sobre seda blanca, bajo un vidrio. Tenía la cabeza 
envuelta en una bufanda blanca que le daba aspecto de árabe. 

Era una escena trágica y grotesca a la vez. Parecía un aguafuerte de Goya. 
La describo tal como la vi, para que se pueda entrever lo que conmueve a los 
españoles. La muerte, en España, es como un amigo, un compañero, un 
obrero que se conoce en el campo o el taller. Nadie se alborota cuando 
viene. Se quiere a los amigos, pero no se los importuna. Se los deja ir y venir 
como quieran. Quizá sea el viejo fatalismo de los moros que reaparece aquí, 
después de encubrirse durante siglos bajo los rituales de la Iglesia católica. 

Durruti era un amigo. Tenía muchos amigos. Se había convertido en el 
ídolo de todo un pueblo. Era muy querido, y de corazón. Todos los allí 
presentes en esa hora lamentaban su pérdida y le ofrendaban su afecto. Y sin 
embargo, aparte de su compañera, una francesa, sólo vi llorar a una persona: 
una vieja criada que había trabajado en esa casa cuando todavía iban y 
venían por allí los industriales, y que probablemente nunca lo había 
conocido personalmente. Los demás sentían su muerte como una pérdida 
atroz e irreparable, pero expresaban sus sentimientos con sencillez. Callarse, 



1 Se trata del llamado Fomento Nacional del Trabajo. (N. de los T.) 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 7 

quitarse la gorra y apagar los cigarrillos era para ellos tan extraordinario 
como santiguarse o echar agua bendita. 

Miles de personas desfilaron ante el ataúd de Durruti durante la noche. 
Esperaron bajo la lluvia, en largas filas. Su amigo y su líder habían muerto. 
No me atrevería a decir hasta qué punto era dolor y hasta qué punto 
curiosidad. Pero estoy seguro de que un sentimiento les era completamente 
ajeno: el respeto ante la muerte. 

El entierro se llevó a cabo al día siguiente por la mañana. Desde el 
principio fue evidente que la bala que había matado a Durruti había 
alcanzado también al corazón de Barcelona. Se calcula que uno de cada 
cuatro habitantes de la ciudad había acompañado su féretro, sin contar las 
masas que flanqueaban las calles, miraban por las ventanas y ocupaban las 
azoteas e incluso los árboles de las Ramblas. Todos los partidos y 
organizaciones sindicales, sin distinción, habían convocado a sus miembros. 
Al lado de las banderas de los anarquistas flameaban sobre la multitud los 
colores de todos los grupos antifascistas de España. Era un espectáculo 
grandioso, imponente y extravagante; nadie había guiado, organizado ni 
ordenado a esas masas. Nada salía de acuerdo con lo planeado. Reinaba un 
caos inaudito. 

El comienzo del funeral había sido fijado para las diez. Ya una hora antes 
era imposible acercarse a la casa del Comité Regional Anarquista. Nadie 
había pensado en bloquear el camino que el cortejo fúnebre recorría. Los 
obreros de todas las fábricas de Barcelona se habían congregado, se 
entreveraban y se impedían mutuamente el paso. El escuadrón de caballería 
y la escolta motorizada que debían haber encabezado el cortejo fúnebre, se 
hallaban totalmente bloqueados, estrujados por la muchedumbre de 
trabajadores. Por todas partes se veían coches cubiertos de coronas, 
atascados e imposibilitados de avanzar o retroceder. Con un esfuerzo 
mayúsculo se logró allanar el camino para que los ministros pudieran llegar 
hasta el féretro. 

A las diez y media, el ataúd de Durruti, cubierto con una bandera 
rojinegra, salió de la casa de los anarquistas llevado en hombros por los 
milicianos de su columna. Las masas dieron el último saludo con el puño en 
alto. Entonaron el himno anarquista Hijos del pueblo. Se despertó una gran 
emoción. Por alguna razón, o por error, se había hecho venir a dos 
orquestas: una tocaba muy bajo, y la otra muy alto. No lograban tocar al 
mismo compás. Las motocicletas rugían, los coches tocaban la bocina, los 
oficiales de las milicias hacían señales con sus silbatos, y los portadores del 
féretro no podían avanzar. Era imposible organizar el paso de una comitiva 
en medio de ese tumulto. Ambas orquestas volvieron a ejecutar la misma 
canción una y otra vez. Ya habían renunciado a mantener el mismo ritmo. Se 
escuchaban los tonos, pero la melodía era irreconocible. Los puños seguían 
en alto. Por último cesó la música, descendieron los puños y se volvió a 
escuchar el estruendo de la muchedumbre en cuyo seno, sobre los hombros 
de sus compañeros, reposaba Durruti. 

Pasó por lo menos media hora antes de que se despejara la calle para que 
la comitiva pudiera iniciar su marcha. Transcurrieron varias horas hasta que 
llegó a la plaza Cataluña, situada sólo a unos centenares de metros de allí. 



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H . M . E nzensberger 



Los jinetes del escuadrón se abrieron paso, cada uno por su lado. Los 
músicos, dispersados entre la multitud, trataron de volver a reunirse. Los 
coches que habían errado el camino dieron marcha atrás para encontrar una 
salida. Los automóviles cargados de coronas dieron un rodeo por calles 
laterales para incorporarse por cualquier parte al cortejo fúnebre. Todos 
gritaban a más no poder. 

No, no eran las exequias de un rey, era un sepelio organizado por el 
pueblo. Nadie daba órdenes, todo ocurría espontáneamente. Reinaba lo 
imprevisible. Era simplemente un funeral anarquista, y allí residía su 
majestad. Tenía aspectos extravagantes, pero en ningún momento perdía su 
grandeza extraña y lúgubre. 

Los discursos fúnebres se pronunciaron al pie de la columna de Colón, no 
muy lejos del sitio donde una vez había luchado y caído a su lado el mejor 
amigo de Durruti. 

García Oliver, el único superviviente de los compañeros, habló como 
amigo, como anarquista y como ministro de Justicia de la República 
española. 

Después tomó la palabra el cónsul ruso. Concluyó su discurso, que había 
pronunciado en catalán, con el lema: «¡Muerte al fascismo!» El presidente 
de la Generalitat, Companys, habló al final: «¡Compañeros!», comenzó, y 
terminó con la consigna: «¡Adelante!» 

Se había dispuesto que la comitiva fúnebre se disolviera después de los 
discursos. Sólo algunos amigos de Durruti debían acompañar el coche 
fúnebre al cementerio. Pero este programa no pudo cumplirse. Las masas no 
se movieron de su sitio; ya habían ocupado el cementerio, y el camino hacia 
la tumba estaba bloqueado. Era difícil avanzar, pues, para colmo, miles de 
coronas habían vuelto intransitables las alamedas del cementerio. 

Caía la noche. Comenzó a llover otra vez. Pronto la lluvia se hizo 
torrencial y el cementerio se convirtió en un pantano donde se ahogaban las 
coronas. En el último momento se decidió postergar el sepelio. Los 
portadores del féretro regresaron de la tumba y condujeron su carga a la 
capilla ardiente. 

Durruti fue enterrado al día siguiente. 

H. E. Kaminski 



Primer Comentario 
La historia como ficción colectiva 

«Ningún escritor se habría arriesgado escribir la historia de su vida; se 
parecía demasiado a una novela de aventuras.» A esta conclusión llegó ya en 
1931 Ilya Ehrenburg al conocer personalmente a Buenaventura Durruti, y 
enseguida puso manos a la obra. En pocas palabras formuló su opinión sobre 
Durruti: «Este obrero metalúrgico había luchado por la revolución desde 
muy joven. Había participado en luchas de barricadas, asaltado bancos, 
arrojado bombas y secuestrado jueces. Había sido condenado a muerte tres 
veces: en España, en Chile y en Argentina. Había pasado por innumerables 
cárceles y había sido expulsado de ocho países.» Y así sucesivamente. El 
rechazo de la «novela de aventuras» revela el antiguo temor del narrador a 
ser tomado por mentiroso, y eso precisamente cuando éste ha dejado de 
inventar y se atiene en cambio estrictamente a la «realidad». Al menos esta 
vez quisiera que le creyeran. Entonces se vuelve contra él la desconfianza 
que hacia sí mismo había despertado a través de su obra: «No se cree nunca 
al que mintió una vez.» Así, para escribir la historia de Durruti, el escritor 
tiene que renegar de su condición de narrador. En definitiva, su renuncia a la 
ficción oculta también el lamento de no saber nada más sobre Durruti, de 
comprender que de la novela prohibida sólo queda el vago eco de 
conversaciones en un café español. 

Sin embargo, no logra silenciar ni escamotear por completo lo que le han 
contado. Los relatos que ha escuchado se apoderan de él y lo convierten en 
un mero repetidor. ¿Pero quiénes han sido los relatores? Ehrenburg no cita 
sus fuentes. Sus pocas sentencias captan un producto colectivo, una 
algarabía de voces. Hablan personajes anónimos y desconocidos: una voz 
colectiva. Las declaraciones anónimas y contradictorias se combinan y 
adquieren un nuevo carácter: de las narraciones surge la historia. Así ha sido 
transmitida la historia desde los tiempos más antiguos: como leyenda, 
epopeya o novela colectiva. 

La historia como ciencia nace justo cuando nos independizamos de la 
tradición oral, cuando aparecen los «documentos»: expedientes 
diplomáticos, tratados, actas y legajos. Pero nadie recuerda la historia de los 
historiadores. La aversión que sentimos hacia ella es irresistible, y parece 
infranqueable. Todos la han sentido en las horas de clase. Para el pueblo la 
historia es y seguirá siendo un haz de relatos. La historia es algo que uno 
recuerda y puede contar una y otra vez: la repetición de un relato. En esas 
circunstancias la tradición oral no retrocede ante la leyenda, la trivialidad o 
el error, con tal que éstos vayan unidos a una representación concreta de las 
luchas del pasado. De ahí la notoria impotencia de la ciencia ante los pliegos 
de aleluyas 1 y la divulgación de rumores. «Eso sostengo, no puedo 
remediarlo.»" «y sin embargo se mueve.» Ninguna demostración en contra 



1 Narración profusamente ilustrada en colores, con cortos textos versificados, para la 
difusión de temas religiosos y políticos, que aparece en Europa en el siglo XIII 
(especie de cómics medievales). (N. de los T.) 

2 Supuestas palabras de Lutero al negarse a retractarse ante la Dieta de Worms en 
1521. 



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podría borrar el efecto de esas palabras, aunque se probara que nunca fueron 
dichas. La Comuna de París y el asalto al Palacio de Invierno, Dantón ante 
la guillotina y Trotski en México: la imaginación popular ha participado más 
que cualquier ciencia en la elaboración de esas imágenes. 

Al fin y al cabo, la Gran Marcha china es para nosotros lo que se cuenta 
sobre la/Gran Marcha. La historia es una invención, y la realidad suministra 
los elementos de esa invención. Pero no es una invención arbitraria. El 
interés que suscita se basa en los intereses de quienes la cuentan; quienes la 
escuchan pueden reconocer y definir con mayor precisión sus propios 
intereses y el de sus enemigos. Mucho debemos a la investigación científica 
que se tiene por desinteresada; sin embargo ésta sigue siendo para nosotros 
un producto artificial, un Schlemihl. 3 Sólo el verdadero ser de la historia 
proyecta una sombra y la proyecta en forma de ficción colectiva. 

Así debe interpretarse la novela de Durruti: no como una biografía 
producto de una recopilación de hechos, y menos aún como reflexión 
científica. Su campo narrativo sobrepasa la mera semblanza de una persona. 
Abarca también el ambiente y el contacto con situaciones concretas, sin el 
cual este personaje sería imposible de imaginar. Él se define a través de su 
lucha. Así se manifiesta su «aura» social, de la que participan también, a la 
inversa, todas sus acciones, declaraciones e intervenciones. Todas las 
informaciones que poseemos sobre Durruti están bañadas de esa luz 
peculiar; es imposible ya distinguir entre aquello que puede ser atribuido 
estrictamente a su aura y aquello que sus comentaristas (incluso sus 
enemigos) le atribuyen en sus recuerdos. En cambio, el método narrativo 
permite ser precisado. Este método deriva de la persona descrita, y los 
problemas que plantea pueden caracterizarse del siguiente modo: se trata de 
reconstruir la existencia de un hombre que murió hace treinta y cinco años, y 
cuyos bienes relictos se reducían a «ropa interior para una muda, dos 
pistolas, unos prismáticos y gafas de sol». Éste era todo el inventario. Sus 
obras completas no existen. Las declaraciones que el difunto expresó por 
escrito son muy escasas. Sus acciones absorbieron por completo su vida. 
Eran acciones políticas, y en gran parte ilegales. Se trata de descubrir sus 
huellas, las cuales no son tan evidentes después de una generación. Esas 
huellas han sido obliteradas, desdibujadas y casi olvidadas. No obstante son 
numerosas, cuando no caóticas. Los fragmentos transmitidos por escrito 
están enterrados en archivos y bibliotecas. Pero existe también una tradición 
oral. Todavía viven muchas de las personas que lo conocieron; hace falta 
encontrarlas y preguntarles. El material que puede reunirse de este modo es 
de una desconcertante diversidad: la forma y el tono, los gestos y la 
autoridad varían a cada instante. La novela como collage incorpora 
reportajes y discursos, entrevistas y proclamas, se compone de cartas, relatos 
de viajes, anécdotas, octavillas, polémicas, noticias periodísticas, 
autobiografía, carteles y folletos propagandísticos. El carácter discordante de 
las formas revela una grieta que se prolonga a través de los mismos 
materiales. La reconstrucción se asemeja a un rompecabezas, cuyas piezas 



3 «Pedro Schlemihl, o el hombre que perdió su sombra»: cuento de Adalbert von 
Chamisso. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 11 

no encajan sin costura. Es ahí precisamente, en las grietas del cuadro, donde 
hay que detenerse. Quizá resida ahí la verdad de la que hablan, sin saberlo, 
los relatores. Lo más fácil sería hacerse el desentendido y afirmar que cada 
frase de este libro es un documento. Pero ésas serían palabras huecas. 
Apenas miramos con un poco de detenimiento, se deshace entre los dedos la 
autoridad que el «documento» parece poseer. ¿Quién habla? ¿Con qué 
propósito? ¿En interés de quién? ¿Qué trata de ocultar? ¿De qué quiere 
convencernos? ¿Hasta qué punto sabe en realidad? ¿Cuántos años han 
transcurrido entre el suceso narrado y el relato actual? ¿Qué ha olvidado el 
narrador? ¿Y cómo sabe lo que dice? ¿Cuenta lo que ha visto, o lo que cree 
haber visto? ¿Cuenta lo que alguien le ha contado? Estas preguntas nos 
llevan lejos, muy lejos, ya que su contestación nos obligaría, por cada 
testigo, a interrogar a otros cien; cada fase de ese examen nos alejaría 
progresivamente de la reconstrucción, y nos aproximaría a la destrucción de 
la historia. Al final habríamos liquidado lo que habíamos ido a buscar. No, 
la cuestionabilidad de las fuentes es un problema de principios, y sus 
diferencias no pueden resolverse con una crítica de las fuentes. Incluso la 
«mentira» contiene un elemento de la verdad, y la verdad de los hechos 
incontestables, suponiendo que ésta pueda hallarse, nada nos aportaría. Las 
ambiguas opalescencias de la tradición oral, su colectivo parpadeo, emana 
del movimiento dialéctico de la historia. Es la expresión estética de sus 
antagonismos. 

Quien tenga esto presente no cometerá muchos errores en su tarea de 
reconstructor. Él no es más que el último (o más bien, como ya veremos, el 
penúltimo) en una larga serie de relatos de algo que tal vez haya ocurrido de 
un modo, o tal vez de otro, de algo que en el transcurso de la narración se ha 
convertido en historia. Como todos los que le han precedido, también él 
querrá sacar a la luz y poner de relieve su interés. No es imparcial, e 
interviene en la narración. Su primera intervención consiste en elegir ésa y 
no otra historia. El interés que demuestra en esa búsqueda no aspira a ser 
completo. El narrador ha omitido, traducido, acortado y montado. 
Involuntaria o premeditadamente ha introducido su propia ficción en el 
conjunto de las ficciones, excepto que la suya tiene razón sólo en tanto 
tolere la razón de las otras. El reconstructor debe su autoridad a la 
ignorancia. Él no ha conocido a Durruti, no ha vivido en su época, no sabe 
más que los otros. Tampoco tiene la última palabra, puesto que la próxima 
persona que transformará su historia, ya sea que la rechace o la acepte, la 
olvide o la recuerde, la pase por alto o la repita, esa siguiente persona, la 
última por el momento, es el lector. También su libertad es limitada, pues lo 
que encuentra no es un mero «materia!», casualmente esparcido ante sí, con 
absoluta objetividad, untouched by human hands. 4 Al contrario. Todo lo que 
aquí está escrito ha pasado por muchas manos y denota los efectos del uso. 
En más de una ocasión esta novela ha sido escrita también por personas que 
no se mencionan al final del libro. El lector es una de ellas, la última que 
cuenta esta historia. «Ningún escritor se hubiese propuesto escribirla.» 



4 En inglés en el original: «No tocado por manos humanas.» (N. de los T.) 



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H . M . E nzensberger 



Balas Perdidas 
Dos aspectos de una ciudad 

León, obispado y capital de la provincia homónima, está situada sobre una 
colina a 851 metros sobre el nivel del mar, en la confluencia de los ríos 
Torio y Bernesga, de donde nace el río León. Población: 15.580 habitantes 
(1900). Por la ciudad pasa el tren rápido Madrid-Oviedo. El barrio antiguo, 
con la catedral y otros edificios medievales, está rodeado por las murallas de 
la ciudad; éste no ha perdido sus aspectos característicos, a pesar de la 
renovación arquitectónica que se produjo en la segunda mitad del siglo XIX. 
En la misma época se formaron, fuera de los muros de la ciudad, nuevos 
suburbios donde habitan los obreros industriales, atraídos por el 
establecimiento de una fundición, una fábrica de material ferroviario, una 
industria química y una fábrica de artículos de cuero. Así, León está 
formada por dos ciudades: una antigua y clerical, y otra nueva e industrial. 

[Encyclopaedia britannica] 

El barrio de Santa Ana, donde nació Durruti, se compone de casas viejas y 
pequeñas. Es un barrio proletario. Su padre era ferroviario, y casi todos sus 
hermanos trabajaron para el ferrocarril, al igual que Durruti. 

El ambiente social de la ciudad estaba poderosamente influido por la 
presencia del obispado. Éste sofocaba toda idea y acción que disgustara al 
clero. En resumen, León era un baluarte de la vieja España clerical y 
monárquica. Casi no había industrias. Los habitantes se conocían entre sí. 
Una fuerte guarnición, varias brigadas de la Guardia Civil, numerosos 
claustros, una catedral, un palacio episcopal, una escuela normal de 
maestros, una escuela de veterinaria y una poderosa pequeña burguesía 
defensora de la calma y el orden: eso era todo. Este ambiente no toleraba 
ninguna opinión divergente o temperamento contradictorio. La única 
solución era emigrar. Una persona como Durruti nunca habría hallado su 
sitio en León, al menos en el León de nuestra juventud, que consideraba 
como extremistas y elementos escandalosos a los pocos republicanos tibios e 
inofensivos de entonces. 

[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN] 

Informaciones de una hermana 

1. Buenaventura Durruti nació en León el 14 de julio de 1896. 

2. Hermanos: ocho, de los cuales siete hermanos y una hermana. En 
1969 vivían todavía dos hermanos y la hermana. 

3. Profesión: mecánico. 

4) Antecedentes personales: a los cinco años ingresó en la escuela 
primaria de León. Siempre fue un buen alumno. Inteligente, un poco 
travieso, pero de buen carácter. Asistió a la escuela dominical de los padres 
capuchinos de León, donde obtuvo varias distinciones y diplomas que mi 
madre ha conservado cuidadosamente. 

Desde 1910 hasta 1911 trabajó en el taller del señor Melchor Martínez, 
por un jornal de 25 céntimos. Me acuerdo que no estaba satisfecho, porque 
el sueldo le parecía muy poco. Mi madre no compartía su opinión. 
Consideraba que el salario era suficiente y le decía que allí aprendería una 
profesión útil que le permitiría independizarse. Por aquel entonces él asistía 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 13 

a la escuela nocturna. Su tiempo libre lo empleaba casi siempre en leer y 
estudiar. Después ingresó en la fundición del señor Antonio Miaja. Allí 
trabajó hasta 1916. Luego se presentó a un examen práctico en la compañía 
ferroviaria del norte de España y obtuvo allí un puesto de mecánico en 1916. 
Después de la huelga de 1917 fue despedido. Se marchó de España y viajó a 
París, donde permaneció hasta 1920. Después regresó Y trabajó en el 
montaje del lavadero de carbón de la mina de Matallana de Torio, en la 
provincia de León. Al llegar a la edad reglamentaria para cumplir el servicio 
militar, se encontraba de nuevo en París. Fue inscrito en la lista de reclutas 
prófugos y al regresar a España fue arrestado en San Sebastián. Como era 
grande y fuerte, lo destinaron a la artillería de plaza, pero debido a una 
hernia fue declarado inepto para el servicio militar y dado de baja. 

5) Observaciones: su juventud estuvo llena de dificultades y sufrimientos, 
así como también los años posteriores. Sus relaciones con la familia eran 
excelentes. Por ejemplo, les decía a sus hermanos que buscaran un trabajo 
decente y que no se metieran en pleitos, para que su madre tuviera una vida 
tranquila. Siempre le tuvo mucho cariño a su madre, una mezcla de gran 
respeto y profunda veneración. En casa nunca habló de su ideología. Yo y 
mi madre gozamos siempre de la consideración y la simpatía de los 
habitantes de León, sin distinción de clases sociales, incluso después de la 
Guerra Civil. 

Mi padre era ferroviario de profesión. Tenía un puesto en el taller de 
reparaciones de León. Murió en 1931. Mi madre falleció en 1968, a los 
noventa y un años. También mi padre era muy estimado en la ciudad. Bajo 
la dictadura de Primo de Rivera fue adjunto del concejo superior durante la 
alcaldía del señor Raimundo del Río. 

[ROSA DURRUTI] 

El amigo de la escuela 

Durruti y yo hemos sido amigos de la infancia, hemos sido compañeros y 
hemos sido hermanos, ¿me comprendéis? Apenas habíamos dejado de 
mamar, mucho antes de ir a la escuela. Eramos vecinos. Mi madre murió 
muy joven, yo tendría entonces siete u ocho años, y la madre de Durruti me 
alojó en su casa; con ellos estaba como en mi propia casa. 

Y creo que ella le dijo a Pepe, porque para nosotros era siempre Pepe, 
simplemente Pepe, Pepe Durruti; le debió decir: El Florentino ahora no tiene 
madre. Quizá sea por eso me quiso tanto, más que a un mero compañero de 
juegos, más bien como a un hermano, era como un hermano para él. 

En la escuela Durruti era muy aplicado, estudiaba mucho. Ya éramos un 
poco mayores, y un día el maestro llamó a su madre y le dijo: «Su hijo ya no 
aprende nada nuevo aquí, pierde el tiempo. Si me permite, yo considero que 
tiene cualidades para estudiar otras cosas, es muy inteligente.» 

Pero no estudió; prefería trabajar. Además, ¿sabéis qué clase de niños 
éramos? Eramos balas perdidas. Los vecinos decían que éramos 
incorregibles, que no había esperanza, que de nosotros no saldría nada 
bueno, que éramos unos degenerados, bandidos o algo así. 

¿Por qué lo decían? Lo decían porque nosotros íbamos a las huertas, sobre 
todo Durruti, que siempre quería repartirlo todo. Hasta que un día el dueño 



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H . M . E nzensberger 



de una gran finca, allí mismo en León, nos pilló y nos dijo: «¡Oye, tú [nos 
tuteaba], tú, fuera - de ahí!» Y Durruti me dijo: «Mira a este tío.» Y él: «¿No 
habéis oído?» Y Durruti le contestó: «Sí, hemos oído.» Y él: «¡Anda, 
corre!» Durruti le respondió: «No tengo prisa.» Y dijo el dueño: «¡La finca 
es mía!» Y Durruti le preguntó: «¿Y dónde está la mía? ¿Por qué no tengo 
ninguna?» «¡Los vaya apalear!» «Haga la prueba y verá lo que le pasa.» Así 
recogíamos las frutas, yo, él y algunos otros. Pero casi siempre las 
regalábamos, nos gustaba hacerla. Durruti no podía hacer de otro modo, 
siempre lo distribuía todo. 

Durruti nunca siguió estudios superiores. ¿Qué podía hacer? Por aquel 
entonces nos mandaban a trabajar a los catorce años para ayudar a la familia 
con un poco de dinero. 

Su padre trabajaba en los ferrocarriles del Norte, y así pudo acomodar a su 
hijo en los ferrocarriles, a los dieciséis o diecisiete años. En aquel tiempo 
aquello era una bicoca. Porque representaba un jornal seguro, un trabajo 
seguro, y de mecánico. 

Antes de entrar en el ferrocarril, había estado en otros talleres de León; a 
los catorce años trabajó en el taller de Miaja, donde conoció por primera vez 
a los obreros asturianos. También ellos hablaban de cuestiones sociales, y 
Durruti los escuchaba con atención, porque se daba cuenta de las injusticias. 
Estos trabajadores venían de muy lejos, de Asturias, y cuando querían comer 
alguna vez con su mujer y sus hijos, en su casa, tenían que ir y volver a pie 
el fin de semana. 

[FLORENTINO MONROY] 

La huelga general 

Luego vino la gran huelga general de 1917. La huelga se extendió por 
toda España. Nosotros ya pertenecíamos al sindicato socialista de León; no 
había otro por aquella época. 

Fuimos los primeros en activar la situación para que el sindicato no se 
empantanara. Siempre decían que la única solución era votar. No, hombre, 
decíamos nosotros, que hay que buscar otros procedimientos. 

Al estallar la huelga de 1917 teníamos diecisiete años. ¿Vio lenta? ¡Ya lo 
creo que fue violenta! Nosotros provocamos es; violencia. El gobierno nos 
echó encima al ejército. La huelga se declaró una noche, y comenzó a 
medianoche. La Guardia Civil estaba por todas partes para intimidar a los 
obreros que se plegaban a la huelga. Pero nosotros nos habíamos puesto de 
acuerdo para impedir que la huelga fracasara. Teníamos algunas armas, nada 
extraordinario, pero lo suficiente para darles un susto a los soldados. Ellos 
habían ocupado la estación. La estación estaba al otro lado del río, viniendo 
desde la ciudad. Era de noche, vimos relucir las monturas de los soldados, y 
enseguida se armó: ¡Bang! ¡Bing-bang! ¡Bing-bang! Era casi una pequeña 
guerra, nos divertimos bastante. 

Pronto tuvimos a la Guardia Civil detrás. No podíamos hacer nada con 
nuestros pequeños revólveres. En el centro del León elegimos unos postes 
de alta tensión, altísimos y muy bien situados, con los árboles alrededor. Nos 
subimos a los Pilones con las gorras y los bolsillos llenos de piedras, nos 
escondimos bien, y desde arriba se las tiramos a los policías. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 15 

Los guardias civiles estaban locos, no sabían de dónde venían las piedras. 
Al chocar éstas contra el empedrado saltaban chispas en la oscuridad. 
Piedras por todos lados. Los policías cargaron con los caballos contra la 
gente. A nosotros no nos pescaron. 

No fue nada extraordinario, pero estuvo bien, porque la gente comprendió 
que con la lucha pacífica no se conseguía nada, y poco a poco se creó un 
ambiente revolucionario, parecido al que más tarde se extendió en todo el 
país a través de la CNT. 

Claro, ya por aquel entonces era Durruti quien dirigía estos combates. 

[FLORENTINO MONROY] 

Los sindicatos 

A raíz de la huelga general de 1917 el sindicato ferroviario expulsó a 
Durruti y a algunos de sus compañeros. Este sindicato era una institución 
controlada y manipulada por los socialdemócratas. Durruti y sus 
compañeros habían tomado la huelga demasiado en serio, sin comprender, 
en su entusiasmo juvenil, que todo el movimiento huelguístico no era más 
que un ardid de los grandes jerifaltes. Largo Caballero, Besteiro, Anguíano y 
Saborit, los dirigentes socialdemócratas, habían fraguado la huelga con el 
único propósito de entregar a la patronal ferroviaria, atados de pies y manos, 
a los obreros cuyas acciones habían escapado por un instante a su control. 

Esta artera maniobra, y la comedia de su persecución policial, no sólo les 
valió a los burócratas sindicales algunos mandatos en el parlamento, sino 
que de este modo lograron también expulsar a los anarquistas del sindicato 
ferroviario. En el curso de una asamblea los anarquistas habían atacado la 
táctica reformista y la influencia dominante del partido socialdemócrata y 
habían luchado por una orientación abiertamente revolucionaria del 
sindicato. 

Durruti era uno de los más rebeldes y militantes entre ellos. Él y sus 
compañeros se negaron a capitular ante los empresarios; por el contrario, su 
grupo, al igual que muchos otros, respondió con el sabotaje en gran escala. 
Quemaron locomotoras, arrancaron rieles, incendiaron depósitos y galpones, 
y así por el estilo. Esta táctica tuvo mucho éxito, y muchos obreros la 
adoptaron. Pero cuando las acciones de sabotaje se extendieron, los 
socialistas levantaron la huelga. 

Muchos organizadores de la huelga, entre ellos Durruti, perdieron sus 
empleos. El sindicato de los anarquistas, la Confederación Nacional del 
Trabajo, comenzó a crecer. Un gran sector del proletariado español 
simpatizó con ella y se afilió. Durruti se dirigió al distrito minero asturiano, 
baluarte de los socialdemócratas, y allí luchó contra los dirigentes sindicales 
reformistas y neutrales, y a favor de la línea anarquista de la CNT. Lo 
pusieron en la lista negra, perdió de nuevo su empleo, y tuvo que emigrar a 
Francia. 

[V. DE ROL] 

Yo familiaricé a Ascaso y Durruti con los principios del anarquismo. La 
primera vez que vi a Durruti me pareció muy tímido. Todavía no tenía ideas 
propias. Venía de León, y se presentó en nuestro sindicato en San Sebastián. 
Quería trabajar como mecánico, y lo enviamos a una fábrica. Pocos días 



16 



H . M . E nzensberger 



después regresó, quejándose de que allí el sindicato no tenía valor para 
imponerse a la patronal. Él quería encargarse de ello, si el sindicato se lo 
permitía. El sindicato no estuvo de acuerdo, porque debido a su debilidad no 
podía ni siquiera emprender nada todavía, y le advirtió a Durruti que no se 
sacrificara. A raíz de ello Durruti abandonó su puesto. Fue en San Sebastián 
donde comenzó a asimilar nuestras ideas, de un modo más bien intuitivo. 
Así empezó Durruti... 

[MANUEL BUENACASA] 

El primer exilio 

Luego fue a París y allí trabajó como ajustador. Creo que la fábrica se 
llamaba Berliet o Breguet. No vino solo, lo acompañaban otros compañeros 
de León, entre ellos uno que llamábamos «Todo va bien», a quien mataron 
los fascistas después. 

Aprendieron mucho en Francia. Cuando regresaron a España sabían al 
dedillo la teoría de la lucha de clases. Esto le gustó a Durruti, era algo que 
cuajaba perfectamente con su temperamento y su manera de ver el porvenir. 

Durruti fue uno de los discípulos de los anarcosindicalistas franceses, y 
aprendió en París, sobre el terreno. 

[FLORENTINO MONROY] 

En París trabajó tres años de mecánico. Sus amigos españoles le escribían 
informándole de la situación política y social de nuestro país. Le decían que 
el movimiento anarquista español adquiría cada vez más amplitud; que la 
CNT agrupaba ya a un millón de trabajadores; que los republicanos estaban 
dispuestos a sublevarse; que la caída de la monarquía se consideraba 
inminente; que el gobierno y la burguesía estaban organizando bandas de 
matones, los llamados «pistoleros», para eliminar a los militantes más 
destacados del anarquismo, de la CNT y del republicanismo de izquierda. 
Estas noticias inquietaron al revolucionario Durruti. Cruzó clandestinamente 
la frontera francesa y volvió a España. En San Sebastián se incorporó a los 
grupos militantes anarquistas que conspiraban contra la monarquía. Allí se 
encontró con Francisco Ascaso, Gregorio Jover y García Oliver. 

[ALEJANDRO GILABERT] 

Mr. Davis del Clavel Blanco 

Nunca me olvidaré de la vez que Durruti vino a Matallana del Torio; 
habrá sido en 1920. Este pueblo está situado en el norte de la provincia de 
León. Él trabajaba allí como mecánico en la Compañía Minera Angla- 
Hispana. En este pueblo minero de la montaña existía un movimiento obrero 
organizado, de tendencia socialista. Cuando llegó había estallado justamente 
un conflicto laboral, y lo nombraron miembro del comité de huelga. 

Yo vine al pueblo de la mano de mi padre, que era anarquista y había 
agitado a los trabajadores. Durruti se subió a un muro y arengó a la multitud. 
Los obreros decidieron ir a la gerencia de la fábrica. Al llegar la comitiva a 
las oficinas de la sociedad minera, el gerente, un ingeniero inglés llamado 
Davis, creo, se negó a recibir a la delegación de huelguistas. 

Mr. Davis era un señor delicado, siempre muy elegantemente vestido, con 
un clavel blanco en el ojal, un poco enfermizo, creo que sufría de 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 17 

tuberculosis. Él había oído hablar de Durruti, tal vez tenía miedo; lo cierto 
es que anunció, por medio del ordenanza que estaba en la puerta, que no 
podía hablar con nadie. 

Durruti se dirigió al ordenanza, que estaba armado, y le dijo: «Salude de 
mi parte a Mr. Davis, y dígale que si no quiere salir por la puerta iré a 
buscado y saldrá volando por la ventana a la calle, adonde estamos 
nosotros.» 

Unos minutos más tarde apareció en la puerta Mr. Davis e hizo pasar a su 
oficina al comité de huelga, muy amablemente. Hubo una larga discusión. 
Las reclamaciones de los obreros fueron satisfechas, y la huelga terminó con 
una victoria. Unos días después vino la policía con una orden de detención 
contra Durruti. Pero él ya se había esfumado. 

[JULIO PATÁN] 

Dinamita 

Su temperamento inquieto y curioso y sus deseos de lucha lo llevaron 
hasta La Coruña, Bilbao, Santander y muchas otras ciudades del norte. Al 
regresar de uno de esos viajes, Durruti notó un movimiento inusitado ante el 
modesto hospedaje que habitaba. La policía había rodeado la casa, y Durruti 
se mantuvo a distancia. Sus precauciones eran fundadas, porque ya había 
comenzado a aplicarse entonces la tristemente célebre «ley de fugas» que 
costaría la vida a tantos obreros. 

En San Sebastián estaba a punto de inaugurarse un lujoso local, llamado 
Gran Kursaal, que serviría como cabaret y casino. La pareja real y la crema 
de la aristocracia española, que solían venir en verano a San Sebastián, 
participarían en la fiesta. La policía descubrió un túnel en los cimientos del 
edificio. Este hecho fue atribuido de inmediato a los anarquistas, los cuales, 
presuntamente, se proponían hacer volar por los aires el Kursaal el día de su 
inauguración, en presencia del rey, los ministros y otros peces gordos. Para 
la policía nunca había sido un problema acusar de supuestos delitos a sus 
víctimas. Esta vez eligieron como chivo expiatorio a Durruti y a dos de sus 
compañeros, que habían trabajado como carpinteros en la construcción del 
casino. La policía acusó a los tres de haber excavado el túnel por la noche. 
Durruti, como mecánico, habría montado la máquina infernal y conseguido 
una gran carga de dinamita, supuestamente de las minas de Asturias y 
Bilbao, donde tenía tantos amigos. 

En Barcelona la policía asesinó a dos carpinteros, dos compañeros 
llamados Gregario Suberviela y Teodoro Arrarte. Durruti logró escapar a 
Francia. Las autoridades españolas pidieron su expulsión en caso de que 
fuera hallado. Así comenzaron las primeras calumnias contra él. Se le quería 
hacer pasar por un delincuente común. Esta campaña se intensificó a medida 
que él prosiguió sus actividades revolucionarias, a pesar de las 
persecuciones. 

[V. DE ROL] 

Antes de ser anarquista, Durruti ya era un rebelde. Buenacasa, el dirigente 
del movimiento en Cataluña, le indicó Barcelona como el único lugar de 
España donde podría vivir, porque «sólo en Barcelona existía una conciencia 
proletaria». Y así se encaminó a Barcelona el arriscado mozo leonés que en 



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Gijón y en Rentería armaba conflictos por su cuenta y llamaba a sus 
compañeros de trabajo «borregos» por aceptar las condiciones laborales de 
la época. 

[MANUEL BUENACASA, Crónica] 



Segundo comentario 
Orígenes del anarquismo español 

Un día de octubre de 1 868 llegó a Madrid Giuseppe Fanelli, un italiano. 
Tendría unos cuarenta años, era ingeniero de profesión, y tenía una espesa 
barba negra y ojos relampagueantes. Era alto, y manifestaba una serena 
determinación. En cuanto llegó, buscó una dirección que tenía anotada en su 
agenda: un café, donde se encontró con un pequeño grupo de obreros. La 
mayoría eran tipógrafos de pequeñas imprentas de la capital española. 

«Su voz tenía un tono metálico, y su expresión se adaptaba perfectamente 
a lo que decía. Cuando hablaba de los tiranos y explotadores su acento era 
iracundo y amenazante; cuando se refería a los sufrimientos de los 
oprimidos su tono expresaba alternativamente tristeza, dolor y aliento. Lo 
extraordinario del asunto era que no sabía hablar español; hablaba en 
francés, una lengua que algunos de nosotros sabíamos chapurrear al menos, 
o en italiano, en cuyo caso, dentro de lo posible, aprovechábamos las 
analogías que este idioma tiene con el nuestro. Sin embargo, sus 
pensamientos nos parecían tan convincentes, que cuando terminaba de 
hablar nos sentíamos embargados de entusiasmo. » Treinta y dos años 
después de la visita del italiano, el relator Anselmo Lorenzo, uno de los 
primeros anarquistas españoles, puede aún citar textualmente a Fanelli, el 
«apóstol», y todavía recuerda el estremecimiento que sentía cuando éste 
exclamaba: «¡Cosaorribile! ¡Spaventosa!» 

«Durante tres o cuatro noches Fanelli nos expuso su doctrina. Nos habló 
en el transcurso de paseos y en cafés. Nos dio también los estatutos de la 
Internacional, el programa de la alianza de socialistas democráticos y 
algunos ejemplares de La Campana, con artículos y conferencias de 
Bakunin. Antes de despedirse, nos pidió que nos sacáramos un retrato en 
grupo, donde él aparece en el centro.» 

Ninguno de sus oyentes sabía algo acerca de la organización que había 
enviado a Fanelli como emisario a España: la Asociación Internacional de 
Trabajadores (AIT). Fanelli era un discípulo de Bakunin, pertenecía al ala 
«antiautoritaria» de la Primera Internacional, y el mensaje que había traído a 
España era el del anarquismo. 

El éxito de esta doctrina revolucionaria fue inmediato y sensacional; ésta 
se extendió entre los trabajadores rurales e industriales del oeste y el sur de 
España como un fuego en la pradera. Ya en su primer congreso de 1 870 el 
movimiento obrero español se había declarado a favor de Bakunin y contra 
Marx, y dos años más tarde la Federación Anarquista reunió en su 
convención de Córdoba 45.000 miembros activos. Las insurrecciones 
campesinas de 1873, que se extendieron por toda Andalucía, estaban 
dirigidas sin duda por los anarquistas. España es el único país del mundo en 
el cual las teorías revolucionarias de Bakunin se convirtieron en un poder 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 19 

real. Los anarquistas mantuvieron hasta 1936 el control del movimiento 
obrero español; no sólo eran los más numerosos, sino también los más 
militantes. 

Estas circunstancias históricas excepcionales suscitaron una larga serie de 
conatos de interpretación. -Ninguno de éstos, aisladamente, cumplió lo 
prometido, y hasta ahora no existe ninguna explicación coherente elaborada 
según los principios de la economía política. De todos modos es posible 
determinar las condiciones bajo las cuales se desarrolló el anarquismo 
español; éstas permiten comprender al menos un proceso que ha resistido 
hasta ahora la explicación puramente económica. 

Hasta la Primera Guerra Mundial, España fue un país exclusivamente 
agrícola, con excepción de algunas regiones. Tan extremas y evidentes eran 
las diferencias de clase en esta sociedad, que puede hablarse de dos 
naciones, separadas entre sí por un abismo. La clase política que controlaba 
el aparato estatal, en estrecha coalición con el ejército y el clero, se 
componía en su mayor parte de latifundistas. Era una clase totalmente 
improductiva y corrupta, incapaz de cumplir el papel transitoriamente 
progresista que cumplió la burguesía en otros países de Europa occidental. 
Su existencia parasitaria se limitaba exclusivamente a la recaudación de 
rentas; no le interesaba desarrollar la potencia productiva a través de la 
expansión capitalista. Como consecuencia, la pequeña burguesía se había 
desarrollado muy poco. Con excepción de algunos artesanos pobres y 
pequeños comerciantes, el resto estaba integrado por lacayos de los 
«timoratos estatales», como los llama Marx, una burocracia superflua y mal 
pagada, que si bien no estaba completamente exenta de funciones, 
desempeñaba más un papel represivo que administrativo. 

La auténtica España, la inmensa mayoría del pueblo trabajador, vivía en el 
campo, y allí se disputaron las más importantes luchas de clase en suelo 
español hasta fines de siglo en adelante. Su desarrollo dependía íntimamente 
de la estructura agraria. Allí donde se conservaron relaciones medievales de 
propiedad y de producción, como en las provincias del norte, allí donde 
pueblos enteros de pequeños y medianos campesinos retuvieron sus tierras 
comunales de bosques y campos de pastoreo, allí donde el suelo era fecundo 
y suficientemente irrigado, sobrevivieron en orgulloso aislamiento 
anticuadas formas sociales, independientes casi por completo de la 
economía financiera. 

Sin embargo, en otras regiones, sobre todo en la costa de Levante y en 
Andalucía, la naciente burguesía propietaria se abrió paso violentamente a 
partir de 1836. En España la palabra liberalismo significó en realidad la 
parcelación de las viejas tierras comunales, y su «libre» venta, la 
expropiación de las pequeñas fincas y la constitución de latifundios. La 
introducción del régimen parlamentario en 1843 confirmó la dominación de 
los nuevos hacendados, los cuales, por supuesto, vivían en la ciudad, 
consideraban sus latifundios como lejanas colonias y los explotaban por 
medio de administradores o arrendatarios. 

De este modo se formó un enorme proletariado rural. Hasta el estallido de 
la Guerra Civil, las tres cuartas partes de los habitantes de Andalucía eran 
braceros, esto es, jornaleros que vendían su mano de obra por un salario de 



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hambre. Durante la cosecha el horario laboral era por lo general de doce 
horas. Durante la mitad del año reinaba un desempleo casi total. Las 
consecuencias eran una pobreza endémica, la desnutrición y el éxodo rural. 

En los pueblos el poder del Estado se manifestaba principalmente como 
potencia ocupante. Un año después de apoderarse del aparato 
gubernamental, la nueva clase política de los hacendados creó un ejército de 
ocupación propio, la Guardia Civil, una gendarmería acuartelada, con el 
supuesto fin de eliminar el bandolerismo, la forma más primitiva de auto 
defensa campesina. En realidad, su verdadero objetivo era tener en jaque al 
proletariado rural, que ya adoptaba nuevas formas de lucha. La Guardia 
Civil se compone de individuos cuidadosamente seleccionados, siempre 
ubicados lejos de sus pueblos. A estas tropas se les prohibe casarse con la 
población autóctona o confraternizar con ella. No se les permite salir de sus 
acantonamientos desarmados o solos; todavía actualmente la gente del 
campo los llama la pareja, porque siempre salen de dos en dos a patrullar. 
En los pueblos andaluces el evidente odio de clase se manifestó hasta los 
años treinta en una permanente guerra de guerrillas, una primitiva guerrilla 
campesina que tendía a convertirse de improviso en espontánea insurrección 
campesina. Estas rebeliones desencadenaban una irresistible violencia 
colectiva; se luchaba con increíble arrojo. Las insurrecciones seguían un 
desarrollo estereotipado: los trabajadores rurales mataban a los guardias 
civiles, secuestraban a los curas y funcionarios, incendiaban las iglesias, 
quemaban los registros catastrales y los contratos de arrendamiento, abolían 
el dinero, se declaraban independientes del Estado, proclamaban comunas 
libres y decidían explotar colectivamente la tierra. Es sorprendente 
comprobar cómo estos campesinos, en su mayoría analfabetos, seguían 
exactamente las consignas de Bakunin, sin saberlo, por supuesto. Como las 
sublevaciones eran únicamente locales y faltas de coordinación, sólo 
duraban en general algunos días, hasta que las tropas del gobierno las 
sofocaban sangrientamente. 

El anarquismo español echó sus primeras raíces en los pueblos de 
Andalucía. Allí dio casi de inmediato una base ideológica y una firme 
estructura organizativa al movimiento espontáneo del proletariado rural; 
fomentó en los pueblos las ingenuas aunque firmes esperanzas de una pronta 
y completa revolución. 

A fines de siglo había por todas partes en el sur de España «apóstoles de 
la idea», que recorrían el país a pie, a lomo de burro y en carromatos, sin un 
céntimo en el bolsillo. Los trabajadores los alojaban y les daban de comer. 
(Desde el principio, y esto es válido incluso hasta el día de hoy, el 
movimiento anarquista español nunca fue apoyado ni financiado desde el 
exterior.) Así se inició un masivo proceso de aprendizaje. Por todas partes se 
veían braceros y campesinos que leían, y entre los analfabetos había muchos 
que aprendían de memoria artículos enteros de los periódicos y folletos del 
movimiento. En cada pueblo había al menos un «ilustrado», un «obrero 
consciente», el cual se distinguía porque no fumaba, no jugaba, no bebía, 
profesaba el ateísmo, no estaba casado con su mujer (a la que era fiel), no 
bautizaba a sus hijos, leía mucho y trataba de transmitir sus conocimientos. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 21 

Cataluña es la antípoda económica de las empobrecidas y áridas zonas del 
sur y oeste de España. Siempre ha sido la región más rica y la de desarrollo 
industrial más elevado del país. Barcelona, la metrópoli naviera, 
exportadora, bancaria y textil, ya era a fines de siglo la cabeza de puente del 
capitalismo en la península ibérica. Las contribuciones impositivas per 
capita eran en Cataluña dos veces más elevadas que el promedio en el resto 
de España. Con excepción del País Vasco, Cataluña es el único sector de 
España que ha producido una burguesía empresarial capaz de funcionar; los 
industriales y banqueros catalanes no pensaban sólo en dilapidar, como los 
hacendados, sino también en acumular. Entre 1870 y 1930 se formó en 
Barcelona y sus alrededores un inmenso y superconcentrado proletariado 
industrial. 

Pero en contraste con otras regiones parecidas de Europa, los trabajadores 
catalanes no se adhirieron a la socialdemocracia ni a los sindicatos 
reformistas, sino al anarquismo, el cual echó aquí sus segundas raíces, sus 
bases urbanas. Ya en 1918 el 80 % de los obreros de Cataluña pertenecían a 
organizaciones anarquistas. Estas circunstancias son aún más difíciles de 
explicar que el éxito de los bakuninistas en el campo. La sociología puede 
darnos los primeros indicios. Sólo una mínima proporción de los obreros de 
la zona industrial de Barcelona son nativos de la región; la mitad proceden 
de las áridas provincias de Murcia y Almería, es decir del sur; estas 
migraciones internas han proseguido hasta el presente, debido a la 
desocupación de origen estructural existente en el campo. 

Las fuerzas centrífugas, que tan importantes son para la historia de 
España, representan la segunda causa. Muchas provincias españolas se 
caracterizan por su fuerte regionalismo, un ansia de independencia y 
autonomía y una tenaz oposición al dominio del gobierno central de Madrid; 
pero en ninguna parte es esto tan evidente como en Cataluña, una región que 
en muchos aspectos podría considerarse como una nación, y que ya en el 
siglo XVII dirigió una guerra de independencia contra la monarquía 
española. Su especial desarrollo económico ha contribuido a fortalecer esta 
tendencia. El nacionalismo catalán tiene dos caras. Su ala derecha representa 
los intereses de la burguesía regional y utiliza el problema de la autonomía 
para mistificar la lucha de clases. Pero para las masas la cuestión catalana 
adquiere un sentido enteramente revolucionario. 

El deseo de autoadministración, el odio contra el poder central estatal y la 
insistencia en la radical descentralización del poder, eran elementos que 
volvían a encontrarse en el anarquismo. 

Los anarquistas nunca se consideraron en ninguna parte como partido 
político; sus principios son no participar en las elecciones parlamentarias Y 
no aceptar puestos gubernamentales; no quieren apoderarse del Estado, sino 
abolirlo. También en sus propias asociaciones se oponen a la concentración 
del poder en la cima de la organización, en la central. Sus federaciones son 
elegidas por la base; cada una de sus regionales disfruta de una autonomía 
muy amplia, y, al menos teóricamente, la base no está obligada a obedecer 
las decisiones de la dirección. La aplicación práctica de estos principios 
depende por supuesto de las condiciones concretas. En España el 
anarquismo halló en 1910 su forma definitiva de organización, al fundarse la 



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confederación de sindicatos anarquistas, la CNT (Confederación Nacional 
del Trabajo). 

La CNT fue el único sindicato revolucionario del mundo. Nunca se 
comportó como los «patrones y obreros», que negociaban con los 
empresarios para mejorar la situación económica de la clase obrera; su 
programa Y su práctica consistieron en dirigir la lucha abierta y permanente 
de los obreros asalariados contra el capital, hasta la victoria definitiva. Su 
estructura y sus procedimientos tácticos concordaban con esta estrategia. 

La CNT nunca fue un sindicato de tributarios, y no acumuló reservas 
financieras. La cuota de socio era insignificante en la ciudad, y en el campo 
no había que pagar nada para serlo. ¡Todavía en 1936 la CNT tenía sólo un 
funcionario a sueldo y un millón de afiliados! No existía ningún aparato 
burocrático. Los cuadros directivos vivían de su propio trabajo o con la 
ayuda directa de los grupos de base para los cuales actuaban. Éste no es un 
detalle insignificante, sino un factor decisivo que explica por qué la CNT 
nunca produjo «líderes obreros» aislados de las masas y llenos de las 
convencionales e inevitables deformaciones del caudillismo. Este control 
permanente desde abajo no estaba formalmente garantizado por medio de 
estatutos era una consecuencia de las formas de vida de los dirigentes: los 
cuales dependían directamente de la confianza de las bases. 

Las armas principales de la CNT eran, tanto en la ciudad corno en el 
campo, la huelga y la guerrilla. Para los anarquistas no había más que un 
paso desde la huelga a la revolución. Sus luchas laborales eran dirigidas 
siempre con un gran sentido práctico. Este movimiento sindical rechazaba la 
simple lucha por el aumento de salario para la expansión y consolidación del 
«estado de posesión social». Rechazaba las «prestaciones sociales» o 
seguros, Y se negó sistemáticamente a concertar convenios colectivos de 
trabajo. Sólo de {acto reconoció los numerosos beneficios que obtenían para 
los trabajadores. Nunca aceptó comisiones de arbitraje ni treguas de ningún 
tipo. Ni siquiera disponían de una caja de resistencia en caso de huelga. En 
consecuencia, sus huelgas no tenían larga duración, pero eran tanto más 
violentas. Sus métodos eran revolucionarios: abarcaban desde la autodefensa 
hasta el sabotaje, y desde la expropiación hasta la insurrección armada. 

El movimiento anarquista se planteó entonces la cuestión de la actividad 
legal e ilegal. Dadas las condiciones existentes en España, éste no era en 
absoluto un problema moral, ya que la clase dominante en la península 
ibérica no se había esforzado siquiera por mantener la fachada burguesa de 
un Estado constitucional democrático. Las elecciones parlamentarias fueron 
durante muchas décadas una completa farsa; se basaban en la compra de 
votos y la extorsión por medio de caudillos en el campo, y en el fraude más 
descarado. En España nunca hubo una división de poderes según la 
entendían las teorías estatales liberales. Hasta el fin de la Primera Guerra 
Mundial no existió una legislación social, y las leyes que se dictaron 
posteriormente nunca llegaron a aplicarse. La clase trabajadora era tratada 
con manifiesta injusticia y violencia, tanto por parte de los empresarios 
como del Estado. Así, el problema de la violencia quedaba aclarado antes de 
que pudiera ser planteado. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 23 

Sin embargo, la CNT era una organización de masas, por lo cual, a pesar 
de la represión, no podía operar en la clandestinidad. Grupos de cuadros 
clandestinos, como Los Solidarios, se encargaron desde el principio de las 
actividades ilegales de la CNT: autodefensa, suministro de armas, reunión 
de fondos, liberación de prisioneros, terrorismo y espionaje. Esta división 
del trabajo se formalizó en 1927 al fundarse la Federación Anarquista 
Ibérica (FAI). Esta organización operaba fundamentalmente en un plano 
conspirativo. No se conoce con exactitud el número de sus miembros ni su 
organización interna. Pero se sabe que gozaba de un inmenso prestigio entre 
los trabajadores españoles. Todos sus afiliados pertenecían simultáneamente 
a la CNT. La FAI constituía, por así decido, el núcleo esencial de los 
sindicatos anarquistas; era una verdadera garantía contra amagos 
oportunistas y contra el peligro del reformismo. El modelo de Bakunin de un 
gran movimiento espontáneo de masas dirigido por grupos clandestinos y 
permanentes de revolucionarios profesionales, vuelve a manifestarse en esta 
estructura organizativa. 

Se han inventado muchas historias acerca de la FAI. Es inevitable que 
surjan toda clase de rumores en torno al prestigio de una organización 
secreta. Prescindimos de la propaganda terrorista burguesa, por su obvia 
ignorancia. (Así, por ejemplo, los portavoces de los grandes terratenientes 
afirmaban, aún en 1936, que la FAI estaba «al servicio de Moscú».) En 
cambio, merecen una atención especial las ambigüedades que se derivan del 
origen y estructura de tales organizaciones conspirativas. Los adversarios de 
los anarquistas han aludido reiteradamente a los «elementos criminales» que 
se habrían introducido supuestamente en la FAI, sobre todo en Barcelona. 
Pero una estimación política no puede conformarse con alusiones al código 
penal. La clase obrera española, a diferencia de la alemana e inglesa, nunca 
se distinguió por su respeto a la propiedad privada, y, puesto que era 
oprimida a mano armada, siempre consideró la resistencia armada como un 
medio normal de autoafirmación. La ambigüedad que plantean estos grupos 
ilegales desde el punto de vista político tiene un origen totalmente diferente. 
Esta ambigüedad está en parte relacionada con un elemento social que 
siempre ha desempeñado un papel importante en Barcelona: el 
subproletariado. A su desarrollo han contribuido el éxodo rural, el 
desempleo, y también la subcultura internacional de una ciudad portuaria. 
Los obreros industriales catalanes no estaban distanciados de este sector 
social; se sentían solidarios y unidos a él por más de una razón. También en 
este aspecto se diferencian de los obreros especializados de Europa 
occidental, los cuales se sienten en su conciencia tan rigurosamente 
separados del subproletariado como de la clase superior. La policía hizo 
todo lo posible, por supuesto, por utilizar políticamente el latente 
antagonismo de clase existente entre los obreros industriales y el 
subproletariado. Especialmente a principios de siglo, la policía logró infiltrar 
agentes secretos y provocadores en el movimiento anarquista. Este doble 
juego ya se conoce a través de la historia de los socialrevolucionarios Y los 
bolcheviques en Rusia. La policía española colaboró con los grupos 
revolucionarios tan efectivamente como la Okrana. De las dos mil bombas 
que entre 1908-1909 explotaron en Barcelona ante las puertas de fábricas y 



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H . M . E nzensberger 



casas de empresarios, puede imputarse la mayoría a la policía, la cual, por 
orden del gobierno central de Madrid, procedía así contra los anhelos de 
autonomía de los catalanes. Al igual que en Rusia, se demostró en España 
que la policía secreta había arriesgado demasiado; en lugar de desprestigiar 
políticamente a los anarquistas, sus provocaciones contribuyeron sólo al 
crecimiento de la CNT y la FAI. 

No es fácil ponderar cuáles eran las ventajas y cuáles las desventajas de 
las formas organizativas anarquistas. Su contacto con las bases, su fervor 
revolucionario y su solidaridad militante eran insuperables; pero estas 
ventajas se obtenían a costa de una considerable falta de eficiencia, 
coordinación y planificación central. Así se produjeron hasta poco antes de 
la Guerra Civil reiterados intentos de rebelión y revueltas espontáneas y 
aisladas, sofocadas todas sin excepción: «ejemplos de cómo no debe hacerse 
una revolución», según dijo Engels en 1873. 

Historiadores burgueses y marxistas han tratado de explicar 
reiteradamente por qué se produjeron con tanta persistencia durante un siglo 
tales intentos elementales y violentos de acabar, aquí y ahora, con la 
represión. Según ellos, el anarquismo español sería en el fondo una 
manifestación religiosa. Sus adeptos se imaginarían el día de la revolución 
como un juicio final, después del cual se sucedería en el acto el milenio, el 
reino milenario de la justicia divina. Según esta hipótesis, también el 
fanatismo y el espíritu de sacrificio de los anarquistas españoles serían 
rasgos mesiánicos. Es indiscutible en verdad que el movimiento, sobre todo 
en los pueblos, abrigaba imágenes y esperanzas casi religiosas. Pero el 
método de reducir todo a formas religiosas es insuficiente, como toda tesis 
de secularización. Así, siguiendo las normas de la historia de las ideas se 
oculta el contenido político de esta lucha. Los trabajadores españoles 
realizaron, consciente y resueltamente, las promesas de su religión. Los 
historiadores materialistas deberían reconocer esto por lo menos. 

Mucho más interés merece la tesis que sostienen principalmente Gerald 
Brenan y Franz Borkenau. Según ésta, el anarquismo español expresaría una 
profunda resistencia contra el desarrollo capitalista, una resistencia dirigida 
contra el progreso material en general, como se concibe en los países 
industriales de Europa, y por ende también contra el esquema marxista del 
desarrollo histórico. Según este esquema, la burguesía aparece como una 
fuerza transitoriamente revolucionaria, el desarrollo de las fuerzas 
productivas como una fase necesaria, y la disciplina y la acumulación como 
imperativos inevitables de la industrialización. En cambio, los obreros y 
campesinos anarquistas de España rechazan este «progreso» con elemental 
violencia. De ningún modo admiran la capacidad productiva ni las 
conquistas del proletariado inglés, alemán y francés; se niegan a seguir su 
camino; no han asimilado ni el objetivo racional del desarrollo capitalista ni 
su fetichismo del consumo; se defienden desesperadamente contra un 
sistema que les parece inhumano, y contra la alienación que éste trae 
consigo. Odian el capitalismo con un odio que sus compañeros de Europa 
occidental ya no son capaces de sentir. 

Creo que hay mucho de cierto en esta explicación. Ésta podría 
relacionarse con el hecho de que, contra las esperanzas de Marx y Engels, la 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 25 

revolución no triunfó en los países «avanzados» (ni en Inglaterra, Alemania 
o los Estados Unidos), sino en las sociedades donde el capitalismo era 
extraño y superficial. En lo que a España se refiere, esto no significa, 
empero, que los anarquistas fueran meros «residuos del pasado»; quien 
califique de arcaico a este movimiento, se adhiere precisamente al esquema 
histórico que aquí ponemos en tela de juicio. Los revolucionarios españoles 
no eran ludditas. ' Sus aspiraciones no apuntaban al pasado, sino al futuro: el 
capitalismo propendía a un futuro muy diferente; y en el corto lapso de su 
triunfo no cerraron las fábricas, sino que las pusieron al servicio de sus 
necesidades y las tomaron a su cargo. 

Los Solidarios 
El terror de los Pistoleros 

Fue el compañero Buenacasa, presidente del Comité Nacional de la CNT 
en San Sebastián, quien aconsejó a Durruti que fuera a Barcelona. Fue en 
1920, una época de terrible represión. El gobernador Martínez Anido y el 
jefe de la policía, Arlegui habían organizado una sistemática campaña de 
terror' contra los anarquistas de Cataluña. Usaban todos los medios a su 
alcance. En colaboración con los empresarios de la región, trataron de 
organizar sindicatos amarillos obligatorios, los llamados «sindicatos libres». 
Por supuesto, ningún obrero quería adherirse voluntariamente a esos 
sindicatos. Entonces los empresarios, con la ayuda de las autoridades, 
formaron ex profeso una banda armada, los llamados «Pistoleros». Estas 
cuadrillas de asesinos se proponían liquidar a los trabajadores políticamente 
activos de Barcelona. 

Durruti se hizo amigo de Francisco Ascaso, Gregorio Jover y García 
Oliver, una amistad que sólo la muerte destruiría. Organizaron un grupo de 
combate y mantuvieron en jaque con sus pistolas a los asesinos de obreros. 
La clase obrera española vio en ellos a sus mejores defensores. Practicaron 
la propaganda de los hechos y arriesgaron diariamente la vida. El pueblo los 
quería, porque no practicaban el engaño político. 

El presidente del gobierno, un tal Dato, era considerado como el principal 
responsable de la campaña de represión desatada en Barcelona. Los 
anarquistas decidieron ajusticiado mediante un atentado. Y así lo hicieron. 

Después se ocuparon del cardenal Soldevila, que residía en Zaragoza. Éste 
cayó víctima de las balas de Ascaso y Durruti. El distinguido cardenal 
financiaba, con los ingresos de una sociedad anónima propietaria de hoteles 
y casinos, los sindicatos libres amarillos y su centro de asesinos en 
Barcelona. 

[HEINZ RÜDIGER / ALEJANDRO GILABERT] 

Conocí a Durruti en Barcelona, en 1922. La CNT ya era entonces una 
inmensa organización sindical. No sólo representaba a la mayoría de los 
trabajadores, sino que controlaba también casi todas las empresas. 



1 Movimiento de obreros ingleses que se opusieron a la industrialización y destruían 
las máquinas (1811-1817). (N. de los T.) 



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Organizamos entonces el grupo Los Solidarios, que después se hizo tan 
famoso o tan temido. Eramos doce más o menos: Durruti, García Oliver, 
Francisco Ascaso, Gregorio Jover, García Vivancos y Antonio Ortiz. Al 
principio éramos sólo una docena en total. 

Necesitábamos estos grupos para defendemos del terror blanco. Los 
empresarios habían formado, de común acuerdo con las autoridades, 
unidades propias de mercenarios, grupos de matones bien armados y mejor 
pagados. Teníamos que defendemos. Cuando fundamos nuestra agrupación, 
ya habían caído, víctimas del terror blanco, más de 300 sindicalistas 
anarquistas, sólo en Barcelona. ¡Más de trescientos muertos! 

Entonces no podíamos pensar para nada en acciones revolucionarias 
ofensivas. Era la época de la autodefensa. La FAI no existía todavía; se 
fundó poco más tarde. Por lo tanto, organizamos regionales con gente que 
conocíamos de los barrios o de la fábrica. Teníamos que armamos y 
necesitábamos dinero para sobrevivir. 

[RICARDO SANZ] 

Miembros del grupo Los Solidarios (1923-1926) 

Francisco Ascaso, de Aragón, camarero, nacido en 1901. 
Ramona Bemi, tejedora. 

Eusebio Brau, herrero, asesinado por la policía en 1923. 
Manuel Campos, de Castilla, carpintero. 

Buenaventura Durruti, mecánico y ajustador de León, nacido en 1896. 
Aurelio Fernández, de Asturias, mecánico, nacido en 1897. 
Juan García Oliver, de Cataluña, camarero, nacido en 1901. 
Miguel García Vivancos, de Murcia, obrero portuario, pintor y chofer, 
nacido en 1895. 
Gregorio Jover, carpintero. 
Julia López Mainar, cocinera. 
Alfonso Miguel, ebanista. 
Pepita Not, cocinera. 
Antonio Ortiz, carpintero. 

Ricardo Sanz, de Valencia, obrero textil, nacido en 1898. 
Gregorio Soberbíela o Suberviela, de Navarra, maquinista. 
María Luisa Tejedor, modista. 

Manuel Torres Escartín, de Aragón, panadero, nacido en 1901. 
Antonio, El Tato, jornalero. 

[RICARDO SANZ 2 / CÉSAR LORENZO] 

Ascaso 

Me encontré por primera vez con los dos hermanos Ascaso n Zaragoza. 
Fue en 1919, cuando la Revolución Rusa aún no se había vuelto autoritaria y 
ejercía una incomparable sugestión agitativa sobre las masas trabajadoras 
del mundo, incluso en España. 

Los hermanos Ascaso pertenecían entonces al grupo Voluntad, que 
editaban también un excelente periódico del mismo nombre. 

En Zaragoza se produjo, en esa época, una repentina sublevación de los 
soldados del cuartel del Carmen. Una noche, sin avisar antes a los 
anarquistas, algunos soldados redujeron a la guardia, mataron a un oficial y 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 27 

a un sargento y se apoderaron del cuartel dando vivas a los soviets y a la 
revolución social. Luego se dirigieron a la ciudad y ocuparon la central 
telefónica, la oficina de correos y telégrafos y las redacciones de los 
periódicos. Como quiera que a las cuatro de la mañana no sabían qué hacer, 
en su entusiasmo ingenuo y desordenado, decidieron por último regresar al 
cuartel, y allí se atrincheraron. Al llegar la Guardia Civil se rindieron tras 
breve lucha. 

Por supuesto, la policía trató de arrancar informaciones a los amotinados 
acerca de los cabecillas e instigadores, pero su esfuerzo fue en vano, porque 
no los había. La justicia militar se encontró ante el dilema de fusilar a todos 
o a ninguno. Pero nunca falta un cobarde, y en este caso lo fue el director del 
diario local Heraldo de Aragón, el cual delató a la policía a siete soldados 
que habían ocupado su imprenta. Los siete fueron fusilados. El odio que 
despertó este adulador, perpetuo calumniador de los anarquistas y los 
sindicalistas, impulsó a uno de nuestros compañeros a tomar su pistola y 
acribillarlo a tiros. 

Acto seguido, a raíz del hecho, se formuló querella judicial contra los 
hermanos Ascaso. El mayor, Joaquín, logró huir, pero el menor, Francisco, 
un camarero, fue apresado. El dueño, los camareros y los huéspedes del 
hotel donde él trabajaba, declararon unánimemente que éste estaba 
trabajando en el momento de ocurrir el hecho. Sin embargo, habría sido 
seguramente condenado a muerte, como el fiscal había solicitado, si la 
población de Zaragoza no hubiese opuesto resistencia y proclamado la 
huelga general para el día del pronunciamiento de la sentencia. Dadas las 
circunstancias, el jurado prefirió absolver a Ascaso. Al trasponer la puerta de 
la cárcel el sonriente Ascaso, que entonces tenía dieciocho años, la multitud 
que lo esperaba gritó: «¡Viva la anarquía!», y nosotros, que aún estábamos 
presos, nos unimos a ese grito. 

Viendo que no encontraba trabajo en Zaragoza y que la policía lo detenía 
una y otra vez, Ascaso decidió irse a Barcelona. Fue en 1922. Allí se 
convirtió en uno de los organizadores del sindicato de la alimentación. 
También actuó en la comisión de enlace de los anarquistas. 

Un día me anunció que quería ir a La Coruña y enrolarse allí como 
camarero; las perspectivas parecían buenas, ya que la provisión de empleos 
para la flota mercante estaba controlada por sindicalistas anarquistas. 
Apenas llegó a la ciudad fue detenido, bajo la acusación de planear un 
atentado contra Martínez Anido, que se hallaba casualmente el mismo día en 
La Coruña. Como no tenían pruebas, tuvieron que ponerlo de nuevo en 
libertad. Regresó a Zaragoza, donde vivía su familia. Pero allí volvió la 
policía a tenderle una trampa. El cardenal Soldevila, instigador de 
numerosos crímenes contra los trabajadores y los «elementos subversivos», 
había sido asesinado por manos anónimas al regresar a casa después de 
visitar un convento de monjas. Como consecuencia hubo detenciones en 
masa de sindicalistas y anarquistas. En esta razzia cayó también Ascaso. Por 
lo pronto la policía tuvo que ponerlo en libertad, ya que un guardia y varios 
presos declararon que en el momento del atentado él se hallaba visitando a 
alguien en la cárcel. Pero como las autoridades no habían conseguido nada 
con sus pesquisas, y necesitaban un chivo expiatorio, lo detuvieron otra vez 



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ocho días más tarde. Se preparó un proceso contra él. El fiscal pidió la pena 
de muerte. Los anarquistas temieron por la vida de Ascaso, ya que 
entretanto, a través de un golpe de Estado, había tomado el poder el dictador 
Primo de Rivera, el cual ya había ordenado ahorcar a dos anarquistas. Sin 
embargo, antes de iniciarse el juicio, Ascaso logró escapar de la prisión 
junto con otros seis presos políticos. 

[V. DE ROL] 

Jover 

Jover era el mayor de Los Solidarios; allí lo apodaban El Serio. Procedía 
de una familia de campesinos pobres de la provincia de Teruel. Sus padres 
lo enviaron a Valencia para evitarle las penurias de una vida de jornalero. 
Allí se hizo colchonero, y encontró trabajo en una fábrica de colchones. Fue 
encarcelado por vez primera al declararse una huelga en su gremio. En su 
transcurso se produjeron acciones violentas: los esquiroles fueron apaleados, 
las fábricas sitiadas, y finalmente, como auto defensa contra las represiones 
de los empresarios, se ajustició al propietario de una fábrica. El comité de 
huelga fue encarcelado. Jover fue condenado a dos años de cárcel, por 
instigación a la violencia, lesiones, etc. Muy poco tiempo después de salir de 
la cárcel, fue encarcelado de nuevo, en esta ocasión por difundir escritos 
subversivos en los cuarteles. 

Por último fue a Barcelona, y allí se convirtió en uno de los militantes más 
combativos de la proscrita CNT. 

La burguesía había desencadenado entonces una violenta ofensiva contra 
los trabajadores. El terror blanco se intensificaba diariamente. Los arrestos, 
torturas y fusilamientos de «fugitivos» estaban a la orden del día. A los 
trabajadores anarquistas no les quedaba otra alternativa que recurrir a la 
violencia proletaria. Jover, al igual que sus mejores compañeros, se lanzó 
arma en mano contra las bandas de pistoleros de los capitalistas. Por aquella 
época ningún trabajador militante podía salir de su casa sin armarse antes 
hasta los dientes; en los lugares de trabajo la pistola siempre estaba al 
alcance de la mano, al lado de las herramientas. 

El millonario empresario Graupera, presidente de la unión industrial, cayó 
bajo las balas de comandos armados. Lo siguieron los asesinos policiales 
Barret, Bravo Portillo y Espejo. Maestre Laborde, ex gobernador de 
Barcelona, murió en Valencia. En Zaragoza cayeron bajo las balas de los 
revolucionarios el gerente de una fundición de Bilbao, el propietario de la 
fábrica de vagones, el arquitecto municipal, un ingeniero de la compañía de 
luz eléctrica y un vigilante, conocido como delator y negrero. También en 
Barcelona tuvo que defenderse desesperadamente la CNT. Cada día moría 
un obrero, y al día siguiente un burgués o un policía. Tres años duró esta 
lucha callejera. Martínez Anido y Arlegui, que dirigían la represión desde 
sus oficinas, no se atrevían a salir al aire libre. 

La policía anunció haber descubierto un complot de los anarquistas contra 
Martínez Anida. Los conspiradores se proponían, presuntamente, matar 
primero al alcalde de Barcelona, y después, durante su entierro, al que 
debían asistir Anida y Arlegui, liquidar a los huéspedes de honor con 
granadas de mano. La represión se intensificó más aún. La violencia 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



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proletaria lanzó una contraofensiva. El Club de Caza de Barcelona, donde se 
reunían los magnates de la industria, fue atacado con granadas de mano, a 
pesar de la fuerte vigilancia; varios empresarios fueron gravemente heridos. 
También el alcalde de la ciudad fue herido en un tiroteo, al igual que el 
concejal católico Anglada. En medio de esta atmósfera de continua lucha, 
bajo perpetuo peligro de muerte, Jover se destacó por su serenidad y su 
valerosa energía. 

Después de la ejecución del presidente Dato a manos de los trabajadores, 
Anida y Arlegui tuvieron que renunciar. Los sindicatos fueron legalizados. 
Las organizaciones pudieron restablecerse. Fue entonces cuando Jover 
conoció a Durruti y a los hermanos Ascaso. 

Después de tres años de sangrienta represión, la primera manifestación 
pública celebrada en Barcelona tuvo un gran éxito. Una convocatoria del 
sindicato de obreros madereros bastó para colmar el teatro Victoria, una de 
las salas más grandes de España. El acto comenzó con la lectura de una larga 
lista: los nombres de 107 precursores de la CNT caídos. Desde entonces los 
grupos anarquistas de Barcelona desplegaron una actividad febril. Fundaron 
centros culturales y escuelas para obreros; su periódico Solidaridad Obrera, 
alcanzó un tiraje de 50.000 ejemplares y superó así a todos los periódicos 
burgueses de la ciudad. 

[V. DE ROL] 

El dinero para la escuela 

Me incorporé al movimiento anarquista en 1915, durante la Primera 
Guerra Mundial, bajo la influencia de mi padre, que era un comunero y 
había luchado en 1871 en las barricadas de París. 

Cuando estalló la guerra tenía apenas diecinueve años; ya había escrito 
mis primeros artículos. Yo era internacionalista y quise participar en esa 
guerra, así que me fui a España, porOO e este país era neutral. Allí, 
naturalmente, entré enseguida en contacto con el movimiento y me hice 
activo anarquista. 

Fui tirando diez años como jornalero, ayudante en una herrería y una 
fundición; ejercí una docena de profesiones, hasta que llegué a los 
veintiocho años. Luego entré a trabajar improvisadamente como maestro; no 
como profesor, no, más bien de maestro de escuela primaria en una escuela 
gratuita de La Coruña, en Galicia, en el extremo noroccidental de España. 
Fueron los sindicatos, la CNT, los marineros, los portuarios y estibadores 
quienes organizaron y sostuvieron esta escuela. El capital necesario para su 
fundación lo aportó Durruti. 

Claro que no lo había obtenido legalmente. Ahora puedo decírselo con 
toda franqueza: fue un asalto, no a un banco esta vez, sino a una casa de 
cambio. Durruti se presentó con la pistola en la mano, pidió el dinero, se 
armó un tiroteo, el dinero fue remitido al sindicato, la escuela comenzó a 
funcionar, eso es todo. 

Acciones como ésta no pueden juzgarse con el código penal burgués en la 
mano. Vea usted, yo mismo he pasado por situaciones en las cuales tal vez 
habría sido capaz de matar, suponiendo que hubiese tenido el valor de 
hacerla. Para comprender la desesperación de estos hombres y explicar sus 



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acciones, es preciso haber visto la miseria, la terrible miseria que reinaba 
entonces en España. 

[GASTÓN LEVAL] 

Tres razzias 

La huelga de los albañiles del metro de Barcelona contra la empresa 
constructora Hormaeche produjo una nueva ola de luchas. Esta empresa era 
un viejo enemigo de la CNT y había contratado a una banda de criminales 
para liquidar a los promotores de la huelga. Los anarquistas tuvieron que 
defenderse. 

En León fue ejecutado el ex gobernador de Bilbao, González Regueral. 
Como era habitual, la policía buscó a los culpables en las filas del grupo Los 
Solidarios. La sospecha cayó primero sobre Durruti. Sin embargo, éste pudo 
demostrar que durante el día en cuestión se encontraba en Bruselas para 
pedir la extensión de un pasaporte. A continuación fue acusado Ascaso, pero 
también él tenía una coartada: el día del atentado se hallaba preso en La 
Coruña. Por último a la policía se le ocurrió acusar a los anarquistas 
Suberviela y Arrarte. Éstos se ocultaron en Barcelona. 

Por casualidad descubrieron las autoridades las fechas y punto de reunión 
de Suberviela, Arrarte, Ascaso el joven y Jover. La casa en que paraba 
Suberviela fue rodeada. En lugar de entregarse, éste trató de abrirse paso y 
arremetió contra los policías con una pistola en cada mano. Los policías 
retrocedieron atemorizados, pero otros agentes, ocultos en las esquinas y en 
las entradas de las casas, le dispararon hasta matado. En la casa de Arrarte se 
presentaron algunos policías de paisano, y dijeron ser compañeros 
perseguidos. Éste fingió creerles, les prometió llevados a la casa de un 
compañero, donde estarían seguros, y trató en cambio de conducidos a las 
afueras de la ciudad. Allí pensaba desembarazarse de ellos. Pero los policías 
no le dieron tiempo y lo mataron en la calle. Ascaso fue sorprendido en el 
cuarto piso de una casa; se tiró por la ventana y logró salvarse, a pesar de 
que sus perseguidores dispararon contra él. Jover fue detenido en su casa y 
conducido a la jefatura de policía. Más tarde, mientras lo conducían ante el 
jefe de la policía, pasó ante una puerta que daba-a la calle; les dio a sus dos 
guardias unos fuertes golpes en el pecho y escapó bajo una lluvia de balas. 

[V.DEROL] 

En el verano de 1923, poco después de la ejecución de Regueral a manos 
del grupo Los Solidarios, Durruti fue detenido mientras viajaba en tren de 
Barcelona a Madrid. La declaración de prensa de la policía, que apareció al 
día siguiente en los periódicos, daba como motivo de su arresto «la 
sospecha» de que Durruti se dirigía a Madrid para preparar el asalto a un 
banco. «Además, había en San Sebastián una orden de detención contra él, 
por un robo a mano armada contra las oficinas de la firma Mendizábal 
Hnos.» 

El mismo día viajó a San Sebastián un miembro del grupo, para visitar a 
los señores Mendizábal e insinuad es que no se metieran con Durruti. 
Cuando la policía lo condujo a San Sebastián y dispuso la confrontación, los 
señores ya no se acordaban más de él. El juez tuvo que ponerlo en libertad. 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



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El día anterior el cardenal Soldevila había sido ejecutado por unos 
desconocidos en Zaragoza, en un lugar llamado El Terminillo. 

[RICARDO SANZ 2] 

Durruti, Ascaso, Jover y García Oliver participaron en la organización del 
atentado contra el presidente Dato. 

Durruti sólo participó marginalmente en la acción. «La preparación del 
atentado fue en realidad obra de Ramón Archs, quien murió torturado 
después. Todavía vive uno de los que participó en el atentado. Otro de los 
cómplices, Ramón Casanellas, huyó a la Unión Soviética, y allí se convirtió 
al comunismo; murió en un accidente de motocicleta.» 

[FEDERICA MONTSENY 2] 

A fines de agosto de 1923 se reunieron en Asturias la mayoría de los 
miembros del grupo Los Solidarios. El primero de septiembre fue asaltada 
en Gijón la filial del Banco de España. No hubo víctimas; pero unos días 
después la Guardia Civil lOcalizó en Oviedo a algunos compañeros que 
habían participado en el golpe. Se produjo un tiroteo y en él perdió la vida 
Eusebio Brau. Fue el primer miembro del grupo que moría bajo las balas de 
la policía. Además fue arrestado Torres Escartín, a quien la policía acusó de 
ser el responsable del atentado contra el cardenal Soldevila. Escartín fue 
torturado por la policía. Participó en un intento de evasión de la cárcel de 
Oviedo, pero la Guardia Civil lo había maltratado tanto durante los 
interrogatorios que no tuvo fuerzas para huir. 

El cadáver de Eusebio Brau nunca fue identificado por la policía. Su 
madre, que ya tenía más de cincuenta años y era viuda, vivía en Barcelona. 
Para proveer a su mantenimiento, el grupo arrendó para ella un puesto en el 
mercado de Pueblo Nuevo, el barrio de donde ella era originaria. 

[RICARDO SANZ 2] 

Las armas 

En cuanto a las armas, sólo teníamos armas de fuego portátiles, pequeños 
revólveres. No era fácil comprar armas en España. Sin embargo en 
Barcelona había una fundición donde trabajaban compañeros nuestros. Éstos 
dijeron que era posible adquirir esa empresa para fabricar allí cascos de 
granada. Esto era ideal para la revolución. Sólo nos faltaba la dinamita para 
cargar los cascos. Pero eso no era un problema, porque nosotros también 
teníamos compañeros que trabajaban en las canteras, y ellos podían 
suministrarnos la dinamita. 

Sin embargo, no podíamos hacer nada sin dinero, y el dinero estaba en los 
bancos. Entonces parecía una herejía que nosotros, que estábamos contra el 
capitalismo y el dinero, fuéramos a buscado a los bancos. Hoy se considera 
normal. El dinero no lo necesitábamos para nosotros. Lo tomamos porque la 
revolución necesitaba dinero. En España fuimos los primeros, los 
introductores, por así decido. En aquella época se consideraba inmoral. Hoy 
es moral; lo que antes era injusto hoy es justo. 

Una vez viajé a Marsella con un contrabandista español. En Marsella 
conseguimos armas. El contrabandista era un especialista en estas cosas. De 
Marsella traje también mi primer fusil ametralladora, uno de fabricación 



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H . M . E nzensberger 



alemana. Más tarde, en 1936, después del golpe de Estado de los generales, 
salí con él a la calle. 

[RICARDO SANZ 1] 

En octubre de 1923, un mes después del golpe de Estado de Primo de 
Rivera, Los Solidarios lograron comprar a través de un mediador, en la 
fábrica de armas Garate y Anitua de Éibar, 1.000 rifles de doce tiros de 
repetición, con 200.000 cartuchos. El grupo abonó 250.000 pesetas por el 
suministro. 

Ya mucho antes Los Solidarios habían adquirido por 300.000 pesetas una 
fundición en el barrio de Pueblo Nuevo, en Barcelona. En dicha fundición 
fundía el grupo sus propios cascos para las granadas de mano. El fundidor 
Eusebio Brau se encargó de este trabajo para el grupo. En el barrio de 
Pueblo Seco, también en Barcelona, Los Solidarios tenían un depósito de 
armas que contenía más de 6.000 granadas de mano cuando fue descubierto 
por la policía debido a una delación. 

Además había, distribuida por toda la ciudad, una serie de depósitos de 
armas de fuego portátiles y fusiles, casi todos comprados en Francia y 
Bélgica. Éstos entraban en España de contrabando, generalmente por la 
frontera francesa, por Puigcerda y Font-Romeu, donde el grupo tenía sus 
intermediarios. Otros suministros llegaban por vía marítima. 

Los Solidarios se atenían estrictamente a una regla: sólo los participantes 
inmediatos podían saber algo con respecto a la acción que preparaban, es 
decir, cada uno sabía sólo lo imprescindible. En el grupo nunca existió un 
lefe o cabecilla. Las decisiones las tomaban los actores mismos en conjunto. 

[RICARDO SANZ 2] 

El Comité Nacional de la Revolución había comprado armas en Bruselas 
y las había introducido por Marsella. Pero el material resultó ser 
insuficiente. Por esta razón, en junio de 1923 viajaron Durruti y Ascaso a 
Bilbao, para obtener allí una provisión más abundante. La fábrica estaba en 
Éibar. Un ingeniero que trabajaba allí ofició de intermediario. Las armas 
debían ser embarcadas oficialmente con destino a México; pero estaba 
previsto que el capitán recibiera nuevas órdenes al llegar a alta mar, y a 
través del estrecho de Gibraltar siguiera rumbo a Barcelona, donde se 
descargaría el cargamento, por la noche, muy lejos de la rada. El tiempo 
apremiaba. La fábrica no pudo cumplir con el plazo de entrega, y las armas 
no llegaron a Barcelona hasta septiembre; demasiado tarde, ya que 
entretanto Primo de Rivera había concluido victoriosamente su golpe de 
Estado. El barco tuvo que regresar a Bilbao y devolver las armas a la 
fábrica. 

[ABEL PAZ 2] 

La madre 

Más tarde no nos vimos con tanta frecuencia, pero cuando Durruti venía a 
León y visitaba a su familia, nos ponía al corriente de lo que pasaba en 
Barcelona y de las luchas que allí se desarrollaban. Venía a ver a su madre, 
¿comprendéis?, y ella le remendaba la ropa y le arreglaba los zapatos. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 33 

Y la madre decía: «Pues ya no sé lo que pasa. Los periódicos dicen que 
Durruti ha hecho esto y lo otro y lo de más allá, y cada vez que viene a casa, 
llega hecho un harapo. ¿No lo veis Cómo viene? ¿Qué se imaginan los 
periodistas? No dicen más que mentiras, necesitan un chivo expiatorio y lo 
han elegido a el." y así era, ¿sabéis? Durante dos años Durruti fue la 
encarnación del demonio. Y no se cansaban de tentado, cada vez que pasaba 
algo en un banco o estallaban bombas. Y la madre gritaba: «Esto no puede 
ser, cada vez que viene a casa tengo que remendarle la ropa, y en los diarios 
dicen que saca el dinero a paladas allí donde lo encuentra.» Por supuesto que 
hubo muchos asaltos, pero Durruti tomaba el dinero con una mano y lo daba 
con la otra para las familias de los presos y para la lucha. No tenemos nada 
que ocultar, ¿comprendéis?, y tampoco nos avergonzamos de haberlo hecho, 
para que lo sepáis." 

[FLORENTINO MONROY] 

Por la cárcel hemos pasado todos y cada uno de nosotros. ¿Una vez? ¡No 
me hagáis reír! Docenas de veces. En 1923, al subir al poder el dictador 
Primo de Rivera, nos metieron a todos en la cárcel. Nos encerraban por 
cualquier causa, y no sólo durante la dictadura. He pasado cinco años en la 
cárcel, no sólo en Barcelona, sino también en Zaragoza, en San Sebastián y 
en Lérida. Y mientras estábamos presos siempre había algunos guardias que 
simpatizaban con nosotros. Nos traían informaciones y llevaban nuestras 
comunicaciones cifradas al exterior, la cosa funcionaba como por arte de 
magia. Algunos lo hacían por convicción, a otros los sobornamos. Los 
compañeros se ocupaban de la familia, en este sentido podíamos estar 
tranquilos. A veces hasta teníamos conferencias políticas en la cárcel. 

Con Durruti sólo estuve una vez en la cárcel, con García Oliver varias 
veces, y a algunos de los compañeros de presidio de entonces los nombraron 
ministros después. 

[RICARDO SANZ] 



Tercer Comentario 
El dilema español (1917-1931) 

Durante la Primera Guerra Mundial España fue un país neutral. Las 
anticuadas minas del norte, la mayoría de las cuales estaba en manos de 
capitales extranjeros, trabajaban al máximo: las industrias catalanas 
establecieron el turno de noche; la producción agrícola del país se vendió 
fácilmente a precios astronómicos. La guerra produjo un súbito auge en la 
economía española, sin transformar su estructura anacrónica. Los salarios 
siguieron siendo bajos. El día del armisticio, el Banco de España atesoraba 
reservas de oro por valor de noventa millones de libras. 

«Barcelona estaba de fiesta, las Ramblas eran un mar de luz por la noche. 
Durante el día las bañaba un sol espléndido y las poblaban pájaros y 
mujeres. Por aquí también fluía el torrente de oro producido por el lucro de 
la guerra. Las fábricas trabajaban a toda máquina. Las empresas 
amontonaban oro. La alegría de vivir brillaba en todos los rostros. En los 
escaparates, en los bancos, y en los bolsillos. Era para volverse loco.» Así 



34 



H . M . E nzensberger 



describió el revolucionario profesional Víctor Serge el invierno de 1916- 
1917 en España. 

«Finalmente, cuando ya nadie creía en ella, se produjo por fin la 
revolución. Lo inverosímil se convirtió en realidad. Leímos los telegramas 
de Rusia. Nos sentimos transfigurados. Las imágenes que nos transmitían 
eran simples y concretas. Ahora todo se aclaraba. El mundo no estaba 
irremediablemente loco. Los españoles, incluso los obreros de mi taller, que 
no eran activistas, comprendieron instintivamente las jornadas de 
Petrogrado. Su espíritu transfirió de inmediato esta experiencia a Barcelona 
y a Madrid. La monarquía de Alfonso XIII no era ni más querida ni más 
estable que la monarquía de Nicolás II. La tradición revolucionaria de 
España se remontaba, al igual que la rusa, a la época de Bakunin. En ambos 
países actuaban causas sociales similares: el problema agrario, la 
industrialización tardía, un régimen que, comparado con los occidentales, 
llevaba un atraso de más de un siglo y medio. El auge económico e 
industrial del tiempo de guerra fortaleció a la burguesía, sobre todo a la 
catalana, que se había enfrentado hostilmente a la antigua aristocracia de los 
terratenientes y a la esclerosada administración real. Esto acrecentó también 
la fuerza y las demandas de un proletariado joven que aún no había tenido 
tiempo de formar una aristocracia obrera, esto es, de aburguesarse. El 
espectáculo de la guerra despertó el espíritu de la violencia. Los bajos 
sueldos (yo ganaba cuatro pesetas diarias, cerca de ochenta centavos de 
dólar), motivaron reclamaciones que exigían satisfacción inmediata. 

»E1 horizonte se aclaró a medida que pasaban las semanas. En tres meses 
cambió el estado de ánimo de los trabajadores de Barcelona. Nuevas fuerzas 
afluían a la CNT. Yo pertenecía a un minúsculo sindicato de tipógrafos. Sin 
que aumentara el número de sus miembros (éramos unos treinta), aumentó 
su influencia. El gremio parecía despertar. Tres meses después del estallido 
de la Revolución Rusa, las comisiones obreras comenzaron a preparar una 
huelga general que tendría al mismo tiempo carácter de rebelión. 

»Me encontré con activistas que se preparaban para el próximo combate 
en el café Español del Paralelo, un frecuentado bulevard que resplandecía de 
luces por la noche, en las cercanías del barrio chino, en cuyas barrosas 
callejuelas pululaban las prostitutas, escondidas tras las puertas. Hablaban 
entusiasmados de los que serían ajusticiados, distribuían las Brownings, se 
burlaban de los atemorizados espías policiales de la mesa de al lado. Se 
había concebido un plan para tomar por asalto Barcelona; se estudiaban los 
detalles. Pero ¿y Madrid? ¿Y las restantes provincias? ¿Caería la 
monarquía?» 

La huelga general de 1917 fue ahogada en sangre; setenta trabajadores 
murieron bajo las balas de las fuerzas armadas. Dos factores decidieron el 
fracaso de la acción de masas: el papel dominante del ejército en la sociedad 
española y la división del movimiento obrero español. 

Desde los años ochenta y noventa la socialdemocracia se convirtió en el 
enemigo formal del anarquismo en España. El partido fue fundado en 1879 y 
se dedicó a la acción parlamentaria dentro del marco legal; durante décadas 
había permanecido pequeño y débil ante el notorio fraude electoral; también 
su rama sindical, la Unión General de Trabajadores, apenas se desarrolló 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 35 

hasta la Primera Guerra Mundial. Con sus altas cuotas sociales, su equipo de 
funcionarios pequeño burgueses a sueldo, y su moderación política, que 
poco se diferenciaba del miedo, la socialdemocracia española imitaba 
fielmente a sus modelos de Europa occidental. Era, desde todo punto de 
vista, la antítesis de la CNT. Ambos rivales se oponían incluso en su 
distribución geográfica, lo que dividió al movimiento obrero hasta la Guerra 
Civil. Mientras los anarquistas tenían sus bases en Cataluña y Andalucía, los 
socialdemócratas se establecieron sobre todo en Asturias, Bilbao y Madrid. 
El reformismo se convirtió en un movimiento de masas durante la coyuntura 
económica favorable de la Primera Guerra Mundial, que auspició las 
ilusiones económicas y parlamentarias de los socialdemócratas. El 
antagonismo entre la UGT y la CNT tenía raíces tan hondas, que sólo en 
contados momentos se logró una unidad de acción entre ambas: en 1917, en 
1934 y durante la Guerra Civil. Fue siempre la presión de las bases la que 
obligó a ambas organizaciones a actuar en conjunto, pero esta unidad fue 
siempre frágil, llena de desconfianza y viejos resentimientos. No podía 
existir una alianza duradera entre ambas tendencias, ya que la 
socialdemocracia pretendía integrar a los obreros en la sociedad, y la CNT 
se proponía derribarla radicalmente. 

En 1917 la revolución era al mismo tiempo necesaria e imposible. El 
antiguo régimen había fracasado por completo desde el punto de vista 
político, pero las fuerzas militares y económicas que lo respaldaban eran aún 
considerables. Sus partidos políticos, los Conservadores y los Liberales, que 
eran en realidad un consorcio de poder, seguían formando parte de los 
gobiernos, como siempre, pero no tenían capacidad de maniobra y ni 
siquiera podían adaptar su rumbo a la situación táctica. La única enmienda 
política de importancia que la administración de Madrid podía animarse a 
hacer, fue un acuerdo con la burguesía catalana, a la cual otorgó al principio 
de los años veinte ciertas concesiones aduaneras; la consecuencia fue, 
entonces, que el nacionalismo catalán se orientó hacia la izquierda. Sus 
demandas de autonomía, nunca satisfechas, se cristalizaron en una nueva 
fuerza, Esquerra Catalana, el partido de la pequeña burguesía, que se 
convirtió en un potencial aunque inseguro aliado del movimiento obrero. 
Detrás de los bastidores parlamentarios, las fuerzas sociales de la derecha se 
agruparon en una coalición inerte e ininteligible: en primer plano, como 
siempre, una clase de terratenientes de inconcebible vacuidad e incapacidad, 
flanqueada por una burocracia superflua y parasitaria; en segundo plano, 
cada vez más enredada con la primera, se hallaba la creciente burguesía de 
empresarios y el alto clero, especialmente los jesuítas, que ya en 1912 
controlaban un tercio del capital extranjero que, sobre todo desde la Primera 
Guerra Mundial, había afluido al país, y que luego, en 1936, desempeñaría 
un importante papel (capital francés tres mil millones de marcos; capital 
inglés cinco mil millones de marcos y capital americano tres mil millones de 
marcos). Esta coalición de poderes se sostuvo intacta hasta 1936, a pesar de 
sus contradicciones internas y su inercia. Esta coalición mantuvo a raya al 
movimiento obrero revolucionario no con medios políticos, sino militares. 

Ya en el siglo XIX, el ejército español se aisló, como una casta, de la 
sociedad, y ganó un importante peso propio en el Estado. Su cuerpo de 



36 



H . M . E nzensberger 



oficiales era enorme: por cada seis soldados había un oficial. A pesar de la 
mala dirección, el atraso técnico y su instrucción insuficiente, absorbía, a 
principios de los años veinte, más de la mitad del presupuesto nacional. Su 
raison d'étre era el de una tropa ocupante en su propio país. Las clases 
dominantes dependieron completamente, hasta la Guerra Civil, del ejército y 
otros instrumentos laterales de represión: Guardia Civil, Guardia de Asalto, 
Cuerpo de Seguridad y Mozos de Escuadra. Esto sigue siendo así todavía 
hoy. 

La confrontación era inevitable. La opción era: la revolución o la 
dictadura militar. En 1917 España estaba madura para ésta; pero el rey 
dudaba. Temía a la República, y a su lado la oligarquía agraria se aferraba 
tenazmente a las formas de gobierno tradicionales. Mientras que la 
socialdemocracia se contentaba con promesas y mínimas concesiones, un 
compromiso con la CNT era inimaginable. Así pues, la confrontación se 
dirimió en el terreno de los anarquistas, en Barcelona. Una interrupción de 
cinco años, durante la cual los adversarios, entrelazados entre sí, casi no se 
movieron del lugar; esto fue la guerrilla urbana de cinco años en Barcelona, 
desde 1917 hasta 1923: el statu qua era el paroxismo, un ensayo general 
previo a la Guerra Civil. Los empresarios, apoyados por el ejército y la 
policía, lanzaron una contraofensiva contra la CNT. La frontera entre 
criminalidad y poder estatal se desvaneció. El comandante en jefe del 
ejército en Cataluña, general Martínez Anido, y su jefe de policía, general 
Arlegui, eran al mismo tiempo figuras de los bajos fondos y representantes 
de la autoridad nacional. No fue la Gestapo, sino la administración española, 
la que sancionó legalmente el fusilamiento de presos «fugitivos», y el 
capitalismo catalán creó en la forma de los paramilitares Pistoleros una SA 1 
avant la lettre. La guerra permanente en las fragosidades de Barcelona 
condujo a la ciudad al borde del caos con sus tiroteos, actos de sabotaje, 
provocaciones, paros forzosos, arrestos masivos, el auge de los policías 
secretos, el asesinato, la tortura y la extorsión. 

En 1923 la guerra colonial en Marruecos, que condujo al ejército español 
a una ignominiosa derrota, dio el golpe de gracia al antiguo régimen. La 
única salida era la dictadura. Primo de Rivera era ante todo el candidato de 
la burguesía industrial; subió al poder con un programa de «modernización» 
entresacado de lemas de Kemal Ataturk y Mussolini. Dependía naturalmente 
del apoyo del ejército, al que tuvo que hacer toda clase de concesiones. La 
CNT fue proscrita. La socialdemocracia resolvió colaborar; su dirigente 
Largo Caballero ingresó en el gabinete del dictador; procesos de arbitrajes y 
convenios colectivos habrían de resolver el «problema social». Esto 
significaba en la práctica la fiscalización de los sindicatos y la constitución 
de un «frente del trabajo». La oposición intelectual fue aplastada. Primo de 
Rivera ignoró la cuestión catalana. Las reformas no se realizaron. Las 
contradicciones de la sociedad española no pudieron ser «saneadas» desde el 
despacho del dictador. El experimento autoritario de Primo de Rivera 
fracasó al producirse la crisis económica de 1929. El ejército se tambaleó. 
La monarquía había tocado a su fin. Los intereses del capital industrial 



1 Sección de Asalto del Partido Nacional Socialista Alemán (=SS). (N. de los T.) 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



37 



español impusieron otra forma de gobierno: la República. En marzo de 1931 
abdicó Alfonso XIII. 

El Exilio 
La huida 

En 1923, al subir al poder el dictador Primo de Rivera, Ascaso y Durruti 
se exilaron, de lo contrario los reaccionarios los habrían matado. Ascaso 
estaba entonces en la cárcel, a raíz del atentado al arzobispo de Zaragoza, el 
cardenal Soldevila. Pero los compañeros habían organizado una evasión, y 
entre los evadidos estaba también Ascaso. Pero él no hizo como los otros, 
que anduvieron por allí o se sentaron en el café, y al cabo de pocos días 
estaban otra vez en la cárcel. Él tomó un tren de carga nocturno de los que 
llevaban el ganado del norte a Barcelona. En este tren había pastores que 
cuidaban el ganado para que no lo robaran por el camino. Y Ascaso se puso 
una blusa negra de pastor, subió al tren en Zaragoza en plena noche, y a la 
mañana siguiente apareció en la puerta de mi casa en Barcelona. 

Desde Barcelona, Ascaso se marchó a Francia, y en París se reunió con 
Durruti, García Oliver y Jover. A ellos les dimos el dinero que nos quedaba. 
Los Solidarios prosiguieron su actividad en Francia. Lo primero que 
hicieron en París fue ayudar a constituir la Librería Internacional de la rué 
Petit 14. Donamos 300.000 pesetas para la librería; se fundó al mismo 
tiempo la Enciclopedia Anarquista, que todavía hoy no está concluida, 
siempre se editan nuevos tomos y nunca se termina. 

[RICARDO SANZ 1] 

En París se encontraban de nuevo los cuatro supervivientes del grupo Los 
Solidarios: Jover, Durruti y los hermanos Ascaso. Durruti entró a trabajar 
como mecánico en la fábrica de automóviles Renault; el mayor de los 
Ascaso encontró trabajo en un taller de mosaicos y piedra artificial, y su 
hermano menor trabajó como ayudante en una plomería y fábrica de 
cañerías. Jover trabajó en una fábrica de colchones, donde debido a su 
aptitud le ofrecieron un puesto de capataz, para inspeccionar a los otros 
obreros. Pero él se negó, ya que no armonizaba con sus ideas. 

[V. DE ROL] 



Lo conocí durante los primeros años de la dictadura, en 1923 o 24, en una 
reunión conspirativa que sostuvimos en Bilbao. Durruti había venido 
ilegalmente de su exilio en París; se paseaba tranquilamente por la plaza 
principal de Bilbao, junto con Jover, uno de sus mejores amigos. Era una 
reunión muy importante, casi un congreso; había muchos compañeros, 
incluso de otras organizaciones. También los socialistas estaban presentes. 
Me acuerdo que Durruti discutió con Largo Caballero, el jefe del partido 
socialdemócrata, que luego sería presidente de la República. 

[JUAN FERRER] 



38 



H . M . E nzensberger 



Una tentativa ingenua 

Los anarquistas españoles exilados en París, que se mantenían en contacto 
con los compañeros de España, planearon derribar por las armas a la odiada 
dictadura. Mientras varios comandos atacarían los cuarteles y levantarían 
barricadas, los compañeros de París proyectaban cruzar al mismo tiempo la 
frontera española y ocupar a mano armada los puestos fronterizos. 

Desde varias ciudades españolas llegaban noticias sobre el creciente 
descontento de las tropas. Éstas iban a ser trasladadas a Marruecos, para 
oprimir a los africanos. La situación parecía favorable. Los anarquistas de 
París decidieron enviar un representante a Barcelona. Se le encomendó la 
misión a Jover. Después de su llegada se convocó una reunión en el campo, 
en la que participaron delegados de la CNT y de los comandos, para planear 
y preparar la rebelión. Los compañeros de Barcelona debían ocupar los 
cuarteles e incautarse del parque de artillería. Algunos soldados y un 
suboficial declararon que estaban dispuestos a abrir el portón del cuartel y 
ayudarles. Les aseguraron que la mayoría de los soldados se plegarían a la 
sublevación. 

A su regreso a París, Jover informó a los compañeros. Viajó otro delegado 
a Barcelona. Se dispuso que los compañeros de Barcelona fijaran el día de la 
acción; el grupo de París atacaría los puestos fronterizos de Hendaya, Irún, 
Vera de Bidasoa, Perpiñán y Figueras. 

Una semana antes del día señalado se realizó la última entrevista. Los dos 
delegados de la CNT, que en la reunión anterior habían expresado su 
acuerdo con la decisión, manifestaron ahora de repente recelos y dudas. Se 
ofrecían a colaborar personalmente, y a prestar toda la ayuda posible; sin 
embargo, la organización no podía participar en la acción. Se habían dejado 
atemorizar por el espectro de la «responsabilidad», que algunas personas 
influyentes de gremios importantes habían invocado. A pesar de todo, los 
reunidos opinaron que la acción de las bases arrastraría a esos «notables» y 
decidieron llevar el plan adelante. Uno de los participantes regresó a París. 
Jover, que había sido propuesto para viajar a esa ciudad, se negó a ir. 
Aunque corría mucho riesgo en Barcelona, creía que en su tierra natal podía 
hacer mucho más que en la frontera. En su lugar viajó otro compañero a 
París. 

Éste confirmó que en Barcelona todo estaba listo para la rebelión y que la 
fecha en que se abrirían las hostilidades se comunicaría telegráficamente al 
grupo residente en París. La contraseña sería: «Mamá enferma.» En París, 
Lyon, Perpiñán, Marsella y otros lugares donde existían grupos anarquistas, 
se esperaba el telegrama con impaciencia. Quien haya vivido estos 
momentos febriles no los olvidará jamás. Sabíamos que al recibir el 
telegrama debíamos ir a la frontera, dispuestos a entablar un duro combate 
con la policía fronteriza, la cual era numéricamente superior, mejor 
organizada y armada que nosotros. 

Por fin llegó el telegrama. Enseguida nos pusimos en marcha en pequeños 
grupos de diez a doce hombres, armados únicamente con revólveres. 
Habíamos pasado hambre para comprados. Los compañeros de París se 
encontraron en la Gare d'Orsay. El mayor de los Ascaso repartió los billetes 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 39 

y fue el último en subir al tren con sus pesadas maletas. Llevaba consigo 25 
fusiles Winchester, las armas de más grueso calibre de que disponíamos. 

En Barcelona los compañeros preparaban al mismo tiempo el asalto al 
cuartel de artillería de Atarazanas. Para no llamar la atención, se dividieron 
en grupos muy pequeños que ocuparon puntos estratégicos la noche anterior. 
La ofensiva comenzaría a las seis en punto con granadas de mano. 

Atarazanas está en el distrito quinto de Barcelona, un barrio muy vigilado, 
porque allí se erigían siempre las primeras barricadas, allí estaban la 
imprenta de Solidaridad Obrera, las redacciones de Tierra, Libertad y Crisol, 
la sede de los sindicatos maderero y de la construcción, y allí vivían muchos 
de los compañeros que trabajaban en esas entidades. 

A pesar de todas las medidas de seguridad, la policía debió de sospechar 
algo, pues uno de los comandos, al avanzar hacia el cuartel, fue interceptado 
por una patrulla. Se produjo un nutrido tiroteo en el que murió un centinela y 
resultó herido otro. Acudieron refuerzos, se dio la alarma, y la policía rodeó 
con ametralladoras el cuartel. La ofensiva fue sofocada en su origen. Dos 
compañeros fueron detenidos en las cercanías y fusilados en el acto. 

Después del fracaso de la acción en Barcelona, el ataque a los puestos 
fronterizos no tenía la más mínima posibilidad de éxito. Para colmo de 
desgracia, los grupos destinados a Vera y Hendaya llegaron 1 8 horas antes, 
porque no calcularon correctamente la ruta del viaje. En el primer encuentro 
salieron victoriosos, pero luego se movilizaron fuerzas superiores y se 
vieron obligados a retroceder luchando en una larga y agotadora marcha a 
través de la cadena montañosa. Cayeron dos camaradas, y otro fue herido 
gravemente. Dos días más tarde fueron apresados varios otros dispersos. 
Cuatro de ellos fueron ajusticiados en Pamplona, y se supone que el resto 
compareció ante un tribunal. 

Al llegar a Perpiñán, los grupos destinados a atacar Figueras y Gerona 
leyeron en los periódicos lo que había ocurrido en Vera. Habían llegado 
demasiado tarde. La policía estaba sobre aviso desde hacía tiempo. Habían 
venido casi mil hombres a Perpiñán, y los contingentes tuvieron que 
dispersarse enseguida para no llamar la atención. Muchos fueron detenidos, 
sin embargo. Sólo un grupo de cincuenta hombres logró escapar sin 
dispersarse. Salvaron incluso las maletas con los fusiles y las municiones. 
Llegaron a marchas forzadas a la falda de los Pirineos. Allí, de acuerdo a lo 
convenido, encontraron a un compañero de un pueblo español, que debía 
haberlos guiado a Figueras a través de la cordillera. Allí, según el plan, se 
proponían atacar la cárcel y liberar a los compañeros allí detenidos. Pero el 
guía les trajo malas noticias. Varios regimientos provistos de artillería y 
armas automáticas se habían apostado en la frontera. Sin el factor sorpresa, y 
con fuerzas inferiores, nuestro ataque no tenía sentido. Lloramos de rabia, de 
cólera y de vergüenza, porque debíamos regresar como vencidos sin haber 
entrado en batalla. Ascaso estaba entre nosotros. Durruti había ido con el 
grupo que cruzó la frontera en Vera. Jover participó en el ataque en 
Barcelona. 

Había sido una tentativa inútil e ingenua. Pero digan lo que digan, merece 
respeto. Hay gente que se ríe de nosotros y nos considera políticamente 
fracasados; esto afirman incluso algunos que se llaman anarquistas. En 



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H . M . E nzensberger 



realidad nuestra empresa fue sólo un descalabro. Ya hemos sufrido muchos 
descalabros. Ésta no es ninguna razón para oscurecer la memoria de los 
caídos ni desprestigiar la conducta de los compañeros que esperan el juicio 
en Pamplona. Otros, como Ascaso, Durruti y Jover, proseguirán la lucha. 

[V.DEROL] 

La policía hizo todo lo posible por aniquilar la actividad revolucionaria 
del grupo anarquista Los Solidarios. Con este propósito, acusó a sus 
miembros de haber asaltado la filial del Banco de España en Gijón. Es fácil 
demostrar que eso no es verdad, ya que el día del asalto Durruti se 
encontraba en Francia, y los hermanos Ascaso estaban presos: el uno en 
Zaragoza, acusado del atentado contra el arzobispo Soldevila, y el otro en 
Barcelona, donde la policía había asaltado la sede del sindicato de obreros 
madereros. Los compañeros rechazaron el ataque; como consecuencia 
fueron muertos dos policías y otro resultó herido. Con el cuento del asalto al 
banco la policía pretendía justificar una demanda de extradición contra 
Durruti y contra Ascaso, el cual había logrado evadirse y también se le 
suponía en Francia. Por si esto fuera poco, las autoridades españolas 
enviaron además fotos y señas personales de los buscados a los demás 
países, especialmente a las repúblicas latinoamericanas de habla castellana. 
Desde entonces, bastaba que ocurriera en Chile o Argentina un robo o un 
asalto y la policía española enviaba de inmediato un acta con el propósito de 
imputar a Ascaso y Durruti. Y las autoridades policiales latinoamericanas no 
vacilaban en tachar de culpables a ambos, aunque no existía la más mínima 
prueba contra ellos. Así trabajaron de común acuerdo las policías de 
diversos países, hasta que al fin Durruti, Ascaso y Jover aparecieron ante la 
opinión pública como legendarios delincuentes cuya extradición era la 
necesidad más urgente del momento. 

[V. DE ROL] 

La aventura latinoamericana 

Durruti, Ascaso y Jover hicieron todo lo que pudieron en París; pero 
viendo que no les quedaba mucho por hacer en Francia, se fueron a 
Latinoamérica. 

Vamos a buscar tierras nuevas, dijeron, y así viajaron a Argentina, Cuba, 
Chile, y otros países. Pero allí no encontraron el ambiente adecuado. La 
clase obrera era débil y poco organizada y andaban como peces fuera del 
agua, y luego de largas correrías sin rumbo se dijeron: aquí no hay nada que 
hacer, e hicieron como don Quijote, y regresaron a Francia. 

[RICARDO SANZ 1] 

A fines de 1924 Durruti y Ascaso se embarcaron hacia Cuba, donde 
emprendieron una campaña pública a favor del movimiento revolucionario 
español. Así se estrenaron como oradores, y Durruti impresionó como 
tribuno popular. Pronto la policía los consideró peligrosos agitadores y 
tuvieron que abandonar el país. Desde entonces llevaron una vida muy 
agitada. Siempre estaban de viaje, y permanecieron un tiempo más o menos 
corto en México, Perú y en Santiago de Chile, hasta que llegaron a Buenos 
Aires, donde residieron por más largo tiempo. Pero aquí tampoco estaban a 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



41 



salvo. Se dirigieron a Montevideo, donde se embarcaron hacia Cherburgo. 
Pero cuando llegaron al océano el barco se vio obligado, por razones 
técnicas, a cambiar varias veces de rumbo; más tarde, el vapor se hizo 
famoso con el nombre de El buque fantasma. Por último arribó a las islas 
Canarias. 

[ABEL PAZ 2] 

Las autoridades policiales de toda Latinoamérica buscaban a Durruti, a 
quien consideraban como el más peligroso exponente de los grupos 
anarquistas españoles. Su fotografía fue expuesta en todas partes: en las 
estaciones de ferrocarril, en Irenes y tranvías. A pesar de todo, Durruti logró 
atravesar con sus compañeros todo el continente, sin que la policía pudiera 
atrapado. 

[CÁNOVAS CERVANTES] 

Puedo testimoniar que en Buenos Aires vi a Durruti en persona. En 
aquella época estaba de viaje por Latinoamérica. Allí asaltó varios bancos 
junto con sus compañeros, para recaudar dinero para el movimiento 
revolucionario. 

[GASTÓN LEV AL] 

Una vez, en Buenos Aires, Ascaso y Durruti iban en tranvía, y de pronto 
notaron que estaban sentados bajo su propia orden de captura. El gobierno 
ofrecía una recompensa a quien los denunciara; tenían que abandonar el país 
lo antes posible. 

Compraron billetes de primera para viajar en barco, una medida muy 
astuta. Subieron a bordo sin contratiempos. Pero se veía que eran 
trabajadores en primera clase, sobre todo Durruti, que era muy valiente y 
bueno, pero modales de señor distinguido no tenía ninguno. Por ejemplo, en 
la entrada del comedor había un botones que recogía el sombrero. Durruti 
pasó con la gorra puesta. «¡Señor, señor, la gorra!» Durruti no le prestó 
atención y se metió la gorra en el bolsillo. O a la hora del postre, pelar 
manzanas y naranjas con cuchillo era algo que no se avenía con él, tiraba 
directamente los cubiertos. Entonces le dijo su amigo: «Cuidado, ya te están 
observando. Parece que ocurre algo. Hay que inventar alguna cosa. 
¡Digamos que somos artistas!» «¿Qué? ¿Artistas? ¿Quieres que ande por allí 
como un bailarín?» «No, eso no, pero ¿qué hacemos entonces? ¡Ya sé! 
Digamos que somos deportistas, campeones de pelota.» Y así se presentaron 
en el barco, como pelotaris, una idea fantástica. Y los pasajeros confiaron en 
ellos. Al llegar al puerto de desembarco, los de tercera clase fueron 
controlados estrictamente, claro, pero en la primera tomaron el pasaporte, le 
pusieron un sello, «¡pase, señor!», y enseguida desembarcaron. 

[EUGENIO VALDENEBRO] 

La biblioteca ideal 

El gran sueño de Durruti y Ascaso era fundar editoriales anarquistas en 
todas las grandes ciudades del mundo. La casa matriz tendría su sede en 
París, el centro del mundo intelectual, y si era posible en la plaza de la Opera 
o de la Concorde. Allí se publicarían las obras más importantes del 
pensamiento moderno en todas las lenguas del mundo. Con este propósito se 



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H . M . E nzensberger 



fundó la Biblioteca Internacional Anarquista, que editó numerosos libros, 
folletos y revistas en varias lenguas. El gobierno francés persiguió esta 
actividad con todos los medios policiales a su alcance, al igual que el 
gobierno español y los demás gobiernos reaccionarios del mundo. No le 
gustó que el grupo Durruti- Ascaso atrajera también la atención en el plano 
cultural. Ordenes de detención y de destierro causaron finalmente la ruina de 
la editorial. Estos hijos de don Quijote tuvieron que enterrar por el momento 
su sueño favorito. Volvieron a echar mano a la pistola, como el Caballero de 
la Triste Figura había empuñado su lanza, para «desfacer entuertos, salvar a 
los menesterosos e instaurar el reino de la justicia en la tierra». 

[CÁNOVAS CERVANTES] 

Durruti colaboró con medio millón de francos para el mantenimiento de la 
Librairie International. 

Después de la proclamación de la República, los anarquistas quisieron 
trasladar la sede de la editorial a Barcelona. Esta labor nos costó miles de 
pesetas. Pero en la aduana francesa de Port-Bou, los gendarmes franceses 
prendieron fuego a todo el material. Así se perdió el fruto de tantos gastos y 
sacrificios 

[ALEJANDRO GILABERT] 

El conocido anarquista y guerrillero ruso Néstor Machno trabajaba en 
París en una pequeña carpintería. Era un hombre de acción, como Durruti. 
Los campesinos ucranianos lo veneraban como a un dios. Derrotó a la 
guardia blanca de la contrarrevolución con un ejército de campesinos. 
Trotski, comisario de guerra del Ejército Rojo, trató de eliminarlo al 
observar que éste imprimía un carácter libertario a la Revolución Rusa. 
Machno tuvo que huir de Rusia. 

Durruti le admiraba mucho y fue amigo suyo. Entre ambos existía una 
analogía de carácter y una idéntica comprensión del objetivo de la 
revolución. 

[ALEJANDRO GILABERT] 

El atentado contra el rey 

Conocí a Ascaso y Durruti en la casa de una compañera parisiense 
llamada Berta. Un día pidieron ambos una maleta. Naturalmente, les ofrecí 
la mía. Ascaso la tomó con la mano y dijo riendo: «No es suficientemente 
fuerte.» Le contradije y afirmé que la maleta era buena, de excelente fibra 
vulcanizada. 

Parecía un vendedor ansioso de vender su mercancía. Pero todo fue en 
vano, Ascaso no la quería. Algo más tarde supe por qué. Necesitaban una 
maleta para transportar unos fusiles desmontados y otras armas. 

En esos días (era en el año 1926), París se aprestaba a recibir la visita 
oficial del rey Alfonso XIII de España. Este hombre era culpable de más 
crímenes que toda su familia junta, los Borbones. Durruti y Ascaso se 
habían propuesto acompañar con un par de tiros los acordes de la 
Marsellesa, con los cuales la tercera República recibiría al asesino de 
Francisco Ferrer. Hacían sus preparativos con la serenidad más absoluta. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 43 

Así es la idiosincrasia española; se comportan como grandes señores, por 
no decir como un grande español, incluso cuando son proletarios. También 
nuestros dos compañeros poseían este talento e hicieron gran uso de él en los 
días previos a la visita oficial. Para eludir la red de agentes policiales 
frecuentaron los mismos sitios adonde concurría la alta sociedad de la 
capital francesa. Jugaban al tenis en un club, y hasta se habían comprado 
adrede un lujoso automóvil, para no despertar sospechas al lado de las 
carrozas de los estadistas reunidos con motivo de la ceremoniosa recepción. 
Todo había sido organizado minuciosamente. 

En vísperas de la visita oficial, cenamos en casa de Berta. Me acuerdo que 
nos sirvió una sopa de sagú que no nos gustó ni a Ascaso ni a mí. Nos 
burlamos de su arte culinario. Al irse Durruti y Ascaso, ella se puso a llorar. 

«Donde dos conspiran, mi hombre es el tercero», dijo presuntamente 
Maniscalao, el conocido agente provocador de los Borbones. Esta vez el 
tercer hombre iba sentado al volante del coche que conduciría a Ascaso y 
Durruti al lugar de la acción. Este tercero se vendió a la policía francesa. Los 
dos conspiradores fueron detenidos, y París pudo recibir a Alfonso XIII con 
los acordes de la Marsellesa sin perder el compás. 

Sólo gracias a las decididas protestas de los compañeros de París, se negó 
la democracia francesa a entregar a los detenidos a la venganza de la hiena 
borbónica. No descansaron hasta que Durruti y Ascaso fueron excarcelados 
y deportados a la frontera belga. 

Desde Bélgica, donde había encontrado trabajo en un taller mecánico, 
Francisco Ascaso me envió un último saludo. 

Aunque debía de pensar mucho, nunca vi preocupado a Ascaso. Siempre 
parecía estar de buen humor, dispuesto a bromear; era un hombre de baja 
estatura, ligero y ágil; su rostro tenía rasgos árabes. Era de tez oscura. No 
llevaba barba y su cabello negro estaba siempre impecablemente peinado. 

Durruti era más corpulento y reservado, un poco taciturno, a no ser que la 
situación exigiese el empleo de su rotunda energía. Usaba grandes anteojos, 
creo. Era un poco miope tal vez. Ambos amigos eran inseparables, el uno no 
podía prescindir del otro: el pensador no podía prescindir del hombre de 
acción, y viceversa. 

Desde el punto de vista ideológico no eran individualistas. Creían en la 
necesidad de la organización, pero consideraban que cada individuo era 
necesario para poner a las masas en movimiento. De éstas nada esperaban, 
ni les pedían nada; por el contrario, tenían algo que ofrecerles y anunciarles. 

[NIÑO NAPOLITANO] 

Ascaso me contó también cómo habían preparado el atentado a Alfonso 
XIII en París. Querían eliminar al rey de España. Sabían perfectamente por 
dónde pasaría el cortejo y dónde debían atacar. Pero la persona que debía 
llevarlos en taxi los denunció. La policía los vigiló, y una mañana, cuando 
iban a comprar con toda calma el periódico, los detuvieron. Luego siguió el 
gran proceso contra Durruti, Ascaso y Jover, y los tres se sentaron en el 
banquillo de los acusados. 

[EUGENIO VALDENEBRO] 



44 



H . M . E nzensberger 



El proceso 

He defendido a varios anarquistas españoles. Con fortuna diversa, pero 
casi siempre con éxito. Entre ellos, los más tenaces e intrépidos fueron 
Ascaso, Durruti y Jover. 

El 2 de julio de 1926 las autoridades francesas anunciaron que estaban 
sobre la pista de un complot, cuyo objetivo era el asesinato del rey de 
España. El rey iba a ser recibido con gran pompa el 14 de julio. En una 
habitación amueblada de la rué Legendre fueron detenidos tres hombres 
buscados también por las autoridades españolas: Ascaso, Durruti y Jover. En 
octubre comparecieron ante el tribunal, acusados de desacato a la autoridad, 
falsificación de pasaportes e infracción a la ley de extranjería, delitos éstos 
que parecían relativamente insignificantes. Durante el proceso, los acusados 
habían expresado argumentos audaces y reclamado para sí el derecho de 
hacer todo lo posible por derribar un gobierno odiado. Reconocieron que se 
proponían secuestrar al rey para provocar la revolución en España. 

Los condenaron a penas de prisión y fueron transferidos al Tribunal de 
Justicia. La situación se volvía peligrosa. Había pendientes dos demandas de 
extradición: una del gobierno argentino, «bajo la sospecha de ser los autores 
del atraco al Banco de San Martín», y otra del gobierno español. Madrid 
afirmaba que Durruti había participado en el atraco al Banco de España en 
Gijón, y que Ascaso había intervenido en el atentado en que murió, en 1923, 
el cardenal arzobispo de Zaragoza. 

El gobierno francés había rechazado la petición española, pero había 
delegado al Tribunal de Justicia la decisión referente a la solicitud argentina. 
Berthon, Guernut, Careos y yo éramos los defensores. La policía apareció en 
la sala de audiencia con un extraordinario despliegue de fuerza. El Palacio 
de Justicia parecía aprestarse para un combate. Ascaso, Durruti y Jover no se 
dejaron impresionar por la movilización policial. Habrían servido de modelo 
a Goya, con las cabelleras negras y tupidas, los rostros quemados por el sol, 
las cejas hirsutas y las bocas duras. En la defensa de esos valientes 
«pistoleros», Berthon desplegó una vez más, con sus palabras insinuantes y 
sus gestos obsequiosos, todo el arte del eufemismo: «Señores del tribunal», 
dijo, «tengo el honor de representar ante ustedes a tres hombres situados en 
el polo extremo de la oposición liberal española.» 

El tribunal se pronunció a favor de la extradición. Su sentencia, sin 
embargo, no era de aplicación obligatoria para el gobierno. Según la ley, el 
gabinete podía prescindir de la condena. No nos dimos pues por vencidos, 
comenzamos una campaña pública y al mismo tiempo nos dirigimos en 
privado a personas como Herriot, Painlevé y Leygues. 

[HENRI TORRES] 

Durruti estuvo detenido más de un año en la cárcel de la Conciergerie. 
Allí ocupó la misma celda que había ocupado María Antonieta hasta que fue 
decapitada. Después de su liberación, la policía lo condujo a la frontera 
belga y lo exhortó a cruzada ilegalmente. De este modo el gobierno francés 
eludía el pedido de extradición de Primo de Rivera, que le resultaba gravoso 
en esos momentos. 

[CÁNOVAS CERVANTES] 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 45 

La campaña 

Yo dirigía, en nombre del comité Sacco y Vanzetti, una larga y amplia 
campaña para salvar a esos dos anarquistas americanos de la silla eléctrica; y 
un día me dijeron mis compañeros: «¿Y Ascaso, Durruti y Jover? Deberías 
encargarte también de su defensa.» 

Estos tres anarquistas españoles habían luchado políticamente en las filas 
de la CNT y habían huido a Argentina después de que Martínez Anido, el 
verdugo de Cataluña, y Primo de Rivera, el principal lacayo de Alfonso 
XIII, proscribieron esa organización. Después regresaron a París para 
«encontrar» en la verdadera acepción de la palabra a «su rey», que venía allí 
en visita oficial. 

En Buenos Aires se había cometido un crimen: el cajero de un banco 
había sido asesinado y robado. Un taxista, presionado por la policía, dirigió 
las sospechas hacia Ascaso, Durruti y Jover. Además, la precipitada partida 
de los «tres mosqueteros», como los llamaban en España, había despertado 
un cierto recelo, aunque eran totalmente inocentes. 

Argentina había solicitado su extradición a las autoridades francesas y 
éstas habían accedido, en principio, a este requerimiento. Pero Ascaso, 
Durruti y Jover debían cumplir previamente una condena de seis meses de 
prisión que les había impuesto un tribunal parisiense por tenencia ilícita de 
armas. Habían sido detenidos en un coche, donde acechaban la llegada del 
rey de España con el fusil en posición de tiro. 

Tenía que ocuparme simultáneamente de dos casos diferentes y defender a 
cinco militantes. A veces daba la impresión de que descuidaba mi actividad 
en el comité de derecho al asilo político, que trabajaba a favor de los amigos 
españoles; entonces escuchaba los reproches de los emigrados españoles. En 
cambio, cuando prestaba menos atención al comité Sacco y Vanzetti, se 
inquietaban los italianos. Además, tenía que hacer frente a los representantes 
de la «línea pura», a quienes les parecía inadmisible que yo utilizara mis 
influencias para salvar a los cinco implicados. Uno de esos «puros» llegó a 
escribir un par de versos entre ridículos y desagradables que concluían así: 
«¡Qué importa la muerte! ¡Viva la muerte!» No se trataba por supuesto de la 
muerte de ese «poeta»; y no era el primero ni sería el último en hacer 
literatura a costa del pellejo de los demás. 

También la dictadura española había pedido la extradición de Ascaso, 
Durruti y Jover (les echaba la culpa de varios atentados políticos), pero en 
vano. El gobierno francés quería salvar su fachada liberal. En realidad todo 
era una hipócrita comedia, una intriga concertada entre el gobierno español 
y el argentino. Los tres se salvarían de la pena del garrote vil español, pero 
en cambio los destinaban a prisión perpetua en las terribles islas de Tierra 
del Fuego. 

Las circunstancias bajo las cuales emprendimos la defensa de los «tres 
mosqueteros» no eran precisamente favorables. En aquella época la policía 
disponía de ilimitados poderes para decidir la suerte de extranjeros 
«sospechosos» y decretar su expulsión. No había posibilidades de apelación 
para los implicados. Sólo el gobierno podía vetar las disposiciones de la 
policía. Pero el presidente era Poincaré y el ministro del Interior, Barthou. 
Eran seres cobardes y habría sido imprudente confiar en sus mejores 



46 



H . M . E nzensberger 



sentimientos. Había que atemorizarles, agitar a la opinión pública. Desde el 
principio pensé en conquistar para nuestros fines a la influyente Liga de los 
Derechos Humanos, aunque la labor principal de esta organización de 
pusilánimes era rehabilitar a los muertos de la Primera Guerra Mundial o 
interceder en favor de algunos liberales que habían ido demasiado lejos. 
Pero ¿anarquistas? ¿Esos intrusos cuya sola mención causaba escalofríos a 
mucha gente? 

Primero fui a ver a una grande dame conocida mía: Mme. Séverine. Me 
recibió con benevolencia. «¿En qué puedo ayudarle, Lecoin?» Le expliqué 
en pocas palabras de qué se trataba. Ella no exigió ninguna prueba de la 
inocencia de los compañeros. 

«Bien, Lecoin, le daré una esquela para Mme. MesnardDorian. Ella es 
todopoderosa en la Liga, y muy amable. Ya lo verá.» 

Mme. Mesnard-Dorian habitaba en un lujoso hotel particular en la rué de 
la Faisanderie. Su salón era frecuentado por todas las personas distinguidas 
y famosas de la República. Ella telefoneó enseguida al presidente de la Liga, 
Victor Basch. Fui a verlo de inmediato. La recepción fue bastante rara. «Son 
culpables, sus amigos», exclamó Basch. «Estoy seguro, el representante de 
la Liga en Buenos Aires me ha informado.» 

Le repliqué que él juzgaba con más desaprensión que el peor de los 
jueces, es decir, sin antecedentes, con una carpeta vacía. Entonces respondió 
inesperadamente: «¡Quisiera ver a los anarquistas al frente de un 
gobierno!» «¡Ese anhelo evidencia su absoluto desconocimiento del 
pensamiento anarquista!», le contesté. 

Esto le enfureció. Había olvidado que era profesor en la Sorbona y que 
hacía unos años había publicado un libro sobre el anarquismo. 

Cuando me fui no se había calmado todavía. Estábamos convencidos de 
haber hecho un fiasco. Pero nos habíamos equivocado. Esa misma tarde me 
llamó Guernut, el secretario general de la Liga, y me pidió que le diera los 
antecedentes sobre el caso «Ascaso y Co.». Ese «y Co.» no me parecía muy 
halagüeño, pero de todos modos la Liga era una palanca que necesitábamos 
imperiosamente. La sola mención de que la Liga nos apoyaba nos abrió 
todas las puertas. 

El ministro del Interior fue a visitar personalmente a Basch y a Guernut, 
para prevenirlos en contra nuestra. Sostuvo que la culpabilidad de los tres 
españoles era incuestionable y que la Liga sería utilizada impropiamente y 
contra sus propias convicciones. 

Fui citado por Basch y Guernut. Todavía me parece escuchar sus voces: 
«¡Díganos la verdad, Lecoin! ¡Reconozca que sus amigos no son inocentes! 
¡No comprometa a la Liga si no está absolutamente seguro!» 

Entretanto, cinco o seis periódicos se habían puesto a favor nuestro. 
También los demás diarios insertaban noticias sobre nuestras actividades. El 
comité de defensa del derecho de asilo se había convertido en una potencia, 
y la extradición de Ascaso, Durruti y Jover en una cuestión de Estado que 
comprometía al gobierno. Mientras tanto los tres detenidos habían 
emprendido una huelga de hambre. Se los trasladó al hospital militar de 
Fresnes. Estaban muy agotados, pero Barthou tuvo que ceder y prometió un 
examen judicial. Me dirigí a Fresnes portador de esa noticia. El director de 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 47 

la cárcel y sus subordinados me recibieron formando fila; fue la única vez en 
mi vida que entré en marcha triunfal a una cárcel. Encontré a los tres 
contestatarios en la cama, cada uno en una habitación individual. Se 
alegraron mucho al verme. 

Se los condujo ante el juez competente. Pero éste se escudó en sus 
artículos, se negó a abordar el asunto y se limitó al problema formal de si la 
demanda de extradición era procedente. 

A pesar de los alegatos de cuatro distinguidos abogados (Coreos, Guernut, 
Berthon y Torres), el juez sostuvo que sí era procedente. Parecía que el 
ministro del Interior había ganado la partida. El subjefe de la policía de 
Buenos Aires ya había llegado a París para hacerse cargo de los detenidos, y 
se frotaba las manos con satisfacción. 

La causa parecía perdida. Redoblé mis esfuerzos. Se reunieron seis mil 
personas en un acto en la sala de baile Bullier. Se decidió enviar una 
delegación a los ministros Painlevé y Herriot. Painlevé se mostró perplejo y 
farfulló: «¡Cómo no!... ¡Claro!» Merecía tanta confianza como un puente 
podrido. La actitud de Herriot fue mejor. Pidió que le trajeran en 48 horas 
los antecedentes disponibles del caso, y prometió presentar el asunto ante el 
gabinete. Consiguió que la decisión se postergara hasta otro examen ulterior. 
El subjefe de la policía de Buenos Aires emprendió enojado el regreso. La 
prensa argentina publicó con grandes titulares: «¡El gobierno francés 
anulado por una banda de gángsters!» 

Si de la opinión pública hubiese dependido, Ascaso y Durruti habrían sido 
liberados de inmediato. Pero el gobierno estaba bajo la presión de la casa 
real española. Prefirió ceder otra vez y aprobó en última instancia la 
extradición. 

Sólo una crisis gubernamental podía echar por tierra esta decisión, y sólo 
el parlamento podía desencadenar una crisis gubernamental. Tratamos de 
entrar en contacto con diputados influyentes, que estuviesen dispuestos a 
formular una moción perentoria ante la Asamblea Nacional. 

Conseguí pase sin fecha para entrar en la Asamblea Nacional, y allí 
establecí mi centro de operaciones. Cinco diputados apoyaban ya la 
interpelación. Representaban doscientos votos. Me faltaban cincuenta más, 
que debía arrancar de la mayoría gubernamental. Eso exigía cuidadosas 
preparaciones. ¡Al fin y al cabo para esta clase de actividades no hay nadie 
mejor que un enemigo inveterado del parlamentarismo! 

Mientras tanto, en toda Francia no se hablaba más que de Ascaso, Durruti 
y Jover. Argentina ya había enviado un buque de guerra para trasladar a los 
prisioneros. El acorazado se hallaba varado con una avería en medio del 
Atlántico. El plazo de la extradición había vencido. Pero los «tres 
mosqueteros» seguían detenidos en la Conciergerie. Invocamos las 
disposiciones legales y solicitamos su inmediata liberación. Se burlaron de 
nosotros, claro. 

Llegó por fin el día de la interpelación. Algunos diputados querían que se 
hiciera justicia; otros querían aprovechar la ocasión para derribar al gobierno 
de Poincaré. Esto podía ocurrir fácilmente si el gobierno pedía un voto de 
confianza. En los pasillos cundían los rumores y las especulaciones. Pero 
Poincaré, que no era ningún novato, previo el resultado, y poco antes del 



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H . M . E nzensberger 



descanso de mediodía me envió un mediador, su fiel mastín y confidente 
Malvy, el presidente de la comisión de Hacienda. 

-A ver, Lecoin, ¿qué quiere usted? -preguntó-. ¿Tanto le interesa la caída 
del gobierno? 

-No, en absoluto, sólo pedimos una cosa: la libertad de Ascaso, Durruti y 
Jover. 

-Enseguida voy a ver al presidente. Vuelva a las dos, por favor. Le 
comunicaré su decisión. 

La votación no se llevó a cabo. Barthou y Poincaré prefirieron capitular. 
Era julio de 1927. 

Al día siguiente nos presentamos ante el portal de la Conciergerie, en el 
Quai des Orfevres, rodeados por una jauría de periodistas y fotógrafos. La 
puerta se abrió. Allí estaban Ascaso, Durruti y Jover. 

[Louis LECOIN] 

El obstinado Lecoin, que se parecía un poco al mago Merlín y un poco a 
un predicador capuchino, superó con su hábil estrategia todos los obstáculos. 
En julio de 1927 se abrieron las puertas de la Conciergerie. Mi colaborador 
fue el primero en trasmitir la buena noticia a los prisioneros: «En menos de 
una hora estarán en libertad. ¿Qué se proponen hacer?» Después de un 
instante de silencio, Durruti contestó pensativo: «Seguiremos... en España.» 

[HENRI TORRES] 

La compañera 

Durruti y yo no nos casamos nunca, por supuesto. ¿Qué se figura usted? 
Los anarquistas no van al registro civil. Nos conocimos en París. Habrá sido 
en 1927. Él acababa de salir de la cárcel. Había habido una campaña 
inmensa en toda Francia, el gobierno había cedido, los «tres mosqueteros» 
(ése era el sobrenombre que les había puesto la prensa) fueron libertados. 
Durruti salió, esa misma tarde visitó a unos amigos, yo estaba allí, nos 
vimos, nos enamoramos a golpe de vista, y así seguimos. 

[ÉMILIENNE MORIN] 

Después que Bélgica y Luxemburgo se negaron a admitirlos, sus amigos 
trataron de encontrarles asilo en la Unión Soviética. Esto fracasó debido a 
las condiciones políticas que quería imponerles el gobierno ruso: eran 
inaceptables para los anarquistas. No les quedaba otra solución que regresar 
a París con nombres falsos. Algunos compañeros los ocultaron durante 
meses. Finalmente encontraron trabajo en Lyon. Después de medio año la 
policía los descubrió. Fueron citados ante el juez y condenados a seis meses 
de cárcel, por infracción a la orden de expulsión. 

[JOSÉ PEIRATSI] 

Nos volvimos a ver en Lyon. Era la segunda vez que lo procesaban. 
Habían descubierto que Buenaventura vivía allí sin documentos. Me acuerdo 
de que viajé con la amiga de Ascaso. 

Era la primera vez que veía una cárcel por dentro. Después volvimos a 
separarnos, ya que tras libertarlos los expulsaron enseguida hacia Bélgica. 
Por supuesto, también allí hubo problemas con la policía, no les dieron 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



49 



permiso de residencia. También estuvieron un tiempo en Alemania. Ya no 
me acuerdo de cuándo exactamente. 

[ÉMILIENNE MORIN] 

Extranjeros indeseables 

En 1928 Durruti vino a Berlín con su amigo Ascaso, ilegalmente, claro. 
Se trató pues de encontrarles un albergue. Durruti vivió unas semanas en mi 
casa, en Berlín-Wilmersdorf, Augustastrabe 62, en el cuarto piso. 

Pero para trabajar tenía que estar registrado en la policía, así que traté de 
obtener un permiso de residencia para él. 

El gobierno prusiano era entonces una coalición de socialdemócratas y 
partidos centristas. Yo conocía casualmente al ministro de Justicia. Fui a 
verle y le pedí que legalizara la residencia de Durruti. Me explicó que eso no 
era posible, ya que los centristas sacarían a relucir seguramente la historia 
del atentado. Usted ya sabe, el supuesto atentado contra el arzobispo de 
Zaragoza. 

Discutí mucho con Durruti durante las semanas de su estancia. Él conoció 
allí a Rudolf Rocker, Fritz Kater y Erich Mühsam. A veces la comunicación 
no era fácil, ya que Durruti no hablaba alemán. Las conversaciones giraron 
en torno a la revolución. Durruti insistió siempre que la revolución no debía 
acabar en la dictadura de un partido, y que la nueva sociedad debía 
organizarse desde abajo hacia arriba, y no decretarse desde arriba. De allí 
que los anarquistas no podían conformarse con los resultados de la 
Revolución Rusa. 

[AUGUSTIN SOUCHY 1] 

Durruti me impresionó mucho. Era gigantesco, atlético, tenía una potente 
cabeza, era una especie de Dantón. Su voz era fuerte. Por cierto, también era 
bondadoso cuando quería, casi tierno. 

Yo sabía mucho de él y sus amigos, de sus viajes por los países 
latinoamericanos, de sus golpes de mano. Pero hay que reconocer que, si 
bien Ascaso y Durruti eran (si usted lo prefiere) gángsters políticos, o 
precursores del terrorismo (hoy es común, los periódicos hablan todos los 
días de los terroristas), nunca se guardaron ni una peseta para ellos. 

[FEDERICA MONTSENY 1] 

Vida tranquila en Bruselas 

En 1930 obtuvieron por fin en Bruselas el permiso para residir en Bélgica. 
Vivieron dos años en Bruselas. Allí me hice amigo de Ascaso y Durruti. 

Ascaso era un compañero muy simpático, irónico y discreto, suave y 
enérgico a la vez; me pareció un poco enfermizo. En cambio, Durruti daba la 
impresión de ser fuerte como un roble, atlético; era muy velludo y al sonreír 
parecía un animal carnicero. Pero su mirada revelaba bondad e inteligencia. 
Conocí primero a Ascaso. Trabajábamos en la misma fábrica, un taller de 
accesorios de automóvil. Desde el principio hablamos de problemas 
sociales. Todavía me parece escucharlo cuando decía con su voz suave: 
«Nadie tiene derecho a gobernar a otros.» Enseguida me fascinó. 

Quien haya vivido en Bruselas entre los años 1930-1931, recordará 
cuántos compañeros extranjeros había allí, sobre todo españoles e italianos. 



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H . M . E nzensberger 



Y no se acordarán sin cierta melancolía del refugio que allí encontraron: el 
nido heteróclito y familiar que era la librería al lado del Mont des Arts, que 
había establecido el valiente Hem Day. Ése era el punto de reunión de los 
«elementos subversivos». 

En el primer piso había dos inquilinos: yo y la firma Barasco. Esta 
original empresa producía todo tipo de chucherías que se vendían 
directamente a vendedores ambulantes. La «fábrica» se componía de una 
habitación que servía a la vez de comedor, sala de estar, cocina y dormitorio, 
o mejor dicho sala de dormir, ya que el número de los huéspedes nocturnos 
era ilimitado. Había más de media docena de personas registradas bajo el 
nombre Barasco; Ascaso y Durruti entre ellos. 

[Leo CAMPION] 

Dejé mi empleo de taquidactilógrafa y le seguí a Bruselas. Los fugitivos 
españoles vivían en la semilegalidad, por así decirlo, con pasaportes y 
nombres falsos. Claro que la policía estaba al tanto del asunto. Durruti no 
podía viajar a ninguna parte sin que la policía enviara sus antecedentes 
detrás de él. Pero en Bruselas nos dejaron en paz. 

[ÉMILIENNE MORIN] 

Acaso y Durruti se complementaban mutuamente. Durruti era el hombre 
de acción, impetuoso y entusiasta, capaz de ganar la confianza de la gente; 
Ascaso era el hombre de la serenidad, de la reflexión, de la tenacidad, la 
amabilidad y el cálculo. Era un estratega perfecto. Era él quien planeaba las 
acciones revolucionarias. Sus cálculos eran tan exactos, que a la hora 
señalada éstos se confirmaban en todos sus detalles. El fuerte de Durruti era 
la rapidez y la energía con que sabía actuar; ponía la violencia al servicio de 
un ánimo decidido y un discernimiento superior. El uno necesitaba del otro, 
y era difícil resistirles cuando estaban juntos. 

[CÁNOVAS CERVANTES] 



Cuarto Comentario 
El dilema español (1931-1936) 

La clase trabajadora española celebró la proclamación de la República 
como una victoria política. Como ocurría siempre después de un periodo de 
represión, la CNT se restableció de inmediato; su peculiar forma de 
organización le permitía invernar y resurgir de repente con renovadas 
fuerzas. Pero el régimen republicano no debía su existencia a un movimiento 
revolucionario, sino a un relevo incruento e indiferente. Comenzó a girar el 
tiovivo de los partidos liberales y burgueses, de las crisis gubernamentales y 
las reelecciones. El fiel de la balanza lo constituían los partidos «de centro» 
(es decir la pequeña burguesía, numérica y económicamente débil), que 
gobernaban por lo general con el consentimiento tácito aunque pasivo de la 
socialdemocracia. En otras palabras: la base social de la República era 
irrisoriamente débil; su fuerza política la extraía del hecho de que el 
consorcio de intereses de la derecha y el movimiento obrero se bloqueaban 
mutuamente. La capacidad de maniobra del nuevo gobierno era 
proporcionalmente limitada. No se podía pensar en reformas estructurales. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 51 

El problema agrícola quedó sin resolver. La ley de la reforma agraria fue 
saboteada. Aparte de algunos comienzos de separación de la Iglesia y el 
Estado, sólo se registró un paso positivo durante el primer año de la 
República: la aprobación de un estatuto autónomo para Cataluña. 

Los problemas de los obreros y los campesinos no fueron atendidos. El 
movimiento anarquista, su principal potencia organizada, boicoteaba al 
parlamento. Las masas defraudadas se echaron otra vez a la calle. Huelgas, 
sediciones campesinas, huelgas de hambre y guerrillas urbanas: el gobierno 
utilizó para hacer frente a la acción directa de la clase trabajadora los 
mismos medios que habían utilizado sus predecesores, es decir, la policía, la 
Guardia Civil, y, en caso de necesidad, el ejército. El estado de sitio se 
volvió habitual. 

En el tercer año de la República se planteó de nuevo el dilema español. 
Como consecuencia de la abstención electoral anarquista, el poder 
gubernamental cayó fácilmente y por vías legales en manos de la reacción: 
una nueva coalición electoral de la derecha, la CEDA, ingresó en el 
parlamento. El gobierno de Gil Robles se puso a revocar enseguida las pocas 
conquistas de la República. Comenzó el bienio negro 1933-1935. El objetivo 
estratégico de la derecha era naturalmente el aniquilamiento del movimiento 
obrero. Pero Gil Robles no era un fascista. Mientras que Hitler con su 
contrarrevolución cambió la sociedad alemana hasta volverla irreconocible, 
mientras que los monopolios alemanes modernizaron sin miramientos la 
estructura económica del país, mientras que el Reich alemán se preparaba 
para la ofensiva con el fin de alcanzar el dominio mundial, la derecha 
española sólo se interesaba en restaurar un pasado que era anacrónico desde 
hacía tiempo. El único movimiento de que parecía capaz era el paso del 
cangrejo. Pero tampoco éste podía emprenderse sin violencia. 

Los socialdemócratas españoles se encontraron en una situación de vida o 
muerte. Su vieja política colaboracionista había fracasado; persistir en ella 
habría sido rayano en el suicidio. La presión de las bases sobre la cumbre del 
partido reformista aumentó. En estas circunstancias el jefe de la 
socialdemocracia, Largo Caballero, resolvió cambiar de táctica. Rompió su 
coalición con los partidos republicanos de la burguesía liberal, y preparó a 
sus partidarios para la resistencia armada. De pronto aparecieron consignas 
leninistas en la UGT, el sindicato dirigido por los socialdemócratas. En 
octubre de 1934 estalló en Asturias, un baluarte de la UGT, una rebelión que 
eclipsó totalmente las operaciones armadas de los anarquistas. Esta 
«revolución de octubre» asturiana ha caído injustamente en el olvido. Desde 
los días de la Comuna de París no se había visto nada parecido en Europa 
occidental. «¡Unios, hermanos proletarios!» Bajo este lema se levantaron 
provincias enteras en el norte de España. Se formaron de inmediato consejos 
de obreros; la dirección en Madrid perdió el control del movimiento; viejas 
rivalidades fueron barridas de la noche a la mañana; en Asturias se unieron 
socialdemócratas, anarquistas y comunistas en la lucha contra las tropas 
gubernamentales. 

La tragedia de la revolución asturiana fue quedar aislada desde el 
principio, limitada a una región periférica, incomunicada con el resto del 
país. En Madrid la rebelión fue sofocada en su origen. En Barcelona, los 



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obreros de Asturias tuvieron un aliado muy débil: la Esquerra Catalana, 
dirigida por Lluís Companys, cuyo único objetivo era defender su estatuto 
de autonomía. Los anarquistas de Cataluña y Andalucía no se movieron. 
Demasiado los había calumniado y presionado Largo Caballero; demasiado 
había acosado la socialdemocracia a la CNT por medio de la policía. En 
última instancia la causa de la derrota de 1934 se debió a la profunda 
división del movimiento obrero. Como consecuencia del aislamiento político 
de la rebelión asturiana, el gobierno logró sofocarla militarmente, a pesar de 
la desesperada resistencia. Los focos revolucionarios fueron bombardeados, 
la legión extranjera y los regimientos moros bajo el mando del joven general 
Francisco Franco sometieron a los trabajadores asturianos. La represión fue 
espantosa. A fines de 1935 había más de treinta mil presos políticos en las 
cárceles españolas. 

Después de este «éxito» la arrogancia de la reacción no tuvo límites. 
Sobreestimó tanto sus fuerzas, que convocó nuevas elecciones para febrero 
de 1936. Y la lucha electoral demostró cuan irreflexivo había sido este paso. 
La socialdemocracia había llegado a la conclusión, a través del desastre 
asturiano, de que no estaba hecha para la revolución. Volvió, llena de 
arrepentimiento, a su táctica parlamentaria e hizo una alianza electoral con 
los partidos republicanos de centro; también los comunistas, un grupo 
numéricamente insignificante, se unieron a esta coalición. 

Así nació el Frente Popular, que logró una aplastante victoria en las 
elecciones de febrero de 1936. En última instancia este derrumbamiento 
político había sido causado por una fuerza que no se había manifestado en 
absoluto en el parlamento. La CNT, con sus afiliados, que se contaban por 
millones, decidió el resultado, pasando tácitamente por alto la consigna del 
boicot electoral. 

Sin embargo, el nuevo gobierno se esforzó tan poco como en 1931 por 
realizar reformas decisivas. Se contentó con poner nuevamente en vigor las 
leyes que Gil Robles había revocado. Por lo demás todo quedó como antes. 
El Frente Popular no representaba al pueblo. Los republicanos no fueron 
capaces de resolver el dilema español. 

El golpe que habría de derribar a la antigua sociedad vino de la derecha. 
Desde la fundación del Frente Popular, la derecha se había propuesto 
derribar violentamente al gobierno elegido. Esto requería preparación 
ideológica y organizativa. La Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini 
ofrecían ejemplos de cómo la reacción podía desligarse de sus sueños de 
restauración y pasar a la ofensiva; las potencias del Eje prometieron además 
ayuda material y propagandística. La Falange española inició su ascenso. El 
ejército preparó el golpe de Estado. La confrontación era previsible. El 
gobierno vaciló. Los generales dieron el golpe. El 17 de julio Franco se puso 
al frente de una sublevación militar en el Marruecos español. El 18 de julio 
la revuelta se extendió al continente. Tres días después una tercera parte del 
país estaba en poder de los generales: la archicatólica Navarra, una parte de 
Aragón, Galicia, León, Castilla la Vieja, Sevilla, Cádiz y Córdoba. Los 
golpistas no contaban con una resistencia seria. En sus cálculos no habían 
contado con el pueblo español. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 53 

La República 
El retorno 

Pocos días después de la proclamación de la segunda República, en abril 
de 1931, vinieron a mi casa Durruti, Ascaso y García Oliver. 

Discutimos mucho, especialmente sobre el principal problema de entonces 
de los anarquistas. Algunos creían que había que darle una oportunidad a la 
República, y los otros decían (y ésta era el ala extremista del movimiento 
anarquista, a la que pertenecían Durruti, Ascaso y García Oliver) que no 
había que darle tiempo a la República para que se estableciera. Según ellos, 
esto pondría en peligro el desarrollo ulterior de la sociedad española e 
interrumpiría el proceso de cambio revolucionario de estructuras. 

Nuestras opiniones eran distintas. Reconozco que entonces temía que una 
precipitación excesiva pudiera perjudicarnos. Después, ante la evolución 
política de la República, tuve que admitir que Durruti, Ascaso y García 
Oliver tenían razón. La República cayó en un temeroso reformismo; ni 
siquiera realizó la reforma agraria, que era el problema clave de España. 

[FEDERICA MONTSENY 1] 

En 1931, cuando se proclamó la República en España, fue un verdadero 
torbellino, un delirio... Los emigrantes de Bruselas recogieron sus 
documentos; querían regresar lo antes posible. Durruti y Ascaso fueron los 
primeros en partir. Nosotras nos quedamos solas con las maletas y equipajes. 

Yo pude viajar un mes más tarde. Mi primera impresión de Barcelona fue 
contradictoria. Me habían dicho que no llovía casi nunca en Barcelona. 
Había regalado mi impermeable a una amiga en Bruselas. Cuando llegamos 
a España llovía a cántaros. Estábamos en junio. El ambiente político era 
muy diferente del de París. En Francia había conocido al movimiento 
anarcosindicalista, pero allí era totalmente diferente. La mentalidad de los 
compañeros españoles... Me parecían, si me permite, me parecían un poco 
simples, un poco elementales. 

Otra cosa que me desconcertó: las mujeres no desempeñaban ningún 
papel, en absoluto. En las manifestaciones y en las reuniones también había 
mujeres, por supuesto. Pero nunca iban acompañadas por sus esposos. Los 
hombres se reunían en el café. Se pasaban horas y horas sentados ante una 
taza de café. Eso sí, bebedores no eran. Hasta que un día le dije a 
Buenaventura: «¿Qué pasa con tus compañeros, son todos solteros?» Pero 
todo fue en vano. Ya comprende usted. La mujer en la casa, y basta. 

[ÉMIL1ENNE MORIN] 

Cuando vine por vez primera a España, después de la proclamación de la 
República, conocí a Durruti en el café La Tranquilidad. Era un punto de 
reunión de los anarquistas, y por lo tanto era también un punto de reunión de 
la policía, que venía allí constantemente y detenía a gente con bastante 
frecuencia. Pero los anarquistas no se inquietaban. Yo había escuchado 
muchas leyendas sobre Durruti. Era totalmente diferente a lo que yo 
esperaba de acuerdo a esas historias. Me encontré con un hombre muy 
tranquilo y amistoso; la inmensa energía que solía manifestar era apenas 
visible. 

[ARTHUR LEHNING] 



54 



H . M . E nzensberger 



Ascaso era el más reservado de los «tres mosqueteros». Pero así como 
García Oliver era la fuerza elástica y Durruti representaba el brazo fuerte y 
la fuerza de voluntad, Ascaso era la mente impávida y penetrante. Su rostro 
era suave e inteligente y alrededor de su boca había una expresión de 
melancolía y burla; su mirada era penetrante e irónica. Era más bien 
pequeño, delgado, mesurado en sus movimientos; revelaba una cierta gracia 
indolente detrás de la cual se ocultaba una energía sobrehumana. Comparado 
con Durruti, de exterior plebeyo, franco y ruidoso, Ascaso tenía un no sé qué 
casi aristocrático. Cuando se los veía juntos, a Buenaventura, que golpeaba 
la mesa con sus enormes puños y gritaba a voz en cuello, y a Francisco a su 
lado, indiferente y malicioso, con su eterna sonrisa en los labios, se ponía de 
relieve la fuerza del uno y el ingenio del otro. Se complementaban 
mutuamente. 

[FEDERICA MONTSENY 1] 

El primero de mayo 

Después de la proclamación de la República española, viajé a Barcelona 
para visitar a mis amigos Ascaso, Durruti y Jover. Llegué la víspera del 
primero de mayo. Los comunistas habían planeado una manifestación y 
habían inundado de carteles las paredes de la ciudad. En cambio, de la CNT- 
FAI, nada, ¡ni siquiera un volante! ¿Iban a desaprovechar la ocasión de 
hacer propaganda en un día así? Durruti me tranquilizó: «No, al contrario, 
organizaremos una manifestación por las calles céntricas de la ciudad. 
Contamos con cien mil participantes.» «¿Y la propaganda?», pregunté. «No 
veo ninguna invitación al acto.» 

«Hemos anunciado la manifestación en nuestro periódico Solidaridad 
Obrera.» 

En efecto, los anarquistas reunieron al día siguiente a 100.000 
manifestantes, y los comunistas a lo sumo seis o siete mil. 

A pesar de todo, estaba convencido de que su confianza en sí mismos 
rayaba en la imprudencia. Tenía la impresión de que subestimaban la 
peligrosidad de los comunistas. Los «tres mosqueteros» y sus compañeros 
españoles se burlaron de mí. Dijeron que veía fantasmas. Unos años más 
tarde su descuido les habría de costar caro. 

[LOUIS LECOIN] 

Todos los domingos la FAI organizaba un acto en los amplios palacios del 
parque de Montjui'c. Los oradores eran casi siempre los mismos: Cano Ruiz, 
Francisco Ascaso, Arturo Parera, García Oliver y Durruti. A los primeros 
actos asistieron sólo algunos centenares de oyentes. Cuando el público 
conoció la calidad de los oradores, sobre todo de García Oliver y Durruti, los 
palacios de Montjmc resultaron pequeños. Cada domingo se reunían miles y 
miles de trabajadores. 

Durruti no era un orador extraordinario. Sus discursos daban la impresión 
de incoherencia; no conocía el arte de la retórica. Sin embargo, la gente 
venía sobre todo para escucharle a él. Su voz fuerte y clara sugestionaba a 
las masas. Hablaba con mucha sencillez, sin adornos. Lo que atraía a las 
masas era su vehemente y desbordante sentimiento. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 55 

Un día, los compañeros de Gerona invitaron a Durruti a un acto. Después 
de hablar lo detuvieron allí mismo, todavía bajo la acusación de haber 
preparado en París un atentado contra Alfonso XIII. Evidentemente, las 
autoridades judiciales de Gerona no se habían enterado de que la monarquía 
había caído y que se había decretado una amnistía general. La población de 
Gerona se levantó. Se intentó asaltar varias veces la cárcel para liberar a 
Durruti. Los obreros decretaron la huelga general por tiempo indeterminado; 
las autoridades decretaron el estado de excepción. Después de tres días de 
huelga, Durruti fue libertado. 

También en Barcelona se produjo una revuelta el primero de mayo de 
1931. Se celebró una asamblea en el Palacio de Bellas Artes, en la que 
participaron numerosos presos políticos que habían sido libertados a raíz de 
la amnistía. Se aprobaron resoluciones que se acordó entregar al presidente 
de Cataluña, Francesc Maciá. Se organizó una gigantesca manifestación, a 
cuyo frente marcharon García Oliver, Durruti, Ascaso, Santiago Bilbao y 
otros dirigentes de la CNT-FAI: el primer desfile de las fuerzas proletarias 
desde la proclamación de la República. La marcha recorrió las calles 
céntricas de la ciudad. Al llegar al palacio de la Generalitat de Cataluña, la 
policía abrió fuego. Los obreros y la policía intercambiaron centenares de 
disparos. La situación alcanzó tal gravedad que intervino el ejército. Una 
sección de soldados apareció en la plaza de la República. Durruti arengó a 
los soldados. Cuando los guardias civiles y la seguridad intentaron atacar 
nuevamente a los manifestantes, los soldados apuntaron sus armas sobre la 
policía. Así se evitó una masacre. 

Este episodio caracteriza la errónea política de la República en 1931. En 
la burocracia estatal permanecían los mismos elementos que habían servido 
anteriormente a la monarquía. El mando de las fuerzas armadas estaba en 
poder de los reaccionarios. La República carecía de una política social que 
beneficiara a la clase trabajadora. El régimen había cambiado sus formas, 
pero todo seguía como antes, igual que en tiempos de Alfonso XIII. La 
insatisfacción popular crecía diariamente. 

[ALEJANDRO GILABERT] 

La deplorable República 

Durante la República hubo una larga serie de enconadas disputas, 
expresión de la lucha de clases revolucionaria. En 1932 hicieron huelga los 
mineros de Fígols en las montañas catalanas. La huelga adquirió formas de 
sedición. 

En enero de 1933 se levantaron de nuevo los obreros, principalmente en 
Cataluña, aunque también en Andalucía. Quiero destacar sobre todo la 
tragedia de Casas Viejas. En diciembre del mismo año estalló una rebelión 
en Aragón y en una parte de Castilla, y en 1934 se produjo la revolución 
asturiana, el primer movimiento revolucionario que unificó a anarquistas, 
socialistas y comunistas, y a las dos organizaciones sindicales más grandes 
de España bajo el lema: «Unios, hermanos proletarios.» 

La izquierda obtuvo por fin la mayoría en las elecciones de febrero de 
1936. A este triunfo contribuyó el problema de la amnistía para los 
numerosos presos políticos. La CNT siempre se opuso al parlamentarismo, 



56 



H . M . E nzensberger 



pero esta vez su consigna fue: que cada uno vote o no, según le parezca. Y 
casi nadie boicoteó las elecciones. También Durruti estuvo de acuerdo. 

Durruti participó activamente en todas esas rebeliones y luchas en la 
época de la República. Él opinaba que había que activar constantemente el 
proceso. Se lanzó a la acción apenas regresó a España. 

Como consecuencia, en 1932 fue deportado a Villa Cisneros, en África. 
Más tarde volvieron a detenerle. Apenas salía de nuevo en libertad, gracias a 
una amnistía o por una maniobra estratégica del gobierno, enseguida volvían 
a detenerlo, porque él nunca dio tregua, bajo ninguna circunstancia. 

[FEDERICA MONTSENY 1] 

Durruti siempre decía a los obreros que los republicanos y los socialistas 
habían traicionado la revolución, y que era necesario volver a iniciarla desde 
el principio. Fue a la cuenca minera de Fígols con Pérez Combina y Arturo 
Parera. Dijo a los mineros que la burocracia burguesa había fracasado y que 
había llegado el momento de la revolución. La burguesía debía ser 
expropiada y el Estado abolido; sólo así podía completarse la emancipación 
de la clase obrera. Aconsejó a los obreros que se prepararan para la lucha 
final y les enseñó a fabricar bombas con fuertes botes de hojalata y dinamita. 

La agitación se extendió por toda España. Los campesinos peleaban 
diariamente contra la Guardia Civil, que defendía a los grandes 
terratenientes. Surgían huelgas por doquier. El gobierno se encontró ante la 
disyuntiva de apoyar a los trabajadores o defender a la burguesía. Optó por 
la burguesía, por supuesto. 

El 19 de enero de 1932 los mineros de Fígols se levantaron en armas 
contra los capitalistas. El movimiento se extendió a los valles del Cardoner y 
Alto Llobregat. Fígols, Berga, Suria, Cardona, Gironella y Sallent fueron las 
teas revolucionarias. Por primera vez en la historia se implantó en estos 
pueblos el comunismo libertario. 

Después de ocho días el ejército sofocó el movimiento. La represión de la 
rebelión fue relativamente moderada, ya que las tropas gubernamentales 
estaban al mando del capitán Humberto Gil Cabrera, un oficial bondadoso, 
que después fue ascendido a teniente coronel y simpatizó con la CNT. Él 
evitó que se emprendiera una sangrienta represalia contra los obreros de la 
cuenca minera. 

[ALEJANDRO GILABERT] 

EU8 de enero de 1932 los mineros de la cuenca de Fígols, en el valle del 
Alto Llobregat, se rebelaron abiertamente, declararon abolida la propiedad 
privada y el dinero y proclamaron el comunismo libertario. El gobierno 
central calificó a los insurrectos de «bandidos con carnet de socio» (de la 
CNT), y el presidente Manuel Azaña ordenó al capitán general de la región: 
«Le doy quince minutos, a contar desde la llegada de las tropas, para sofocar 
la rebelión.» En realidad, los soldados necesitaron cinco días. 

[JOSÉ PEIRATS 1-2] 

Cinco días de anarquía... no duraron más que la vida de una flor. 

[FEDERICA MONTSENY] 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 57 

El destierro 

Entretanto se había declarado la huelga general en Barcelona. Se 
produjeron las habituales disputas y tiroteos. Centenares de prisioneros de la 
cuenca minera fueron trasladados a barcos anclados en el puerto de la 
ciudad, que habían sido transformados en cárceles flotantes. La ola represiva 
abarcó toda Cataluña, la costa de Levante y Andalucía. Los prisioneros más 
importantes fueron conducidos a bordo del trasatlántico Buenos Aires, que 
partió el 10 de febrero con 104 deportados a bordo, entre ellos Durruti y 
Ascaso, rumbo al África Occidental (Río de Oro) y las Islas Canarias 
(Fuerte ven tura). 
Francisco Ascaso escribió al separarse de sus compañeros: 
«¡Pobre burguesía, que necesita recurrir a tales procedimientos para 
prolongar su miserable existencia! Esto no nos sorprende. Está en su 
naturaleza el torturar, deportar y asesinar. Nadie muere sin defenderse con 
un último golpe, ni siquiera los animales. Es triste que estas últimas 
convulsiones causen víctimas, sobre todo cuando son nuestros hermanos los 
que caen. Pero esto responde a una ley que no podemos derogar. La agonía 
de esta clase no durará mucho, y cuando pensamos en ella, ni siquiera el 
casco de acero de este barco puede sofocar nuestra alegría. Nuestros 
sufrimientos son el principio del fin de nuestros enemigos. Algo se 
desmorona y muere. ¡SU muerte es nuestra vida, nuestra liberación! Los 
saludamos, y esta despedida no es para siempre. Pronto estaremos de nuevo 
entre vosotros. Francisco Ascaso.» 

[JOSÉ PEIRATS 2] 

Los compañeros fueron deportados a África en un bananero que iba 
rumbo a Bata, en el golfo de Guinea. Los metieron en la bodega, por 
supuesto. Eran ciento sesenta, y sólo había una escotilla. La gente quería 
salir, quería ir a cubierta. Ascaso dijo: «Estoy harto», y subió la escalera. El 
guardia sacó la pistola y gritó: «¡Atrás!» Pero ya sabéis como era Ascaso, no 
era un hombre que se dejara detener tan fácilmente. Él siguió adelante. El 
guardia apuntó, y Ascaso le dijo: «¡Venga, dispara, cobarde, porque si no 
me matas ahora, cuando te encuentre en la calle te mato como a un perro!» 
El sargento se sintió inseguro. Se puso a temblar. No sabía lo que le podía 
pasar si mataba a Ascaso, y le dejó pasar. Después no hubo modo de 
pararlos. Todos subieron a cubierta. El capitán se vio obligado a llamar al 
destructor que acompañaba al barco. Los marineros abordaron el vapor con 
los fusiles cargados, para sofocar el motín. Porque se había convertido en un 
verdadero motín. 

Durruti se adelantó, se abrió la camisa, pesaba unos noventa kilos por lo 
menos, y les gritó a los marineros: «Ahora os animáis, porque nos veis 
desarmados, pero ya veréis lo que os pasa en España si nos matáis.» 
Entonces los oficiales resolvieron parlamentar. Se decidió que no habría 
motín, y que los presos podían andar por cubierta cuando quisieran. Así 
llegaron a Bata. 

[MANUEL BUIZÁN] 

Cuando el Buenos Aires, un barco bueno para chatarra, que casi se había 
hundido durante la travesía, arribó a Río de Oro, el gobernador de Villa 



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H . M . E nzensberger 



Cisneros se negó a admitir a Durruti. Nadie comprendió la causa de su 
comportamiento. Durruti y algunos de sus compañeros fueron separados de 
los demás deportados y conducidos a Fuerteventura, en las Islas Canarias. 
Luego se comprobó que el gobernador de Villa Cisneros, un hombre 
llamado Regueral, era el hijo del ex gobernador de Bilbao. Este funcionario 
había reprimido al movimiento anarquista con máxima crueldad, y después 
de su renuncia fue ejecutado a tiros de pistola en las calles de León, la noche 
de un día de fiesta. Su hijo declaró que estaba convencido de que Durruti y 
sus compañeros habían matado a su padre, y por eso se negó a admitirlo en 
su colonia. 

[RICARDO SANZ 3] 

La agitación 

La CNT contestó a las deportaciones con una nueva huelga general. En 
Tarrasa los anarquistas tomaron por asalto el ayuntamiento e izaron la 
bandera rojinegra. Asediaron el cuartel, hasta que se aproximaron refuerzos 
procedentes de Sabadell. Después de una lucha encarnizada, los anarquistas 
se rindieron. En el proceso que siguió se impusieron condenas a trabajos 
forzados de cuatro a veinte años. 

Sin embargo, las protestas por las deportaciones continuaron. El 29 de 
mayo alcanzaron su apogeo con manifestaciones de masas, choques armados 
y actos de sabotaje. Las cárceles rebosaban de presos. En Barcelona los 
detenidos se amotinaron e incendiaron la penitenciaría. El alcaide del 
presidio, que sofocó el motín, fue muerto a tiros en plena calle pocos días 
después. 

[JOSÉ PEIRATS 1] 

A fines de noviembre de 1932 volvieron de África los deportados. El 
gobierno republicano-socialdemócrata prosiguió la persecución de la CNT. 
La F Al organizó una asamblea en el Palacio de Bellas Artes en el parque de 
Montjulc, en Barcelona. Allí habló por primera vez Durruti desde su regreso 
del destierro. Se calcula que asistieron 100.000 personas. Durruti declaró sin 
reservas su fe en la revolución. La policía había emplazado gran número de 
ametralladoras alrededor del palacio. 

La burguesía catalana tembló; la prensa a su servicio exhortó al gobierno a 
actuar con energía contra los anarquistas. Los sindicatos de la CNT fueron 
¿legalizados y su periódico Solidaridad Obrera clausurado. Centenares de 
activistas políticos fueron detenidos. Cada vez cundió más entre los 
anarquistas la idea de enfrentarse violentamente a la represión. Los 
ferroviarios anunciaron la huelga. Un conflicto de tal naturaleza podía 
trastornar la economía y la política del país; por ese motivo, el gobierno 
amenazó con militarizar a los ferroviarios. García Oliver proyectó un plan 
subversivo; se pensó en utilizar la huelga ferroviaria para desencadenar la 
revolución en toda España. Ascaso, Durruti, Aurelio Fernández, Ricardo 
Sanz, Dionisio Eróles, Jover y otros aprobaron el plan. Un hecho fortuito 
precipitó los acontecimientos. Dos anarquistas, llamados Hilario Esteban y 
Meler, que más tarde habrían de desempeñar un importante papel en la 
Guerra Civil en el frente de Aragón, habían instalado un taller de explosivos 
en el barrio del Clot, en Barcelona. Al producirse por descuido una 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



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explosión, la policía descubrió el depósito de explosivos. Era preciso iniciar 
inmediatamente la revuelta, para evitar que la policía se apoderara de todos 
los arsenales de los anarquistas. Los comandos y los cuadros de defensa de 
la FAI atacaron el 8 de enero de 1933 los cuarteles de Barcelona. 

Se produjeron choques armados en todas las regiones. También en esta 
ocasión logró el gobierno sofocar la rebelión. 

[ALEJANDRO GILABERT] 

Después del fracaso de la rebelión de enero, Durruti y Ascaso fueron 
encarcelados de nuevo; pasaron seis meses en la cárcel del Puerto de Santa 
María. Apenas salió en libertad, Durruti volvió a la actividad con su 
acostumbrada tenacidad. 

[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN] 

Después de la proclamación de la República, la CNT y la FAI sufrieron un 
alud de calumnias y ofensas. Recordamos todavía los titulares de la primera 
página del órgano comunista La Batalla: «FAI-ismo = fascismo», y las 
declaraciones de Fabra Rivas, un conspicuo socialdemócrata que era el 
principal consejero de Largo Caballero: «Los anarquistas como Ascaso y 
Durruti son locos imbéciles. Hay que apartarse de tales dementes. Con ellos 
no se puede discutir. Lo mejor sería fusilar sobre el terreno a estos residuos 
del pasado.» 

[Luz DE ALBA] 

Recuerdo que un día las autoridades confiscaron en nuestra imprenta las 
rotativas de nuestro diario Solidaridad Obrera. Fue durante la República, ya 
no recuerdo por qué razón. Por denuncias o instigaciones. El periódico fue 
clausurado y las máquinas se subastaron judicialmente. Se presentaron 
muchos comerciantes a licitar. Pero no los dejamos solos. También nosotros 
nos presentamos en la sala de subastas, una veintena por lo menos, entre 
ellos Durruti y Ascaso. Durruti se levantó y ofreció veinte pesetas por la 
rotativa. Era nada, prácticamente. Los comerciantes se levantaron de un 
salto y gritaron: «¡Mil pesetas!», pero no bien hizo su oferta el primero, 
sintió algo frío, de hierro, en las costillas, y enseguida retiró su oferta, claro. 
Entonces le tocó el turno a Ascaso. Gritó: «¡Cuatro duros!» Eran veinte 
pesetas otra vez. El que quería sobrepujarlo sentía el revólver al lado y 
prefería callarse la boca. Por último no le quedó al subastador otra 
alternativa: tomó el martillito y nos adjudicó la máquina por veinte pesetas, 
un pedazo de pan. 

Entre ayer y hoy no hay comparación posible. Lo que hacemos en París, 
en la imprenta de la CNT en el exilio, es una bagatela. Nos falta de todo, 
nuestras máquinas podrían venderse como chatarra. Necesitamos un nuevo 
equipo. Claro que hoy trabajamos en la legalidad, y trabajar en la legalidad 
significa tener que trabajar con hierro viejo. Si tuviésemos a un Durruti, a un 
Ascaso, no sería difícil conseguir una nueva imprenta. Sí, ¡ésa sería nuestra 
solución ! 

[JUAN FERRER] 



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H . M . E nzensberger 



Sobre el trabajo en las fábricas 

Se llamaba «República de los trabajadores», y ¿qué hicieron con Durruti? 
Lo deportaron a Bata, acusado de vagancia. A Ascaso y Durruti ya otros 
centenares que siempre se ganaron la vida en la fábrica. Ellos no eran 
funcionarios, no se sentaban en la oficina, pagados por el sindicato. Durruti 
era todo lo contrario de un jerarca, nunca tomó ni una peseta de la CNT o de 
la FAI. 

[MANUEL HERNÁNDEZ] 

Un día los obreros de la cervecería Damm de Barcelona declararon la 
huelga porque su salario era muy bajo. Los empresarios no cedieron y 
despidieron incluso a algunos trabajadores. Entonces la CNT respondió con 
un boicot contra la cervecería. Algunos dueños de bares no quisieron 
participar en el boicot. Siguieron despachando cerveza Damm. Entonces los 
fueron a visitar Durruti y algunos compañeros, aparecían en la puerta y 
destrozaban los escaparates, los vasos y el bar. Pronto en todos los bares de 
Barcelona apareció un cartel que decía: «Aquí no se despacha cerveza 
Damm.» Después de unas semanas la cervecería pagó la totalidad de los 
salarios, volvió a ocupar a los despedidos y negoció un nuevo convenio con 
la CNT. 

[RAMÓN GARCÍA LÓPEZ] 

Durruti creía que la liberación de los trabajadores se lograría mediante su 
unificación económica, y en la acción económica directa. Desde 1933 hizo 
hincapié sobre todo en la creación de comités de fábrica; en su actividad 
constructiva estaría la garantía de la revolución social. En un gran acto 
antiparlamentario en el otoño de 1933, dijo: «La fábrica es la universidad del 
obrero.» 

[HEINZ RÜDIGER] 

Él estaba de acuerdo con que en nuestro movimiento se incorporaran 
también representantes de la clase media, estudiantes y escritores, pero a 
condición de que renunciaran a sus privilegios y se unieran al pueblo. Un 
día, mientras hablaba con él en el patio de la cárcel, criticó la exagerada 
estimación con que se consideraba habitualmente a los técnicos y 
especialistas. Los obreros metalúrgicos serían capaces de poner en 
funcionamiento cualquier fábrica, del mismo modo que los albañiles podrían 
planear y construir una casa. Lo mismo, según él, era válido para los demás 
sectores. 

[LIBERTO CALLEJAS] 

La vida cotidiana 

En España la vida cotidiana fue dura y difícil para mí. No podía ejercer mi 
profesión, porque casi no hablaba castellano. Trabajé entonces como 
fregona, hasta que encontré un puesto por intermedio del sindicato como 
acomodadora en un cine. Aquello era un lujo entonces. Y luego las 
mudanzas. Nos mudábamos constantemente, sólo en Barcelona cinco o seis 
veces. Para colmo, Buenaventura estaba con frecuencia en la cárcel; no 
podía pagar el alquiler y tenía que trasladarme a casa de amigos. En fin, 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



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todas las penurias de las mujeres cuyos compañeros son revolucionarios 
profesionales. 

En 1931 nació mi hija Colette, en Barcelona, y esto hizo mi vida más 
difícil aún. Como Durruti estaba en la cárcel, los compañeros hicieron una 
colecta; cada uno contribuyó con unas pesetas, y así pudimos pagar el 
alquiler. 

[ÉMILIENNE MORIN] 

A principios de 1936 Durruti vivía justo al lado de mi casa, en un pequeño 
piso en el barrio de Sans. Los empresarios lo habían puesto en la lista negra. 
No encontraba trabajo en ninguna parte. Su compañera Émilienne trabajaba 
como acomodadora en un cine para mantener a la familia. 

Una tarde fuimos a visitarle y lo encontramos en la cocina. Llevaba un 
delantal, fregaba los platos y preparaba la cena para su hijita Colette y su 
mujer. El amigo con quien había ido trató de bromear: «Pero oye, Durruti, 
ésos son trabajos femeninos.» Durruti le contestó rudamente: «Toma este 
ejemplo: cuando mi mujer va a trabajar yo limpio la casa, hago las camas y 
preparo la comida. Además baño a la niña y la visto. Si crees que un 
anarquista tiene que estar metido en un bar o un café mientras su mujer 
trabaja, quiere decir que no has comprendido nada.» 

[MANUEL PÉREZ] 

Sí, los anarquistas siempre hablaban mucho del amor libre. Pero eran 
españoles al fin y al cabo, y da risa cuando los españoles hablan de cosas así, 
porque va contra su temperamento. Repetían lo que habían leído en los 
libros. Los españoles nunca estuvieron a favor de la liberación de la mujer. 
Yo los conozco bien a fondo, por dentro y por fuera, y le aseguro que los 
prejuicios que les molestaban se los quitaron enseguida de encima, pero los 
que les convenían los conservaron cuidadosamente. ¡La mujer en casa! Esa 
filosofía sí les gustaba. Una vez un viejo compañero me dijo: «Sí, son muy 
bonitas sus teorías, pero la anarquía es una cosa y la familia es otra, así es y 
así será siempre.» 

Con Durruti tuve suerte. Él no era tan atrasado como los demás. ¡Claro 
que él sabía también con quién estaba tratando! 

[ÉMILIENNE MORIN] 

A mí me gustaba. Le aseguro que hombres como él ya no existen. No 
podía soportar la injusticia. Orgulloso no era, siempre vivió con sencillez, 
eso sí, era muy fuerte, créame, era fuerte como el demonio. 

[JOSEFA IBÁÑEZ] 

Conocí a Durruti en la imprenta de Solidaridad Obrera. Allí íbamos a 
recoger en 1934 nuestros folletos de propaganda, pequeños folletos en 
alemán que enviábamos ilegalmente a Alemania. Tenían la misma 
presentación de los impresos de propaganda para bombones. Yo no estaba 
acostumbrada al sol de Barcelona, y llevaba siempre un sombrero. Para los 
anarquistas el sombrero de mujer era un símbolo de la burguesía. Por esa 
razón Ascaso me miraba con cierta desconfianza. Le di la mano. Él le dio la 
vuelta y movió la cabeza. Yo no tenía callos. 



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H . M . E nzensberger 



«¿Cómo?», dije. «¿Usted es Ascaso?» Parecía tan pequeño e 
insignificante. Por eso se ofendió. No debí haberle preguntado con ese tono. 
Más vale no reírse de los españoles. Menos aún si se es mujer. Yo tenía 
veintiún años, pero aparentaba diecisiete. Ascaso me pareció bastante altivo. 
Además, era de esos anarquistas que no querían saber nada de extranjeros 
raros como nosotros. Los demás me aceptaron enseguida. También me 
perdonaron el sombrero. Los hombres de la CNT eran proletarios, pero se 
comportaban con gran dignidad y aplomo. Un amigo mío, ferroviario, daba 
la impresión de ser un aristócrata; y no era el único. 

Durruti no era así. Era sorprendentemente modesto. Sin embargo, todos le 
hacían caso cuando era esencial. Lo conocí una tarde en un cine, donde su 
mujer trabajaba como cajera y acomodadora. Émilienne siempre hablaba 
más que los otros; sólo se callaba en presencia de Durruti. Yo tenía que 
hacer unas compras en las Ramblas, y él me acompañó. «Me asustan las 
bombas y los tiroteos», dije. En Barcelona había casi todas las semanas una 
huelga, un asalto o una operación policial. En las Ramblas había un guardia 
de asalto detrás de cada árbol, con la bayoneta calada incluso; se veían 
tropas regulares con frecuencia. Los moros, con sus alfanjes, parecían 
especialmente temibles. Pero en conjunto había algo de opereta en el aire. 
Las damas se paseaban delante de los escaparates. De pronto se oía un 
silbato. De los tejados comenzaban a caer granadas de mano. Las persianas 
se cerraban con estruendo, las damas agitaban pequeños pañuelos blancos y 
se tiraban al suelo, en las tiendas o en la acera. Después de un rato volvía la 
calma, los pitos daban el cese de alarma, la gente se levantaba y se sacudía 
el polvo de la ropa, como si nada hubiera pasado. 

Durruti pasaba delante de los policías sin inmutarse. 

«Yo tengo tanto miedo como tú», dijo. «El miedo y el valor vienen juntos. 
A veces no sé dónde termina uno y comienza el otro.» Los niños de la calle 
lo conocían. Conmigo fue siempre muy amable. Además me tomaba en 
serio. Los anarquistas nunca trataron con descuido a las mujeres. No eran 
aficionados a las faldas, al contrario. A veces me parecían calvinistas. 
Siempre pensaban en la revolución. 

Durruti no sabía lo que era el orgullo. Tomaba en serio a todos los que 
conocía. La gente de Barcelona se sentía reflejada en él. Por eso lo 
enterraron como a un rey. 

[MADELEINE LEHNING] 

El boicot electoral 

La CNT dirigió una campaña extraordinaria en las elecciones 
parlamentarias de noviembre de 1933: proclamó la abstención con una 
energía y acritud nunca vistas. Los periódicos y los volantes de los 
anarquistas difundieron la llamada al boicot electoral hasta los pueblos más 
apartados. La consigna: «No votar» fue bien recibida entre los obreros y 
campesinos; ya estaban cansados de los partidos gubernamentales «de 
izquierda», de la política de los liberales de izquierda, de los 
socialdemócratas y de la constante represión. La campaña llegó a su apogeo 
el 5 de noviembre con un acto en la plaza de toros de Barcelona al que 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 63 

asistieron entre 75.000 y 100.000 obreros. Los más populares oradores de la 
CNT se refirieron al tema: «Frente a las urnas, la revolución social.» 

«Trabajadores», gritó Buenaventura Durruti, «la última vez habéis votado 
por la República. ¿La hubierais votado si hubieseis sabido que esa República 
iba a encarcelar a 9.000 obreros?» «¡No!», gritó la multitud. 

Después habló Valeriano Orobón Fernández, un joven anarquista. «La 
revolución de los republicanos ha fracasado», dijo; «es inminente una 
contrarrevolución fascista. ¿Qué pasó en Alemania? Los socialistas y los 
comunistas sabían perfectamente lo que Hitler se proponía, y sin embargo 
votaron y firmaron así su sentencia de muerte. ¿Y en Austria, orgullo de los 
socialdemócratas? Allí el partido socialdemócrata contaba con el 45 % de 
los votos. Esperaban lograr un seis por ciento más aún; creían que eso los 
conduciría al poder. Pero se olvidaron de un hecho muy sencillo: que aun si 
todo salía bien, al día siguiente del triunfo electoral tendrían que salir a la 
calle con las armas en la mano para defender su victoria, porque la reacción 
no se dejaría quitar el poder tan fácilmente.» 

[José PEIRATS 2/STEPHEN JOHN BRADEMAS] 

Porcentaje de abstenciones en la elección parlamentaria del 19 de 
noviembre de 1933: 

Provincia de Barcelona 40 % 

Provincia de Zaragoza más del 40 % 

Provincia de Huesca más del 40 % 

Provincia de Tarragona más del 40 % 

Provincia de Sevilla más del 45 % 

Provincia de Cádiz más del 45 % 

Provincia de Málaga más del 45 % 

España en total: 32,5 %. 

[CÉSAR LORENZO] 

En las elecciones de 1933 los anarquistas españoles organizaron el mayor 
boicot electoral de toda la historia del movimiento obrero. La abstención fue 
eficaz, si consideramos que la mayoría de los obreros no votaron. El 
resultado fue, sin embargo, que la derecha y los partidos conservadores 
ganaron las elecciones. El gobierno de Gil Robles no era fascista en el 
verdadero sentido de la palabra, pero era extremadamente reaccionario. 

[ARTHUR LEHNING] 

La rebelión de Zaragoza 

Poco después de las elecciones, la CNT celebró una conferencia secreta en 
Madrid. Estuve presente en esa reunión, y recuerdo aún cómo se desarrolló 
la discusión. La organización de la CNT es federalista, cada provincia tiene 
un comité regional; con frecuencia estos comités representaban una línea 
propia, no siempre había unanimidad. Los representantes de Aragón dijeron: 
«No hemos participado en las elecciones y en el fondo es culpa nuestra que 
tengamos un gobierno de derecha. No podemos aceptar así sin más el 
resultado, tenemos que actuar. ¡Ahora es el momento para la insurrección 
armada!» 



64 



H . M . E nzensberger 



Los representantes de Barcelona dijeron: «No puede ser, no tenemos 
armas, no estamos preparados, hemos sufrido muchas derrotas en estos 
últimos años.» 

Pero los aragoneses no se dejaron disuadir. En el norte de la provincia la 
abstención había alcanzado casi el 99 %; los anarquistas se sentían fuertes 
allí. Zaragoza estuvo varios días en poder de la CNT, en los pueblos del 
norte se proclamó el comunismo libertario. En las demás regiones la CNT 
hizo todo lo posible por apoyar la rebelión, aunque no la había aprobado 
antes. El gobierno declaró el estado de sitio. Después de unas semanas todo 
terminó. Durruti, Mera y los demás fueron detenidos, y les entablaron un 
proceso por alta traición. 

[ARTHUR LEHNING] 

Durruti dijo en un grandioso acto celebrado en la Plaza Monumental de 
Barcelona que la única respuesta al triunfo electoral de la reacción era la 
revolución armada. La CNT adoptó este lema. Sólo García Oliver se opuso, 
no repuesto aún de la derrota de enero de 1933. Consideró aventurera esa 
política. Por primera vez en su larga vida de amistad, Durruti discrepó de 
García Oliver. Durruti se fue a Zaragoza para coordinar la rebelión. El 
movimiento estalló el mismo día en que se reunieron en Madrid las Cortes 
con su nueva mayoría contrarrevolucionaria. Era el 8 de diciembre de 1933. 

[ALEJANDRO GILABERT] 

Por la mañana temprano se produjo en Barcelona una sensacional fuga en 
masa de prisioneros políticos. Éstos habían excavado un túnel que 
desembocaba en las alcantarillas de la ciudad. 

El comité revolucionario de la CNT tenía su sede en Zaragoza; allí residía 
también el comité nacional de los anarquistas. Por la tarde varias 
explosiones estremecieron la ciudad. La autoridad nacional respondió de 
inmediato y detuvo a casi cien revolucionarios, entre ellos Durruti, Isaac 
Puente y Cipriano Mera, que eran miembros del comité. Las luchas 
callejeras duraron toda la noche y el día siguiente, por lo menos. Los obreros 
levantaron barricadas. Un monasterio fue incendiado. El tren expreso 
procedente de Barcelona llegó a la estación central envuelto en llamas; había 
sido incendiado con bombas. El ejército movilizó importantes fuerzas, 
incluidos tanques. 

En Alcalá de Gurrea, Alcampel, Albalate de Cinca y otros pueblos de la 
provincia de Huesca, se proclamó el comunismo libertario, al igual que en 
ciertas partes de la provincia de Teruel. En Valderrobles, por ejemplo, los 
campesinos abolieron el dinero y quemaron las actas de la alcaldía, del 
juzgado municipal Y la oficina del catastro. 

La rebelión fue sofocada en poco tiempo. La proclamación de la huelga de 
la CNT sólo se acató en algunas zonas del país. Los combates se limitaron a 
los territorios de Aragón y Rioja. Las regiones más decisivas, Cataluña y 
Andalucía, no se habían repuesto aún de la derrota de enero; un importante 
sector del movimiento calificó de aventurera y desacertada la rebelión. 

[JOSÉ PEIRATS 1/STEPHEN JOHN BRADEMAS] 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 65 

Nuevas prisiones 

Me acuerdo de las horas amargas y alegres que pasamos con él en la 
cárcel de Zaragoza. Aún allí mantuvo su buen humor. Siempre conservó una 
cierta ingenuidad, ciertos rasgos infantiles. Él nos enseñó a luchar. 

Me parece vedo aún, cuando habló en la célebre reunión en la sede del 
sindicato metalúrgico de Zaragoza, donde se decidió la insurrección del 8 de 
diciembre. Él llevaba gafas entonces, su mirada nos electrizó. Lo único que 
nos sostenía en esa lucha desigual eran nuestras esperanzas. Nos echamos a 
la calle. Durruti estaba a mi lado. Muchos cayeron en esa ocasión, otros 
pelean ahora contra el fascismo. 

Lo vi de nuevo en la calle Convertido, después tuvimos que separarnos. 
Cuando terminó la lucha lo volví a encontrar, en la cárcel. 

[MANUEL SALAS] 

Durruti iba a ser condenado a seis meses de cárcel como responsable 
principal de la rebelión. Mientras estaba en prisión preventiva en Zaragoza, 
desaparecieron por la noche del Palacio de Justicia las actas del sumario 
levantado contra él. 

[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN] 

Estuve hasta 1935 en España, como secretario de la internacional 
sindicalista, la AIT. Volví a ver a Durruti poco antes de mi partida. Estaba 
de nuevo en la cárcel, esta vez en Barcelona, y fui a visitado allí. Supe que 
quería hablar conmigo, y le dije a su mujer: «Sí, quiere verme, pero para mí 
es imposible visitarle en la cárcel, vivo casi en la ilegalidad aquí, represento 
a una organización internacional, yo mismo podría ser detenido en cualquier 
momento, es muy peligroso. Tengo que pensar en mis funciones, no puedo 
cometer semejante imprudencia.» 

Ella me respondió: «No habrá dificultades, vienes conmigo, no hace falta 
que hables, te presentamos como primo mío, y firmas con el nombre que se 
te ocurra. Es muy simple.» 

Bueno, me dije, esta gente conoce España mejor que yo. Así que me 
aventuré, y fuimos juntos a la prisión; Durruti detrás de una reja, nosotros 
detrás de otra reja, y entre las dos rejas marchaba un guardia, de un lado a 
otro. Enseguida Durruti comenzó a gritar en francés; habló a voz en cuello 
de cuestiones políticas, de lo que debía hacer en la organización, etcétera, 
etcétera. 

Yo pensé: «¿Cómo es posible vociferar aquí, en la cárcel, en francés, y 
para colmo con un extranjero?.. Ahora me van a detener», pensé. Pero cosas 
así pasan en España. El caso es que volví a salir de la prisión sin 
inconvenientes. 

[ARTHUR LEHNING] 

Una vez estaban detenidos en la jefatura de policía de Barcelona Ascaso y 
Durruti. Y como todo el mundo hablaba de ellos, los policías trajeron a sus 
amigas, que querían ver a los presos, y Durruti en su celda se enmarañó los 
cabellos con las manos hasta erizados por completo, y cuando llegaron las 
chicas gritó como un orangután: «¡Uh!, ¡uh!, juh!» Las damas casi se caen 
del susto, y el vigilante le preguntó: «¿Por qué haces eso?» Y dice Durruti: 



66 



H . M . E nzensberger 



«Pues qué se creen, que somos una especie de monos, lo único que falta es 
que nos tiren cacahuetes. Cuando quieran divertirse que vayan a un circo.» 

[EUGENIO VALDENEBRO] 

El Frente Popular 

Después de la revolución de octubre asturiana de 1934, Durruti fue 
encarcelado nuevamente: esta vez pasó varios meses en la cárcel de 
Valencia. La derrota de los marxistas en Asturias le hizo reflexionar sobre el 
rumbo del movimiento obrero español. 

Todos convenían en que la democracia burguesa había fracasado. Era 
necesaria una alianza obrera revolucionaria. García Oliver lanzó una 
consigna: «Los marxistas a la UGT, los anarquistas a la CNT y ambas 
organizaciones unidas en la acción contra el capitalismo.» En el último 
congreso de la CNT en Zaragoza se acordó establecer un pacto 
revolucionario con el sindicato socialdemócrata UGT. La única condición de 
la CNT fue que los obreros socialdemócratas renunciaran públicamente a 
colaborar con los partidos burgueses. Así se abriría el camino de la 
revolución proletaria. 

Sin embargo, antes del congreso se había planteado otro problema: en 
febrero de 1936 se volvería a votar. En las cárceles españolas había entonces 
más de 30.000 presos, la mayoría anarquistas. Los partidos de izquierda 
prometieron liberados si ganaban las elecciones. La derecha amenazaba con 
redoblar la represión. Si la CNT invitaba a sus partidarios al boicot electoral, 
como antes, ponía en peligro la libertad de 30.000 detenidos; si aconsejaba 
votar, reconocía el sufragio universal y el parlamentarismo, que los 
anarquistas siempre habían combatido. Durruti halló una solución para este 
dilema. La lucha electoral adquirió tal acritud que ningún sector parecía 
dispuesto a aceptar una derrota. La izquierda anunció que si la derecha 
ganaba las elecciones responderían con medidas revolucionarias; la derecha 
dijo que una victoria de la izquierda conduciría a la guerra civil. En los actos 
celebrados Durruti expresó la siguiente conclusión: «Estamos ante la 
revolución o la guerra civil. El obrero que vote y después se quede 
tranquilamente en su casa, será un contrarrevolucionario. Y el obrero que no 
vote y se quede también en su casa, será otro contrarrevolucionario.» 

La CNT evitó recomendar el boicot electoral. La mayoría de los obreros 
acudieron a votar. Ganaron los partidos de izquierda. La derecha llevó a la 
práctica sus advertencias y prepararon la guerra civil. El resultado de las 
elecciones se debe mucho a Durruti. 

[ALEJANDRO GILABERT] 

«La CNT debe mantener su vitalidad y su fuerza en la sociedad; sólo ella 
puede garantizar que nadie, sea de derechas o de izquierdas, se erija en 
dictador del país.» 

[BUENAVENTURA DURRUTI] 

Al producirse el triunfo electoral del Frente Popular el 16 de febrero de 
1936, Durruti estaba en la cárcel del Puerto de Santa María. Allí estaban 
también encarcelados Companys, que después sería presidente de Cataluña, 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



67 



y varios miembros de los consejos de la Generalitat. Fueron liberados 
inmediatamente después de las elecciones, al declararse la amnistía. 

[Crónica] 

La declaración de la lucha 

En Barcelona, después de las elecciones, la CNT tuvo que ocuparse 
primero de dos huelgas que ya llevaban dos meses de duración: la huelga de 
los transportes públicos y la de los obreros textiles (ramo del agua). E128 de 
febrero el nuevo gobierno promulgó un decreto por el cual todos los obreros 
que habían sido despedidos desde enero de 1934 en adelante, por razones 
políticas o participación en huelgas, debían ser reincorporados a sus puestos. 
Sin embargo, muchos empresarios se negaron a aplicar este edicto 
gubernamental. Los anarquistas exigieron la intervención del gobierno. El 4 
de marzo, un día después de la asunción del mando del presidente 
Companys, Durruti dijo en el Gran Teatro de Barcelona: 

«No hemos venido aquí para conmemorar el día en que unos nuevos 
señores han subido al poder. Estamos aquí para decides a esos señores de los 
partidos de izquierda que su victoria electoral nos la deben a nosotros. La 
CNT y los anarquistas se han echado a la calle el día de las elecciones. Así 
se ha impedido un golpe de Estado por parte de los representantes de los 
ministerios y las autoridades, que en ningún caso querían respetar la 
voluntad del pueblo. 

»Y en cuanto a los actuales conflictos laborales en los tranvías y en la 
industria textil, son los señores del gobierno los que tienen la culpa. Ya 
mucho antes de las elecciones hemos adivinado sus intenciones, sabíamos 
muy bien que pretendían apartar a la CNT del camino de la revolución. Nos 
hemos callado antes de las elecciones, para que no digan que éramos 
culpables si los presos políticos no eran liberados. El pueblo no ha votado 
por los políticos, sino por los detenidos. Pero con respecto a las huelgas, les 
decimos a esos señores aquí en Barcelona, y allá en Madrid: "Dejadnos en 
paz de una vez, nosotros mismos resolveremos los conflictos con las 
industrias textiles y la sociedad tranviaria. ¡El gobierno no debe 
inmiscuirse!"» 

Los hombres de la Generalitat deben su libertad a la generosidad del 
pueblo. Pero si no dejan en paz a la CNT ¡pronto volverán al lugar de donde 
han salido! ¡Exigimos que el gobierno nos deje mano libre en nuestra lucha 
contra la ofensiva de los capitalistas! ¡Es lo mínimo que exigimos! Frente a 
los paros forzosos y la evasión de capitales al exterior, le decimos a la 
burguesía: "¡Por nosotros podéis cerrar todas vuestras fábricas! ¡Nosotros 
las ocuparemos, las tomaremos por asalto, porque las fábricas nos 
pertenecen a nosotros!"» 

En el mismo acto habló también Francisco Ascaso. Dijo: 

«¡Se dice que hemos triunfado, que hemos triunfado! Pero ¿qué ha 
ocurrido en realidad? Los partidos de izquierda han ganado las elecciones, 
pero la economía sigue como siempre en manos de la burguesía 
reaccionaria. Si le dejásemos mano libre a esta burguesía, nuestra victoria 
electoral sería inútil, porque entonces hasta los partidos de izquierda 
llevarían una política derechista. 



68 



H . M . E nzensberger 



»¿ Acaso no hemos llegado ya a ese extremo? Los capitalistas españoles se 
han aliado con sus cómplices extranjeros y dirigen una guerra económica 
contra nosotros ante la cual el gobierno, sean partidos de izquierda o no, no 
puede en ningún caso permanecer neutral. ¿Qué pretende el gobierno? ¿Que 
nosotros paguemos las consecuencias? El capital se evade al extranjero. Las 
fábricas se están cerrando. Pero el gobierno no quiere expropiar a los 
empresarios, porque eso no estaba previsto en su programa. ¿Y nosotros? 
Tal vez seamos un poco ingenuos, pero no somos tontos. Hasta ahora nos 
hemos mantenido quietos y pacíficos en las fábricas. Pero esto no seguirá 
así. Nos reuniremos en los patios de las fábricas y elegiremos comités de 
producción entre los que trabajan en las fábricas. Y si se cierran las fábricas, 
expropiaremos a los dueños y tomaremos a nuestro cargo las fábricas. 
Organizaremos la producción mejor y con más seguridad que los 
capitalistas. De todos modos ellos sólo son una carga para las empresas. 

»La victoria política no es más que engaño e ilusión si no va acompañada 
por una victoria económica y una victoria en las fábricas.» 

[Solidaridad Obrera/JOHN STEPHEN BRADEMAS] 



La Victoria 
El preludio 

En casa hablaba poco de sus actividades. Había muchas cosas que todos, 
menos yo, sabían. Por ejemplo, el entrenamiento militar antes de julio de 
1936, la instrucción para el manejo de las armas. Le aseguro que ellos 
preveían desde hacía tiempo el golpe de Estado de Franco, y se preparaban 
para ello. Tenían un campo de tiro en las afueras. Sólo yo no sabía nada. 
Para mí era un gran misterio, pero los vecinos estaban al corriente. La mujer 
es siempre la última en enterarse. Siempre el mismo silencio, el mismo 
misterio. ¡Sí, también puede parecer romántico si uno lo prefiere! 

[ÉMILIENNE MORIN] 

El 16 de julio, a petición de la Generalitat y por resolución de un pleno de 
la CNT -F AI de Cataluña convocado con urgencia, se constituyó un comité 
de enlace, en el cual Santillán, García Oliver y Ascaso representaban a la 
FAI y Durruti y Asens a la CNT. La primera cuestión que se planteó en las 
conversaciones entre los anarquistas y el gobierno de Companys fue el 
armamento. Se entabló una lucha tenaz. Cada vez que los anarquistas 
reclamaban (y en realidad no exigían lo que realmente necesitaban, o sea 
20.000, sino sólo 10.000 fusiles), el gobierno les respondía que no tenía 
armas en existencia. Los políticos temían al fascismo, pero al pueblo en 
armas lo temían más aún. 

Ya desde el 2 de julio la CNT -FAI había distribuido, como medida de 
precaución, grupos disimulados de centinelas para vigilar los cuarteles de 
Barcelona. En lugar de pertrechar a los sindicatos para la eventualidad de un 
golpe de Estado, el gobierno en cambio intentó desarmar a esos pequeños 
grupos. Las comisarías de la ciudad llamaban constantemente al ministro de 
Gobernación para dar parte de la detención de militantes anarquistas a 
quienes la policía pretendía quitarles las pistolas; la rutina represiva había 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



69 



calado tan hondo que hasta se quería procesar a los detenidos ¡por tenencia 
ilícita de armas! 

[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 2/ABEL PAZ 1] 

Tres días antes del 19 de julio, el 14 o el 15, asaltamos un barco cargado 
de armas en el puerto de Barcelona. El gobierno de Cataluña, la Generalitat, 
quería las armas para sí; pero Durruti y los otros las llevaron al sindicato del 
transporte. Al día siguiente se presentó allí la Guardia de Asalto. 
Allanamiento de domicilio. Pero Durruti ya estaba en la calle. «¡Una 
camioneta, rápido!» Se consiguió entonces una camioneta para el reparto de 
leche y allí se despacharon las armas. El gobierno encontró cuatro o seis 
escopetas viejas. El resto lo teníamos nosotros, la CNT. 

[EUGENIO VALDENEBRO] 

Hace días que Federico Escofet, comisario general de Orden Público de 
Cataluña, desarrolla una actividad febril. Tiene pruebas concluyentes de que 
se prepara una sublevación militar en toda España y que también la 
guarnición de Barcelona está implicada en esos planes. En los cajones de su 
escritorio están amontonados informes fidedignos de sus informantes y de 
oficiales de tendencia republicana, listas con los nombres de los golpistas, 
manifiestos, consignas, planes operativos y órdenes para el día señalado. Se 
esperaba la sublevación para el 16 de julio; hoy, 18 de julio, Escofet está 
seguro de que es inminente. 

Desde hace días está en contacto permanente con el consejero de 
Gobernación, José María España, y con el comandante Vicente Guarner, su 
colaborador más inmediato, toma las medidas necesarias para hacer frente a 
tiempo al golpe de Estado. Pero éste no es el único problema que tiene que 
resolver el comisario. El comisario de Orden Público debe contar también 
con los anarquistas de la FAI y los sindicalistas de la CNT, que desde hace 
años están en conflicto con el gobierno autónomo de Cataluña (también 
además, con el gobierno central de Madrid, el Partido Socialista y con todo 
el mundo). A pesar de todo, los anarquistas se han mostrado dispuestos, 
desde hace unos días, a participar en un comité de coordinación que 
Companys, el presidente de Cataluña, ha convocado dada la gravedad de la 
situación. En este comité participan también todos los partidos y 
organizaciones antifascistas. Lo primero que han exigido los anarquistas son 
armas, pero tanto Escofet como el presidente y el consejero de Gobernación, 
saben muy bien lo peligroso que sería entregar armas a los hombres de la 
CNT, gente arrojada en la lucha callejera. Si se produce el golpe militar y se 
enfrentan en lucha armada el ejército y la policía, uno como enemigo y el 
otro como defensor de la República, se debilitarán ambos, y la ciudad 
quedará a merced de los anarcosindicalistas. Esto sería tan peligroso para la 
estabilidad política y social de Cataluña como el propio golpe militar. 

Suena el teléfono. 

-Sí, aquí Escofet. ¿José María? Buenos días. ¿Cómo? Ah, sí. La CNT. 
Protestan, por supuesto. Lo sabía desde el principio. También se quejarán 
ante el presidente, pero no podía obrar de otra manera. Les dejé las pistolas, 



70 



H . M . E nzensberger 



pero si por mí fuera, también les habría quitado las armas de fuego. De todos 
modos, los fusiles están en nuestro poder. Guarner los ha incautado. 

Se trata de un peligroso incidente que ha ocurrido la noche anterior. Los 
militantes anarquistas del sindicato del transporte han asaltado algunos 
barcos anclados en el puerto, y han robado un número considerable de 
fusiles y pistolas. 

-Eso es todo lo que sé. Guarner me ha informado. Él mismo, al frente de 
una compañía de asalto, penetró en la sede del sindicato, después de apostar 
guardias en las azoteas de los alrededores. ¡Claro que estaban armados! Por 
suerte todo no pasó de un intercambio de palabras y a nadie se le escapó un 
tiro. Sí, aparecieron Durruti y García Oliver en persona, para calmar los 
ánimos. 

Guarner se inclina sobre Escofet, que cubre el teléfono con la mano por un 
instante. 

-Dígale que la gente del sindicato estaba tan furiosa que amenazaron con 
las armas a Durruti. ¡Su propia gente! 

-Guarner me dice lo mismo, que encañonaron a Durruti, su propia gente. 
¿Se imagina usted? Informe al presidente. ¿Cómo? Sí, así lo haremos. Bien, 
se lo diré a Guarner. 

Escofet cuelga; tiene treinta y ocho años de edad, su cabello es negro, 
ondulado y brillante, sus ademanes son enérgicos y su voz muy arrebatada. 

-No me fío de los de la FAI. Andan como locos detrás de las armas. 

-¿Ha dicho algo más? 

-Sí, parece que el golpe es para mañana por la mañana temprano. Tiene 
informes fidedignos. 

-¿Sabe qué pienso? Me gustaría que empezaran de una vez, así sabremos a 
qué atenernos. 

[LUIS ROMERO] 

El comité de defensa 

A menos que uno se fijara atentamente, el 1 8 de julio parecía un sábado 
cualquiera. Sin embargo, a pesar de que hacía mucho calor, había pocos 
ociosos y las playas estaban vacías. Llamaba la atención ver tantas amas de 
casa que iban de compras; en las panaderías se había terminado el pan por la 
tarde. 

En la sede del comité regional de la CNT reina un vaivén febril. Están 
reunidos los enlaces de todos los sectores de la ciudad y sus alrededores. La 
comisión de enlace con la Generalitat trabaja sin interrupción. En un rincón 
del local Durruti habla con mineros de Fígols, que quieren informarse de la 
situación. Durruti se apoya en una silla. Acaba de ser operado de una hernia 
y aún no está totalmente restablecido. No se descarta que tenga una 
complicación, porque sigue sintiendo dolores. Unos pasos más allá, 
Marianet telefonea a Madrid. A Ascaso lo buscan por doquier, «que venga 
enseguida al café Pay-Pay, hay prisa...». Los activistas del sindicato 
metalúrgico retienen a Ascaso: «¿Qué hacer?» Le proponen acciones. 
Francisco les responde: «Aún no ha llegado el momento. Hay que conservar 
la calma.» 

[ABEL PAZ 1] 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 71 

Una ametralladora Hotchkiss, dos fusiles ametralladores checos y 
numerosos rifles Winchester con munición abundante están preparados en 
una habitación de la calle Pujadas número 276, casi en la esquina con 
Espronceda, en el barrio de Pueblo Nuevo. Allí, en el piso donde vive 
Gregorio Jover, está reunido el comité de defensa anarquista. 

Juan García Oliver, Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso han llegado 
con dos horas de retraso. Esta última reunión, una especie de vela de armas, 
había sido convocada para las doce de la noche. El teniente de las fuerzas 
aéreas, Servando Meana, ha puesto un coche a la disposición de los tres, 
para que les recoja desde la Consejería de Gobernación. Han viajado a gran 
velocidad, con las armas al alcance de la mano; sabían que su retraso 
intranquilizaría a sus compañeros. Ante el edificio de la Consejería de 
Gobernación se había formado una especie de manifestación; los militantes 
de la CNT exigían armas. García Oliver, Durruti y Ascaso han tenido que 
asomarse al balcón para tranquilizar a la multitud que está en la plaza de 
Palacio. García Oliver les ha recomendado que rodeen los cuarteles de San 
Andrés y esperen el momento oportuno. Si todo sale como se ha planeado, 
mañana la CNT-FAI tendrá en sus manos 25.000 fusiles, ametralladoras y 
quizás algunos cañones. Meana y otros oficiales (sus enlaces en la aviación) 
han hablado con el teniente coronel Díaz Sandino, jefe de la base aérea del 
Prat de Llobregat. Tan pronto como las tropas se subleven y abandonen los 
cuarteles, los aparatos de la fuerza aérea despegarán para atacarlas. Al 
bombardear el cuartel de San Andrés se tendrá cuidado de no alcanzar los 
almacenes de armamentos, para que no estallen los depósitos de municiones. 
Los miembros de los comités de barriada de Santa Coloma, San Andrés, San 
Adrián del Besos, Clot y Pueblo Nuevo atacarán el cuartel y harán volar las 
puertas con dinamita si es necesario. Díaz Sandino está de acuerdo con este 
plan. En el arsenal de San Andrés hay varios millones de cartuchos de fusil. 

Entretanto Gregorio Jover distribuye a los compañeros pan y butifarra y 
les sirve vino. Se han tomado las medidas necesarias. Los grupos de acción 
y los comités de barriada han sido alertados. Cada uno sabe lo que tiene que 
hacer cuando llegue el momento de actuar. En las fábricas y a bordo de los 
barcos anclados en el puerto, los fogoneros hacen guardia; sus sirenas darán 
la señal de ataque. Los miembros del comité sólo esperan a que los militares 
salgan de sus cuarteles. Según las últimas informaciones, los golpistas 
iniciarán las hostilidades al amanecer. 

García Oliver está sentado en una silla, nervioso y abrumado por varios 
días de actividad febril. Debería aprovechar las pocas horas que restan para 
descansar, antes de afrontar nuevos y mayores esfuerzos. Pero no logra 
dormirse. 

Los reunidos han trabajado durante semanas y meses para llegar a esta 
noche. Ya antes de las elecciones de febrero estaban convencidos de que la 
Guerra Civil era inminente. Muchos militantes de la CNT tendieron a revisar 
su actitud tradicional con respecto a las elecciones (es decir, el boicot), y 
votar excepcionalmente por los partidos de la izquierda burguesa y los 
socialistas. La dirección no lo aconsejó ni lo desaconsejó, dejó que cada uno 
decidiera por su cuenta. Al fin y al cabo sería igual si ganaba las elecciones 
la derecha o la izquierda. Si el fascismo hubiese llegado legalmente al poder 



72 



H . M . E nzensberger 



a través de la abstención de los obreros anarquistas, ésa habría sido la señal 
para la insurrección armada. En cambio, según preveía la CNT, una victoria 
electoral de la izquierda habría inducido a los fascistas a tratar de subir al 
poder mediante el habitual golpe de Estado militar. En todo caso habría que 
enfrentarse a ellos con las armas en la mano. Los acontecimientos han 
confirmado la corrección de este cálculo; el análisis de los anarquistas era 
más realista que el de los políticos profesionales de los partidos. 

La CNT era una organización federalista compuesta de confederaciones 
regionales que operaban casi independientemente, por lo cual no podía 
planear un contragolpe a escala nacional; tenía que limitarse a Cataluña, es 
decir, sobre todo a Barcelona. Madrid es la capital política de España. Pero 
Barcelona es la capital industrial y proletaria del país. La gran proporción de 
obreros de que consta su población y su tradición revolucionaria otorgan a la 
ciudad un prestigio excepcional y una primacía política; si las masas obreras 
triunfan aquí, su movimiento se extenderá también a las demás ciudades del 
país. 

En consecuencia, los anarquistas comenzaron a organizar comités de 
defensa en cada barriada. Estos comités estaban coordinados de tal modo 
que era posible mantener una comunicación permanente con los delegados. 
Cada delegado conoce las consignas para la hora señalada. También las 
Juventudes Libertarias y la organización de Mujeres Libres están incluidas 
en este plan operativo. La federación de sindicatos y el comité regional 
acordaron que esta vez no se proclamara la huelga general, para no poner 
sobre aviso al enemigo. 

El plano de la ciudad que está sobre la mesa señala la posición de los 
cuarteles, los acantonamientos de tropas y su número. Informes 
confidenciales de los cuarteles completan en el último momento los 
antecedentes del enemigo. El comité ha estudiado también la red de 
alcantarillas y conoce las vías de acceso subterráneas y los empalmes. Más 
importante aún es la instalación eléctrica; se han tomado las medidas 
necesarias para privar de energía eléctrica a cualquier sector cuando así se 
requiera. Los grupos armados tienen orden de permitir a las tropas que 
salgan de sus cuarteles sin hostigadas. Este aparente éxito inicial les hará 
creer que no habrá resistencia. Probablemente los soldados llevarán consigo 
a lo sumo cincuenta cartuchos cada uno. Una vez que las tropas se hayan 
alejado de sus cuarteles, se abrirá fuego contra ellas. Cuando se les agote la 
munición y se encuentren aislados, aparecerán los primeros signos de 
desmoralización. Entonces habrá llegado el momento de la agitación. Es 
importante que se revuelvan contra sus oficiales, o que deserten por lo 
menos. En cuanto a la Guardia de Asalto, se supone que se pondrá de parte 
del gobierno constitucional y contra los golpistas; por lo tanto, los grupos de 
defensa colaborarán con ella. La actitud de la Guardia Civil es incierta; debe 
vigilársela y sólo se abrirá fuego contra ella si ataca a los obreros. En este 
caso se la combatirá tan implacablemente como al ejército. 

Todo ha sido pensado, discutido, estudiado y resuelto. Los miembros del 
comité de defensa anarquista están en silencio. Consumen grandes 
cantidades de café para mantenerse despiertos. Templan su impaciencia. 
Cada uno vuelve a repasar mentalmente todos los detalles. Se conocen y han 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 73 

luchado juntos desde hace años. Son como hermanos, o tal vez más que 
hermanos. Es posible que esta noche sea la última vez que se vean. 
Francisco Ascaso fuma nerviosamente. Está pálido, como siempre, y como 
siempre emana una sonrisa escéptica de sus labios fríos y delgados. También 
Durruti parece sonreír, pero a pesar de sus cejas tupidas y oscuras, del 
entrecejo fruncido y las arrugas de la frente, su expresión tiene algo de 
infantil. Sus ojos grises y vivaces repasan una y otra vez los armamentos. 
Ricardo Sanz, alto, rubio y fuerte, está sentado inmóvil. Su actitud es casi 
indiferente. Gregario Jover, a quien por sus pómulos llaman El Chino, 
parece más chino que nunca; juega con las cartucheras que lleva en la 
cintura. Aurelio Fernández trata de descifrar la gravedad de la situación en el 
rostro de Jover, como si éste fuera un termómetro; sus ojos son un poco 
saltones y su compostura erguida; es el único que se preocupa por vestir 
bien. Todos ellos son veteranos combatientes callejeros, guerrilleros urbanos 
familiarizados con la pistola. El comité tiene también dos miembros más 
jóvenes, Antonio Ortiz y Valencia. Aquél desea conversar y trata vanamente 
de hacer hablar a sus silenciosos compañeros; el cabello se le arremolina en 
bucles. Valencia se siente orgulloso de haber sido admitido en esta velada. 
Fuma mucho y enciende un cigarrillo tras otro. Han trasladado su cuartel 
general aquí, porque la mayoría de ellos viven en este barrio. Desde el piso 
de Jover se ve, casi enfrente, el estadio de fútbol del Júpiter. Las calles de 
alrededor están vigiladas por gente escogida. Dos camiones esperan en la 
calle Pujadas, al lado del campo de fútbol. García Oliver habita a sólo 
cincuenta metros, en el número 72 de la calle Espronceda. Ascaso en la calle 
San Juan de Malta, justo en las inmediaciones del local de La Farigola, 
donde se han reunido días atrás el pleno de los comités de defensa de 
barriada y el comité de defensa de Barcelona. Durruti vive en el Clot, a 
menos de un kilómetro de distancia. 

Un viejo reloj de pared, comprado en el mercadillo de viejo (los 
Encantes), hace tictac con una torturante lentitud. Una ametralladora 
Hotchkiss, dos fusiles ametralladoras checos y numerosos fusiles 
Winchester... 

[LUIS ROMERO] 

Entre las once y medianoche algunos grupos abandonaron el comité 
regional para resolver el problema del transporte. Es absolutamente 
imprescindible conseguir coches para que los comandos de ataque puedan 
movilizarse. Una hora más tarde ya pasan por las Ramblas coches 
requisados con las siglas de la CNT-FAI escritas en grandes letras con tiza. 
Los obreros que van por el paseo saludan a los coches y gritan a los 
chóferes: «¡Viva la FAI!» La misma noche son asaltadas las armerías de 
Barcelona. Los grupos anarquistas vacían los escaparates y armarios y se 
apoderan de revólveres y escopetas. 

[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 2/ABEL PAZ 1] 

A las dos de la madrugada Durruti y García Oliver se presentan en la 
jefatura de policía y exigen categóricamente al comisario Escofet que 
desarme a la mitad de la Guardia de Asalto y ponga los fusiles a disposición 
de los trabajadores. Escofet se niega, y afirma que sus hombres cumplirán 



74 H . M . E nzensberger 

con su deber hasta el último momento, y que no puede desprenderse de 
ninguna arma. 

A las 4.30 suena el teléfono en la jefatura de policía. «Ha llegado el 
momento, las tropas de Pedralbes y Montesa abandonan sus cuarteles.» 
Ascaso y Durruti toman sus armas y salen de la jefatura. Santillán y García 
Oliver agarran del uniforme al oficial de guardia: «¿Dónde están las 
pistolas? ¡Apúrese!» 

[ABEL PAZ 1] 

A las cinco de la madrugada se produce un tumulto frente al palacio 
gubernamental. Los guardias están nerviosos. Una multitud procedente de la 
Barceloneta se apretuja en el portal. La situación es crítica. Durruti, que 
acaba de llegar, sabe lo que significa la manifestación. Sale al balcón. Los 
obreros portuarios lo reconocen y piden que los guardias dejen pasar al 
palacio a una delegación que quiere hablar con la comisión de enlace. En ese 
momento ocurre algo extraordinario. Se desvanece la mortal tensión entre 
los manifestantes y los guardias palaciegos, compuestos por policías de la 
Guardia de Asalto. La disciplina militar se resquebraja. Obreros y guardias 
confraternizan. Un guardia se desajusta el cinturón y da su pistola a un 
obrero. Pronto se reparten también los fusiles entre la muchedumbre. Un 
acontecimiento asombroso se produce ante los ojos de los oficiales: los 
policías se convierten en seres humanos. 

[ABEL PAZ 1/DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 2] 

Las sirenas 

Los primeros rayos del día iluminan las fachadas deslucidas de las calles 
Pujadas, Espronceda y Llull. Numerosos hombres armados ocupan los 
alrededores del campo de fútbol del Júpiter. Casi todos llevan ropas de 
obrero azules. Veinte militantes seleccionados acompañarán al comité de 
defensa anarquista; todos ellos familiarizados con la lucha callejera. Las 
armas han sido cargadas en los dos camiones. Ricardo Sanz y Antonio Ortiz 
instalan una ametralladora en el techo del primer camión. «¡Compañeros! El 
comité de defensa de Sanz acaba de llamar por teléfono. ¡Las tropas salen de 
los cuarteles!» El enlace está sin aliento. En los balcones del vecindario se 
ven madrugadores. Caras expectantes, solidarias, pero también 
atemorizadas. Los militantes de la barriada se reúnen cerca del campo de 
fútbol. Los que tienen una pistola la exhiben. El resto las pide. Se 
distribuyen las reservas. 

-¿Qué hacemos? ¿Esperamos las sirenas? -pregunta Durruti. Los chóferes 
ponen en marcha los motores. A lo lejos se escucha un prolongado ulular: la 
primera sirena de las fábricas. La gente calla. El silbido crece y se aproxima, 
cada vez se incorporan más sirenas. La gente se lanza a los balcones. Los 
miembros del comité y su escolta suben a los camiones. 

-¡Viva la FAI! 

-¡VivalaCNT! 

-¡En marcha! 

Los camiones arrancan, los ocupantes levantan las armas. 

La bandera roja y negra, izada en un listón de madera, se despliega al 
viento. Pasan en primera por las Ramblas de Pueblo Nuevo. Se incorporan 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 75 

más y más camiones. Los dirigentes muestran las ametralladoras a la 
multitud, que impresionan a los espectadores como símbolos de decisión. 
Durruti, Ascaso, García Oliver, Jover y Sanz son aclamados desde los 
tejados y los balcones. Las sirenas siguen sonando, sus voces provienen de 
las barriadas pobres del cinturón industrial de Barcelona, es una voz 
proletaria que arrastra a la movilización a los obreros. 

Los militantes anarquistas han pasado la noche en los locales sindicales, 
en los comités y en las trastiendas. Ahora afluyen en masa hacia el centro de 
la ciudad. Los grupos de Sans, Hostafrancs y Collblanc, los «murcianos» de 
la Torrassa, los cenetistas de Casa Antúnez se dirigen hacia la plaza España 
y el Paralelo: su objetivo es el cuartel de ingenieros de Lepante. Los obreros 
textiles de La España Industrial, los metalúrgicos de Escorza y Siemens, los 
huelguistas de Lámparas Z, albañiles, curtidores, obreros del matadero, 
basureros, peones, entre ellos algunos cantantes de los coros de Clavé, 
subproletarios de las barracas de Montjmc y también algunos matones de 
Pueblo Seco: todos acuden. También los campesinos de la antigua villa de 
Gracia, de tradición revolucionaria y anarquista, obreros de las hilanderías y 
de los depósitos de tranvías, y también dependientes de comercio. No sólo 
hay anarquistas, sino también socialistas, catalanistas, comunistas y gente 
del POUM, y todos avanzan hacia el Cinco de Oros, hacia la Diagonal, hacia 
los límites de sus barrios, y levantan barricadas, vigilan las calles de acceso 
y las encrucijadas. El lumpenproletariado de Monte Carmelo desciende a la 
ciudad y se une a los habitantes de las calles a medio urbanizar, que 
terminan a lo lejos en el campo abierto, a los viejos compañeros de Poblet y 
Guinardó que han escuchado la palabra de Federico Urales, el gran maestro 
de los anarquistas, y conocen a su hija, Federica Montseny, desde que era 
niña. Los obreros de Fabra y Coats y Rottier, los mecánicos de la Hispano- 
Suiza y los operarios de La Maquinista se unen con los peones y los 
desocupados y avanzan hacia el cuartel y el arsenal de San Andrés, donde 
están almacenadas armas suficientes para asegurarles el dominio de la 
ciudad entera. No hay que omitir a los de Fundición Girona, los de las 
fábricas de papel, los obreros del gas y químicos del Clot, San Martín de 
Provensals, la Llacuna y Pueblo Nuevo, que se unen con la gente de la 
Barceloneta, los pescadores, los estibadores, los metalúrgicos de Nuevo 
Vulcano, los ferroviarios del ferrocarril del Norte y los gitanos del 
Somorrostro. Todos han escuchado las sirenas. 

Los dos camiones llegan a la calle Pedro IV. Allí también hay entusiasmo 
en las aceras. En las casas, sin embargo, vive gente pudiente, comerciantes y 
artesanos «de categoría». Ven desfilar llenos de temor la caravana. Nadie se 
atreve a dar señales de desaprobación; incluso el silencio podría ser 
demasiado peligroso. Por eso gritan: «¡Viva la CNT! ¡Muera el fascismo! 
¡Abajo el clero!» 

La batalla decisiva se librará en el centro, en el casco antiguo de la ciudad. 
Allí también cuentan con apoyo los anarquistas, porque incluso en los 
barrios burgueses habitan muchos compañeros y los porteros, los 
limpiabotas, los camareros y los barrenderos son partidarios suyos. 

[LUIS ROMERO] 



76 



H . M . E nzensberger 



La lucha callejera 

Juan García Oliver, Francisco Ascaso, Antonio Ortiz, Jover y Valencia 
dirigen las operaciones contra los rebeldes que ocupan la confluencia del 
Paralelo con la Ronda de San Pablo. Al lado de un número creciente de 
obreros más o menos armados luchan un suboficial y dos hombres del 
cuartel de Atarazanas que se han insubordinado contra sus oficiales y han 
traído su ametralladora consigo. Desde la terraza de la casa situada en la 
esquina de la calle de San Pablo han conseguido rechazar a los soldados que 
se atrincheraban en la puerta de San Pablo. Al mismo tiempo, Jover y Ortiz 
han irrumpido con cincuenta hombres por la puerta trasera del café Pay-Pay, 
y desde allí han abierto fuego. Los soldados, cercados, se han replegado 
ahora hasta el Paralelo. Están parapetados detrás del puesto de frutas que 
hay frente al cabaret Moulin Rouge y en la terraza del café La Tranquilidad. 
Desde allí dominan con sus ametralladoras toda la avenida del Paralelo; el 
grupo que dirige Francisco Ascaso ha sufrido graves pérdidas al tratar de 
cruzar el Paralelo por la calle Conde del Asalto. 

García Oliver, Ascaso y Durruti se han reunido por la mañana temprano 
en las Ramblas. Se había acordado que Durruti y su grupo asaltarían el Hotel 
Falcón, desde cuyas ventanas operaban carabineros enemigos; después, una 
vez despejada la situación en la plaza del Teatro, Durruti avanzaría hasta el 
restaurante Casa Juan para emplazar allí las ametralladoras contra los 
fascistas que se habían atrincherado en el cuartel de Atarazanas y la Puerta 
de la Paz. Dominando la parte media de las Ramblas controlarán las calles 
transversales del casco antiguo. El establecimiento de tropas en la 
encrucijada Paralelo-San Pablo, una posición de gran importancia 
estratégica, es una amenaza imprevista para el plan de García Oliver. Por 
eso ha movilizado todas las fuerzas disponibles para desalojar los nidos de 
ametralladoras de los fascistas. El comando ha atravesado momentos 
difíciles al avanzar a lo largo de la calle San Pablo; ha tenido que pasar ante 
el cuartel de carabineros. García Oliver ordenó proteger los alrededores para 
no caer en una trampa, y parlamentó con un oficial y algunas tropas. Los 
exhortó a definir su posición. Contestaron que los carabineros eran fieles al 
gobierno; que no les incumbían funciones policiales y que su misión era la 
lucha contra el contrabando y la seguridad aduanera. La guarnición del 
cuartel dio su palabra de honor de que no atacarían por la espalda al grupo 
de combate de García Oliver. Después se demoraron otra vez en la cárcel de 
mujeres, en la calle Amalia. Se la registró, porque no se descartaba que allí 
también se hubiesen establecido los fascistas. No era así. Sin embargo, la 
cárcel fue desalojada, ya que en caso de un repliegue podría servir como 
resguardo. Las presas salieron llorando de sus celdas. No se sabe si de 
alegría o de miedo, algunas histéricamente emocionadas. 

Por la calle Abad Zafont, Ascaso se aproxima con sus hombres al grupo 
de García Oliver. Ascaso viste un traje marrón gastado y alpargatas ligeras y 
empuña una pistola amartillada. 

-Se repliegan hacia el Moulin Rouge. ¡Ya están listos! 

-¡Eh! ¡Vosotros! Ocupad la terraza del bar Chicago, y disparadles desde 
arriba. Pero no al azar, hay que afinar la puntería. Cuando escuchemos 
vuestra ametralladora nos lanzamos por el Paralelo y los acribillamos. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 77 

Mientras el grupo de choque se dirige por la calle de las Flores hacia el 
bar Chicago, los demás esperan. Hacen una pausa y fuman un cigarrillo. Los 
soldados continúan disparando, pero ya están a la defensiva y no tienen 
blancos precisos. A pesar de la intensidad del tiroteo, algunos curiosos 
rondan por las calles. Se mantienen cerca de los portales, listos para 
refugiarse en ellos. 

Por fin se escucha en un tejado una descarga. Responde por todas partes el 
fuego de las ametralladoras, alternado por las débiles detonaciones de las 
pistolas. 

-¡VivalaFAI! ¡Adelante! 

Los dirigentes anarquistas se lanzan al ataque y cruzan el Paralelo. Una 
mujer envuelta en un albornoz rosa, la cara pálida y macilenta sin maquillar, 
levanta los brazos y grita: 

-¡Vivan los anarquistas! 

[LUIS ROMERO] 

Otros grupos armados se dirigen hacia la plaza de Cataluña desde las 
calles transversales y por las bocas del metro y atacan a los soldados. 
También la Guardia Civil dispara contra los golpistas. Se emplaza un cañón. 
Pero en el Hotel Colón los rebeldes tienen todavía algunas ametralladoras 
que disparan ciegamente contra la multitud que avanza impetuosa. El 
combate dura más de media hora, la plaza está cubierta de cadáveres. Por 
último, al apoderarse la Guardia Civil de la planta baja, aparecen los 
primeros pañuelos blancos por las ventanas del Colón. Sólo en el edificio de 
la Telefónica resisten más los fascistas. Los anarquistas, con Durruti al 
frente, asaltan el inmueble avanzando desde las Ramblas. Hacia la mitad de 
la calle, la acera está cubierta de muertos, entre ellos Obregón, el secretario 
de la federación de Barcelona. Los atacantes llegan finalmente a la Puerta 
del Ángel. Durruti entra primero en el vestíbulo de la Telefónica, que luego 
será conquistada piso por piso. La plaza de Cataluña, el centro de Barcelona, 
está en manos de los trabajadores. 

[ABEL PAZ 1/DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 2] 

En las Ramblas habían emplazado un cañón de 75 que disparaba cada vez 
más cerca contra los muros de la fortaleza de Atarazanas abriendo allí 
grandes brechas. Entretanto acudían centenares de obreros ante el cuartel. El 
pueblo de Barcelona disparaba contra él; mujeres y niños acarreaban las 
municiones y traían alimentos y abastecimientos para los hombres de las 
barricadas. 

[RICARDO SANZ 1] 

La muerte de Ascaso 

Los anarquistas llevan la iniciativa en la lucha final contra el cuartel de 
Atarazanas y el edificio de la comandancia de la región militar situados 
ambos al final de las Ramblas. Ya han avanzado hasta la Rambla de Santa 
Mónica. Al otro lado del cuartel, en la Puerta de la Paz, algunas unidades 
policiales y elementos antifascistas de diversas organizaciones, vestidos de 
paisano, luchan al lado de los combatientes callejeros de la CNT. Dirigidos 
por Francisco Ascaso, que empuña siempre su Astra de 9 mm, los miembros 



78 



H . M . E nzensberger 



del comité de defensa anarquista avanzan cautelosamente hacia el sur, 
protegidos por los robustos árboles del paseo de las Ramblas; Durruti, Ortiz, 
Valencia, García Oliver y los militantes de los sindicatos anarquistas: 
Correa, del sindicato de la construcción, Yoldi y Barón de los metalúrgicos; 
García Ruiz, de los tranviarios; también están Domingo y Joaquín, hermanos 
de Ascaso. Allí está además el camión con la ametralladora sobre la cabina, 
que ocupan Ricardo Sanz, Aurelio Fernández y Donoso. No están solos: 
cientos de obreros se han puesto en movimiento. 

A medida que los atacantes se aproximan al cuartel, cada paso adelante se 
hace más difícil y peligroso. Los militares sublevados están bien 
parapetados. Los tirotean desde el balcón del Sindicato del Transporte y 
desde el Centro de Dependientes; durante la noche se han improvisado 
avanzadillas con muebles, colchones y enormes bobinas de papel que 
proceden de la imprenta de Solidaridad Obrera. 

Los primeros anarquistas abandonan su abrigo detrás de los árboles y 
cruzan las Ramblas; los ataófutes se detienen en la calle de Santa Madrona, 
situada al alcance del fuego del cuartel y de la comandancia de la región 
militar. La única protección la ofrecen los puestos del mercadillo de libros 
viejos. 

Durruti y su gente sólo ven una posibilidad de avance. La parte más 
antigua del cuartel está rodeada por un muro que ya ha sido destruido por el 
fuego de artillería y granadas de mano. Partes del muro se mantienen en pie 
y pueden servir de protección. Pero, entretanto, Ascaso ha divisado, en una 
ventana que da a la calle de Santa Madrona, a un tirador con una 
ametralladora, que domina todo el sector y hace fuego sobre los compañeros 
que avanzan por las Ramblas. 

[LUIS ROMERO] 

Para llegar a esa posición hay que abandonar el abrigo y recorrer un 
trecho que está bajo el fuego de la comandancia de la región militar. 
Mientras los compañeros deliberan aún sobre la maniobra táctica, una bala 
roza en el pecho a Durruti. Sus amigos lo envían a un puesto improvisado de 
socorro; Lola Iturbe, una luchadora de primera hora, lo venda 
provisionalmente. Entretanto, un comando compuesto por Ascaso, García 
Oliver, Justo Bueno, Ortiz, Vivancos, Lucio Gómez y Barón inician una 
carrera con la muerte y zigzaguean desde la barricada hasta los puestos de 
libros. Estos puestos son las mejores posiciones de partida para empezar un 
ataque por la calle de Santa Madrona. Allí están bajo una lluvia de balas: 
ofrecen un buen blanco, tanto desde las torrecillas del cuartel como desde el 
puesto de la comandancia de la región militar. 

[ABEL PAZ 1] 

Francisco Ascaso llega a los puestos de libros seguido por Correa y 
algunos otros militantes. Durruti y sus compañeros lo llaman, pero él se 
desentiende de sus preguntas y les hace señas de que no se preocupen por él, 
para no llamar la atención. Hay que silenciar ese nido de ametralladora en la 
ventana. Ascaso estudia la situación táctica. Casi justo frente a la ventana 
hay un camión estacionado; entre el último puesto de libros y el camión no 
hay protección. Ascaso está convencido de que, si consigue llegar al camión, 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 79 

podrá liquidar al tirador de la ametralladora con un solo tiro de pistola, a 
corta distancia. Agachado, se lanza a correr. Varios impactos en el muro de 
la casa, detrás de él, demuestran que el tirador le ha descubierto. 

[LUIS ROMERO] 

Durruti, que ha observado la operación desde la barricada, le dice a Pablo 
Ruiz: «Me habéis engañado, la herida podía esperar.» Y ordena concentrar 
el fuego contra la torrecilla del cuartel en la cual Ascaso ha puesto sus miras. 
Pero el tirador enemigo ya ha descubierto la celada. 

[ABEL PAZ 1] 

Antes de llegar al camión, se arrodilla, apunta y dispara. Cuando se 
dispone a levantarse y seguir corriendo hacia el camión, una bala le da en 
medio de la frente. Cae. 

Los compañeros le han visto levantar los brazos y caer al suelo. Yace 
bocabajo, ya no se mueve. 

[LUIS ROMERO] 



García Oliver es el primero en comprender lo que ha ocurrido y trata de 
saltar sobre el parapeto que lo protege, pero lo detiene un movimiento 
instintivo de Barón. Pasan aún unos minutos hasta que el tirador enemigo es 
silenciado. Entonces Ricardo Sanz y Ortiz pueden poner en lugar seguro el 
cadáver de Ascaso. 

[ABEL PAZ 1] 

He presenciado de cerca las jornadas de julio en Barcelona. Yo no me 
eché a la calle ni hice fuego, porque no me lo permitieron. Pero he visto caer 
a Ascaso, desde el sindicato metalúrgico, en las Ramblas. He visto su 
cadáver cuando lo recogieron; estaba totalmente acribillado de balas, ¡como 
un colador! 

Nadie pudo explicarse su acción. Se adelantó solo, el cuartel estaba aún en 
poder de las tropas de Franco. Salió solo a enfrentarse a una muerte segura. 
No sé cómo se le ocurrió. Parecía un suicidio. 

[ÉMILIENNE MORIN] 

El último encuentro del grupo Nosotros se llevó a cabo el 20 de julio 
frente al cuartel de Atarazanas. El crepitar de las ametralladoras y los 
silbidos de las bombas de la FAI, ruidos familiares para nosotros, nos habían 
convocado. Durruti dirigía el ataque en primera línea, Ascaso y García 
Oliver manejaban una recalentada ametralladora, Sanz había traído un cesto 
con bombas arrojadizas, que lanzaba contra el cuartel sitiado; también 
estaban presentes Aurelio Fernández, Antonio Ortiz y Gregario Jover. 
Francisco Ascaso cayó en este combate. 

Su muerte fue el fin del grupo. Nunca nos volvimos a reunir, ni siquiera 
en el entierro de Ascaso. Y quizás ése fue el error más grande que cometió 
el grupo; se dispersó, se disolvió, el viento se lo llevó. 

[RICARDO SANZ 2] 



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H . M . E nzensberger 



La anarquía 

-¡Viva la FAI! ¡Viva la anarquía! ¡Viva la CNT! ¡Compañeros! ¡Hemos 
derrotado a los fascistas! ¡Los combatientes obreros de Barcelona han 
vencido al ejército! 

-¡Viva la República! 

-¡Sí, que viva también la República! 

La lucha en Barcelona ha terminado. El edificio de la comandancia de la 
región militar se ha rendido; poco después ha capitulado también el sitiado 
cuartel de Atarazanas. Sudorosos, riendo y roncos, se abrazan los 
combatientes callejeros. Levantan las armas, levantan los puños, vitorean a 
sus dirigentes. 

Harapientos, extenuados, los rostros ennegrecidos, en mangas de camisa, 
los ojos espantados y las manos en alto, rodeados de caras amenazadoras e 
insultados por una multitud enfurecida, son conducidos los prisioneros, 
nadie sabe adonde, ni siquiera sus guardianes. García Ruiz, un tranviario, se 
dirige a García Oliver. 

-¿Qué hacemos con éstos? 

En esta ciudad no dan órdenes ni policías, ni oficiales de la Guardia de 
Asalto, ni políticos. Los que visten orgullosos uniformes, los señores que 
ordenan a gritos y usan imperdibles y charreteras, los hombres que ciñen la 
espada y el sombrero de copa negra, están arruinados, han sido vencidos. 
Quienes han demostrado su fuerza, quienes han ganado, son los que antes no 
tenían nada que decir, los perseguidos y encarcelados, los que tenían que 
ocultarse en los sótanos. 

-¡Llévalos al Sindicato del Transporte y que queden detenidos! Ya 
decidiremos qué hacer con ellos. 

Durruti, contraídas las cejas, empuña el arma aún caliente. 

Sus ojos se llenan de lágrimas. Jover guarda silencio. No saben qué decir. 
La alegría de la victoria retrocede ante el recuerdo de Ascaso, el compañero 
de tantos años de lucha. 

-¡Pobre Paco! 

Pero no tienen tiempo para los sentimientos, para el dolor y la melancolía. 
Es la hora de actuar. 

-¡Vamos ya! -dice García Oliver. 

[LUIS ROMERO] 

El 20 de julio Durruti fue herido dos veces, en la frente y en el pecho. Se 
le vio llorar de dolor y de rabia ante el cadáver de Ascaso. 

Al terminar el combate, Durruti, a quien la prensa burguesa calificaba de 
terrorista y asesino, se dirigió al palacio episcopal y salvó la vida al 
arzobispo de Barcelona, cuya cabeza pedía la multitud enfurecida. Lo sacó 
del edificio sin ser advertido, cubriéndolo con un guardapolvo. Las riquezas 
acumuladas en el palacio, cuyo valor ascendía a muchos millones de pesetas, 
Durruti las entregó íntegramente a la Generalitat. 

[ALEJANDRO GILABERT] 

El arzobispo de Barcelona pudo escapar después del 20 de julio gracias a 
la protección formal de los anarquistas. Quizá pagaban con ello una deuda 
de gratitud: el prelado había aceptado firmar una petición de indulto a favor 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



81 



de Durruti y Pérez Farras, cuando éstos habían sido condenados a muerte 
después de los acontecimientos de octubre de 1934. 

[MARGUERITE JOUVE] 

Todas las iglesias de Barcelona fueron quemadas, con excepción de la 
catedral, cuyos tesoros artísticos, de incalculable valor, había logrado salvar 
la Generalitat. Los muros de las iglesias siguen en pie, pero sus cámaras 
interiores han sido destruidas por completo. Algunas iglesias humean 
todavía. En la esquina Ramblas-Paseo de Colón se ven las ruinas de la línea 
naviera italiana Cosuchlich. Se dice que allí se habían atrincherado 
carabineros italianos; los obreros habrían asaltado e incendiado la casa. 
Aparte de las iglesias y este edificio, no se han producido otros incendios 
intencionados. 

[FRANZ BORKENAU] 

Al asegurarse la victoria, comenzó la cacería humana en Barcelona y la 
provincia: la caza al cura, a los monjes y monjas, a los aristócratas, los ricos, 
a todos a quienes se quería ajustar cuentas. Los conventos e iglesias fueron 
incendiados, y las mansiones de los ricos saqueadas. 

La responsabilidad por esta ola de terror no recae sólo sobre los 
anarquistas. Muchas de estas acciones se han producido espontáneamente 
como consecuencia del largo y sofocado odio del pueblo contra las clases 
acomodadas y la Iglesia. Además, se habían abierto las puertas de las 
prisiones. Bandidos, ladrones y asesinos se organizaron en bandas y dieron 
rienda suelta a sus impulsos. 

Nunca será posible hacer un balance exacto de estos primeros días de la 
revolución. Sólo en Cataluña fueron asesinados, torturados y cruelmente 
masacrado s setecientos sacerdotes, curas y monjas. Hubo escenas horribles. 
Se calcula en 25.000 el número de muertos en Cataluña, y en 10.000 el de 
prisioneros. 

[JEAN RAYNAUD] 

Un comerciante extranjero, la mayoría de cuyos amigos españoles eran 
empresarios, me dice: «Como extranjero, uno está aquí seguro, hasta cierto 
punto. ¡Pero los españoles!» Con ello se refiere, por supuesto, a los 
españoles que él conoce, la mayoría de los cuales pertenecen a asociaciones 
empresariales de Cataluña. «En los primeros días han matado a miles y 
miles de ellos. Inmediatamente después de la derrota de los militares, los 
trabajadores comenzaron a ajustar cuentas con sus enemigos personales.» 
Esta expresión la había escuchado antes, e insistí en aclarar exactamente los 
hechos. Se demostró así que esos ajustes no habían sido quizá de índole tan 
personal. En realidad, parece que ha ocurrido lo siguiente: a los sacerdotes 
los han matado, no porque fueran odiados como individuos (eso podría 
calificarse de «ajuste de cuentas con enemigos personales»), sino porque 
eran sacerdotes; y a los empresarios, especialmente en las industrias textiles 
de la zona de influencia de Barcelona, los han matado sus obreros; a menos 
que hubiesen huido a tiempo. Los directores de las grandes empresas (como 
la Sociedad Tranviaria de Barcelona) conocidos como enemigos del 
movimiento obrero, han sido liquidados por comandos especiales 



82 



H . M . E nzensberger 



organizados por el sindicato respectivo. Los principales políticos de la 
derecha han sido liquidados por comandos especiales anarquistas. 

Es lógico que mi interlocutor, que en esas masacres ha perdido amigos y 
quizá también íntimos amigos, se sienta horrorizado. «¡Un cuadro de 
horror!», exclama. «¡Hombres fusilados sin acusación ni juicio previo, sólo 
por su identidad, su posición social o sus opiniones políticas y religiosas! 
¡Asesinados por sus enemigos personales! ¡Esos anarquistas! ¡La gente del 
POUM! ¡Esos gángsters! Hay que reconocer que los socialistas y los 
comunistas se comportan mejor. El gobierno de la Generalitat y su partido 
Esquerra están horrorizados.» 

[FRANZ BORKENAU] 

La policía está influida cada vez más por el anarquismo. Sus cuarteles se 
vacían, los policías se echan a la calle. También los Mozos de Escuadra, la 
policía provincial del gobierno catalán, está desmoralizada. 

En una casa próxima a la residencia del presidente de Cataluña, tres o 
cuatro sujetos se dedican a arrojar muebles por el balcón. El incidente es 
trivial; en toda revuelta se atacan las viviendas del enemigo. Si no se lo 
encuentra, la gente se resarce en sus bienes. Pero lo que en realidad 
intranquiliza al presidente Companys es sobre todo la circunstancia de que a 
poca distancia del palacio gubernamental se ataque públicamente la 
propiedad privada ante la indiferencia de la Guardia de Asalto. ¿No se corría 
el riesgo de perder los frutos de la victoria si se rompía la disciplina de los 
servidores del orden público? Companys se comunica telefónicamente con 
Escofet, y le pregunta hasta qué punto le obedecen las unidades a su mando: 
la Guardia de Asalto, la Guardia Civil y los Mozos de Escuadra. 

Escofet contesta: «No respondo de nadie. Las tropas se me van de la 
mano, se pasan a la FAI.» 

[MANUEL BENAVIDES] 



La Dualidad de los Poderes 
El problema del poder 

De repente todo el poder había pasado a manos de la CNT y la FAI en 
toda Cataluña. Los anarquistas no tenían más que tomarlo. Su organización 
debía decidir. Sus dirigentes veían sólo dos posibilidades: o una dictadura de 
los anarquistas o la cooperación con un gobierno existente, aunque 
impotente. Era un momento decisivo. Si los anarcosindicalistas hubiesen 
destruido el aparato estatal de la Generalitat, quizás habrían podido defender 
su revolución con mayor efectividad en los meses siguientes. Sin embargo, 
no hay ninguna razón para suponer que la destrucción del aparato estatal en 
Cataluña hubiese alterado el resultado de la guerra. La circunstancia de que 
los anarquistas no tomaran el poder fue sólo uno entre muchos factores que 
contribuyeron a desviar de su curso el cometa de la revolución. 

[STEPHEN JOHN BRADEMAS] 

Juan Comorera, socialdemócrata y futuro secretario general del Partido 
Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), en el cual se habían integrado los 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 83 

partidos comunistas y socialdemócratas, trató esa noche de hacerle 
comprender la situación al presidente. 

«La FAI y el POUM son dueños de la calle y hacen en ella lo que les da la 
gana. Ha empezado una larga guerra que habremos de perder si no 
procuramos que esas organizaciones se descompongan en pocas semanas, a 
lo sumo en algunos meses... Por eso debemos unificar nuestras fuerzas y 
organizar el sindicato socialista de la UGT para oponerlo a la CNT. Usted, 
señor presidente, no debería hacer uso de la fuerza en ningún caso en estos 
momentos. Debe tratar de asegurar el orden revolucionario y apoyar la 
formación de tropas que dependan de la Generalitat. Tenemos que ponernos 
a la tarea de construir un ejército. Los anarquistas y los trotskistas chillarán 
mucho cuando se enteren. Hagámonos los sordos. Tan pronto como 
dispongamos de unas fuerzas armadas y recuperemos un movimiento 
obrero-campesino sólido, dirigiremos la guerra en el frente y defenderemos 
la economía en la retaguardia, en lugar de hacer la revolución, que por ahora 
no es nuestro objetivo.» 

[MANUEL BENAVIDES] 

La casa Cambó, sede del Fomento Nacional del Trabajo (es decir la unión 
de empresarios de Cataluña), un compacto edificio que parece un banco de 
primera categoría, está situada en el número 32 de la Vía Layetana. Muy 
próxima está la sede del poderoso Sindicato de la Construcción, afiliado a la 
CNT, en una vieja y sombría casa de la calle Mercaderes. En el curso de la 
lucha los obreros de este sindicato decidieron en una reunión asaltar y 
ocupar la casa Cambó. Al principio ocurrió por razones puramente militares, 
porque desde el último piso del edificio un tirador con una ametralladora 
podía dominar una importante arteria. Pero poco después de la ocupación 
acudieron cada vez más grupos a la casa, y se convirtió automáticamente en 
una especie de estado mayor de la revolución. También el comité regional 
de la CNT se trasladó a esta casa durante la lucha. Después de la victoria de 
la revolución, el edificio cambió de nombre: toda Barcelona lo llamaba la 
casa de la CNT-FAI. 

Donde antes estaban las oficinas directivas de los grandes financieros e 
industriales, ahora despachaban permanentemente los consejos, los comités 
y los órganos coordinadores de los sindicatos de Barcelona. El cambio que 
se había operado ya se podía reconocer en la puerta de entrada: el 
semicírculo que formaba el gran portal estaba obstruido por una barricada de 
sacos de arena y defendido por dos ametralladoras. En los amplios balcones 
de la fachada había enormes carteles. En esa casa, el pleno de la CNT de 
Cataluña inauguró el 20 de julio las deliberaciones sobre la línea política que 
se seguiría frente al gobierno. 

[ABEL PAZ 1] 

La conversación con el presidente 

La casa del Sindicato de la Construcción, donde acaba de celebrarse la 
reunión del comité regional de la CNT, está situada muy cerca del palacio de 
la Generalitat de Cataluña. Sin embargo, los miembros del comité de 
defensa han decidido recorrer en coche esa distancia. Una pequeña caravana 
de coches con hombres armados los acompañan. Con sus fusiles, pistolas, 



84 



H . M . E nzensberger 



pistolas ametralladoras y granadas de mano hacen un alarde de fuerza, y al 
mismo tiempo se previenen contra una improbable pero posible emboscada. 
Durruti se considera a sí mismo un hombre de acción principalmente, 
aunque ha intervenido como orador en innumerables reuniones. No confía 
en su elocuencia, sino más bien en la pistola que lleva al cinto y en el fusil 
que tiene entre las rodillas. A su lado, en el lugar del difunto Ascaso, está 
sentado su hermano Joaquín. En estos tres últimos días, los miembros del 
comité se han jugado el todo por el todo. Su victoria ha superado todas las 
previsiones. La ciudad está en su poder. La CNT-FAI es dueña de Barcelona 
y de toda Cataluña. Ha sonado la hora del anarquismo. ¿Cómo procederá el 
gobierno? Durruti y su gente exigirán lo que les corresponde: vía libre para 
la revolución proletaria. No aspiran a constituir un gobierno, pero en la mesa 
de negociaciones defenderán arma en mano el poder que han conquistado. 
Nadie les arrebatará la victoria. La Guardia Civil ha intervenido a favor del 
gobierno sólo a última hora; las tropas están desconcertadas. La policía 
acuartelada ha perdido su eficacia como instrumento de represión. La 
Guardia de Asalto está a favor del pueblo en su mayoría. El ejército ha sido 
aniquilado; los oficiales antifascistas no pueden organizar un ejército nuevo 
y contundente con las pocas unidades que han permanecido leales. La 
policía provincial es débil, alcanza apenas para la defensa del palacio 
gubernamental. Los nacionalistas catalanes y los partidos pequeñoburgueses, 
que podrían oponerse, no preocupan en lo más mínimo a los anarquistas. El 
proletariado de Barcelona está muy bien armado ahora; centinelas y 
barricadas aseguran las posiciones claves; los locales sindicales y los centros 
obreros han sido fortificados. Los políticos burgueses están aislados. 

Mientras el comité regional delibera en la sede del Sindicato de la 
Construcción con Marianet, Santillán, Agustín Souchy y otros militantes, 
suena el teléfono. Marianet Vázquez atiende la llamada. «Sí, aquí el 
secretario del comité regional.» Su rostro expresa sorpresa. Todos le 
escuchan mientras dice con tono burlón: «Comprendo. Bueno, lo 
discutiremos ahora mismo.» Luego cuelga, se da la vuelta e informa a los 
demás: «El Presidente Companys ruega que el comité regional envíe una 
delegación. Quiere negociar.» Antes de que se hayan repuesto del 
aturdimiento, el secretario prosigue con toda normalidad: 

-Compañeros, se abre la sesión del comité regional con la participación de 
los miembros presentes del comité de defensa. 

Fue una reunión larga y agitada. Algunos querían rechazar la invitación; a 
otros les parecía que era el momento oportuno para destituir al presidente y 
proclamar el comunismo libertario en toda Cataluña; otros temían que se 
tratara de una emboscada. Los oradores hablan con voz enronquecida, 
despiertos aún a fuerza de café y tabaco. García Oliver ha, planteado el 
dilema: colaboración con los partidos o dictadura de los anarquistas. Por 
último se acepta la proposición de indagar la actitud de Companys, sin 
dejarse intimidar ni comprometer. Sin duda era importante que los grupos de 
combate descansaran, aunque fuera por breve tiempo, para adquirir nuevas 
fuerzas; había que tener en cuenta a los compañeros de Zaragoza, 
sorprendidos por el golpe de los fascistas y enzarzados ahora en un duro 
combate. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 85 

La caravana sube por la calle Jaime I en dirección al palacio, y llega a la 
plaza de la República. En el balcón de la Generalitat flamea una gran 
bandera catalana. Ante la puerta del palacio hay un destacamento de la 
guardia provincial. En las calles transversales están apostados guardias de 
asalto, y también se ven civiles con brazaletes catalanistas. Los 
representantes de la CNT-FAI, formidablemente armados, descienden de los 
vehículos. El oficial de guardia se aproxima al grupo que está en la entrada: 
Durruti, García Oliver, Joaquín Ascaso, Ricardo Sanz, Aurelio Fernández, 
Gregorio Jover, Antonio Ortiz y Valencia. 

-Somos los delegados de la CNT-FAI. Companys quiere hablar con 
nosotros. Traemos nuestra escolta. 

[LUIS ROMERO] 

Fuimos armados hasta los dientes, con fusiles, pistolas y ametralladoras. 
No llevábamos camisas, y nuestros rostros estaban negros de pólvora. 

-Somos los representantes de la CNT y la F Al -dijimos al presidente del 
consejo-, y éstos son nuestros guardaespaldas. Companys quiere hablar con 
nosotros. 

El presidente nos recibió de pie. Era evidente que estaba emocionado. Nos 
dio un apretón de manos; estuvo a punto de abrazarnos. La presentación 
duró poco. Nos sentamos. Cada uno de nosotros tenía un fusil entre las 
rodillas. Companys nos dirigió el siguiente corto discurso: 

-Ante todo he de deciros una cosa: la CNT y la FAI nunca han sido 
tratadas como corresponde a su importancia. Siempre habéis sido 
perseguidos duramente, y yo, que una vez estuve a vuestro lado, tuve que 
combatiros y perseguiros, muy a pesar mío, obligado por las necesidades de 
la política. Hoy sois los dueños de la ciudad y de toda Cataluña, porque sois 
los únicos que habéis vencido a los fascistas. Espero que no lo toméis a mal, 
sin embargo, si os recuerdo que hombres de mi partido, de mi guardia y mis 
autoridades, sean muchos o pocos, no os han rehusado su apoyo en estos 
últimos días... 

Reflexionó un instante Y prosiguió: 

-Pero la simple verdad es que aún anteayer erais perseguidos, y hoy habéis 
vencido a los militaristas Y a los fascistas. Sé quiénes sois Y lo que sois y 
por eso debo hablaras con toda franqueza. Habéis vencido. Todo está en 
vuestras manos. Si no me necesitáis más o no me queréis más como 
presidente de Cataluña, decídmelo ahora. En ese caso seguiré luchando 
como un soldado más contra los fascistas. Pero si en cambio creéis que yo, 
en este puesto, que no hubiese dejado con vida de haber triunfado los 
fascistas, podría ser útil para la lucha que continúa en toda España Y quién 
sabe cómo ni cuándo terminará, entonces podéis contar conmigo, con la 
gente de mi partido, con mi nombre y mi prestigio. Podéis confiar en mi 
lealtad como en la de un hombre Y un político que está convencido de que 
en este día perece todo un pasado de ignominia, un hombre que desea 
sinceramente que Cataluña marche al frente de los países más adelantados 
socialmente. 

[JUAN GARCÍA OLIVER 1] 



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Companys había reunido en otra habitación a los representantes de los 
partidos políticos de Cataluña. Éstos aguardaban el resultado de las 
conversaciones con los anarquistas. Los delegados de la CNT-FAI fueron 
invitados a entrar, y a propuesta del presidente se constituyó un comité 
conjunto, que más tarde pasó a la historia como Comité Central de Milicias 
Antifascistas. Su cometido sería restablecer el orden en Cataluña y organizar 
las operaciones armadas contra los militares rebeldes en Zaragoza. 

[JOSÉ PEIRATS 2] 

El compromiso 

En un solo día, el 19 de julio, se rompieron todas las estructuras políticas 
de Cataluña y España. El gobierno llevó en adelante una vida de apariencia. 
La situación política concreta del país exigía la formación de un nuevo 
organismo de poder. Así surgió el Comité de Milicias Antifascistas de 
Barcelona. 

Supongo que la iniciativa para la constitución de este consejo de soldados 
provino de los anarquistas. Ellos no querían participar en el gobierno, 
porque ello no concordaba con sus ideas. Dejaron pues que el gobierno 
siguiera funcionando. Pero de hecho, en lo sucesivo fueron las milicias y su 
comité los que tuvieron en sus manos el poder gubernamental. 

En el Comité de Milicias estaban representados también otros grupos 
antifascistas. Yo participé en las sesiones como representante de la Esquerra, 
un partido liberal de izquierda. íbamos vestidos como típicos intelectuales 
burgueses, con corbata, chaqueta y pluma estilográfica, y de repente nos 
vimos frente a un grupo de anarquistas que entraron por la puerta, sin afeitar, 
con sus uniformes de combate, revólveres, metralletas y correas donde 
llevaban sus bombas de dinamita. Su jefe era un hombre que por su 
apariencia, su oratoria y su fuerza vital daba la impresión de un gigante: 
Buenaventura Durruti. 

[JAUME MIRAVITLLES 1] 

Yo escribí una vez un artículo en el que afirmaba que entre los fascistas y 
la gente de la F Al no había gran diferencia. Durruti, guerrero furibundo, se 
acordaba demasiado bien de ese artículo. Se acercó a mí, puso sus grandes 
manos sobre mis hombros y dijo: «¿Usted es Miravitlles, no? ¡Tenga mucho 
cuidado! ¡No juegue con fuego! Le podría costar caro.» Así inició sus 
actividades el Comité Central de Milicias Antifascistas, en un ambiente de 
tensión y amenazas. 

[JAUME MIRAVITLLES 2] 

El 21 de julio se reunió una asamblea regional de comités comarcales 
anarquistas para examinar la nueva situación. Se decidió unánimemente 
postergar la cuestión del «comunismo libertario» hasta que se venciera a los 
fascistas. La asamblea ratificó la decisión de que la CNT-FAI cooperara con 
las otras organizaciones sindicales y los partidos políticos en el Comité 
Central de Milicias. Sólo la comarca de Bajo Llobregat votó contra la 
colaboración. 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



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El Comité Central, que en realidad estaba bajo la hegemonía de los 
anarcosindicalistas, inició sin demora sus actividades, instalado en el 
edificio que antes ocupaba el Club Náutico de Barcelona. 

[JOHN STEPHEN BRADEMAS] 

Por primera vez la CNT-FAI tuvo que plantearse inevitablemente el 
problema del poder. «Somos los dueños de Cataluña. ¿Tomamos el poder 
prescindiendo de los republicanos, socialistas y comunistas, o colaboramos 
con la Generalitat?» La plana mayor del movimiento anarquista deliberó 
sobre el problema. Le dedicarían aún varios meses, sin encontrarle solución. 

Mariano Vázquez, García Oliver, Durruti y Aurelio Fernández opinaban 
que una dictadura anarquista no era viable considerando la verdadera 
correlación de fuerzas. Si tomamos el poder, el gobierno central de Madrid y 
los gobiernos extranjeros se opondrán a nosotros. Por lo tanto debemos 
elegir la cooperación y no podemos admitir que se forme un gobierno sin 
nuestra participación. 

Federica Montseny, Esgleas, Escorza y Santillán los rebatieron: el 
problema del poder ya estaría resuelto, puesto que estaba prácticamente en 
manos de la CNT-FAI, que dirigía las milicias en Aragón y el orden público 
y la economía en la retaguardia. ¿Para qué pactar con el gobierno entonces? 

Escorza, la figura más extraordinaria de la F Al, decía con una sonrisa 
maquiavélica: 

-Tenéis la gallina en el gallinero y discutís sobre la propiedad de los 
huevos. Esta cuestión ya ha sido resuelta hace tiempo. Debemos 
preocuparnos más bien de los zorros, y contra ellos están las escopetas. 
Debemos utilizar el gobierno de la Generalitat para colectivizar el campo y 
sindicalizar la industria. Los obreros de las ciudades se harán socios de la 
CNT automáticamente, y los obreros rurales socios de la colectividad. Así 
desalojamos a las antiguas organizaciones políticas y partidos. El 
sindicalismo se convertirá en la base de una nueva sociedad. 

Santillán, ambicioso sin escrúpulos, fue al principio un encarnizado 
adversario de la cooperación con el gobierno; cuando lo nombraron 
consejero se convirtió en un acérrimo defensor de la cooperación. Federica 
Montseny, apoyada por Esgleas y Escorza, se opuso elocuentemente a 
colaborar con el gobierno. 

En los dos meses que duraron estas discusiones se agotó el impulso de la 
revolución. 

[MANUEL BENAVIDES] 

Los dirigentes responsables de la CNT de entonces se sentían tan seguros 
de su poder, y su confianza en sí mismos era tan grande, que exageraron su 
generosidad. Permitieron que la revolución, que la CNT había dirigido y 
realizado, y que sólo ellos podían continuar, fuera gobernada por nuevas 
instituciones en las cuales ellos estaban en minoría. 

Justificaban su actitud de este modo: «Esta vez no queremos que se diga 
que el pez grande se come al chico.» 



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H . M . E nzensberger 



En la realidad política esta ingenua frase se convirtió en un arma que los 
políticos utilizaron para neutralizar a los hombres de la CNT y liquidar la 
revolución española. 

[CÁNOVAS CERVANTES] 

En el palacio gubernamental seguía funcionando como siempre el 
gabinete, una especie de gobierno fantasma que contemplaba impotente la 
situación revolucionaria. Con una excepción, sin embargo. El presidente de 
Cataluña, Lluís Companys, era un hombre de gran valor personal. 
Companys había sido antes el abogado defensor de los anarquistas en los 
procesos, y tenía amigos dentro de la CNT. Cuando vino por primera vez a 
una sesión del Comité de Milicias nos levantamos todos. Pero los 
anarquistas permanecieron sentados. Con frecuencia se producían 
vehementes disputas entre la gente de la CNT-FAI y Companys, quien les 
reprochaba que con sus acciones violentas ponían en peligro la victoria de la 
revolución. Hasta que un día Durruti se cansó y les dijo a los representantes 
del gobierno: «Saludos de mi parte al presidente, y mejor que no vuelva a 
aparecer más por aquí. Podría pasado mal si insiste en darnos esas 
lecciones.» 

[JAUME MIRAVITLLES 1] 

Después de la primera sesión del Comité de Milicias, Durruti y García 
Oliver le dijeron a Comorera, representante del Partido Socialista Unificado 
(PSUC): «Sabemos lo que hicieron los bolcheviques con los anarquista s 
rusos. Os aseguramos que n nosotros nunca permitiremos que los 
comunistas nos traten del mismo modo.» 

[MANUEL BENAVIDES] 

El Comité de Milicias se ocupaba de todo: establecimiento del orden 
revolucionario en la retaguardia, organización de fuerzas para el frente, 
formación de oficiales, fundación de una escuela de transmisiones y señales, 
avituallamiento y vestuario, reorganización económica, acción legislativa y 
judicial, transformación de las industrias de paz en industrias de guerra, 
propaganda, relaciones con el gobierno central de Madrid, vinculaciones con 
Marruecos, problemas agrícolas, sanidad, vigilancia de fronteras y costas, 
finanzas, pago de sueldos a las milicias y rentas para parientes y viudas. El 
Comité, compuesto por pocos miembros, trabajaba veinte horas diarias. 
Cumplía tareas para cuya realización un gobierno normal habría necesitado 
una costosa burocracia; era simultáneamente Ministerio de Guerra, del 
Interior y de Relaciones Exteriores. Era la expresión más legítima de la 
voluntad del pueblo. 

[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 3] 

El juicio de Trotski 

Los anarquistas revelaron su fatal incomprensión de las leyes de la 
revolución y sus problemas al tratar de limitarse a sus propios sindicatos, 
encadenados aún por la rutina de tiempos más pacíficos. Ignoraban lo que 
ocurría más allá de los sindicatos, en las masas, en los partidos políticos y en 
el aparato gubernamental. Si hubiesen sido verdaderos revolucionarios 
habrían propuesto ante todo la formación de soviets y consejos en los que 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



89 



estuviesen representados los obreros de la ciudad y el campo, incluso los 
más pobres, que nunca habían pertenecido a un sindicato. Por supuesto, los 
obreros revolucionarios habrían ocupado una posición dominante en esos 
soviets. El proletariado se habría hecho consciente de su fuerza invencible. 
El aparato del Estado burgués habría quedado suspendido en el aire. Un solo 
golpe lo habría pulverizado. 

En cambio, los anarquistas se refugiaban en sus sindicatos para escapar a 
las exigencias de la «política». Demostraron ser la quinta rueda en el carro 
de la democracia burguesa. Pronto perdieron también esa posición, porque 
nadie necesita una quinta rueda. 

Basta esta autojustificación: «No tomamos el poder, no porque no 
hubiésemos podido, sino porque estamos contra todo tipo de dictaduras.» Un 
argumento como éste es prueba suficiente para demostrar que el anarquismo 
es una doctrina contrarrevolucionaria. Quien renuncia a la conquista del 
poder se lo da a quienes siempre lo han tenido, es decir, a los explotadores. 
La esencia de una revolución consiste y siempre ha consistido en instalar a 
una nueva clase en el poder y permitirle así realizar su programa. Es 
imposible instigar a las masas a la insurrección sin prepararlas para la 
conquista del poder. Después de la conquista del poder nadie habría podido 
impedir a los anarquistas que hicieran lo que consideraban necesario; pero 
sus propios dirigentes ya no creían que su programa fuera realizable. 

[LEÓN TROTSKI] 

Un hombre que no calentaba el asiento 

Durruti se dio cuenta enseguida que el Comité Central era un órgano 
burocrático. Se discutía, se negociaba, se decidía, se levantaban actas, había 
trabajo burocrático. Pero Durruti no era capaz de permanecer mucho tiempo 
sentado. Fuera se combatía. No lo soportó mucho tiempo. Organizó pues 
una división propia, la columna Durruti, y marchó con ella al frente de 
Aragón. Yo estaba presente cuando ellos salieron desfilando por las calles 
de Barcelona. Fue algo realmente impresionante: un barullo de uniformes, 
voluntarios de todas partes del mundo, ropas multicolores y heterogéneas. 
Casi tenían algo de hippies, pero eran hippies con granadas de mano y 
ametralladoras, e iban decididos a luchar hasta la muerte. 

[JAUME MIRAVITLLES I] 



La Campaña Militar 
La primera columna 

La primera tarea del Comité de Milicias consistió en poner en pie de 
guerra tropas armadas para combatir en el frente de Aragón. Cuatro días 
después de ser sofocada la rebelión de los militares en Barcelona, se 
reunieron tres mil voluntarios en el Paseo de Gracia y en la Diagonal. 
Marcharon hacia Aragón bajo la dirección de Durruti y Pérez Farras (un 
oficial de los Mozos de Escuadra adicto al gobierno). La legendaria columna 
de Durruti fue creciendo en el camino. La prensa anarquista siguió de cerca 
el avance de su héroe con grandes titulares. 

Es difícil calcular exactamente el número de milicias movilizadas. Los 
anarquistas mismos se contradicen sobre el particular. Rudolf Rocker habla 



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H . M . E nzensberger 



de 20.000 milicias obreras, de las cuales 13.000 pertenecían a la CNT-FAI, 
2.000 al sindicato socialista UGT y 3.000 a los partidos del Frente Popular; 
la columna de Durruti, con sus 8.000 hombres, no figuraba siquiera. 

Abad de Santillán indica que pocos días después de la partida de Durruti 
se habían presentado un total de 150.000 voluntarios en Barcelona, los 
cuales se habrían incorporado a las columnas de los diferentes partidos y 
organizaciones sindicales. 

[JOHN STEPHEN BRADEMAS] 

En los periódicos de aquellos días se decía: «El Comité de Milicias 
Antifascistas ha decidido enviar a Zaragoza brigadas obreras armadas para 
atacar a los militares rebeldes. El Comité planeaba enviar 6.000 voluntarios, 
pero el entusiasmo fue tan grande que en la plaza de Cataluña se presentaron 
no menos de 10.000 voluntarios dispuestos a marchar sobre Zaragoza.» 

En cambio, Abad de Santillán declara: «A pesar del entusiasmo general, la 
columna Durruti-Pérez Farras no alcanzó, ni siquiera aproximadamente, el 
número previsto. No se comprendió desde el principio la gravedad de la 
situación. En lugar de consagrar todas las fuerzas disponibles para la guerra 
(hombres, armas, trabajo y preparación), se creía en general que la primera 
columna que marchaba hacia Zaragoza no encontraría ningún obstáculo a su 
paso y sería antes bien demasiado fuerte que demasiado débil. Al partir 
comprendía 3.000 milicianos.» 

[JOSÉ PEIRATS 2] 

Mucho antes de la hora señalada para la partida, concurrieron a la avenida 
14 de Abril (la Diagonal) de Barcelona, unos 2.000 hombres, entre ellos 
artilleros, que traían cañones de diversos calibres; otros llevaban armas 
automáticas; los telefonistas traían toda clase de material de 
telecomunicaciones; pero la mayoría eran obreros, armados únicamente con 
fusiles. La columna se puso en marcha el 24 de julio por la tarde. 

[RICARDO SANZ 4] 

Cuando partieron hacia Aragón, yo también quise ir, y me subí a un 
camión. Coches con altavoces recorrían Barcelona exhortando a la 
población a contribuir con alimentos, porque las milicias habían partido sin 
un pedazo de pan. Fue extraordinario, la gente acudía por todas partes, 
suspendía su almuerzo y nos traían todo lo que tenían: caldos, carne, 
verduras, latas de sardinas. En un abrir y cerrar de ojos se llenaron los 
camiones y seguimos tras las milicias. De lo contrario se habrían muerto de 
hambre. Quiero decir, hasta los más valientes tienen que comer, ¿no? Así 
llegué a Aragón, con el «camión de las sardinas», como lo llamaban las 
milicias. Durruti no sabía nada de esto, pero alguien le habría avisado, 
porque se bajó de su coche y echó una mirada al camión. Me miró y luego 
siguió conduciendo; no dijo ni una palabra. 

[ÉMILIENNE MORIN] 

La marcha hacia Zaragoza 

La conquista de Zaragoza obsesionaba a Durruti. La caída de la capital de 
Aragón en poder de los fascistas representaba un terrible golpe para la CNT, 
para la revolución y para el éxito de la Guerra Civil. Zaragoza había sido el 



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centro de gravedad del anarquismo aragonés; ya la rebelión de los 
anarquistas en diciembre de 1933 había demostrado las potencialidades que 
poseía esta ciudad. Además, Zaragoza era para los anarquistas la vía de 
comunicación natural entre sus bases en Cataluña y sus posiciones 
estratégicas en el País Vasco, en Vizcaya y Asturias. 

Dos meses y medio antes de la revolución se había celebrado el Congreso 
Nacional de la CNT en Zaragoza. Había sido una manifestación de fuerza 
sin precedentes en la historia del movimiento obrero español. Decenas de 
miles de obreros, mujeres y hombres de toda España habían acudido al acto 
de clausura celebrado en la plaza de toros. Habían venido en trenes 
especiales repletos, cubiertos de carteles, donde flameaba la bandera 
rojinegra de los anarquistas. Durante aquellos días Zaragoza había estado 
totalmente en manos de la CNT y la FAI, Y el enemigo había sacado sus 
conclusiones al ver esta manifestación. 

En los planes estratégicos de los fascistas se había asignado un papel muy 
especial a Zaragoza. La contrarrevolución había concentrado allí todas sus 
fuerzas: una nutrida guarnición del ejército regular, y los cuadros de los 
requetés de Navarra, un fanático grupo de voluntarios cuyos antepasados ya 
habían luchado a favor de la reacción en las guerras civiles del siglo pasado. 
Además, había sido de una importancia decisiva para la ciudad el papel 
desempeñado por el gobernador civil, un típico pusilánime de la segunda 
República, Y el general en jefe de la guarnición, el viejo Cabanellas, un 
anciano taimado que siempre blasonó de republicano y masón, hasta que se 
pasó a Franco. En recompensa, fue nombrado presidente de la Junta de 
Burgos. 

La columna Durruti avanzaba a marchas forzadas hacia Zaragoza, con la 
esperanza de salvar del aniquilamiento a los anarquistas de la ciudad. Se 
creía que aún proseguía allí una lucha a muerte; en realidad los fascistas 
habían sofocado toda resistencia. Cuando Durruti llegó a la explanada de 
Zaragoza, la ciudad era un cementerio armado con ametralladoras y 
cañones. 

[JOSÉ PEIRATS 1] 

Después de atravesar Lérida, Durruti llegó con sus hombres a Bujaraloz, 
un lugar situado a sólo cuarenta kilómetros de Zaragoza. Allí estableció su 
puesto de mando, en la casa de un peón caminero, a campo abierto, a la vista 
del enemigo. El terreno ocupado, que por el flanco izquierdo llegaba hasta el 
Ebro, fue rápida y completamente limpiado de enemigos rezagados. Los 
puestos avanzados de Durruti estaban a unos veinte kilómetros de Zaragoza, 
a la vista de la ciudad. 

Es lamentable que Durruti no fuera apoyado por las fuerzas 
revolucionarias de Zaragoza. Sin embargo, los sitiados estaban mal armados, 
y se limitaron en consecuencia a esperar el levantamiento del sitio. Los 
golpistas controlaban completamente la ciudad, y pudieron organizar con 
toda calma la defensa. 

Si Durruti hubiese tomado Zaragoza, la guerra habría concluido pronto a 
favor de los republicanos. La guarnición de allí era muy importante; 
disponía de considerables reservas de hombres y material. Su caída habría 



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abierto a Durruti el camino de acceso a Logroño y Vitoria, hasta Bilbao, en 
la costa atlántica. Ni siquiera Teruel habría resistido veinticuatro horas 
después de la caída de Zaragoza. 

Fue sin duda por culpa de la negligencia y el sabotaje en el frente de 
Aragón por lo que perdimos la guerra. Desde el principio les fue imposible 
dirigir una ofensiva, tanto a Durruti como a los jefes de las otras columnas 
de Aragón. No disponían de reservas, y escaseaban las armas y municiones. 

Durruti tenía algunos espías que se infiltraron en Zaragoza a través de las 
líneas enemigas. Éstos informaron que la ciudad estaba casi por completo 
desguarnecida y se la podía conquistar con un número relativamente 
reducido de fuerzas. El estado mayor central fue informado repetidas veces 
sobre este estado de cosas, a pesar de lo cual se negó a emprender el ataque, 
a dar las instrucciones necesarias y a preparar los medios para una ofensiva. 
Los capitanes del frente de Aragón nunca comprendieron la conducta del 
estado mayor. 

[RICARDO SANZ 3] 

Diario de un cura de aldea 

Al estallar la Guerra Civil, yo era vicario de Aguinaliu, en la provincia de 
Huesca. Desde que se proclamó la República, me di cuenta de que mucha 
gente no quería a la Iglesia. Nos llamaban cuervos. Después del famoso 
discurso de Companys, que escuché por la radio, tuve la impresión de que 
pronto se desataría una persecución contra los sacerdotes. Y aunque la gente 
del pueblo era amistosa, llegó el día en que tuve que huir. Fue el 27 de julio. 
Vi pararse en el mercado un coche lleno de jóvenes armados. De inmediato 
subí a mi moto y desaparecí en las montañas. 

Fue una buena idea, porque los milicianos llegaron a los pueblos y 
detuvieron a los curas párrocos. Muchos de ellos fueron fusilados sin juicio 
previo o arrojados al río. La culpa era de los comités locales; ellos 
entregaban la lista negra a las milicias y éstas ejecutaban a la gente según 
esa lista. 

Una vez pasé por un control caminero ante el pueblo de Barbastro y allí 
me detuvieron. Me jugué el todo por el todo, y dije que era chófer del 
Ejército Popular. Fue cuestión de ponerse a gritar más fuerte que ellos. Así 
conseguí incluso un pase de conductor. Después puse pies en polvorosa lo 
antes posible. Ahora no sólo era un cura fugitivo, sino también un desertor... 

Antes de llegar a Candasnos pasé por toda clase de aventuras. Candasnos 
es mi lugar de nacimiento. Me deslicé a casa de mi familia. Por suerte, el 
presidente del comité del pueblo era una buena persona. Pero no era 
todopoderoso, y no pudo imponerse a las tropas armadas. Alguien me había 
denunciado, así que fui detenido. Mi amigo pudo impedir que fuera fusilado 
en el acto, y consiguió que se me procesara. Timoteo, que así se llamaba, me 
sacó al balcón del ayuntamiento, ante el cual se había congregado todo el 
pueblo, y preguntó a la gente qué se debía hacer conmigo. Hubo un gran 
clamor. Los habitantes del pueblo, muchos de los cuales pertenecían a 
organizaciones de izquierda, dijeron que no se me matara. Así fue el juicio. 

Pero todavía no tenía ninguna seguridad, porque los forasteros del pueblo, 
que estaban armados, no se resignaron a que yo anduviera en libertad. 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



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Entonces Timoteo decidió hablar con Durruti en Bujaraloz. La sección 
estaba a su mando. 

Durruti le dijo: 

-Oye, si quieres ponerlo a salvo, no hay más solución que traerlo a mi 
columna. 

Era a mediados de agosto. Viajamos a Bujaraloz y me presentaron a 
Durruti. Él me preguntó: 

-¿Qué prefieres? ¿Irte a casa o quedarte en la columna? 

-¿Puedo elegir? 

-Claro. Pero te seré sincero: si te marchas, tarde o temprano te matará 
alguno de esos grupos de incontrolados. No siempre tendrás tanta suerte. Si 
te quedas estarás seguro por lo menos, eso te lo garantizo. 

Por supuesto, decidí incorporarme a la columna. Durruti me dijo que 
necesitaba un escribiente. Enseguida me llevó a la oficina, donde ya estaba 
sentada una chica pelirroja. «Ella te ayudará. Pero no le levantes las faldas, 
¿eh?», dijo. Desde entonces tuve a mi cargo la lista de las tropas de la 
columna y registré a los nuevos voluntarios que se presentaban. Claro, 
pronto me reconocieron algunos, pero nadie se atrevió a decirme nada 
porque enseguida se había corrido la voz de que yo estaba bajo la protección 
de Durruti. 

[JESÚS ARNAL PENA 1] 

Una guerra sin generales 

Cuando volví a encontrar a Durruti, en 1936, él se había convertido en un 
hombre influyente. No era un gran dirigente político, porque le faltaba el 
necesario horizonte intelectual. Era un buen agitador, cuando se presentaba 
en público, pero no era un orador de envergadura. Tenía un buen sentido 
común y la capacidad de apreciar el verdadero valor de los demás. Era 
también relativamente modesto. Su poder se basaba en la fascinación que 
ejercía sobre la fuerza imaginativa de las masas, sobre todo en España. La 
fantasía meridional crea sus propios mitos, como usted sabe. Sus 
capacidades militares eran limitadas, no era un general. No tenía una 
concepción correcta de la estrategia. Como jefe militar demostró valor y 
prudencia, además de un asombroso sentido de la proporción. No era de esos 
que ordenaban fusilar a ciegas a fascistas o supuestos fascistas. Porque sabía 
muy bien que en tales circunstancias confusas se difunden las peores 
calumnias. Me acuerdo, por ejemplo, que salvó de la ejecución a un 
compañero extranjero que había protestado contra ciertos abusos. Tampoco 
aceptaba a todos los que se presentaban como voluntarios. Yo estaba 
presente cuando le dijo a anarquistas probados: «Cualquier bruto sabe 
pelear, tú te vuelves a tu pueblo, a tu fábrica. Hay pocos organizadores 
capaces, deben ir a donde más se los necesita; aquí en el frente podemos 
pasar sin ti.» 

[GASTÓN LEVAL] 

Él no era un general, ninguno de nosotros lo era. Teníamos una idea 
bastante exacta sobre la guerrilla urbana, en Barcelona y otras partes, en la 
calle, en medio de una población que conocíamos, donde sabíamos, allí hay 
un escondite, allá en la esquina el repartidor de periódicos es un compañero, 



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enfrente está la comisaría de policía, los depósitos de armas, los almacenes 
del puerto, conocíamos bien el terreno. Pero en el campo, a tantos metros de 
altura, las trincheras, los mapas militares, de esto no sabíamos mucho, no era 
nuestro fuerte, y, además, ¿para qué? Antes del golpe de los militares no 
necesitábamos nada de esto. No, no fuimos grandes estrategas, Durruti 
tampoco. 

[RICARDO SANZ] 

Mi acompañante, que no es precisamente un amigo de los anarquistas, 
visitó la columna Durruti y regresó completamente asqueado. Es indiscutible 
que la columna Durruti avanzó más que las otras columnas hacia Zaragoza, 
exponiendo la vida de sus hombres y la propia, confiado en las ilimitadas 
reservas que el proletariado de Barcelona ponía a su disposición. Por último, 
el estado mayor al mando del coronel Villalba le ordenó poner fin a ese 
derroche de vidas humanas, y después de muchas idas y venidas logró 
refrenarlo. 

Hasta aquí el informe de mi amigo, simpatizante de los socialistas. No 
puedo evitar tener ciertas dudas con respecto a sus conclusiones. Según yo 
mismo pude observar en el frente, las demás columnas no demostraban 
ningún deseo extraordinario de arriesgar el pellejo; no habían sufrido 
pérdidas, prácticamente. Así nunca lograrían los catalanes conquistar 
Zaragoza. Es posible que Durruti haya caído en el extremo opuesto; en ese 
caso habría sido necesario encontrar un término medio entre el sacrificio 
desatinado y la vacilante irresolución. Con respecto a la situación del frente 
de Aragón en su conjunto, el fanático avance de la columna Durruti sería en 
todo caso un factor favorable, si se lo sabía utilizar correctamente desde el 
punto de vista militar. 

Después de ver el frente, no dejo de asombrarme ante la falta de sentido 
de la realidad que evidencian los cálculos de los grupos políticos. Todos 
cuentan con la caída inminente de Zaragoza. En realidad eso es imposible. 
Por eso considero injusto que la gente del POUM acuse subrepticiamente al 
gobierno de sabotear con intenciones traicioneras las operaciones militares. 
En realidad sería lógico que el gobierno pensara con horror en lo que harían 
los anarquistas después de la famosa conquista de Zaragoza. Sin embargo, es 
evidente que ello no ocurrirá. Y esto no se debe a la traición del gobierno, 
sino puramente al desorden y la incapacidad que existe en todos los planos. 
Para superar la manifiesta debilidad de las milicias, se requieren heroicos 
esfuerzos por parte de un núcleo extraordinario de oficiales y políticos. 

[FRANZ BORKENAU] 

El ángel vengador 

Los habitantes de los distintos pueblos y pequeñas ciudades que hemos 
atravesado, vigilan con mucho afecto las tierras que poseen, pero no han 
enviado ni un hombre al frente. Las milicias son reclutadas en Barcelona en 
su mayoría. 

En Cervera, la vieja y ruinosa ciudad de provincia, hubo antes un 
seminario. Le pregunté qué había sido de él a uno de los guardias del lugar, 
un joven de buen aspecto, que no tendría más de dieciséis años, y me 
respondió con una sonrisa entusiasta: "¡Ah!, pues hemos acabado con ellos, 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 95 

¡ya lo creo!". Han sido quemadas todas las iglesias sin excepción; sólo 
quedan los muros. Los incendios se han realizado por indicación de la CNT 
o de las columnas de milicias que han pasado por allí. En la región ha 
habido pocos combates auténticos entre los partidarios de Franco y los de la 
Generalitat. 

Hay pocos signos visibles del combate a medida que nos aproximamos al 
frente. La carretera está en perfecto estado. Hay menos tráfico que en tiempo 
de paz. Algunos camiones con provisiones, muy pocos con municiones, 
pasan a nuestro lado en dirección al frente, otros vuelven vacíos. No hemos 
visto ni una ambulancia. 

Como todas las carreteras importantes para la sección sur del frente de 
Zaragoza convergen en Lérida, pensé que habría mucho movimiento en la 
ciudad. Pero tampoco allí había actividad. Habría unos treinta o cuarenta 
camiones y coches estacionados en la plaza, y se veían milicianos por las 
calles de la ciudad. En total serían, a lo sumo, unos centenares. En el 
despacho del gobernador de la provincia hay una aglomeración de gente. 
Los soldados hablan emocionados y entusiasmados de Buenaventura 
Durruti, el jefe anarquista, y de su columna; él y sus hombres son los héroes 
populares de la guerra en Cataluña, en detrimento de las demás columnas 
catalanas. Durruti tiene la fama de ser el ángel vengador de los pobres. Se 
sabe que su columna fusila a los fascistas, los curas y los ricos de los 
pueblos con menos miramientos que ninguna otra columna. Los milicianos 
de Cataluña celebran su avance hacia Zaragoza, que sigue adelante sin 
reparar en sus propias víctimas y pérdidas. Algunos de los guardias del 
palacio gubernamental han peleado al lado de Durruti. Con una sonrisa 
ingenua, exenta de sadismo, más bien con la íntima satisfacción de un niño 
que cuenta una travesura, me muestran sus balas dum-dum, confeccionadas 
con proyectiles normales. Uno de ellos me explica: «¡Para los presos!», y 
con ello quiere decir que a cada prisionero le espera una bala de ésas. Así es 
la Guerra Civil en España. Supongo que en el sector de Franco será igual. 
En ambos sectores los corresponsales extranjeros neutrales deben silenciar 
muchas cosas, de lo contrario correrían graves riesgos. 

[FRANZ BORKENAU] 

-Vosotros en Rusia tenéis un Estado como cualquier otro, pero nosotros 
queremos la libertad -me dijo un centinela vestido con una camisa rojinegra 
al controlar mi pase-. Vamos a implantar el comunismo libertario. 

«¡El comunismo libertario!» Todavía oigo sonar esas palabras en mis 
oídos. ¡Cuántas veces las he escuchado!, como desafío o como juramento. 

A veces, para explicar el inconcebible comportamiento de los anarquistas, 
se indicó que sus columnas estaban llenas de bandidos. Es indudable que en 
las filas anarquistas se infiltraron ladrones y delincuentes comunes; el 
partido que está en el poder no sólo atrae a los mejores elementos, sino 
también a la chusma. En aquella época, cualquiera podía hacerse pasar por 
anarquista. En septiembre de 1936, mientras estaba en Valencia, llegó allí, 
procedente del frente de Teruel, una centuria de la «columna de hierro» 
anarquista. Los anarquistas dijeron que su comandante había caído en el 
combate y no sabían qué hacer. En Valencia encontraron ocupación. 



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Quemaron los archivos judiciales y trataron de invadir la cárcel para liberar 
a los criminales; posiblemente había algunos de sus compinches allí. 

A pesar de todo, los criminales no eran un factor importante. En el otoño 
de 1936 la CNT agrupaba en sus filas a las tres cuartas partes de los obreros 
de Cataluña. Los dirigentes de la CNT y la FAI eran trabajadores, hombres 
sinceros en su mayoría. Lo malo es que aunque fustigaban el dogmatismo, 
ellos mismos eran los típicos dogmáticos. Trataban de constreñir la vida a 
sus teorías. 

Los más inteligentes comprendían las discrepancias que existían entre las 
bonitas palabras de los folletos y la cruda realidad. De repente, bajo una 
lluvia de bombas y de balas, tenían que cambiar lo que ayer había sido una 
verdad inalterable para ellos. 

[ILYA EHRENBURG] 

Durante los primeros días de la revolución fueron quemadas todas las 
iglesias de Lérida. El día en que la columna Durruti pasó por la ciudad en 
dirección al frente de Aragón, los milicianos prendieron fuego a la catedral, 
después de tratar de cobardes a sus compañeros de Lérida, que no se 
atrevían a destruir el templo. La catedral ardió durante dos días. 

[ANÓNIMO 1] 

«El cura rojo», «el secretario de Durruti», esos rumores me persiguen hoy 
todavía, aunque no son ciertos, y o nunca estuve a favor del anarquismo, y 
Durruti nunca tuvo un secretario. Yo era sólo un escribiente en el despacho 
de la columna. Pero tengo que reconocer que Durruti era un hombre justo, y 
si alguien dice que fue un asesino y un ladrón, es un calumniador, y yo 
defenderé a mi amigo contra tales mentiras. 

Por ejemplo, se dice que él y su columna incendiaron la catedral de 
Lérida. Pero ¿cuándo ardió la catedral? Fue el 25 de agosto, y la columna 
Durruti pasó por Lérida en marcha hacia el frente el 24 de julio, y le aseguro 
que no se iban a volver, un mes más tarde, para quemar una iglesia. Lo que 
ocurrió en realidad fue que una centuria de ultrarradicales, en su camino 
desde Barcelona hacia el frente, pasaron por Lérida, y no se les ocurrió nada 
mejor que quemar la casa de Dios. Cuando llegaron al cuartel general, ya 
nos habían llegado las noticias de su hazaña. Durruti, que era muy sagaz 
cuando quería, los hizo formar y exclamó: «Los valientes que han actuado 
en Lérida, que den un paso al frente.» Desde luego los culpables fueron 
castigados con el máximo rigor. 

[JESÚS ARNAL PENA 1] 

Tres periodistas 

A fines de agosto y principios de septiembre fui con Carmen y Makasseev 
al puesto de mando de Durruti. En aquel tiempo tenía la esperanza de 
conquistar Zaragoza. El puesto de mando se encontraba a orillas del Ebro. 
Yo les había dicho a mis acompañantes que Durruti era un conocido mío; 
esperaban por lo tanto una cordial recepción. Pero Durruti sacó un revólver 
del bolsillo y dijo que yo había calumniado a los anarquistas en mi ensayo 
sobre la rebelión asturiana, Y agregó que me mataría en el acto. Durruti no 
solía hablar por hablar. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 97 

«Haz lo que quieras», le contesté, «pero creo que interpretas de un modo 
muy especial las reglas de la hospitalidad.» Durruti era anarquista, y además 
colérico, pero era español también. Mi respuesta lo dejó perplejo: «Está 
bien. Aquí eres mi huésped. Pero me lo pagarás por tu ensayo. ¡Aquí no, en 
Barcelona!» Como no podía matarme por respeto a las reglas de la 
hospitalidad, empezó a increparme duramente. Gritó que la Unión Soviética 
no era una comuna libre, sino un Estado como todos los otros, un Estado 
lleno de burócratas, y que no era casual que a él lo hubiesen proscrito en 
Moscú. 

Carmen y Makasseev sintieron que algo andaba mal, la súbita aparición 
del revólver no necesitaba traducción. Una hora más tarde les dije: «Todo 
marcha bien. Nos invita a cenar.» 

Había varios milicianos sentados a la mesa, algunos vestidos con camisas 
rojinegras, otros con uniformes de entrenamiento, todos armados con 
potentes revólveres. Estaban allí sentados y comían, bebían vino y reían. 
Ninguno se fijó en nosotros ni en Durruti. Uno de los hombres nos alcanzó 
la comida y la jarra de vino. Al lado del plato de Durruti colocó una botella 
de agua mineral. Yo dije en broma: «Tú siempre hablas de igualdad 
absoluta. Pero aquí todos toman vino, sólo tú tomas agua mineral.» No previ 
el efecto que le causarían mis palabras a Durruti. Se levantó de golpe y gritó: 
«Llévense la botella. ¡Tráiganme agua de la fuente!» Estuvo largo tiempo 
tratando de justificarse: «Yo no se la pedí. Saben que el vino no me sienta 
bien y han descubierto un cajón de agua mineral por allí. Tienes razón, es 
inadmisible.» Seguimos comiendo en silencio, y él agregó de repente: «Es 
difícil cambiar todo de una vez. Los principios y la vida no coinciden 
perfectamente.» 

Por la noche visitamos las posiciones. El aire estaba lleno de un ruido 
atroz, una caravana de camiones pasaba a nuestro lado. «¿Por qué no me 
preguntas qué significan estos camiones?», dijo Durruti. Le contesté que no 
me proponía enterarme disimuladamente de sus secretos militares. Se rió. 
«¿Secretos? ¡Todo el mundo sabe que mañana cruzamos el Ebro! ¡Así es!» 
Unos minutos más tarde prosiguió: «¿Quieres saber por qué he decidido 
cruzar el río?» «Tú sabrás», dije. «¡Al fin y al cabo eres el comandante de la 
columna!» Durruti volvió a reírse: «Esto no tiene nada que ver con la 
estrategia. Ayer vino corriendo hacia nosotros un muchacho de unos diez 
años, procedente del sector ocupado por los fascistas. Y nos preguntó: 
"¿Qué os pasa a vosotros? En mi pueblo la gente está asombrada porque no 
atacáis. La gente dice: ¡Ahora también Durruti se ha cagado en los 
calzones!" ¿Entiendes? Cuando un niño habla así, dice lo que piensa el 
pueblo. Eso significa que tenemos que atacar. La estrategia funciona sola...» 
Yo miré su alegre rostro y pensé: «¡También tú eres un niño!» 

Más tarde visité varias veces a Durruti. Su columna sumaba diez mil 
hombres. Durruti seguía creyendo en sus ideas, como siempre, pero no era 
un dogmático, y casi todos los días tenía que hacer alguna concesión a la 
realidad. Él fue el primer anarquista que comprendió que sin disciplina no se 
podía dirigir una guerra. «La guerra es una porquería», dijo lleno de 
amargura. «No sólo derriba casas, sino también los principios más 
elevados.» Aunque eso no lo reconocía delante de sus hombres. 



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Un día varios milicianos abandonaron sus puestos de vigilancia. Se los 
encontró en el pueblo más cercano bebiendo vino tranquilamente. Durruti se 
enfureció. «¿No comprendéis que arrastráis por el suelo el honor de la 
columna? Devolved los pases de la CNT.» Los culpables sacaron del 
bolsillo su carnet sindical, con toda calma. Eso aumentó aún más su rabia: 
«¡Vosotros no sois anarquistas, sois una basura! Quedáis expulsados de la 
columna, y os mando de vuelta a casa.» Eso era, posiblemente, lo que 
querían los muchachos. En lugar de protestar, sólo replicaron: «De 
acuerdo.» «¿Sabéis a quién pertenece la ropa que lleváis? ¡Sacaos 
inmediatamente los pantalones! ¡Pertenecen al pueblo!» Los milicianos se 
quitaron con calma los pantalones. Durruti ordenó que los condujeran en 
paños menores hasta Barcelona, «¡para que todos vean que no son 
anarquistas, sino vulgares basuras!» 

[ILYA EHRENBURG 1] 

Los anarcosindicalistas disponen en todas partes de oficiales del ejército y 
de la policía que han permanecido leales a la República. Sin embargo, en 
una columna que aplica el principio de la «indisciplina organizada» no hay 
sitio para oficiales, y en consecuencia el grado de los asesores es ignorado. 
Se los considera meros mecánicos encargados de hacer funcionar la 
maquinaria militar. Cuando se desarrollan combates ordinarios, estos 
hombres dan las indicaciones necesarias, y si tienen tiempo, tratan de 
distribuir correctamente la potencia de fuego, instalar alambradas o tomar 
otras medidas que sus compañeros de armas desconocen. Cuando las tropas 
de Franco atacan, los anarquistas no tienen en general más que valor y 
entusiasmo para hacerles frente. Pero al fin y al cabo la reconquista de un 
pueblo sin importancia no presenta ventajas estratégicas para los fascistas, y 
por esa razón los habitantes de Santa María podrán seguir discutiendo en paz 
sobre el comunismo libertario, y alimentando a las milicias. 

Desde luego, cuando se amenaza una posición de verdadera importancia 
militar, como el tramo Zaragoza-Huesca, se desarrollan duros combates y 
hay terribles pérdidas de vidas humanas. Es humillante para un corresponsal 
inglés comprobar cómo el sector republicano, desarmado por el tratado de 
no intervención, tiene que defenderse con las manos vacías contra la 
artillería, las ametralladoras, las bombas y los aviones con que contribuye el 
fascismo internacional. 

[JOHN LANGDON-DAVIES] 

Bujaraloz, 14 de agosto de 1936 -¿Cómo está la situación aquí? -le 
pregunté. 

Durruti tomó un mapa en sus manos y me mostró la disposición de las 
unidades. 

-Nos detiene la estación ferroviaria de Pina. El pueblo de Pina está en 
nuestro poder, pero la estación la tienen los otros. Mañana o pasado mañana 
cruzamos el Ebro, avanzamos hasta la estación y la despejamos. Así 
tendremos libre el ala derecha y ocuparemos Quinto y Fuentes de Ebro, 
hasta llegar a los muros de Zaragoza. Belchite se rendirá, situada de repente 
en nuestra retaguardia. Y usted -señala con la cabeza a Trueba-, ¿todavía 
está en Huesca? 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 99 

-Estaríamos dispuestos a dejar Huesca para más adelante y apoyar su 
ataque por el ala derecha -dijo Trueba con modestia-. Eso sí, siempre y 
cuando prepare la operación con seriedad. 

Durruti se calló. Luego respondió de mala gana: 

-¡Si quiere ayudar, ayude, si no, no lo haga! El ataque a Zaragoza es una 
operación mía, tanto desde el punto de vista militar como político y político- 
militar. Yo soy responsable de eso. ¿Cree que repartiríamos Zaragoza con 
usted si nos diera mil hombres? En Zaragoza reinará el comunismo 
libertario, o si no el fascismo. Quédese con toda España, pero ¡déjeme 
Zaragoza! 

Pronto se calmó y siguió hablando con nosotros sin hostilidad. Reconoció 
que no habíamos ido a verle con malas intenciones, pero que él respondería 
a la rudeza con más rudeza aún. (Nadie se atrevió a discutir con él, a pesar 
de la igualdad.) Pidió con mucho interés informes detallados sobre la 
situación internacional, la posibilidad de obtener ayuda para España, y sobre 
asuntos estratégicos y tácticos. Me preguntó cómo habíamos actuado 
políticamente durante la guerra civil rusa. Después nos dijo que la columna 
estaba bien armada y tenía mucha munición. Sólo había dificultades con la 
dirección. El «técnico» cumpliría sólo una función de consejero, la decisión 
la tomaría él mismo. Según él, daba casi veinte discursos diarios, yeso le 
agotaba. Con la instrucción iba muy despacio, porque a los soldados no les 
gustaba el adiestramiento, aunque eran totalmente inexpertos y sólo habían 
luchado en las calles de Barcelona. Las deserciones eran bastante frecuentes. 
La unidad tenía mil doscientos hombres entonces. 

De pronto nos preguntó si habíamos almorzado, y nos invitó a esperar a 
que trajeran las marmitas. No aceptamos, no queríamos quitarle una ración a 
los soldados. Durruti le dio un vale de víveres a Marina. 

Al despedirme le dije con toda franqueza: 

-Hasta la vista, Durruti. Vendré a verle a Zaragoza. Si no cae aquí o en 
Barcelona luchando contra los comunistas, puede ser que se haga 
bolchevique en unos seis años. 

Él sonrió, me volvió sus anchas espaldas y habló con alguien que estaba 
allí casualmente. 

[MIJAÍL KOLTSOV] 

Notas de una voluntaria 

Domingo 16 de agosto: Durruti en Pina. 

(Guardia Civil-Guardia de Asalto-campesinos.) Sevillano. Discurso de 
Durruti a los campesinos: Soy un trabajador, como vosotros. Cuando todo 
haya terminado, volveré a trabajar a la fábrica. 

Durruti en Osera. 

Orden: No pedir comida a los campesinos, ni dormir en sus casas. 
Obedecer a los «técnicos militares». Discusión violenta. 

Organización: Delegados elegidos. Incompetencia. Falta de autoridad. No 
logran imponer a la tropa la autoridad de los técnicos militares. Un 
campesino se queja ante un compañero de Oran (Marquet) que los centinelas 
se duermen por la noche. 



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Regreso al cuartel general. 

Compañero escapado de Zaragoza. Allí tenía un negocio de expedición. 
Originario de Sevilla. Uno que no quiere separarse de su amigo; otro que 
quiere devolver sus armas. 

Trescientos hombres sin armas, de Lérida, son enviados al frente. Cinco 
cañones prestados a la columna de Huesca (es decir, enviados desde Lérida, 
con el consentimiento de Durruti). García Oliver viaja en avión a Valencia. 
Oficial desaparecido. Coordinación de telefonistas y telegrafistas. 

Refuerzos anunciados: 2.000 hombres armados, escuadrón de caballería, 
dos baterías de 15 centímetros, 2 tanques de montaña. 

Conversación telefónica Durruti-Santillán. La toma de Quinto costaría 
1 .200 hombres sin artillería. Con cañones, la columna podría llegar hasta las 
puertas de Zaragoza. 

Muy enérgico: ¿Por qué no bombardean Zaragoza? 

(Un viejo: «Sí, señor.») 

Lunes 17 de agosto 

El cuartel general es trasladado a una casa de campo, frente a un gran 
campo de cereal (¡rara mudanza!). Por la mañana, en coche a Pina. El 
pequeño conductor va con su novia al lado, se besan durante todo el viaje. 
Encuentro a nuestro grupo alojado en la escuela. Fabuloso (libros de lectura 
patrióticos...). 

(También el hospital está en la escuela.) Volvemos a comer con los 
campesinos del número 18. Me dan un fusil: una hermosa carabina corta. 
Por la tarde, bombardeos por ahí. Le grito a Boris: «Todavía no he oído ni 
un disparo.» (Es cierto, aparte de los ejercicios de tiro.) En ese mismo 
momento estalla algo. Terrible explosión. «Son bombarderos.» Tomamos 
los fusiles. Orden: todos al maizal. Nos ponemos a cubierto. Me tiro al barro 
y disparo hacia arriba. Después de unos minutos todos se levantan. Los 
aviones vuelan muy alto, inalcanzables. La mitad de los españoles siguen 
dando salvas, uno dispara horizontal hacia el río (¿tiros de revólver 
también?). Encontramos una bomba. Minúscula. Hoyo de medio metro de 
diámetro. No he sentido ninguna emoción. 

Todavía hay campesinos desocupados en la plaza, pero menos que antes. 
Louis Berthomieux (delegado): «Adelante, cruzamos el río.» Se trata de 
quemar tres cadáveres enemigos. Cruzamos con una barca, después de un 
cuarto de hora de discusión. Búsqueda. Por fin un cadáver, azul, roído, 
horroroso. Lo quemamos. Los otros siguen buscando. Descanso. Propuesta 
de formar un grupo de choque. La mayor parte vuelve a la otra orilla. 
Después se decide (?) dejar el grupo de choque para mañana. Regresamos a 
la orilla del río, casi sin protección. Casa de campo aislada. Pascual (del 
comité de guerra): «¿Vamos a buscar melones?» (muy serio). Seguimos por 
la maleza. Calor, un poco de angustia. Me parece estúpido. De pronto 
comprendo que va en serio, es un ataque (contra la casa). Esta vez estoy 
muy excitada (no sé cuál es el objetivo, pero sé que los prisioneros son 
fusilados). Nos dividimos en dos grupos. El delegado, Ridel y los tres 
alemanes avanzan cuerpo a tierra hacia la casa. Nosotros en las trincheras 
(después el delegado nos reprende: también nosotros debíamos haber 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 101 

avanzado hasta la casa). Esperamos. Escuchamos voces... Tensión 
agotadora. Vemos regresar a los camaradas, sin protegerse, nos unimos a 
ellos, y cruzamos el río con toda calma. Nuestra falsa maniobra podría 
haberles costado la vida a los otros. Pascual es el responsable. (Carpentier y 
Giral con nosotros.) 

Dormimos en la paja (dos botas en un rincón, buena protección). El 
enfermero quiere apagar la luz, lo regañan. 

Fue en esa expedición cuando tuve miedo por primera y única vez durante 
toda mi permanencia en Pina. 

Martes 18 de agosto 

Varias propuestas para cruzar el río. Cerca de mediodía se decide arriesgar 
el paso en medio de la noche, sólo nuestro «grupo», y mantener unos días la 
posición en la orilla hasta la llegada de la columna Sastano. El día pasa en 
medio de preparativos. El problema más agobiante: las ametralladoras. El 
comité de guerra de Pina se niega a dárnoslas. Después de muchas vueltas 
logramos conseguir una por lo menos, gracias a la ayuda del coronel italiano 
que dirige la Banda Negra. Al final dos incluso. No las probamos. 

En realidad fue el coronel quien tuvo la idea, pero por último el comité de 
guerra aprueba nuestra tropa de choque. 

Es voluntario, por supuesto. La tarde anterior, a las 18 horas, Berthomieux 
nos reunió para pedirnos nuestra opinión. 

Silencio. Insiste en que digamos lo que pensamos. Otro silencio. Por fin 
Ridel: «Bueno, qué, todos están de acuerdo.» Eso es todo. 

Nos acostamos. El enfermero quiere apagar de nuevo las luces... Duermo 
con la ropa puesta, no pego ojo. Nos levantamos a las dos y media de la 
madrugada. Mi mochila ya está lista. Susto por las gafas. Distribución de la 
carga (para mí el mapa y la batería de cocina). Ordenes. 

Marcha en silencio. Un poco emocionada, sin embargo. Cruzamos en dos 
viajes. Louis se enfada con nosotros, grita (si los otros estuvieran allí...). 
Desembarcamos. Esperamos. Amanece. El alemán cocina la sopa para 
nosotros. Louis descubre una choza, hace llevar las cosas allí, me pone de 
centinela. Me quedo y cuido la sopa. Se colocan centinelas por todas partes. 
Se arregla la choza, la cocina de campaña, se atrincheran las ventanas para 
que no nos vean. 

Entretanto los otros van a la casa. Allí encuentran a una familia. Un hijo 
de diecisiete años (¡guapo!). Informaciones: ya nos habían visto, durante la 
patrulla. La orilla está vigilada desde entonces. Se retiran los guardias al 
desembarcar nosotros. Ciento doce hombres. El teniente ha jurado 
atraparnos. Volverán. Yo traduzco estos informes para el alemán. Preguntan: 
«¿Qué, volvemos a cruzar el río?» «No, nos quedamos, por supuesto.» 
(¿Quizá sea mejor telefonear a Durruti desde Pina?) 

Orden: regresamos todos, con la familia de campesinos. (Entretanto el 
alemán que hace de cocinero reniega porque no hay sal, aceite ni verduras.) 
Berthomieux, furioso (es peligroso avanzar otra vez hacia la casa), reúne a 
todo el pelotón de choque. A mí me dice: «¡Tú, vete a la cocina!» No me 
atrevo a protestar. Además, la operación no acaba de convencerme... Los 



102 



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veo partir llena de angustia... (además en realidad yo no corro menos riesgo 
que ellos). 

Tomamos los fusiles y esperamos. Enseguida el alemán propone ir a la 
pequeña trinchera que está bajo el árbol, donde están apostados Ridel y 
Carpentier (ambos participan de nuevo en la expedición, desde luego). Nos 
tendemos a la sombra, con los fusiles (sin cargar). Volvemos a esperar. De 
cuando en cuando un suspiro del alemán. Tiene miedo, evidentemente. 

Yo no. ¡Con qué intensidad existe todo a mi alrededor! Guerra sin 
prisioneros. Al que cae en poder de los otros lo fusilan. 

Los camaradas vuelven. Un campesino, su hijo y el joven... Fontana los 
saluda con el puño en alto mirando a los jóvenes. Éstos devuelven el saludo, 
el hijo lo hace por obligación, es evidente. Crueles coerciones... El 
campesino regresa otra vez, para buscar a sus parientes. Volvemos a 
sentarnos. Un avión de reconocimiento. Ponerse a cubierto. Louis grita a voz 
de cuello contra las imprudencias. Me acuesto de espaldas, contemplo las 
hojas, el cielo azul. Un día muy hermoso. Si me pescan me matarán... No lo 
hacen porque sí, los nuestros han vertido mucha sangre. Yo soy su cómplice, 
al menos moralmente. Calma absoluta. Nos levantamos, entonces empieza 
de nuevo. Me oculto en la choza. Bombardeo. Salgo corriendo de la choza 
hacia la ametralladora. Louis dice: «¡No hay que tener miedo!» (!) Me 
manda con el alemán a la cocina, con el fusil al hombro. Esperamos. 

Al fin viene el campesino con su familia (tres hijas y un hijo de ocho 
años), todos atemorizados (violentos bombardeos). También nos temen a 
nosotros, sólo lentamente comienzan a confiar un poco en nosotros. 
Preocupados por el ganado que han dejado en la granja (acabamos por 
enviarles los animales a Pina). Es evidente que no están políticamente a 
nuestro favor. 

[SIMONE WEIL] 

Faits divers 

Una vez trajeron a un hombre que luego ocupó un puesto bastante alto en 
Zaragoza. Prefiero no dar su nombre. Lo iban a fusilar. Durruti hizo venir a 
sus guardianes y les preguntó: «¿Cómo se ha comportado este hombre en su 
finca? ¿Cómo ha tratado a los labradores?» La respuesta fue: «Bastante 
bien.» «¿Qué queréis entonces? ¿Que lo matemos sólo porque una vez fue 
rico? Eso es una estupidez.» Me lo confió a mí y me dijo: 

"Tú te ocupas de que trabaje como maestro en el pueblo, y que lo haga 
bien." 

[JESÚS ARNAL PENA 1] 

Una tarde de agosto apareció en el cuartel general de Durruti en la calle 
Lérida con Zaragoza, un grupo de artistas de Barcelona. Querían ofrecer un 
recital de canto a los milicianos. También estaban entre ellas la mujer de 
Durruti, Émilienne. Durruti mandó a las chicas de vuelta a Barcelona. A su 
mujer le dijo: «Tenemos mucho que hacer aquí. Dejadnos ganar la guerra 
primero. Cuando también los otros puedan traer a sus mujeres, puedes 
volver. Ahora no.» 

[RAMÓN GARCÍA LÓPEZ] 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 103 

Durante el sitio de Huesca, Durruti hizo un vuelo de reconocimiento sobre 
la ciudad con un pequeño aparato Breguet. Era un día de fiesta, la gente salía 
de la iglesia en esos momentos. El piloto del aeroplano, teniente Erguido, 
llamado el Diablo Rojo, le preguntó si podía tirar algunas granadas de mano. 
Durruti se negó a bombardear a la población civil. 

[JESÚS ARNAL PENA 3] 

En agosto pasó por el cuartel de Durruti un coche de la Intendencia y 
descargó una bordalesa de vino. Durruti estaba en el patio, vio la bordalesa y 
dijo: «Si no tenéis vino para el frente, tampoco beberá el cuartel general.» 
Sacó su pistola y destrozó a tiros la bordalesa, y todo el vino se derramó 
sobre el empedrado. 

[RAMÓN GARCÍA LÓPEZ] 

Otro problema para la columna eran las prostitutas de Barcelona, que 
habían seguido a los anarcosindicalistas al frente de Aragón. Pronto las 
enfermedades venéreas causaron más pérdidas que las balas. Al final Durruti 
se ocupó de instalar en Bujaraloz una enfermería para el tratamiento de esos 
casos. Él se encargó de todo. Me acuerdo todavía que nos ordenó darles un 
tubo de Blenocol a los milicianos que marchaban con licencia a Barcelona. 

Por último me dijo: 

-Este espectáculo con esas mujeres que andan rondando por la columna 
debe acabar de una vez por todas. 

-Y bien jefe, excelente idea, pero ¿qué hacemos? 

-Ponte en contacto con el parque móvil y pide que envíen todos los coches 
que consideres necesarios. Que recorran todas las centurias y recojan a las 
mujeres. Pero ¡que no quede ninguna! Después viajas con la caravana de 
coches a Sariñena. Allí las cargáis en un vagón precintado y las mandáis 
para Barcelona. 

-Ah, muy bien pensado. Y para esta clase de trabajitos no podías encontrar 
a otra persona más que a Jesús. ¿Querrás también que les vaya predicando el 
sexto mandamiento por el camino? 

-No, sólo quiero una cosa: que me saques este problema de encima. 

Era una orden y tuve que cumplirla. 

Mi éxito no duró mucho, ya que al poco tiempo volvieron a aparecer 
mujeres dudosas en las centurias. Quizás eran las mismas que yo había 
despachado a Barcelona. 

[JESÚS ARNAL PENA 1] 

El reverso de la medalla 

En Aragón, un pequeño grupo internacional de 22 milicianos de todos los 
países capturó después de una escaramuza a un chico de quince años, que 
peleaba a favor de los fascistas. Todavía temblaba, porque había visto morir 
a su lado a sus camaradas. En el primer interrogatorio dijo que lo habían 
enrolado a la fuerza en las filas de Franco. Lo registraron; se le encontró una 
medalla de la Virgen María y un carnet de la Falange. Lo enviaron ante 
Durruti, quien después de explicarle durante una hora los méritos de los 
ideales anarquistas, le dio a elegir entre morir o incorporarse de inmediato a 
las filas de quienes lo habían capturado, para luchar contra sus antiguos 



104 



H . M . E nzensberger 



camaradas. Durruti le dio un plazo de veinticuatro horas para reflexionar. El 
muchacho dijo que no y fue fusilado. Sin embargo, Durruti era un hombre 
admirable en ciertos aspectos. La muerte de este chico no deja de 
remorderme la conciencia, aunque yo me enteré más tarde de lo ocurrido. 

Otro caso: en un pueblo que los rojos y los blancos habían conquistado, 
perdido, vuelto a conquistar y perdido de nuevo ya no sé cuántas veces, los 
milicianos rojos, habiendo reconquistado definitivamente el lugar, 
encontraron en un sótano a un puñado de trastornadas, atemorizadas y 
demacradas figuras, tres o cuatro jóvenes entre ellos. Los milicianos 
razonaron así: si estos jóvenes, en lugar de seguirnos cuando nos retiramos 
por última vez, se quedaron a esperar la llegada de los fascistas, quiere decir 
que ellos también lo son. Fue razón suficiente para fusilados de inmediato. 
Los milicianos dieron de comer a los demás. Y por ello se creían muy 
humanitarios. 

Una última historia, esta vez de la retaguardia. Dos anarquistas me 
contaron que una vez habían capturado a dos sacerdotes. Uno fue fusilado de 
inmediato de un pistoletazo, a la vista del otro; a éste le dijeron que podía 
irse. Cuando hubo andado unos veinte pasos lo abatieron a tiros. El relator se 
sorprendió mucho al ver que su historia no me hacía reír. 

Una atmósfera como ésta, en la que diariamente ocurren cosas así, hace 
desvanecer el objetivo de la lucha. Porque este objetivo no debe expresarse 
en oposición al bien público, al bien de los hombres; pero en España la vida 
de un hombre no vale nada. En un país donde los pobres son, en su mayoría, 
campesinos, el objetivo de toda agrupación de extrema izquierda debe ser 
mejorar la situación de los campesinos; y la Guerra Civil fue al principio, y 
tal vez ante todo, una guerra a favor (y en contra) de la distribución de 
tierras entre los campesinos. Y ¿qué ocurrió? Estos miserables y magníficos 
campesinos de Aragón, que no han perdido su orgullo a pesar de todas las 
humillaciones, no eran para los milicianos de la ciudad ni siquiera un objeto 
de curiosidad. Aunque no haya habido abusos, insolencias ni agravios (yo 
por lo menos no he notado nada, y sé que existía la pena de muerte por robo 
y violación en las columnas anarquistas), los soldados estaban separados por 
un abismo de la población sin armas, un abismo tan profundo como el que 
separa a los pobres de los ricos. Esto se percibía claramente en la actitud 
siempre un poco humilde, sumisa y temerosa de los unos, y la desenvoltura, 
la prepotencia y la condescendencia de los otros. 

[SIMONE WEIL] 

En septiembre de 1936 el frente de Aragón se consolidó en una guerra de 
posiciones. Las columnas anarquistas estaban tan bien preparadas para ello, 
que no dependían del gobierno central de Madrid. Ellos mismos se 
procuraban las municiones. Cuando había dificultades, se comunicaban con 
los sindicatos de Barcelona. Nuestra columna era también independiente 
desde el punto de vista financiero. Ellos regulaban su aprovisionamiento del 
siguiente modo: después de la recolección de las mieses nuestra tropa 
compraba el trigo a los comités de pueblo al precio habitual, y llevábamos 
las bolsas en nuestros camiones a la costa de Levante, en la provincia de 
Valencia. Allí el precio del trigo era considerablemente más elevado. Los 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 105 

camiones regresaban con frutas y verduras y con dinero suficiente para 
comprar más trigo. 

De este modo la columna recibía todo lo indispensable para la guerra de 
trincheras: alimentos, madera, ropa y tabaco. En el frente había quietud, más 
quietud que en la retaguardia, donde iban en aumento los bombardeos 
aéreos. Muchos soldados comenzaron a considerar la guerra como un 
pasatiempo. Con frecuencia se retiraban de sus posiciones y pasaban unos 
días en la retaguardia. Esto ocurría muy poco en la columna Durruti, porque 
nuestro jefe sabía controlar la situación. En el camino hacia la retaguardia, 
los soldados pasaban siempre por Lérida. Allí comenzaron a «requisar» lo 
que querían de las tiendas y almacenes. Al fin y al cabo, no era más que una 
forma semilegal de saqueo. Las autoridades eran impotentes. Poco a poco 
esas incautaciones adquirieron tal magnitud que nadie se sentía seguro en 
Lérida. El comportamiento de las milicias era contagioso; pronto cualquiera 
que tenía un arma a mano se puso a «requisar». Se formaron grupos enteros 
de «incontrolados» que actuaban por cuenta propia. En Lérida había 
representaciones de todas las organizaciones: los partidos, la CNT, la UGT, 
el POUM Y los controles camineros, y todos firmaban bonos, que en la 
práctica no eran otra cosa que carta blanca para el saqueo de la ciudad. Esto 
lo hacían en nombre de la columna Durruti, que no tenía nada que ver con 
esas acciones. Durruti nunca aprobó ni ordenó tales requisiciones. 

Finalmente se hartó de todo esto. Me llamó y me dijo: 

-Estos pillajes desacreditan a la columna. Hay que acabar con ellos. Tú 
viajas a Lérida como delegado de la columna y restableces el orden, has con 
dos contramaestres que ya están al tanto del asunto. Me llamas todas las 
noches y me informas. 

-De acuerdo -respondí-, pero ¿por qué debo viajar yo precisamente? Es 
imposible. En Lérida hay mucha gente que me conoce. Cuando se sepa que 
un cura quiere detener las requisiciones, no se quedarán con los brazos 
cruzados, me pegarán dos tiros en la cabeza. 

-Entonces te doy una escolta -dijo Durruti-, y una centuria entera si es 
necesario. Además, te doy plenos poderes por escrito. 

Viajé pues con dos contramaestres y dos guardaespaldas a Lérida. Todos 
llevaban pistolas ametralladoras y revólveres. 

Nos instalamos en el Hotel Suizo. Primero hablé con los delegados de la 
Generalitat, el gobierno de Cataluña, y nos prometieron todo su apoyo. Su 
oficina estaba inundada de «recibos» de mercancías incautadas. Los 
comerciantes y tenderos los traían con la vaga esperanza de que alguna vez 
los indemnizaran por sus pérdidas. Algunas de esas papeletas eran realmente 
extrañas. En una estaba escrito, por ejemplo: «Recibo por tantos y tantos 
lápices labiales. Para la brigada de caballería Farlete. Firma: ilegible.» 
Escogimos los recibos más importantes, hicimos una lista y visitamos luego 
las diversas oficinas que habían emitido esos documentos. Cuando de las 
cosas robadas sobraba algo que podía sernos útil, lo enviábamos como 
reserva a nuestra columna en el frente. A los otorgantes les comunicamos lo 
siguiente: 

«La columna Durruti impedirá en el futuro los abusos que se cometan en 
su nombre. Es la última advertencia. Si no terminan las requisiciones, 



106 



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vendremos con una centuria a Lérida. Entonces no vendremos a buscar las 
mercancías robadas, sino a los ladrones. La columna los condenará.» 

Yo había puesto mis miras en un malhechor sobre todo. Era el delegado 
de nuestra columna para el aprovisionamiento. Él había comenzado a 
trabajar por su propia cuenta. Por ejemplo, había retirado de la Tabacalera 
varias cajas de cigarrillos rubios, pero no había entregado ni un paquete a la 
columna. Este hombre era difícil de localizar. Sin embargo, me imaginé 
dónde podíamos encontrado. Fui con mis guardaespaldas armados con 
pistolas ametralladoras y recorrimos los burdeles de la ciudad preguntando a 
las mujeres por alguien que repartía ese tabaco rubio, una especialidad muy 
rara en aquella época, y en efecto, pronto encontramos a nuestro hombre, en 
una casa de citas en la calle de Caballeros. 

Su descaro había ido tan lejos que incluso a nosotros nos ofreció unos 
rubios. Le enseñé mi credencial de plenos poderes. Se asustó mucho. 

-Tienes tiempo hasta mañana a las nueve para entregar en tal sitio tantas 
cajas de cigarrillos rubios. Si falta una sola, te llevaremos bajo vigilancia al 
cuartel general de Durruti. Ya puedes imaginar lo que te pasará. 

Después de nuestra expedición terminaron casi por completo las 
«incautaciones» en Lérida. Los traficantes le tenían pánico a Durruti; su 
intervención acabó con los saqueos. 

[JESÚS ARNAL PENA 2] 

Las ametralladoras 

Amanecía cuando nuestro coche fue detenido en la entrada de Bujaraloz. 
Un joven alto y fuerte salió de la niebla. Su rostro tenía el color oliva y la 
mirada de los moros. Con el fusil en la mano se apostó en medio de la calle 
mientras otro miliciano examinaba nuestros salvoconductos. Nos indicó que 
nuestros documentos no nos autorizaban a ir más lejos. Para ir al frente y 
regresar se requería un permiso especial firmado por Durruti. «¡Gracias! 
¡Buen viaje!» Pusimos en marcha el motor y atravesamos el pueblo todavía 
dormido en dirección a la casa de los camioneros, donde sabíamos que se 
había instalado el cuartel general. 

Nos acercamos a un gran grupo de hombres reunidos alrededor de varias 
ametralladoras. Las armas yacían sobre la tierra. Un hombre alto, robusto, de 
rostro curtido por el sol, cabellos negros y ojos pequeños y vivísimos se 
acercó al grupo y ordenó montar las ametralladoras y probadas, para 
llevadas inmediatamente a la línea de fuego. Unos instantes después las 
armas estaban listas para disparar. Durruti (él era el gigante que se había 
acercado al grupo), señaló un objetivo, y las ametralladoras tabletearon 
durante unos segundos. El objetivo, situado a unos quinientos metros de 
distancia al pie de una colina, se hizo añicos. «Así tenéis que tirar al 
enemigo, sin temblar», dijo Durruti. «Es preferible caer antes que abandonar 
una ametralladora. Si alguno de vosotros abandona una ametralladora y no 
lo pescan los fascistas, yo mismo lo fusilaré. Pensad que la libertad de todo 
un pueblo depende de vuestra puntería. Una ametralladora perdida es una 
ametralladora que se volverá contra nosotros. Con estas armas tomaremos 
Zaragoza y marcharemos sobre Pamplona. Allí entraré con la cabeza del 
traidor Caban ellas en el radiador de mi coche. ¡Y no nos detendremos hasta 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 107 

que la bandera roja y negra flamee sobre todos los pueblos de la península 
ibérica! Cuando abandonamos Barcelona, juramos vencer. Un hombre debe 
cumplir su palabra. Así que tomad estas armas y cuidadlas bien. No 
debemos dar ni un paso atrás mientras nos quede una bala.» Bastaban diez 
minutos al lado de Durruti para contagiar a la gente con su optimismo. Era 
este optimismo el que atraía a las masas; a él iba unido un valor 
extraordinario, una sinceridad absoluta, una gran solidaridad y un buen 
sentido de la estrategia. La columna Durruti debía sus victorias a esas 
cualidades. 

[CARRASCO DE LA RUBIA] 

Yo era entonces responsable de la intendencia de las milicias en Cataluña 
y tenía mi cuartel en Barcelona, en el cuartel de Pedralbes, que llevaba el 
nombre de «Miguel Bakunin». Hablaba por teléfono todos los días con los 
jefes de cada columna y atendía sus demandas. Pedían hombres, material de 
guerra y ropa. Y o enviaba diariamente al frente todo lo que podía, en tren o 
en camiones. 

Durruti era el más exigente de todos los jefes de columna. 

Me llamaba todas las noches alrededor de las ocho. 

-¿Eres tú, Ricardo? 

-Sí, ¿qué hay? 

-¿Qué hay? ¡No hay nada! Los repuestos para las ametralladoras que te 
pedí ayer no han llegado todavía. 

-No pude enviarlos, porque no quedan más en los depósitos. He hecho un 
encargo a la Hispano-Suiza. Pero primero tienen que fabricarlos. 

-Los necesito con urgencia. Dales prisa. ¿Cuántas carabinas te quedan? 

-Doscientas, más o menos. 

-Bien, envíame doscientas. 

-¿Y las otras columnas? 

-Que se arreglen como puedan. 

-Te mando una partida, pero no las doscientas. 

-¿Cómo andan las ambulancias? 

-Tenemos seis todavía. 

-Mándame cuatro. 

-No, a lo sumo una, más no puedo. En cambio, puedo enviarte doscientos 
voluntarios que se han inscrito para tu columna. 

-No los necesito. Todos los días vienen centenares de hombres de los 
pueblos y no sé qué hacer con ellos. Lo que necesito son ametralladoras, 
cañones y toda la munición que sea posible. 

-Bien, yo me encargo de eso. 

-No olvides la ambulancia pues, y todas las carabinas que puedas. 

-De acuerdo. Hasta mañana. 

-¡Espera! No te olvides de los repuestos para las ametralladoras. 

-Claro que no. Eres peor que un mendicante. ¡Hasta mañana! 

Durruti logró, con su tenacidad, pertrechar a su columna con todo lo 
necesario para la guerra. Tenía un dispensario propio, un estado mayor, una 
cocina de campaña, una estación radiotelegráfica con emisores potentes que 
irradió durante la guerra noticias y comentarios que se difundían en toda 



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H . M . E nzensberger 



Europa, una imprenta de campaña y un semanario propio, El Frente, que se 
distribuía gratis a los soldados de la columna. 

[RICARDO SANZ 3] 

Cuando comenzó la Guerra Civil, dijo nuestra organización, la CNT: 
«¡Hagan el favor de quedarse aquí! No es posible que todos marchen al 
frente, ahora que las fábricas están en manos de los trabajadores, y el 
comercio y todo lo demás, ahora hay que organizar: y vosotros tenéis que 
quedaros en la retaguardia.» Debido a esto me quedé en Badalona el primer 
mes. Pero más no aguanté, porque de repente me metieron toda clase de 
gente allí. Ahora todos querían ser de la organización y se colaban porque 
tenían amistades con uno o con otro. Y eso no me gustaba. 

Yo siempre fui un hombre de acción, sobre todo, y quería ir al frente. 
Teníamos todavía 24 ametralladoras y un montón de fusiles que habíamos 
sacado en el ataque al cuartel de San Andrés. Nos unimos, nos llevamos las 
armas, tomamos tres camiones y tres coches y nos fuimos directamente 
adonde estaba Durruti, al frente. Cuando nos vio llegar, se puso muy 
contento y gritó: «Ahí se ve todo lo que hay en la retaguardia. ¿Dónde 
habéis conseguido las ametralladoras?» 

-En el cuartel -dijimos-. Había un muro alrededor, abrimos un boquete 
con dinamita y allí perecieron todos los oficiales. 

-Pero tú no vas a las trincheras -dijo Durruti-, te necesito aquí, porque por 
Bujaraloz pasa todo el mundo, y necesitamos poner orden. Tú serás mi 
lugarteniente y te quedarás en la columna. 

Me quedé allí pues, a cinco o seis kilómetros de su puesto de mando. Yo 
tenía mi teléfono y él el suyo, y cuando pasaba algo nos llamábamos. 

Una vez nos asomamos por el balcón Durruti y yo, y de repente la plaza se 
llenó de gente. 

-¡Vaya! -dijo él-, ¿qué quiere esta gente aquí? 

Y la gente gritaba: «Queremos hablar con él.» Y él habló desde el balcón 
y les, dijo: 

-La gente de la retaguardia debe quedarse en sus puestos -había muchos 
que habían venido de Barcelona-, nosotros nos quedamos en el frente. Cada 
uno en su puesto. No hay que tener miedo, no nos iremos hasta que hayamos 
vencido. Después de que nos juzgue el pueblo, ya lo veremos. Pero ahora no 
quiero charlas, ¿comprendéis? Ahora dejamos todo de lado, menos la guerra. 

Esto me pareció exagerado. 

-¿Qué has dicho? -le pregunté-, ¿qué dejamos todo de lado? ¿A tanto 
hemos llegado? Si dejáis la revolución de lado me vaya casa enseguida, ¿qué 
me importa a mí la guerra? 

-Tú no me comprendes -dijo-. ¿Qué te crees? Durante años y años he 
pensado siempre en hacer la revolución, pero no teníamos armas, y ahora 
que las tenemos, ¿crees que la dejaré de lado? No me conoces. 

La gente aplaudía frenéticamente, los periódicos hablaron mucho de lo 
que dijo. 

[RICARDO RIONDA CASTRO] 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 109 

Los principios 

Salí de Bujaraloz por la noche, en dirección a Pina. De la oscuridad 
emergían las ruinas de las máquinas destruidas por los bombarderos 
alemanes. Combatientes de gorras rojinegras me pidieron la consigna. Era la 
columna que dirigía el anarquista Durruti. 

Cinco años antes había discutido con Durruti sobre la justicia y la libertad. 
Los anarquistas se reunían entonces en un pequeño café de Barcelona. Se 
llamaba café La Tranquilidad. Durruti no era un anarquista de café. Era 
obrero, y se pasaba el día entero en el trabajo. Lo habían condenado a 
muerte en cuatro países. Era intrépido y conocía las debilidades de los 
hombres. No quiero referirme a sus ideas: ya no sé discutir con el pasado. 
Lo conocí y creí en el instinto de los trabajadores. Lo volví a ver en Pina. 
Hablaba por el teléfono de campaña, pedía refuerzos. Me enseñó las 
trincheras. Luego empezó a hablar de eso que yo llamo el pasado. Los 
combatientes bebían agua de una jarra. De la pared colgaba un cartel: «Beba 
vino Negus, abre el apetito.» 

Durruti organizó el ejército. Fusiló sin compasión a bandidos y desertores. 
Cuando alguien comenzaba a discutir los principios en el comité de guerra, 
Durruti golpeaba furioso con el puño la mesa: «¡Aquí no venimos a hablar 
de programas, venimos a combatir!» Quería la unidad con los comunistas y 
republicanos. Les decía a los milicianos: «Ahora no es el momento de 
discutir. Primero tenemos que aniquilar al fascismo.» En el pueblo de Pina 
aparecía el periódico El Frente, órgano de la columna Durruti. Se componía 
y se imprimía bajo el fuego de artillería. En este periódico leí un artículo 
sobre la defensa de la patria: «Los fascistas reciben bombas extranjeras. 
Quieren exterminar al pueblo español. Compañeros, nosotros protegemos a 
España.» Los obreros de la fábrica Ford de Barcelona, partidarios de la CNT 
y partidarios de la UGT, enviaban camiones para la columna Durruti. He 
visto a obreros anarquistas que abrazaban a camaradas de la juventud 
comunista. Han aprendido mucho estos eternos quijotes. Ya no hablan más 
de la «organización de la indisciplina». Ahora insisten: «¡Disciplina!» 

La expresión de su rostro era suave y bondadosa, sus ojos oscuros y 
abrasadores. Hablaba con mucha emoción: «Tenemos que crear un 
verdadero ejército.» 

En su cuartel general había muchos anarquistas extranjeros. Iban a esa 
choza rodeada de sacos de arena en cuyo interior había una máquina de 
escribir. Venían con nebulosas declaraciones de los años noventa. Uno de 
ellos interrumpió a Durruti: «Nosotros nos quedamos con los principios de 
la guerra de guerrillas.» Durruti gritó: «¡No! Si es preciso ordenaremos la 
movilización general. Implantaremos una disciplina de hierro. Renunciamos 
a todo, menos a la victoria.» Sobre la calzada se deslizaban lentamente, sin 
luces, los camiones cargados de armas. 

[ILYA EHRENBURG 2] 

Él consideraba que, debido a la proximidad del fascismo, no se podía 
discutir de principios. Luchaba por un pacto con los comunistas y Esquerra y 
escribió un mensaje de salutación a los obreros soviéticos. Cuando los 



110 



H . M . E nzensberger 



fascistas se acercaron a Madrid, decidió que debía estar donde el peligro era 
mayor. «Les demostraremos que los anarquistas saben dirigir una guerra.» 

Conversé con él poco antes de su partida a Madrid. Estaba alegre y de 
buen humor, como siempre; creía que la victoria estaba cerca. «¿Ves?», me 
dijo, «nosotros dos somos amigos. Podemos unirnos. Incluso tenemos la 
obligación de unirnos. Cuando hayamos vencido veremos... Cada pueblo 
tiene un carácter propio. Los españoles no son como los franceses ni como 
los rusos. Ya se nos ocurrirá algo... Pero primero tenemos que liquidar a los 
fascistas.» Al terminar nuestra conversación no pudo dominar su emoción: 
«Dime, ¿sabes lo que es estar dividido en tu interior? Piensas una cosa y 
haces otra: no por cobardía, sino por necesidad.» Le respondí que lo 
comprendía muy bien. Al despedirnos me palmoteo la espalda, como se 
acostumbra en España. Sus ojos quedaron grabados en mi memoria, eran 
ojos que expresaban una voluntad férrea unida a una desorientación casi 
infantil, una mezcla extraordinaria. 

[ILYA EHRENBURG 1] 

DURRUTI: No, todavía no hemos puesto en fuga a los fascistas. Siguen 
ocupando Zaragoza y Pamplona, donde están los arsenales y las fábricas de 
municiones. Debemos conquistar Zaragoza a toda costa. Las masas están 
armadas, el antiguo ejército ya no existe. Los trabajadores saben lo que 
significaría el triunfo del fascismo: carestía y esclavitud. Pero también los 
fascistas saben lo que les espera si son vencidos. Por eso ésta es una lucha 
sin compasión. Para nosotros se trata de aplastar para siempre al fascismo. Y 
a pesar del gobierno. 

Sí, a pesar del gobierno. Lo digo porque ningún gobierno del mundo 
combatirá a muerte al fascismo. Cuando la burguesía ve huir el poder de sus 
manos, recurre al fascismo para mantenerse. Hace tiempo que el gobierno 
liberal español habría podido reducir al fascismo a la impotencia. En cambio 
ha vacilado, ha maniobrado y tratado de ganar tiempo. Incluso actualmente 
hay en nuestro gobierno hombres que quisieran tratar a los rebeldes con 
guante de seda. ¿Quién sabe? (Se ríe.) Tal vez un día este gobierno podría 
necesitar a los militares rebeldes para destruir al movimiento obrero... 

VAN PAASEN: ¿De modo que prevé dificultades incluso después de 
sofocada la rebelión de los generales? 

DURRUTI: Sí, habrá una cierta resistencia. 

VAN PAASEN: ¿Resistencia por parte de quién? 

DURRUTI: De la burguesía, por supuesto. Aunque la revolución triunfe, 
la burguesía no se dará por vencida tan fácilmente. 

Nosotros somos anarcosindicalistas. Luchamos por la revolución. 
Sabemos lo que queremos. Poco nos importa que exista en el mundo una 
Unión Soviética por amor a cuya paz y tranquilidad Stalin ha entregado a los 
trabajadores alemanes y chinos a la barbarie fascista. Queremos hacer la 
revolución aquí, en España, ahora mismo, no después de la próxima guerra 
europea. Nosotros actualmente les damos más preocupaciones a Hitler y a 
Mussolini que todo el ejército rojo. Con nuestro ejemplo les mostramos a la 
clase obrera alemana e italiana cómo se debe tratar al fascismo. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 111 

Yo no espero la ayuda de ningún gobierno para la revolución del 
comunismo libertario. Es posible que las contradicciones dentro del campo 
imperialista influyan en nuestra lucha. Es bastante posible. Franco se 
esfuerza por arrastrar al conflicto a toda Europa. No vacilará en lanzar a los 
alemanes contra nosotros. Nosotros, en cambio, no esperamos ayuda de 
nadie, ni siquiera de nuestro propio gobierno. 

VAN PAASEN: Pero si triunfan descansarán sobre un montón de ruinas. 

DURRUTI: Siempre hemos vivido en barracas y tugurios. Tendremos que 
adaptarnos a ellos por algún tiempo todavía. Pero no olviden que también 
sabemos construir. Somos nosotros los que hemos construido los palacios y 
las ciudades en España, América y en todo el mundo. Nosotros, los obreros, 
podemos construir nuevos palacios y ciudades para reemplazar a los 
destruidos. Nuevos y mejores. No tememos a las ruinas. Estamos destinados 
a heredar la tierra, de ello no cabe la más mínima duda. La burguesía podrá 
hacer saltar en pedazos su mundo antes de abandonar el escenario de la 
historia. Pero nosotros llevamos un mundo nuevo dentro de nosotros, y ese 
mundo crece a cada instante. Está creciendo mientras yo hablo con usted. 

[BUENAVENTURA DURRUTI 2] 



La Retaguardia 
La nueva ciudad 



Barcelona, 5 de agosto de 1936 

Llegada tranquila. No hay taxis en la estación. En cambio, hay coches de 
caballos que nos conducen hasta el centro. Poca gente en el paseo de Colón. 
Pero al desembocar en la calle principal de Barcelona, las Ramblas, nos 
llevamos una gran sorpresa: de repente vemos la revolución ante nosotros. 
Es avasallador. Es como si hubiésemos desembarcado en un nuevo 
continente. Nunca he visto nada parecido. 

La primera impresión: obreros de civil, armados, con fusiles al hombro. 
Uno de cada tres hombres en las Ramblas lleva un fusil, pero no se ven 
policías ni soldados rasos uniformados. Armas, armas y más armas. Muy 
pocos de estos proletarios llevan el uniforme azul marino de las milicias. Se 
sientan en los bancos o pasean por el centro de las Ramblas de arriba abajo, 
con el fusil sobre el hombro derecho y con frecuencia con sus chicas en el 
brazo izquierdo. Forman patrullas para vigilar los barrios periféricos de la 
ciudad; se apostan en las entradas de los hoteles, en los centros 
administrativos y los almacenes. Se acurrucan en las pocas barricadas que 
aún quedan y que han sido levantadas con piedras y sacos de arena. 
Conducen a toda velocidad en innumerables coches de lujo incautados en los 
que han escrito con letras blancas las siglas de sus organizaciones: CNT- 
FAI, UGT, PSUC y POUM o todas a la vez. Algunos coches llevan 
simplemente las letras UHP (¡Unios, hermanos proletarios!), la gloriosa 
consigna de la rebelión asturiana de 1934. Lo más impresionante de esta 
manifestación de fuerza es que todos estos hombres armados pasean, 
marchan y conducen sus coches vestidos con su ropa habitual. Los 
anarquistas, reconocibles por sus divisas rojinegras, son la abrumadora 



112 



H . M . E nzensberger 



mayoría. Ni el más mínimo vestigio de la «burguesía». Ninguna damisela 
bien vestida ni señoritos a la moda en las Ramblas. No se ve ni un sombrero; 
sólo obreros y obreras. El gobierno ha prevenido contra el uso de sombreros; 
dan apariencia «burguesa» y causan mala impresión. Las Ramblas no han 
perdido su colorido de siempre: allí están los distintivos azules, rojos y 
negros, los pañuelos para el cuello y los abigarrados uniformes de la milicia. 
Pero ¡qué contraste con la antigua suntuosidad de colores de las ricas 
catalanas que se paseaban antes por aquí! 

[FRANZ BORKENAU] 

Cuesta creer que Barcelona sea la capital de una región donde reina la 
guerra civil. Quien haya conocido Barcelona en tiempos de paz, no tiene la 
impresión, al bajar de la estación, de que haya cambiado mucho. Las 
formalidades fronterizas se cumplen en Port-Bou; se sale de la estación de la 
capital como un turista cualquiera; se deambula por sus calles alegres y 
pacíficas en apariencia. Los cafés están abiertos, aunque hay menos gente 
que de costumbre, lo mismo ocurre con los negocios. El dinero sigue 
desempeñando el mismo papel de siempre. Si hubiese más policías y menos 
muchachos que se pasean por allí con sus fusiles, se diría que no pasa nada. 
Hay que acostumbrarse a la idea de que aquí se ha producido una auténtica 
revolución y que se vive realmente en uno de esos periodos históricos sobre 
los cuales se ha leído en los libros y se sueña en la niñez; 1792, 1871, 1917. 
¡Ojalá los resultados sean más felices! 

Nada ha cambiado, en efecto, con una excepción: el poder pertenece al 
pueblo. Los hombres de mono azul han asumido el mando. Ha comenzado 
una época extraordinaria, una de esas épocas que no han durado mucho 
hasta ahora, en las cuales los que siempre han obedecido toman todo a su 
cargo. Es evidente que esto no ocurre sin dificultades. Cuando se ponen 
fusiles cargados en las manos de chicos de diecisiete años en medio de una 
población desarmada... 

[SIMONE WEIL] 

8 de agosto de 1936 El coche hace un alto en El Prat, donde está el 
aeropuerto, a unos diez kilómetros de Barcelona. A la salida del aeropuerto 
hay un cartel atravesado en medio de la calle: «¡Viva Sandino!» En la 
calzada se ven, cada vez con más frecuencia, barricadas con sacos llenos de 
piedras y arena. Banderas rojas y rojinegras sobre las barricadas; al lado, 
hombres armados, con grandes y puntiagudos sombreros de paja, boinas, 
pañuelos para la cabeza, vestimenta muy heterogénea, algunos 
semidesnudos. Varios de ellos vienen corriendo hacia el conductor a pedir 
los documentos, otros sólo saludan y agitan los fusiles. En algunas 
barricadas la gente come, las mujeres han traído el almuerzo, hay platos 
sobre las piedras. Después de tomar dos o tres cucharadas de sopa, los niños 
se arrastran de nuevo por las troneras y juegan con cartuchos y bayonetas. 

Al aproximarnos a la ciudad, en las primeras calles de los suburbios, 
penetramos en un torbellino de ferviente lava humana, en el inconcebible 
atolladero de la metrópoli que vive ahora días de auge, felicidad y osadía. 

¿Hubo alguna vez una Barcelona así, ebria de triunfo y delirante? Es la 
Nueva York española, la ciudad más hermosa a orillas del Mediterráneo, con 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 113 

sus deslumbrantes bulevares de palmeras, sus gigantescas avenidas, sus 
paseos costaneros, y sus fantásticas mansiones donde renace la suntuosidad 
de los palacios bizantinos y turcos del Bosforo. Interminables barrios 
febriles, gigantescas naves de los astilleros, fundiciones, industrias 
electrónicas y de automóviles, fábricas textiles, fábricas de zapatos y de 
confección, imprentas, almacenes tranviarios y garajes colectivos. Bancos 
instalados en rascacielos, teatros, cabarets, parques de diversiones. Horribles 
y lúgubres tugurios, el desagradable y delictivo «barrio chino» de estrechas 
rendijas pétreas en medio del centro urbano, más sucios y peligrosos que 
todos los albañales de los puertos de Marsella y Estambul. Todo desborda 
ahora, bloqueado por una multitud excitada y densa. Todo ha sido revuelto y 
ha salido a relucir, elevado a la máxima tensión, al punto de ebullición. 
También yo me he contagiado de esa pasión que flota en el aire, y siento los 
sordos latidos de mi corazón. Avanzo con dificultad en medio de esta 
apretada multitud, rodeado de jóvenes con fusiles, mujeres con flores en el 
cabello y relucientes sables en la mano, viejos con bandas revolucionarias en 
los hombros, los retratos de Bakunin, Lenin y Jaurés en medio de canciones, 
música de orquestas y el grito de los vendedores de diarios. Paso por un cine 
en cuyas cercanías hay un tiroteo, al lado de actos callejeros y majestuosos 
desfiles de milicias obreras, de carbonizadas ruinas de iglesias y carteles 
multicolores. Bajo la luz confluyente de los anuncios de neón, de la enorme 
luna y los faros de los coches, chocamos a veces con los parroquianos de los 
cafés, cuyas mesas ocupan toda la acera. Penosamente logramos llegar a la 
calzada y por último al Hotel Oriente en la Rambla de las Flores. 

[MIJAÍL KOLTSOV] 

Los anarquistas vivían antes fuera de la realidad, creían aún en los mitos 
del siglo pasado y en su osadía típica. Nunca me olvidaré del labrador 
semianalfabeto de Fernán Núñez que repetía: «¿Por qué discutís sobre la 
segunda y la tercera internacional? Si existe la primera internacional.» Para 
él, el compañero Miguel Bakunin era contemporáneo suyo. 

En Barcelona había muchos obreros anarquistas. El 19 de julio asaltaron 
el Hotel Colón junto con los comunistas y los socialistas. Ante los muros de 
las casas, sobre las piedras de las calzadas hay montones de flores: aquí 
cayeron los héroes de Barcelona. El pueblo desarmado derrotó al ejército. 

«Vamos a Zaragoza»; estas palabras brillan en las carrocerías de los taxis. 
Delicadas chicas que han abandonado la costura, cargan ahora penosamente 
con los pesados fusiles. Los obreros de Barcelona cubren con colchones un 
Hispano-Suiza y marchan al combate armados con revólveres. Entonan 
himnos revolucionarios acompañándose con sus guitarras. Se hacen 
fotografiar con sus sombreros de ala ancha. Hay centenares de Pancho Villas 
entre ellos. Los fascistas de Zaragoza tienen tanques y aviones. 

El siglo XIX sobrevive aún en los graneros y sótanos de Barcelona. En las 
paredes cuelgan letreros: «Organización de la antidisciplina». Entre dos 
salvas, los anarquistas hablan de la renovación de la humanidad. Uno de 
ellos me dijo: «¿Sabes por qué nuestra bandera es roja y negra? Roja por la 
lucha, y negra porque el espíritu humano es oscuro.» 

[ILYA EHRENBURG 2] 



114 



H . M . E nzensberger 



La expropiación 

Es casi increíble la proporción que han adquirido las expropiaciones que 
se vienen realizando en los pocos días posteriores al 19 de julio. Los grandes 
hoteles, con una o dos excepciones, han sido requisados en su totalidad (y no 
quemados, como dicen muchos periódicos). Lo mismo ocurrió con los 
grandes almacenes. Han sido cerrados muchos bancos, en los restaurantes 
hay letreros que anuncian que ahora están bajo el control de la Generalitat. 
Casi todos los propietarios de las fábricas han huido o han sido ejecutados. 
Por todas partes se ven en las fachadas de las casas de comercio enormes 
carteles que anuncian su expropiación e indican que la CNT ha tomado 
posesión de ellas, o que esta o aquella organización ha establecido allí la 
sede de su comité. 

[FRANZ BORKENAU] 

Las organizaciones de la clase obrera se han instalado en las oficinas y las 
mansiones de los ricos. Los conventos, ya libres de parásitos, sirven ahora 
como escuelas; en un convento comienza a funcionar una universidad. Hay 
restaurantes populares, establecidos por comités de campesinos, para las 
milicias y los obreros agremiados. Se distribuyen los comestibles incautados 
a los comerciantes que especulan con la carestía. 

Pero las transformaciones más importantes se han realizado en la esfera 
productiva. Muchos empresarios, técnicos, directores, propietarios y 
administradores han huido. Otros han sido detenidos por los obreros y son 
procesados. El sindicato de obreros textiles calcula que la mitad de los 
empresarios del ramo textil han huido; que el 40 % fue «eliminado de la 
esfera social»; y que el restante 10 % aceptó seguir trabajando como 
empleado de los obreros bajo las nuevas condiciones. Los consejos y 
comités de obreros controlan las fábricas, e incautan las empresas y 
sociedades de propiedad privada. Los principales medios de producción han 
sido incautados por los sindicatos, por las colectividades y por los 
municipios. Sólo las pequeñas empresas de bienes de consumo permanecen 
en manos privadas. 

También han sido socializadas las empresas de transporte y los 
ferrocarriles, las sociedades petroleras, los talleres de montaje de 
automóviles Ford e Hispano-Suiza, las instalaciones portuarias, las fábricas, 
los grandes almacenes, los teatros y cines, los establecimientos metalúrgicos 
capaces de producir armas, las empresas de exportación de productos 
agrícolas y las grandes bodegas. La forma jurídica de las incautaciones son 
diversas. Las empresas pasaron a ser, parcialmente, de propiedad municipal, 
en otros casos se concertó un contrato con el antiguo propietario, y a veces 
fueron lisa y llanamente incautadas. Las firmas extranjeras han sido 
nacionalizadas, y los trusts disueltos. En todos los casos fueron los obreros 
quienes asumieron la dirección de los negocios por intermedio de un comité 
de control en el que estaban representadas las dos grandes organizaciones 
sindicales, la anarquista y la socialista. También se elaboraron planes para 
mejorar la productividad, construir instalaciones sanitarias y escuelas en las 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



115 



fábricas y se reguló la venta y el consumo de la producción de común 
acuerdo con los sindicatos. 

[HENRI RABAS SEIRE] 

La fábrica que hoy he visitado habla sin duda a favor de la colectivización 
de las fábricas que la CNT ha llevado a cabo. Sólo tres semanas después del 
comienzo de la Guerra Civil, y dos semanas después del fin de la huelga 
general, parece funcionar tan perfectamente como si nada hubiese pasado. 
Visité el taller, que parece muy ordenado; los hombres trabajan 
regularmente en las máquinas. A partir de la socialización se han reparado 
aquí dos autobuses, se terminó de construir una obra nueva que se había 
iniciado con anterioridad, y se fabricó otro vehículo enteramente nuevo que 
llevaba la inscripción: «Producido bajo control obrero.» El director técnico 
me dijo que la nueva construcción había durado cinco días, dos días menos 
de lo habitual. 

Sería prematuro sacar conclusiones generales sobre la base de la buena 
impresión que me causó esta fábrica. Sin embargo, hay que reconocer que es 
un logro excepcional. Aún bajo circunstancias favorables, hubiese sido 
excepcional que un grupo de trabajadores que ha tomado a su cargo una 
fábrica logre poner en marcha la producción en pocos días, sin dificultades. 
Esto habla a favor de la aptitud del obrero catalán en general y de la 
capacidad organizativa de los sindicatos de Barcelona. No hay que olvidar 
que la fábrica perdió todo su personal directivo. Pude examinar las listas de 
salarios y sueldos: el director general, los directores, el ingeniero-jefe y el 
segundo ingeniero habían «desaparecido» (un suave eufemismo para decir 
que habían sido ejecutados). Los miembros del comité de fábrica me 
explicaron con toda calma que ello significaba un ahorro considerable para 
la fábrica, sin contar la abolición de las «rentas» que se habían pagado 
anteriormente a las amigas privadas de la dirección y la imposición de un 
sueldo tope de 1.000 pesetas mensuales. Los salarios no aumentaron después 
de la socialización. 

[FRANZ BORKENAU] 

La contradicción 

A veces no puedo creer lo que oigo decir: representantes del PSUC 
(Partido Socialista Unificado de Cataluña) me han dicho hoy que en España 
no ha habido ninguna revolución. Esta gente, con la que hoy tuve una larga 
discusión, no son, como cabría suponer, viejos socialdemócratas catalanes, 
sino comunistas extranjeros: España se encuentra, según ellos, en una 
situación extraordinaria: el gobierno lucha contra su propio ejército, eso es 
todo. Aludí a algunos hechos: que los obreros están en armas, que la 
administración estatal ha pasado a manos de comités revolucionarios, que 
miles de personas han sido ejecutadas sin juicio previo, que han sido 
incautadas fábricas y fincas, dirigidas ahora por los antiguos asalariados. Si 
eso no es una revolución, ¿a qué le llaman revolución? Me respondieron que 
estaba equivocado, que ello no tenía importancia política, que eran sólo 
medidas de excepción sin contenido político. Aludí a la posición de la 
dirección del partido en Madrid, que calificaba de «revolución burguesa» al 
movimiento actual, un indicio por lo menos de que se trataba de un 



116 



H . M . E nzensberger 



movimiento revolucionario. Pero los comunistas del PSUC no vacilaron en 
contradecir a la dirección. No comprendo cómo los comunistas, que en los 
últimos quince años han descubierto en todas partes situaciones 
revolucionarias donde en realidad no las había (con lo que han causado 
grandes estragos), no comprendo cómo estos comunistas no advierten lo que 
ocurre aquí, donde por primera vez en Europa desde la Revolución Rusa de 
1917, ha estallado una revolución. 

[FRANZ BORKENAU] 

10 de agosto de 1936 

Al mediodía visité a García Oliver. Ahora dirige todos los destacamentos 
de milicias catalanas. El estado mayor se encuentra en el edificio del museo 
Marítimo. Una obra maravillosa, grandes galerías y amplias salas, techos de 
cristal, enormes y artísticos modelos de antiguos barcos, armas y cajas de 
municiones. Un montón de gente. 

Oliver mismo está en un gabinete cómodamente amueblado, en medio de 
tapices y estatuas. Enseguida me ofreció un habano y un coñac. Rostro 
trigueño, hermoso, con una cicatriz, un semblante fotogénico y huraño, una 
gigantesca Parabellum en el cinto. Al principio guardó silencio y parecía 
muy taciturno, pero de repente rompió en un monólogo desbordante y 
apasionado que revelaba al orador experimentado, impetuoso y hábil. Largos 
himnos de alabanza al valor, sobre todo el de los obreros anarquistas; afirmó 
que durante la lucha callejera en Barcelona habían sido ellos sobre todo 
quienes habían salvado la situación y que también ahora eran ellos la 
vanguardia de las milicias antifascistas. Los anarquistas siempre habían 
sacrificado su vida por la revolución, y también en el futuro estarían 
dispuestos a ofrecerla a la revolución. Más que la vida: incluso estaban 
dispuestos a colaborar con un gobierno burgués antifascista. Él, Oliver, 
consideraba difícil convencer a las masas anarquistas, pero él y sus 
compañeros harían todo lo posible por disciplinar a los obreros anarquistas y 
ponerlos bajo la dirección del Frente Popular, y lo lograrían. Sí, a él, a 
Oliver, lo habían acusado en las manifestaciones de haber pactado y 
traicionado los principios anarquistas. Los comunistas debían tomar esto en 
cuenta y no apretar demasiado las cuerdas. Los comunistas monopolizaban 
demasiado el poder. Si esto seguía así, la CNT y la FAI no se hacían 
responsables de las consecuencias. Luego comenzó a desmentir, nervioso, 
incluso un poco demasiado nervioso. No era cierto que los anarquistas 
hubiesen escondido muchas armas. No era cierto que los anarquistas 
estuviesen sólo a favor de las milicias y contra las tropas regulares. No era 
verdad que los anarquistas colaboraran con el POUM. No era verdad que 
grupos anarquistas hubiesen saqueado comercios y viviendas; seguramente 
habían sido criminales disimulados con banderas anarquistas. No era cierto 
que los anarquistas estuviesen contra el Frente Popular. Su lealtad ya se 
había demostrado en las palabras y en los hechos. No era cierto que los 
anarquistas estuviesen contra la Unión Soviética. Ellos amaban y respetaban 
a los obreros rusos y no dudaban que los obreros rusos ayudarían a España. 
Los anarquistas también ayudarían a la Unión Soviética si fuera necesario. 
La Unión Soviética no debía subestimar en sus planes la gran fuerza de los 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 117 

obreros anarquistas españoles. Era erróneo que el movimiento anarquista no 
existiera en otros países, aunque era evidente que su centro estaba en 
España. ¿Por qué no se apreciaba a Bakunin en la Unión Soviética? Aquí, en 
España, se honraba a Bakunin, y también debía honrárselo en Rusia. Era 
erróneo que los anarquistas no admitieran a Marx. Yo debía hablar con su 
amigo, con el amigo de Oliver, con Durruti; pero Durruti estaba en el frente, 
claro. A las puertas de Zaragoza. ¿Tenía yo la intención de ir al frente? 

Sí, yo me proponía ir al frente. Mañana mismo, si tuviera un pase. ¿No 
podía darme uno Oliver? Sí, Oliver me daría un pase, con mucho gusto. 
Habló con su ayudante y éste extendió en mi presencia un certificado que 
escribió a máquina y firmó Oliver. Me dio la mano y me pidió que 
informase correctamente a los obreros rusos sobre los anarquistas españoles. 
No era cierto que ayer los anarquistas hubiesen saqueado las bodegas de 
Pedro Domecq, que seguramente serían algunos canallas que se hacían pasar 
por miembros de la FAI. No era verdad que los anarquistas se negaran a 
colaborar con el gobierno... 

[MIJAÍL KOLTSOV] 

Situaciones intolerables 

Las experiencias que hemos tenido a partir de las jornadas de julio 
confirman la antigua tesis de que una revolución sólo puede realizar lo que 
ya está latente en la conciencia de las masas como necesidad y comprensión 
de un objetivo. Sólo una conciencia clara y una cultura social de las masas 
puede impedir que en los grandes movimientos revolucionarios predomine 
la estrechez de miras, la venganza personal y la codicia de los ambiciosos. 

Ya algunas semanas antes de la revuelta discutimos estas cuestiones en 
reuniones internas de la FAI. García Oliver sostenía entonces la opinión de 
que la revolución rompería los diques de la moral y transformaría al pueblo 
en una peligrosa fiera que se lanzaría al saqueo desenfrenado, al incendio y 
al asesinato, si no se le oponía una fuerza organizada. Yo afirmé lo 
contrario, y dije que la acción de las masas podía engendrar grandes fuerzas 
morales; describí a un pueblo en armas según lo había leído en los libros. 
Después de las jornadas de julio tuve que cambiar de opinión y darle la 
razón a García Oliver. En lo que se refiere a los tres días de combate, no 
tenemos nada que reprochamos. Fueron grandiosos. Pero después 
fracasamos ante el inconsciente desenfreno y la disipación de las masas. El 
país vivía al día, desatinadamente, sin tomar en cuenta las visibles e 
irreparables consecuencias. Vimos venir la catástrofe, pero éramos 
demasiado débiles para contenerla. Tratamos de detenerla por intermedio del 
Comité de Milicias; pero para que una reacción como ésta sea eficaz, debe 
provenir directa y espontáneamente de las bases, y esto sólo es posible 
cuando el pueblo ha alcanzado un nivel de conciencia superior. 

Por ejemplo, los comedores populares, que se improvisaron por doquier 
en las barriadas y daban de comer gratis y cuanto quisiera a quien lo pedía, 
funcionaron varias semanas y consumieron todas las reservas de que 
disponían la ciudad y el campo. Nos exigían cada vez más víveres, y cuando 
no podíamos dárselos, iban a buscados directamente a los almacenes y 
comercios. No dejaban nada para las milicias del frente. Sus «incautaciones» 



118 



H . M . E nzensberger 



arruinaron la economía de la región. Fueron una constante pesadilla que nos 
causó trastornos y mucha impopularidad. La falta de conciencia no podía 
atribuirse sólo a ciertos partidos u organizaciones; fue un fenómeno general. 
Para mucha gente la revolución consistía principalmente en repartir el botín 
y disfrutado. Muy pocos pensaban en volver a llenar los depósitos saqueados 
y en intensificar el trabajo en la industria y en la agricultura. 

[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN] 

La FAI sale al paso de situaciones intolerables 

Barcelona, 30 de julio 

Somos enemigos de toda violencia e imposición. Nos repugna toda sangre 
que no sea derramada por la decisión del pueblo a hacerse justicia. Pero 
declaramos fríamente, con terrible serenidad y con la inexorable 
determinación de hacer lo que anunciamos, que si no cesan los actos de 
irresponsabilidad que siembran el terror en Barcelona, procederemos a 
fusilar sin excepción a todo individuo que se compruebe haya cometido 
delitos contra la humanidad. 

El honor del pueblo de Barcelona y la dignidad de la CNT y la F Al nos 
exigen que acabemos con estos excesos. ¡Y con ellos acabaremos! 

[Solidaridad Obrera] 

¿Qué pasa en España? Todos los que vienen de allá tienen algo que decir, 
alguna historia que divulgar o algún juicio que pronunciar. Se ha puesto de 
moda ir allá a echar un vistazo hacerle una visita a la Guerra Civil y a la 
revolución y regresar con un puñado de artículos periodísticos. No hay 
diario ni revista que no publique reportajes sobre los acontecimientos en 
España. El resultado no podía ser otro que la superficialidad. En primer 
lugar, una transformación social sólo puede apreciarse correctamente en 
función de la repercusión que tiene en la vida diaria de cada individuo. Pero 
no es fácil penetrar en esa vida cotidiana «del pueblo». Además, ésta cambia 
diariamente. Obligación y espontaneidad, ideal y necesidad se mezclan de 
tal modo que se produce una inmensa confusión, no sólo en las condiciones 
objetivas, sino también en la conciencia de quienes están implicados en los 
acontecimientos, ya sea como actores o como espectadores. Allí reside 
incluso el verdadero carácter y quizá también el gran mal de la Guerra Civil. 
Ésta es la primera conclusión que se saca después de un rápido examen de lo 
que ha ocurrido en España. Lo que sabemos sobre la Revolución Rusa 
confirma con cuantía esta conclusión. Es falso que la revolución produzca 
automáticamente una conciencia más elevada, más clara y más intensa del 
proceso social. En realidad ocurre todo lo contrario, al menos cuando la 
revolución asume la forma de guerra civil. En la tormenta de la guerra civil 
se pierde la relación entre los principios y la realidad; desaparecen los 
criterios según los cuales pueden juzgarse acciones e instituciones; la 
transformación de la sociedad queda librada al azar. ¿Cómo es posible dar 
un informe coherente después de una corta residencia y observaciones 
fragmentarias? En el mejor de los casos sólo podrán transmitirse algunas 
impresiones y sacar algunas pocas conclusiones. 

[SIMONE WEIL] 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 119 

Sé que voy a causar disgusto y extrañeza a muchos buenos compañeros. 
Sé que voy a provocar un escándalo. Pero cuando uno invoca la libertad 
también debe tener el valor de decir lo que piensa, aunque ello no cause 
alegría a nadie. 

Seguimos día a día, con el aliento contenido, el combate que se desarrolla 
al otro lado de los Pirineos. Tratamos de ayudar a los nuestros. Pero esto no 
nos absuelve de tener que sacar conclusiones de una experiencia que ha 
costado la vida a tantos obreros y campesinos. 

Ya se ha hecho una experiencia de este tipo en Europa: la rusa. También 
ella ha costado muchas vidas. Lenin había reivindicado ante todo el mundo 
un Estado en el que no habría ejército, policía ni burocracia separadas de la 
población. Cuando él y los suyos llegaron al poder, construyeron, en el 
transcurso de una larga y dolorosa guerra civil, la burocracia militar y 
policial más opresiva que haya sufrido hasta la fecha un pueblo desgraciado. 

Lenin era el jefe de un partido político, es decir de un aparato destinado a 
la conquista y el ejercicio del poder. Muchos dudaron entonces de su 
sinceridad y de la de sus compañeros; de todos modos podía suponerse que 
existían contradicciones entre los objetivos que proclamó Lenin y la 
estructura de su partido. En cambio, es imposible dudar de la sinceridad de 
nuestros compañeros anarquistas de Cataluña. Y sin embargo, ¿qué ocurre 
ante nuestros ojos en España? Vemos que se desarrollan formas de coerción 
y ocurren casos de inhumanidad directamente opuestos al ideal humano y 
libertario de los anarquistas. Las necesidades y el ambiente de la Guerra 
Civil se sobreponen a las aspiraciones para cuya realización se ha iniciado la 
Guerra Civil. 

Odiamos en nuestra propia sociedad la coacción militar, la policía, la 
coerción en el trabajo y las mentiras que difunden la prensa y la radio. 
Odiamos las diferencias de clase, la arbitrariedad y la crueldad. 

Sin embargo, en España reina la coacción militar. Se ha decretado la 
movilización y el servicio militar, a pesar de que no se ha interrumpido la 
afluencia de voluntarios. El Consejo de Defensa de la Generalitat, en el cual 
nuestros compañeros de la FAI ejercen funciones directivas, ha dispuesto 
que se aplique el antiguo código militar a las milicias. 

También en las fábricas reina un régimen de coerción. El gobierno 
catalán, en el cual nuestros compañeros controlan los ministerios 
económicamente decisivos, acaba de disponer que los obreros efectúen 
tantas horas extras como el gobierno estime necesario. Otro decreto prevé 
que los obreros que no cumplan con las normas serán considerados como 
facciosos y tratados como tales. Esto significa lisa y llanamente la aplicación 
de la pena de muerte en la producción industrial. 

La policía tradicional, tal como existía antes del 19 de julio, ha perdido 
casi todo su poder. En cambio, en los tres primeros meses de la Guerra Civil, 
los comités de investigación, los responsables políticos y también, con 
demasiada frecuencia, individuos irresponsables, han efectuado 
fusilamientos sin la más mínima apariencia de juicio legal ni posibilidad de 
control sindical o de otro tipo. Desde hace pocos días se han instituido 
tribunales populares destinados a juzgar a los facciosos, reales o supuestos. 
Todavía es muy temprano para saber qué efecto tendrán esas reformas. 



120 



H . M . E nzensberger 



También la mentira organizada ha resucitado después del 19 de julio... 

[SIMONE WEIL] 

Desde mi niñez he simpatizado con las agrupaciones políticas que estaban 
a favor de los humillados y de los oprimidos por las jerarquías sociales; 
hasta que comprendí que esos grupos políticos no merecen ninguna 
simpatía. La CNT española fue el último de esos grupos en el cual yo tuve 
confianza. Había viajado a España antes de la Guerra Civil y conocía el país, 
no muy bien, pero lo suficiente para amar a este pueblo tan difícil de resistir. 
En el movimiento anarquista había visto la expresión natural de su grandeza 
y de sus errores, de sus legítimas necesidades y de sus deseos legítimos. La 
CNT y la FAI eran una mezcla sorprendente. Todos eran bienvenidos y 
tenían acceso allí, y como consecuencia coexistían estrechamente 
oposiciones incompatibles: por un lado el cinismo, la corrupción, el 
fanatismo y la crueldad, por el otro la fraternidad, el amor a la humanidad y 
el anhelo de dignidad que caracteriza a los hombres sencillos. Lo que 
animaba a los primeros era el gusto del desorden y la violencia, pero los 
segundos se proponían realizar un ideal: ellos determinaban, me parece, la 
dirección que seguía la CNT. 

En julio de 1936 yo estaba en París. No me gusta la guerra, pero en la 
guerra siempre me pareció que lo más horrible era la situación de los que 
permanecían en la retaguardia. Cuando comprendí que, contra mi propia 
voluntad, no podía dejar de participar moralmente en la guerra, es decir 
anhelaba día a día y a toda hora la victoria del uno y la derrota del otro, tuve 
que reconocer que para mí París era la retaguardia. Tomé el tren a 
Barcelona, para enrolarme como voluntaria. Fue a principios de agosto de 
1936. 

Un accidente me obligó a interrumpir mi estancia en España. Permanecí 
algunos días en Barcelona; después estuve en el campo, en Aragón, a orillas 
del Ebro, a quince kilómetros de Zaragoza, en el mismo sitio donde cruzaron 
el río recientemente las tropas de Yagüe; luego en el palacio de Sitges, que 
ahora sirve de hospital; después de nuevo en Barcelona; unos dos meses en 
total. Tuve que irme de España contra mi voluntad; me proponía regresar. 
Ahora he renunciado voluntariamente a retornar. No sentía ninguna 
necesidad interior de participar en una guerra que ya no era, como había 
pensado al principio, un enfrentamiento de campesinos hambrientos contra 
los terratenientes y sus cómplices, los curas, sino una confrontación entre las 
potencias europeas: Rusia, Alemania e Italia. 

[SIMONE WEIL] 

La escasez 

Ya al organizar la segunda columna destinada al frente de Aragón, 
tuvimos las primeras dificultades con algunos políticos importantes de 
nuestras propias organizaciones anarquistas. Mientras nosotros, los del 
Comité de Milicias, sosteníamos que los compañeros más populares y 
capaces debían ir al frente para dirigir allí las centurias, batallones y 
columnas, ellos opinaban lo contrario: querían preservar los mejores 
dirigentes para la posguerra. La consecuencia fue que los puestos de mando 
fueron llenados al azar, con lo que disminuyó la capacidad combativa de 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 121 

nuestras unidades. Disponíamos de muy pocos oficiales de carrera, y los que 
teníamos cumplían funciones en el estado mayor o eran asesores técnicos. 
Nuestros milicianos no querían a los militares profesionales, y desconfiaban 
de ellos, lo que era comprensible después de todo lo que había pasado 
anteriormente. 

Pero casi toda la dirección de nuestras organizaciones en sus rangos 
superiores se preocupaba tanto por su propio bienestar como los demás 
partidos, que tampoco querían enviar al frente a sus dirigentes. Todos 
estaban alerta, listos para repartir la piel del oso que todavía no habían 
cazado. Pululaban así en la retaguardia los especuladores de la política. Con 
frecuencia éstos eran más repugnantes aún que los viejos políticos 
profesionales de la época anterior a la revolución. 

No podemos silenciar esta actitud, ya que por culpa de ella no pudimos 
fortalecer el frente como era necesario. En Aragón, por ejemplo, sólo 
teníamos una débil línea de observación, muy mal armada en relación con su 
extensión. Debemos decirlo abiertamente: mientras que el frente de Aragón 
disponía sólo de 30.000 fusiles, las organizaciones y partidos de la 
retaguardia mantenían escondidos cerca de 60.000 fusiles y municiones en 
más cantidad de la que disponían las tropas del frente. 

Decenas de veces hemos exigido a nuestras propias organizaciones que 
entregaran para la línea de fuego el material de guerra que poseían, y 
enviaran suficientes tropas para la guerra. Las mujeres, e incluso los niños, 
podían velar por la seguridad en la retaguardia. Se nos respondió que era 
imposible desarmar a nuestra propia gente, ya que otros grupos y partidos 
esperaban la ocasión para atacarnos por la espalda. Aceptamos este 
argumento. Dijimos: si nuestra propia gente se muestra dispuesta a entregar 
sus armas o a marchar al frente, procuraremos que también las demás 
organizaciones sean desarmadas, y encomendaremos esta tarea a quienes 
muestren más desconfianza hacia los otros grupos. También desarmaríamos 
y enviaríamos al frente a los restos de la Guardia de Asalto, los carabineros 
(la gendarmería) y la policía de seguridad. Las quejas de los que combatían 
en el frente eran justificadas, pues. Cada vez que Durruti venía a Barcelona, 
se enfurecía al ver la cantidad de armas con que la gente salía a pasear por 
allí. Un día se enteró que en Sabadell había ocho o diez ametralladoras 
escondidas. Exigió su entrega, al principio por las buenas; cuando rehusaron 
entregarlas, envió una centuria a Sabadell para quitarles las ametralladoras a 
la fuerza. Por suerte nos avisó a tiempo y pudimos intervenir y evitar una 
confrontación sangrienta. Entregaron una parte de las armas. Estaban en 
poder de los comunistas, pero eso no tiene importancia cuando sabemos que 
nuestros propios compañeros guardaban escondidas unas 40 ametralladoras, 
más de las que operaban en todo el frente de Aragón. Sin contar las que 
tenían las demás organizaciones y partidos. 

[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 3] 

Y cuando por fin enviaban las ametralladoras, ya no teníamos municiones. 
Y cuando llegaban las municiones, las ametralladoras estaban rotas. 
Entonces Durruti llamó y llamó mil veces por teléfono, y por último viajó él 
mismo a Barcelona para buscar lo que necesitaba, no sólo lo que estaba en 



122 



H . M . E nzensberger 



poder del gobierno, sino también en manos de la CNT. Nos sacó las pistolas 
del bolsillo, a sus propios compañeros, al fin y al cabo también nosotros 
teníamos que defendernos, pero nada, «¿Para qué quieres una pistola en la 
retaguardia?», gritaba. «Dámela o ven al frente con nosotros, si no quieres 
entregarla.» Así trató a los anarquistas, a su propia gente. 

[MANUEL HERNÁNDEZ] 

La ofensiva de Durruti se detuvo por falta de pertrechos. Gritaba 
enronquecido por teléfono exigiendo más municiones, más fusiles y más 
artillería. Sus intervenciones en la retaguardia no tuvieron éxito. Si en julio y 
agosto, en lugar de los 25.000 o 30.000 hombres que enviamos al frente de 
Aragón, hubiésemos lanzado los 60.000 u 80.000 hombres que era posible 
movilizar con las armas escondidas, nuestra victoria habría sido segura. 

Me acuerdo de que un día el ex ministro de Educación Francisco Barnés 
regresó de una visita a Durruti en Bujaraloz. Allí había presenciado 
casualmente una tentativa enemiga de romper el frente y vio llorar de rabia a 
Durruti cuando se terminaron las municiones y los milicianos tuvieron que 
rechazar el ataque armados sólo con granadas de mano. Si el enemigo 
hubiese conocido la situación de la columna, y se hubiera enterado de que se 
le habían agotado las municiones, habría podido aniquilarla o capturarla. 
Situaciones como ésta ocurrían diariamente. 

[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 1] 

Todas las armas que compramos durante la Guerra Civil las pagó la CNT 
misma. No contábamos para nada con el gobierno de Madrid. Aun cuando 
Largo Caballero hubiese sido un poco más desprendido, habría sido inútil, 
porque era Negrín quien tenía en sus manos las finanzas del Estado. Se 
podría hablar mucho de la función que cumplió Negrín. De todos modos 
estoy segura que él estuvo desde el principio a favor de quienes querían 
impedir que los anarquistas desempeñaran un papel decisivo. 

En eso estaban todos de acuerdo: en darnos la menor cantidad de armas 
posible; se nos destinaba a los sectores más difíciles del frente y se intentaba 
por todos los medios sembrar la discordia en nuestras filas poniéndonos ante 
problemas insolubles. 

En lo que a Durruti se refiere, no lo lograron. Siempre estuvo de acuerdo 
con la línea de la CNT, con el comité regional de Cataluña y Aragón, y 
también con el consejo de Aragón. Sólo una vez hubo desacuerdo: cuando 
Durruti quiso atacar Zaragoza desde Yelsa. Su viejo amigo García Oliver, 
secretario entonces del Comité de Milicias de Cataluña, se opuso. Durruti se 
exasperó. 

[FEDERICA MONTSENY 1] 

La exhortación 

Durruti tenía razón cuando les decía a sus compañeros: «La indisciplina 
en el frente y el aburguesamiento en la retaguardia darán la victoria a los 
fascistas, a menos que tomemos de inmediato medidas contra ello. En el 
frente cada orden causa una disputa. Nadie quiere obedecer. En la 
retaguardia los nuevos ricos se instalan en hermosas casas burguesas y 
pasean en coches de lujo. Los cafés, los cabarets y las salas de baile están 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



123 



llenas, como si viviésemos en el mejor de los mundos, e incluso nuestros 
compañeros de la FAI tienden cada vez más a participar en este juego 
sucio.» 

[JEAN RAYNAUD] 

Durruti hizo uno de sus raros viajes a la retaguardia con el coche más 
destartalado que pudo encontrar; el 5 de noviembre habló por la radio en 
Barcelona. Toda la ciudad se puso en marcha para escuchar las 
transmisiones en las Ramblas. Ya había enviado un mensaje de salutación a 
Stalin por intermedio de la delegación española que había viajado a la Unión 
Soviética con motivo de la celebración del decimonoveno aniversario de la 
Revolución de Octubre. Nadie había comprendido mejor que Durruti la 
necesidad de la unidad. Algunos de los anarquistas de tendencia doctrinaria 
opinaban que él, su dirigente más famoso, había ido demasiado lejos en sus 
concesiones a la «burocracia stalinista», como la calificaba el POUM. 

[FRANK JELLINEK] 

[Primera versión del discurso de Durruti] 

Me dirijo al pueblo catalán, que hace cuatro meses quebró con valor el 
cerco de la soldadesca que pretendía aplastado con sus botas. Los saludo en 
nombre de nuestros amigos y compañeros, que combaten en el frente de 
Aragón, a pocos kilómetros de Zaragoza, a la vista de las torres de la 
catedral. 

¡Madrid está amenazada! ¡Recordemos que no hay nada en el mundo 
capaz de avasallar a un pueblo revolucionario! NosotroS defendemos el 
frente de Aragón, y hacemos una llamada a los compañeros de Madrid con 
la esperanza de que ellos tampoco cederán. Las milicias catalanas cumplirán 
con su deber, corno lo cumplieron en julio en las calles de Barcelona al 
aplastar a los fascistas. Las organizaciones de la clase obrera 110 deben 
olvidar en ningún momento su objetivo principal: aniquilar al fascismo. 

Hacemos un llamamiento al pueblo de Cataluña para que ponga fin a las 
intrigas, rivalidades y disensiones internas. Recordemos que estamos en 
guerra: deben cesar los viejos resentimientos y subterfugios políticos. Los 
esfuerzos del pueblo catalán no deben quedar a la zaga de los combatientes 
del frente. 

No nos queda más alternativa que movilizar todas nuestras fuerzas. No 
debemos creer que basta con que se presenten siempre los mismos 
voluntarios. Si los obreros catalanes van al frente, es justo que también los 
que permanecen en la retaguardia hagan un sacrificio. Se necesita una eficaz 
movilización de los obreros en las ciudades. Los que estamos en el frente 
debemos saber quién nos apoya en la retaguardia y en quién podemos 
confiar. 

Es cierto que luchamos por un objetivo superior. Las milicias os 
demuestran su responsabilidad en este sentido; pero las milicias no quieren 
que los periódicos recauden dinero para ellas y que se peguen carteles en las 
paredes solicitando ayuda. No les gusta, porque en los volantes que tiran los 
fascistas, aparecen las mismas peticiones y proclamas. Si queréis rechazar el 
peligro, debemos construir un bloque de granito. 



124 



H . M . E nzensberger 



Los que estamos en el frente pedimos solamente que la retaguardia se 
sienta responsable de nosotros y podamos confiar en ella. Exigimos que las 
organizaciones velen por nuestras mujeres y nuestros hijos. 

Pero se equivocan quienes creen que la movilización general puede ser 
utilizada para intimidarnos o imponernos una disciplina de hierro. Invitamos 
a quienes han tramado semejante reglamento a venir al frente; así podrán 
apreciar nuestra moral y nuestra disciplina. ¡Después seremos nosotros 
qUienes vendremos a inspeccionar la moral y la disciplina en la retaguardia! 

¡Estad tranquilos! En el frente no reina el caos ni la indisciplina. Nosotros 
comprendemos perfectamente nuestra responsabilidad y la importancia de la 
tarea que nos habéis confiado. Podéis dormir tranquilos. Nosotros, en 
cambio, hemos puesto en vuestras manos la economía de Cataluña. Os 
pedimos que estéis alerta y mantengáis una estricta disciplina. Cuidémonos 
de sembrar por nuestra propia incapacidad la semilla de una guerra civil 
antes de haber ganado la primera. Quien se imagine que su partido es el más 
poderoso y quiera imponerlo sobre los demás, a ése le decimos que está 
totalmente equivocado. Frente a la tiranía fascista, debemos oponer una 
fuerza unitaria, una organización unitaria y una disciplina unitaria. 

En ningún caso permitiremos que los fascistas se abran paso. En el frente 
nuestra consigna es: ¡No pasarán! 

[BUENAVENTURA DURRUTI 3] 

[Segunda versión] 

Todavía no es hora de pensar en reducciones de la jornada laboral ni en 
aumentos de sueldo. Los obreros, y especialmente los miembros de la CNT, 
tienen el deber de sacrificarlo todo y trabajar tanto como se les pida. 

Me dirijo a todas las organizaciones para exhortarlas a que terminen sus 
luchas divisionistas y conspiraciones. Nosotros, los que estamos en el frente, 
pedimos sinceridad, sobre todo de parte de la CNT y la FAI. Queremos que 
nuestros dirigentes sean sinceros. No es suficiente que nos envíen cartas con 
exhortaciones al combate; tampoco basta con enviarnos ropas, víveres, 
armas y municiones. Esta guerra es sumamente dura, porque se lleva a cabo 
con los equipos técnicos más modernos; le costará caro a Cataluña. Nuestros 
dirigentes deben comprender que se trata de una guerra de larga duración; 
por lo tanto, deben comenzar a organizar la economía catalana para esas 
condiciones. Debemos establecer el orden en nuestra economía. 

[BUENAVENTURA DURRUTI 4] 

«Podéis dormir tranquilos», dijo en Barcelona, pero también dijo que 
«nuestra incapacidad podría sembrar la semilla de una segunda guerra civil». 
Pero parece que también el gobierno de Largo Caballero dormía bien en 
Madrid, aunque tenía que enfrentarse a un peligro mucho más inminente. En 
cuanto al estado mayor, o era incapaz o era traidor. Jesús Hernández, el 
ministro de Educación, declaró públicamente que un miembro del estado 
mayor le había dicho a Largo Caballero que las milicias servían a lo sumo 
para resolver el problema de la desocupación; que sólo peleaban para ganar 
sus 10 pesetas diarias. Los acontecimientos se encargaron de desmentir muy 
pronto este innoble cinismo. 

[FRANK JELLINEK] 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 125 



Los campesinos 
La liberación 

Sigamos pues a la columna de la CNT a un típico pueblo de la altiplanicie 
desértica de Aragón. Supongamos que se llama Santa María. Doscientas 
casas agrupadas en torno de una iglesia, un ayuntamiento y una cárcel. Poca 
tierra cultivada, e incluso la reducida superficie que el campesino puede 
aprovechar, depende por completo de un arroyuelo que se seca en julio. 
Algunos olivos y quizás unas pocas higueras. El clima, como dicen los 
habitantes, se compone de tres meses de invierno y nueve meses de infierno. 

Los habitantes del pueblo son todos antifascistas, con excepción del rico 
terrateniente; se le considera rico porque con su finca gana tal vez cuarenta 
mil pesetas anuales, pasa la mayor parte del tiempo en Zaragoza, y en julio 
ha escapado volando a esa ciudad; uno o dos funcionarios, el alcalde y un 
guardia civil; un «capitalista» que tiene una pequeña fábrica, un lagar o una 
instalación de alumbrado; y el cura. Alguno de ellos (el cura no) tendrá un 
hijo o dos, que compra sus trajes en Zaragoza, se pasa la mitad del día en el 
café y aborda a cada señorita que se le acerca. En Barcelona o en Zaragoza 
estos señoritos serían personajes de poca monta, pero en el pueblo parecen 
grandes señores. Con frecuencia pertenecen a la Falange; saben con certeza 
que las leyes y el orden les protegen y no tienen reparo en exteriorizar 
públicamente sus opiniones reaccionarias. 

Ahora llega la columna Durruti, llena de entusiasmo, pero muy mal 
armada. Su primera medida es «limpiar»: se dedican a borrar las huellas de 
fascismo que podrían existir en Santa María. En otras palabras, fusilan a 
todos los susodichos que no hayan huido a tiempo a Zaragoza, a menos que 
los habitantes del pueblo hablen a favor de alguno de ellos. En este caso, el 
hombre en cuestión no es molestado. En segundo lugar, la columna recoge 
del ayuntamiento los catastros y los registros de propiedad, los lleva a la 
plaza del pueblo y los quema. Este procedimiento tiene un alcance práctico, 
pero es al mismo tiempo un acto ritual. Se reúnen todos los habitantes del 
pueblo, y el dirigente de la columna les explica los principios del 
comunismo libertario. De paso se sueltan siempre algunas indirectas contra 
el peligro del stalinismo, que hallarían una buena acogida incluso en un club 
conservador. Nace un sentimiento de libertad y se expresan algunas 
esperanzas. 

[JOHN LANGDON-DAVIES] 

Cuando la columna Durruti llega durante su marcha a un pueblo, sus 
consejeros políticos destituyen al juez como primera medida. Los problemas 
locales se solucionan con estas tres preguntas: «¿Dónde está el juzgado 
municipal?» «¿Dónde está la oficina del catastro y sus registros?» y 
«¿Dónde está la cárcel?». Después queman los documentos judiciales y los 
registros y liberan a los presos. 

[MANUEL BENAVIDES] 

Varios pueblos enviaron de común esfuerzo carros enteros de víveres al 
frente. Algunos llevaron su entusiasmo tan lejos que sacrificaron sus 



126 



H . M . E nzensberger 



mejores reses y aves y quedaron así al borde de la ruina. Lo más 
sorprendente fue la conducta de los campesinos aragoneses. En esta región 
hay poco regionalismo; a nadie le habría extrañado que sus habitantes se 
opusieran a que Cataluña y Navarra resolvieran sus conflictos en suelo 
aragonés. Sin embargo, los campesinos de la provincia saludaban a las 
columnas que avanzaban desde Barcelona con opíparas comidas y se 
disculpaban ante los rezagados con melancólica cortesía por no poder 
ofrecerles más que pan y vino. Se habrían ofendido si las milicias no 
hubiesen aceptado sus obsequios. 

[FRANK JELLINEK] 

Viajé hacia el sur con mi motocicleta y pasé uno tras otro los pueblos 
cerrados con barricadas. La gente trabajaba la tierra, y casi olvidé la cercanía 
del horror, en el azul del día, bajo los olivos que, según se dice, «sólo 
despiertan a la vida a la luz de la luna». 

Estaba un poco intranquilo, porque el motor hacía ruidos muy raros. La 
noche anterior había dejado mi motocicleta en un garaje, y los milicianos 
comunistas que lo administraban me habían prometido arreglar el motor. Y 
lo habían hecho tan concienzudamente que sólo podía andar a toda marcha; 
así aterricé en primera a treinta y cinco kilómetros por hora ante las 
bayonetas de una barricada. 

-Buenos días -dije-. ¿Hay algún mecánico en el pueblo que pueda 
ayudarme? 

Ésta era una pregunta superflua, porque en todo pueblo español hay un 
mecánico desocupado, competente, dispuesto a cooperar en todo momento. 
Unos días después le conté mi aventura a mi amigo el marqués; resplandeció 
de alegría al saber que también un miliciano anarcosindicalista en una 
iglesia quemada seguía siendo un español, un experto y un caballero. El 
centinela de la barricada se dirigió a un chico que llevaba un mono azul: 

-Juan -exclamó-, lleva al compañero al centro mecanizado de la industria 
del transporte. 

Juan y yo empujamos la moto por la calle del pueblo. El centro 
mecanizado de la industria del transporte quedaba a la vuelta de la esquina. 
Un mes antes había sido la iglesia del pueblo. Ahora había un camión ante 
cada hornacina, que antes habían servido como capillas. Dos hombres con 
ropas de mecánico rompían con picos y palas los últimos restos de dorada 
cursilería y mármol falso. El polvo de estuco flotaba en el aire. Me puse a 
mirar, y los milicianos observaron a su vez para descifrar en mi rostro qué 
opinaba yo de su trabajo. 

-Han construido casas muy sólidas para sus santos -dijo por fin uno que 
procuraba en vano derribar una columna-, y sin embargo esos santos nunca 
existieron. Si hubiese sido la casa de un obrero, se habría caído al primer 
golpe de pico, Porque no se han esforzado tanto al construir las casas de los 
vivos. 

-Por lo menos tenéis un buen garaje -dije. 

-Un excelente garaje, compañero. 

-¿Y seguirá siempre siendo un garaje? ¿Qué os parece? 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 127 

-No siempre. Hasta que hayamos destruido al enemigo. Mire allí, 
compañero. 

Miré y vi al otro lado de la plaza a algunos hombres que cavaban con 
ahínco una zanja. 

-Allí estamos construyendo un mercado cubierto. El agua corriente se 
instalará ahora mismo. Antes, nuestras mujeres tenían que vender sus 
mercancías en la calle. Todo lleno de moscas. Ahora construimos un 
mercado limpio. Es mejor para nuestra salud, ¿sabe usted? 

Entretanto, los dos mecánicos habían arreglado mi moto. Tenían las 
mejores intenciones y habían rociado con aceite hasta el último tornillo. 

-¿Cuánto le debo? -pregunté. 

-No sé qué decirle, compañero -dijo el mecánico-. Era sólo una bagatela. 
Lo hacemos gratis. 

-De todos modos le ha costado dos horas de su vida. Eso no es una 
bagatela. Permítame que le dé una contribución para los fondos de las 
milicias antifascistas. 

Así aceptaron. Les dejé cien pesetas para los fondos del pueblo y seguí mi 
camino. 

[JOHN LANGDON-DAVIES] 

La colectivización 

13 de agosto 

En la taberna del pueblo se celebra una asamblea general de los 
campesinos; es una continuación de la asamblea de ayer y se discute el 
mismo problema. Un grupo de anarquistas había convocado a los 
campesinos y proclamado la comuna en Tardienta. Nadie se había opuesto. 
Pero a la mañana siguiente se habían producido disidencias, y algunos 
campesinos habían ido a ver a Trueba y le habían pedido que resolviera el 
asunto en su calidad de comisario de guerra. 

Los problemas más importantes son el reparto de la tierra y de la cosecha 
y la organización de la explotación. Casi en todas partes se distribuye entre 
los campesinos pobres y los labradores la tierra confiscada a los 
terratenientes fascistas. Los campesinos y los labradores recogen 
colectivamente las mieses y las distribuyen en proporción al trabajo que 
cada uno ha realizado. A veces, se toman en cuenta otras normas: el número 
de bocas, por ejemplo. Pero detrás del frente aparecen algunos grupos de 
anarquistas y trotskistas. Exigen como primer punto la colectivización 
inmediata de la economía rural; segundo, requisa de la cosecha de los 
campos de los terratenientes a través de los comités rurales, y tercero, 
confiscación de las propiedades de los campesinos medios, que poseen de 
cinco a seis hectáreas. A base de órdenes y amenazas ya se han constituido 
algunas economías colectivas. 

La baja sala de suelo de piedra y columnas de madera está atestada de 
gente. Una lámpara de petróleo humea, la energía eléctrica se reserva para 
proyectar películas. Penetrante olor a cuero y a fuerte tabaco canario. Si no 
fuera por las trescientas boinas vascas y los abanicos de papel que tienen los 
hombres, se podría creer que estamos en un pueblo de casacas a orillas del 
Kubán. 



128 



H . M . E nzensberger 



Trueba inaugura la asamblea con un corto discurso. Declara que esta 
guerra va dirigida contra los terratenientes fascistas y a favor de la 
República, por la libertad de los campesinos y por su derecho a realizar la 
vida y el trabajo como ellos lo consideren justo. Nadie puede imponer su 
voluntad sobre los campesinos aragoneses. En cuanto a la comuna, sólo los 
campesinos mismos pueden decidir, sólo ellos, y nadie más que ellos. Las 
tropas y el comisario de guerra como representantes de ellas sólo pueden 
prometer que protegerán a los campesinos contra toda medida dictatorial, 
venga de donde venga. 

Satisfacción general. Gritos: «¡Muy bien!» Alguien de la concurrencia le 
pregunta a Trueba si él es comunista. Él contesta: Sí, comunista, es decir, 
mejor dicho, miembro de los partidos socialistas unificados, pero eso no 
tiene importancia ahora, él representa aquí a una liga de lucha y al Frente 
Popular. 

Es robusto y de baja estatura, fue minero, después cocinero, estuvo en la 
cárcel; todavía es joven; medio vestido a lo militar, con correaje de cuero y 
pistola. 

Se presenta la siguiente moción: que sólo a los campesinos y labradores 
de Tardienta se les permita participar en esta asamblea. Otra moción: que 
todos puedan participar; pero que sólo hablen los campesinos. Se acepta esta 
moción. 

Habla el presidente del sindicato de Tardienta (unión de los braceros y 
campesinos con poca tierra, una especie de comité de los campesinos 
pobres). Opina que la resolución de ayer sobre la colectivización no ha sido 
decidida por la mayoría, sino por un pequeño número de campesinos. De 
todos modos, habrá que discutirla de nuevo. 

La asamblea está de acuerdo. 

Desde el fondo una voz informa que ayer, mientras se hacía cola para 
comprar tabaco, algunos protestaron contra el comité. El orador invita a los 
críticos de ayer a presentarse. Alboroto en la sala, protestas y aplausos, 
silbidos y gritos: «¡Muy bien!» Nadie pide la palabra. 

Un campesino de edad madura recomienda con timidez que se siga 
trabajando en forma individual y que después de la guerra se vuelva sobre el 
asunto. Aplausos. Dos oradores sostienen la misma opinión. 

Discusión sobre la distribución de la cosecha de ese año realizada en 
terrenos confiscados. Algunos solicitan una distribución igualitaria por 
finca, otros que el sindicato distribuya de acuerdo a la necesidad y número 
de bocas. 

Todavía quedan cereales en el campo, que no han sido recogidos a 
consecuencia de la guerra. Un joven campesino propone que quien lo desee 
que coseche tanto trigo como quiera, a su propio riesgo. Quien arriesgue 
más tendrá más. Aplausos de nuevo. Interviene Trueba. Esta propuesta le 
desagrada. «Somos todos hermanos y no vamos a correr un peligro 
innecesario por un saco de cereal.» Aconseja cosechar en conjunto los 
campos situados en la zona de fuego; la columna armada protegerá a los 
campesinos. El cereal se repartirá de acuerdo con el trabajo realizado y la 
necesidad. La asamblea aprueba la moción de Trueba. 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



129 



Ya son las ocho y pronto se cerrará la asamblea. Sin embargo, un nuevo 
orador vuelve a sacar de la calma a la reunión. Con palabras emocionadas y 
apasionadas trata de convencer a los habitantes de Tardienta a que superen 
su egoísmo y repartan todo en partes iguales. ¿Acaso no es éste el propósito 
de esta guerra sangrienta? Se debería aprobar la resolución de ayer e 
implantar de inmediato el comunismo libertario. No sólo la tierra de los 
grandes terratenientes debe confiscarse, sino también la de los labradores 
ricos y campesinos medios. Gritos, silbidos, insultos, aplausos, 
exclamaciones: «¡Muy bien!» 

Después de este primer orador, pasan al ataque otros cinco anarquistas. La 
asamblea está confundida, algunos aplauden, otros se callan. Todos están 
cansados. El presidente del sindicato propone someter la propuesta a 
votación. El primer orador anarquista se opone: ¿acaso puede resolverse un 
problema de este tipo con una votación? Lo que hace falta es un avance 
colectivo, un esfuerzo unitario, ímpetu y entusiasmo. En la votación cada 
uno piensa para sí mismo. La votación revela egoísmo. ¡No se necesita 
votar! 

- Los campesinos están confusos, las resonantes palabras los entusiasman. 
Aunque la mayoría está contra el orador anarquista, no se logra restablecer 
el orden para votar. La asamblea rueda por una pendiente. Ahora no hay 
modo de contenerla. Sin embargo, Trueba encuentra de repente una 
solución. Propone: ya que por el momento no es posible llegar a un acuerdo, 
los que quieran cultivar la tierra individualmente, que lo hagan. En cambio, 
los que prefieran establecer una economía colectiva deben reunirse aquí 
mañana a las nueve de la mañana. La solución satisface a todos. Sólo los 
anarquistas se van descontentos. 

[MIJAÍL KOLTSOV] 

Columna Durruti. Viernes 14 y sábado 15 de agosto. 

Conversación con los campesinos de Pina: ¿Están de acuerdo con la 
economía colectiva? 

Primera respuesta [varias personas]: Hacemos lo que decide el comité. 

Un viejo: De acuerdo, es decir, a condición de que él reciba todo lo que 
necesita, y no tenga que andar siempre en enredos, como ahora, para pagar 
al médico y al carpintero... 

Otro: Ya veremos cómo marcha el asunto... 

¿Cree que es mejor cultivar la tierra en conjunto, o individualmente? 

Mejor todos juntos. [No muy convencido.] ¿Cómo han vivido antes? 

Trabajo, de sol a sol, muy mala comida. La mayoría no sabe leer. Los 
niños están empleados. Una chica de catorce años trabaja como lavandera 
desde hace dos años. [Se ríen mientras lo cuentan.] Sueldo de 20 pesetas 
mensuales una chica de veinte años], o 17, o 16... Van descalzos. 



Los propietarios ricos de Zaragoza. 

El cura: No tenían dinero para darle limosnas, pero le daban aves al cura. 
¿Lo querían? Muchos sí. ¿Por qué? Ninguna respuesta clara. 

Nuestros interlocutores nunca habían ido a misa. [Personas de edades 
diversas.] ¿Había mucho odio contra los ricos? Sí pero más aún entre los 



130 



H . M . E nzensberger 



pobres. ¿No cree que esa situación podría perjudicar el trabajo en común? 
No, porque no habrá más desigualdad. 

¿Trabajarán todos igual? El que no trabaje lo suficiente tendrá que hacerla 
a la fuerza. El que no trabaje, no recibirá comestibles. 

¿Es mejor la vida en la ciudad que en el campo? Mucho mejor. Menos 
trabajo. Mejor ropa, más entretenimientos, etc. Los obreros de la ciudad 
están al corriente de lo que pasa... Uno de los habitantes del pueblo fue a la 
ciudad, encontró trabajo, y regresó tres meses después con ropa nueva. 

¿Envidian a la gente de la ciudad? No les preocupa. 

Servicio militar: un año. Su único pensamiento es regresar lo antes posible 
a casa. ¿Por qué? Mala comida. Cansancio. 

Disciplina. Palizas (si alguien se defiende, lo fusilan). Bofetadas, 
culatazos, etc. Para los ricos mejores condiciones, hacen rancho aparte. 
¿Debe abolirse el servicio militar? Sí, sería muy bueno. 

Los que estaban a favor del cura no han cambiado su opinión, pero se 
callan. 

Situación de los campesinos: arrendatarios, pagan una renta al propietario. 
Muchos fueron desalojados de sus tierras porque no podían pagar la renta. 
Tenían que trabajar como peones a dos pesetas diarias. 

Vivido sentimiento de su segregación social. 

[SIMONE WEIL] 

Anécdotas de aldea 

Después de la conquista de Monegrillo algunos milicianos fueron a una 
casa abandonada y se llevaron la ropa de los ausentes. Dejaron tiradas sus 
ropas. Cuando los fugitivos regresaron a casa, denunciaron el saqueo al 
comité. Los culpables fueron identificados. Durruti ordenó que los fusilaran. 
En el último momento les perdonó la vida. Dijo: «Sois mis hombres y os 
perdono la vida esta vez. Pero si os vuelo a pescar, os hago fusilar. No 
necesito ladrones ni bandidos.» 

[JESÚS ARNAL PENA 3] 

Lo que me contó mi acompañante sobre la política de la columna Durruti 
era realmente repugnante. En medio del entusiasmo general que sentían los 
campesinos por la causa republicana, parecía que ellos habían descubierto la 
fórmula secreta para hacerse odiar en todas partes. Hasta tuvieron que irse 
del pueblo de Pina, debido simplemente a la muda oposición de los 
campesinos, ante la cual nada pudieron hacer. Evidentemente su falta de 
consideración al realizar las requisiciones de alojamientos y mercancías y al 
fusilar a los «fascistas» reales o presuntos, estuvo a punto de provocar una 
sedición de campesinos contra las milicias. Los fusilamientos no habían 
terminado aún. Según se dice, formaban parte de las actividades cotidianas 
de la gente de Durruti, adondequiera que llegara. A mi amigo lo invitaron a 
asistir a un fusilamiento, como si fuera una atracción extraordinaria. 

[FRANZ BORKENAU] 

El 28 de agosto es el día de San Agustín, el santo patrono de Bujaraloz. 
Ese día se celebra la tradicional verbena. En vísperas de la fiesta la gente 
andaba un poco desconcertada y no sabía qué hacer. No parecían muy 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



131 



dispuestos a renunciar a la verbena, aunque no armonizara mucho con la 
nueva situación. Fueron a ver a Durruti para discutir con él el problema. 

-¡Sea! -dijo él-, antes hacíais fiesta en honor a San Agustín, desde mañana 
festejaréis la gloria del compañero Agustín, y asunto arreglado. 

En lo que se refiere a la cuestión religiosa, nunca me molestó; una vez me 
regaló incluso una Biblia en latín que había encontrado no sé dónde. 

[JESÚS ARNAL PENA 1] 

Un día aparecieron algunos campesinos de los Monegros en el cuartel 
general de Durruti. Vinieron a proponer un trueque: azúcar y chocolate por 
unas campanas de iglesia que traían. 

Durruti se desternilló de risa. 

\N. RAGACINI] 

La calma en el frente permitió a Durruti ocuparse de los problemas de la 
retaguardia. En su sección se discutía sobre todo la cuestión campesina. En 
los Monegros logró fundar una colectividad agrícola de común acuerdo con 
los campesinos, y como se necesitaban con urgencia comunicaciones en toda 
la región, Durruti organizó una brigada para la construcción de caminos. 
Con este propósito distribuyó voluntarios que habían venido al frente pero 
no eran aptos para el combate. Esta brigada se dedicó también a arar tierra 
nueva. Uno de los caminos construidos iba desde Pina de Ebro (pueblo 
situado al borde de la carretera principal Lérida-Zaragoza) hasta el aislado 
pueblo de Monegrillo. Aún actualmente los habitantes de la zona lo llaman 
«el camino de los gitanos». Ocurrió que Durruti había encontrado a unos 
gitanos en su zona de operaciones, y persuadió al pueblo nómada por 
excelencia a que se pusiera a construir carreteras. Lo que a algunos les 
pareció una maravilla, los gitanos lo llamaron «castigo de Dios». 

Durruti ayudaba a los campesinos siempre que podía. Cuando los 
vehículos y los tractores de la columna no eran utilizados en el frente, los 
ponía a disposición de los campesinos para cultivar tierra virgen. Los 
camiones de la columna transportaban trigo y abono y llevaban agua a las 
cisternas cuando éstas se agotaban. 

[RICARDO SANZ 3] 

Mientras la columna Durruti avanzaba hacia Aragón, encontró en el 
camino un campamento de gitanos. Familias enteras acampaban al aire libre. 
Era inquietante, porque a esta gente no le preocupaba en lo más mínimo la 
posición del frente y pasaban de un lado a otro cuando se les ocurría. No se 
excluía la posibilidad de que fueran utilizados como espías a favor de 
Franco. Durruti reflexionó sobre el problema. Después fue a ver a los 
gitanos y les dijo: «Para comenzar, señores, os cambiaréis de ropa y os 
vestiréis como nosotros.» Por aquel entonces los milicianos usaban 
«monos», a pesar del calor del mes de julio. Los gitanos no estaban 
precisamente entusiasmados. «¡Sacaos esos trapos! Llevaréis la misma ropa 
que llevan los obreros.» Los gitanos notaron que Durruti no estaba para 
bromas, y se mudaron sin chistar. Pero eso no fue todo. «Ahora, ya que 
lleváis ropas de trabajador, también podéis trabajar», prosiguió Durruti. Y 
allí fue el llanto y el rechinar de dientes. «Los campesinos del lugar han 



132 



H . M . E nzensberger 



fundado una colectividad y han decidido construir un camino para que su 
pueblo pueda comunicarse con la carretera principal. Aquí tenéis vuestras 
palas y picos, ¡vamos!» A los gitanos no les quedaba otra alternativa. Y de 
cuando en cuando venía Durruti a ver cómo seguía el trabajo. Se alegró 
infinitamente de haber logrado que los gitanos usaran sus manos. «Allí está 
el señor Durruti», susurraban los gitanos con su acento andaluz, y 
levantaban la mano con el saludo antifascista, es decir, levantaban los brazos 
con el puño cerrado, y Durruti comprendía muy bien lo que querían decir 
con eso. 

[GASTÓN LEVAL] 



Una última tentativa 

A finales de septiembre el comité regional de la CNT convocó una 
asamblea en Bujaraloz a la que asistieron militantes de Aragón y delegados 
de las centurias y columnas anarquistas. Se proyectaba organizar un 
organismo dirigente en el que estarían representados todos los partidos y 
organizaciones. Este «consejo» se proponía restablecer, unificar y 
desarrollar racionalmente la economía de la región, que había sido 
deteriorada por la guerra, y hacer frente al predominio de los catalanes en 
Aragón. Además, protegerían a la población contra los abusos de las 
milicias, que en ocasiones se habían comportado como una potencia 
ocupante y habían escapado a todo control. 

Durruti intervino a favor de la fundación del consejo. Éste fue aprobado 
por amplia mayoría. De este modo la CNT se proponía contrarrestar la 
propaganda de los marxistas (POUM y PSUC). Los marxistas sostenían, por 
ejemplo, que las colectividades agrícolas eran ilegales. Joaquín Ascaso fue 
elegido presidente de este futuro gobierno provincial revolucionario. De 
inmediato los anarquistas aragoneses se pusieron al habla con los socialistas 
y los pocos republicanos de la región. Los primeros se mostraron reservados 
e incluso hostiles, en cambio los segundos estuvieron de acuerdo en 
principio, aunque preferían aguardar. A pesar de todo, la CNT decidió 
fundar el consejo, el cual se reunió por primera vez en Fraga en octubre de 
1936. 

Los anarquistas de Aragón intentaron así lo que sus compañeros catalanes 
siempre habían eludido: la toma total del poder. Lo intentaron a pesar de las 
devastaciones de la guerra, de la presencia de contingentes armados del 
POUM, del PSUC y de los nacionalistas catalanes, a pesar de las 
repercusiones que podía tener en el extranjero, del gobierno central de 
Madrid, e incluso contra la voluntad de la propia CNT, a cuyo comité 
nacional no se consultó ni informó. Éste se encontró ante el hecho 
consumado. 

No es de extrañar que el consejo de Aragón se haya convertido en el 
blanco de la desaprobación general: republicanos, socialistas y comunistas 
lo calificaron de instrumento de una encubierta dictadura anarquista y lo 
acusaron de tendencias separatistas. También la CNT se unió al coro de los 
atacantes. 

Más tarde, en diciembre de 1936, el consejo fue reconocido después de 
largas discusiones con los gobiernos de Barcelona y Madrid, pero tuvo que 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



133 



aceptar a representantes de otros partidos, restringir sus plenos poderes y 
someterse a la autoridad del Estado centralizado. 

[CÉSAR M. LORENZO] 

Proclamación del Consejo Regional de Defensa de Aragón 

Cada vez escuchamos con más frecuencia las protestas que se levantan en 
los pueblos contra las diversas columnas y unidades. El consejo de Aragón 
condena los actos irresponsables de ciertos grupos. Se propone evitar que los 
campesinos aragoneses comiencen a odiar a sus hermanos antifascistas a 
quienes siempre han ayudado con todas sus fuerzas. No podemos tolerar que 
se sigan pisoteando los derechos de nuestro pueblo. 

Algunos dirigentes de columnas de una cierta fracción política se 
comportan en nuestra región como representantes de una potencia ocupante 
en territorio enemigo. Tratan de imponer a nuestro pueblo normas políticas y 
sociales que le son extrañas. 

Se destituyen comités elegidos por el pueblo; se desarma a hombres que 
arriesgan su vida por la revolución; se les amenaza con castigos corporales, 
con la cárcel y el fusilamiento; se constituyen nuevos comités inspirados en 
el credo político de quienes los respaldan. Sin reflexión y sin control, sin 
considerar las necesidades de los habitantes, se incautan víveres, ganado y 
objetos de toda clase. Tenemos que sembrar y no tenemos grano, abonos ni 
maquinarias. De este modo son arruinados sistemáticamente nuestros 
pueblos. 

En consecuencia, exigimos a los comandantes de las columnas: 

1. Que soliciten directamente al consejo de defensa los artículos, el 
ganado y otros enseres imprescindibles, que serán suministrados de acuerdo 
a las posibilidades. Que prohiban enérgicamente todas las requisiciones por 
cuenta propia, a menos que la situación militar no admita demoras. 

2. Que impidan la intromisión de las columnas antifascistas en la 
peculiar vida político-social de un pueblo que es libre por esencia y que 
tiene un carácter propio. 

Recomendamos a los habitantes de los pueblos y a sus comités: 

1. Que no entreguen a nadie las armas que posean, sin la expresa 
autorización del consejo; que no permitan en ningún caso la destitución de 
los comités existentes, hasta tanto el consejo haya decidido su renovación. 

2. Que no acepten ninguna clase de requisas que no estén refrendadas 
por el consejo de Aragón, con excepción de casos especialmente urgentes, 
de los cuales el comandante de la columna se hará responsable. 

3. toda contravención de estas disposiciones se comunique de inmediato 
al consejo, haciendo constar los nombres de los responsables. 

Esperamos que todos, sin excepción, cumplan estas instrucciones y 
demandas. Sólo así se impedirá que acontezca la triste paradoja de que un 
pueblo libre comience a detestar su libertad y a sus libertadores, y se 
produzca el hecho no menos triste de que un pueblo sea completamente 
arruinado por la revolución que él mismo en todo tiempo añoró. 

Por el Consejo de Defensa Regional de Aragón. 

El presidente, Joaquín Ascaso. 

Fraga, octubre de 1936. [JOSÉ PEIRATS 2] 



134 



H . M . E nzensberger 



Quinto Comentario 
El enemigo 

¿Dónde está el enemigo? En esta historia sólo aparece al margen del 
campo visual: es una mancha movediza en una ventana detrás de la 
ametralladora, una sombra del otro lado de la barricada, un anciano en una 
oficina, una silueta en las trincheras. Es casi siempre anónimo. Pero al 
mismo tiempo ubicuo. No es una imaginación ilusoria. La revolución y la 
guerra son dos cosas distintas. Quien desee no sólo vencer a un adversario 
militar, sino también revolucionar la sociedad en la que vive, para ese no 
existe un frente principal en el cual amigos y enemigos puedan reconocerse 
visiblemente a lo lejos. 

La revolución española no sólo se enfrentó con Franco y el ejército que 
estaba bajo su mando. Sus enemigos actuaban también desde el primer día 
dentro del propio campo de la revolución. En julio de 1936 los anarquistas 
se hallaron comprimidos en una coalición con sus enemigos hereditarios. La 
inconsistencia de esta unión era evidente. La CNT-FAI luchaba contra los 
fascistas, lado a lado con los restos de un ejército y una policía que poco 
antes había organizado batidas en contra suya. Lluís Companys se sentaba 
en su palacio gubernamental frente a unos hombres a quienes había 
ordenado encarcelar durante años. La República española alardeó durante 
toda la Guerra Civil de su legitimidad y su fidelidad a la constitución; se 
distinguía entre «rebeldes», o sea los generales golpistas, y «leales», es decir 
los defensores de la República. Sin embargo, la fuerza principal de la 
resistencia, los anarquistas, eran totalmente ajenos a esa lealtad a un Estado 
al cual antes bien habían despreciado con todo su corazón y combatido con 
todas sus fuerzas. Sólo para los auténticos «republicanos», es decir los 
partidos burgueses de centro y sus aliados, los socialdemócratas, era la 
disputa armada una guerra defensiva: ellos querían mantener el statu quo 
anterior, y el poder del Estado en sus manos, y con ello también el dominio 
de clase, por el cual respondían contra las pretensiones de los fascistas. Sin 
embargo no se oponían totalmente a un compromiso o acuerdo Con el 
enemigo. En cambio, la CNT-FAI, como vanguardia organizada del 
proletariado urbano y rural, quería hacer cuentas claras. Su lucha era 
ofensiva. Su objetivo era una nueva sociedad. Para lograr este objetivo había 
que desembarazarse del Estado débil y manifiestamente desahuciado de la 
pequeña burguesía y sus partidos. Fieles a sus principios, los anarquistas se 
proponían abolir al Estado como tal, y erigir en España un reino de libertad. 
Para ello no podían contar, por supuesto, con el pequeño Partido Comunista 
español; desde el principio éste se había puesto resueltamente al lado de los 
republicanos burgueses. Las contradicciones en el propio campo eran 
irreconciliables; la guerra civil dentro de la Guerra Civil era una amenaza 
permanente. En cambio, Franco logró disimular y reprimir las oposiciones 
existentes en su sector (entre la junta militar y la Falange, y entre los 
partidarios de los Borbones y los carlistas). Exteriormente aparecía la 
imagen de una unidad monolítica: «Un Estado. Un país. Un caudillo.» 

Los generales descartaban la posibilidad de que el pueblo español 
emprendiera una guerra contra ellos. Su confianza se basaba en la 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 135 

superioridad material del ejército. Todo recuento de tropas y medios 
económicos, fusiles y municiones, aviones y tanques, conducía a la misma 
conclusión: que la resistencia contra Franco era inútil. Pero todas las 
revoluciones tienen que enfrentar a un enemigo militarmente superior. El 
pueblo que resuelve derribar violentamente el poder estatal se enfrenta 
siempre a un ejército incomparablemente mejor adiestrado y armado. 
Mientras las tropas permanezcan «leales» y obedezcan a sus superiores, no 
hay probabilidades de éxito. La fuerza política es decisiva para el resultado 
de la lucha. «Es indudable que el destino de toda revolución se decide, en 
cierta etapa, a través de un cambio en la moral del ejército», dice Trotski en 
su Historia de la Revolución Rusa. «Los soldados en su mayoría son tanto 
más capaces de dar la vuelta a sus bayonetas o de pasarse con ellas al 
pueblo, cuanto más convencidos estén que los insurrectos se han levantado 
de verdad; que no se trata sólo de una manifestación, después de la cual hay 
que regresar al cuartel a rendir cuentas; que es una lucha de vida o muerte y 
que el pueblo está en condiciones de vencer si se unen a él.» 

De ello se deduce que la victoria de Franco no se explica, o en todo caso 
no se explica únicamente, por su superioridad material, la ayuda de 
potencias extranjeras y el terror y la violencia en el interior. Es evidente que 
el fascismo puso en acción, también en España, fuertes motivaciones 
ideológicas. El papel que desempeñó este factor en la derrota de la 
revolución española ha sido subestimado con frecuencia. Pero es preciso 
tomarlo en cuenta. 

La plataforma ideológica de los anarquistas era simple hasta el 
primitivismo, era comprensible a primera vista para quienes vivían de su 
propio trabajo, y tan racional que se ofrecía al examen de la práctica; no sólo 
permitía una crítica inmediata, sino que la estimulaba del modo más 
ingenuo. Los anarquistas siempre estuvieron alejados de la tradicional 
cautela de los marxistas, que contaban con incalculables e ininteligibles 
periodos de transformación. Su convicción absoluta y la espontaneidad con 
que prometen saltar al reino de la libertad, los fortalece y da alas a la 
fantasía de sus adeptos, mientras no haya pasado el examen de la práctica. 
Pero tan pronto como la revolución obtiene sus primeras victorias y tropieza 
con las interminables dificultades de la construcción, se demuestra su 
debilidad política. La confianza de las masas se convierte en 
desmoralización cuando la gran promesa no puede ser cumplida, cuando la 
práctica falsifica a la ideología. 

La firmeza de principios de los anarquistas se vuelve entonces contra 
ellos. Los dirigentes de la CNT-FAI no eran corruptos; esto es evidente. La 
mayoría de ellos eran obreros; la organización no les pagaba; eran todo lo 
contrario del jerarca, del capitulador o del burócrata. Pero la moral 
incondicional que se exigían a sí mismos y al movimiento, contribuyó a su 
ruina. Ésta se volvió contra ellos en forma de dudas corrosivas y 
escrupulosas demoras tan pronto como se les exigió que dieran el primer 
paso táctico en el camino del poder. Eran incapaces de desarrollar una 
política de alianzas. Se enredaron en las alternativas inexorables de su 
propia ideología. 



136 



H . M . E nzensberger 



En cambio, las promesas del fascismo estaban más allá de toda práctica 
posible, desde el principio. Se excluía un conflicto con la realidad social. 
¿Quién podría definir racionalmente lo que exige el honor de la nación 
española o a qué aspiran los deseos de la Santa Virgen? El cielo no suele 
desautorizar a sus beneficiarios ideológicos. Cuanto más trascendentales son 
los valores que invoca una ideología, tanto más grande suele ser la falta de 
escrúpulos de sus defensores. El cristianismo de Franco fue, en efecto, uno 
de los puntales ideológicos más firmes de la España franquista; el otro fue el 
«nacionalismo», que se manifestó al internacionalizarse la guerra. En tercer 
lugar, el bando nacional supo también enarbolar el atractivo señuelo de la 
tradición, del pasado glorioso, que procuró traer al presente actualizando 
gran parte de sus sofismas o de sus innegables realidades. 

Fue precisamente la total irracionalidad de sus consignas lo que favoreció 
la fascinación ideológica del fascismo. En España, como antes lo había 
hecho en Italia y en Alemania, el fascismo activó fuerzas inconscientes en 
cuya existencia la izquierda no había reparado: temores y resentimientos que 
existían también en el seno de la clase obrera. Lo que los anarquistas 
prometían y no pudieron realizar era un mundo completamente terrenal, un 
mundo enteramente futuro en el cual desaparecían el Estado y la Iglesia, la 
familia y la propiedad. Estas instituciones eran odiadas, pero también se 
estaba familiarizado con ellas, y el futuro de la anarquía no sólo evocaba 
anhelos, sino también recónditos temores llenos de fuerza elemental. En 
cambio, el fascismo ofrecía el pasado como refugio, un pasado que 
naturalmente nunca había existido. El odio contra el mundo moderno, que 
tan mal había tratado a España desde el Siglo de las Luces, pudo 
encastillarse en una Edad Media ficticia, y la identidad amenazada se aferró 
a las rejas institucionales del Estado autoritario. 

Los teóricos anarquistas eran incapaces de comprender esos mecanismos. 
Su horizonte se limitaba a la próxima barricada. No comprendían la 
estructura interna del fascismo ni la dinámica internacional dentro de la cual 
éste operaba. Aunque ya desde la época de Bakunin venían hablando de la 
revolución mundial y se sentían internacionalistas, observaron estupefactos e 
irritados cómo las democracias occidentales, en acuerdo tácito con 
Mussolini y Hitler, representaban la comedia de la no intervención. Habían 
leído en sus folletos acerca de la organización internacional del capital, pero 
no contaban con las consecuencias; ellos mismos habían sucumbido, hasta 
cierto punto, a una mistificación nacional. Al fin y al cabo sus experiencias 
de lucha se habían limitado durante décadas a sus propios pueblos, a la 
fábrica y al barrio que conocían. La forma organizativa extremadamente 
descentralizada que poseían redundó con frecuencia en su beneficio; pero la 
pagaron a cambio de una considerable restricción de su radio de acción. Los 
anarquistas contemplaron desamparados las maniobras de la política 
soviética, que hacía tiempo había aprendido a calcular a escala mundial. El 
suministro de armas de la Unión Soviética a la España republicana fue en 
realidad muy limitado; sin embargo tuvo, en determinados momentos, una 
importancia decisiva. El precio político que exigían y que hubo que pagar 
fue astronómico. La influencia del Partido Comunista aumentó diariamente, 
aunque nunca había tenido arraigo en el proletariado español; aparecieron 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



137 



comisarios y agentes soviéticos en Madrid, Valencia y Barcelona, y 
asumieron funciones de «consejeros» en el aparato militar y policial. Stalin 
manipuló la revolución española como si fuera una pieza de ajedrez. La 
convirtió en un instrumento de la política exterior rusa. Los anarquistas se 
enfrentaron sobresaltados a un tipo muy especial de internacionalismo. 
Cuando se dieron cuenta, ya era demasiado tarde. La CNT-FAI fue 
arrinconada, no sólo en el plano militar, sino también político; cuando una 
revolución se deja desarmar ideológicamente y pasa a la defensiva, es que ha 
llegado el principio de su fin. 



Las Milicias 
Un fantástico libro ilustrado 

Lo primero que llama la atención al extranjero que hoy viene a Cataluña 
es la milicia. Se la ve por doquier, con sus distintivos multicolores y sus 
uniformes abigarrados. Se podría componer un fantástico libro ilustrado con 
los retratos de los hombres y las mujeres de las milicias. No se parecen entre 
sí, la monotonía del ejército regular ha desaparecido; pululan los ejemplares 
más delirantes y abigarrados. 

Sería imposible describir su formación y su composición. 

Con respecto al antiguo ejército español, en Cataluña sólo permaneció leal 
a la República la aviación y un número insignificante de unidades. Los 
regimientos que se habían levantado contra el pueblo fueron disueltos y sus 
soldados enviados de vuelta a casa. Sólo un minúsculo número de oficiales 
permanecieron leales y pudieron ser movilizados para luchar contra el 
fascismo. 

Se las arreglaron enviando al frente la mayor parte de la policía. Sin 
embargo, la revolución se sostuvo sobre todo gracias a los voluntarios. Los 
sindicatos, los partidos, las organizaciones obreras y el gobierno organizaron 
sus propias columnas. Los locales de los sindicatos y los despachos de los 
partidos se convirtieron en oficinas de alistamiento para las milicias, y las 
masas acudieron. Hombres y mujeres hicieron cola para alistarse. Muchos 
no fueron aceptados. Las primeras columnas salieron al encuentro del 
enemigo con camiones y autobuses. Nadie sabía dónde se encontraba, 
porque todavía no existía un frente. Veinticuatro horas más tarde se 
comprobó que nadie había pensado en abastecerse de municiones y víveres. 
El avituallamiento fue enviado posteriormente en camiones. 

Muy pocos milicianos poseían una instrucción militar, la mayoría estaba 
mal armados. Muchos sólo llevaban una pistola consigo. Los cartuchos los 
llevaban en el bolsillo del pantalón. No existían equipos de campaña. 
Muchos milicianos iban calzados con alpargatas. Poco más tarde apareció el 
clásico gorro militar español de dos picos: rojo y negro el de los anarquistas, 
rojo el de los socialistas y comunistas, y azul el de la Esquerra catalana. El 
«mono» azul de los mecánicos se convirtió en una especie de uniforme. 

Los dirigentes de los grupos políticos cumplían funciones de oficiales (si 
es que se pueden llamar así), el proletariado en armas les tenía la misma 
confianza de antes, durante las huelgas y las asambleas. Tampoco ellos 
tenían una preparación militar, por supuesto; ni siquiera conocían el abecé 



138 



H . M . E nzensberger 



de la táctica militar. En el transcurso de la guerra aprendieron las milicias el 
arte de cavar trincheras e instalar alambradas, lanzar granadas de mano y 
ponerse a cubierto. Con frecuencia sus instructores eran revolucionarios 
extranjeros que habían vivido la experiencia de la Primera Guerra Mundial. 
Venían a España en número creciente para luchar por la revolución mundial 
y contra el fascismo. 

Al principio no se utilizó ningún tipo de estrategia para dirigir las 
operaciones militares. Los obreros sólo estaban familiarizados con el 
combate callejero y la guerra de barricadas. Con el tiempo aprendieron que 
los montones de piedras no ofrecían ninguna protección contra las armas 
modernas. Sólo se sentían en su elemento en la defensa de una aldea, sobre 
todo si se trataba de su propio pueblo. No conocían aún por experiencia la 
necesidad de hacer maniobras y desarrollar una táctica móvil. 

No había cuarteles generales, estados mayores ni redes de 
telecomunicaciones. Cada columna se ocupaba de su propio bagaje. Cuando 
necesitaban municiones o víveres, enviaban a algunos de sus delegados a 
Barcelona para buscarlos. 

Como es de suponer, estas tropas cometieron al principio todos los errores 
imaginables. Se iniciaban ataques nocturnos con vivas a la revolución, y con 
frecuencia se emplazaban los cañones en la línea avanzada de la infantería. 
De vez en cuando ocurrían episodios grotescos. Un miliciano me contó que 
una vez, después del almuerzo, una unidad entera se trasladó a una viña 
cercana para comer uvas; cuando regresaron encontraron sus posiciones 
ocupadas por el enemigo. Sin embargo, este ejército de voluntarios 
conquistó la mitad de Aragón y contuvo a los fascistas, cuyas tropas 
escogidas constituían casi la totalidad del ejército regular de España. 

[H. E. KAMINSKI] 

Los primeros voluntarios llegaron de Francia a principios de agosto. Eran 
anarquistas franceses e italianos. Habían venido a Barcelona a través de los 
Pirineos, para participar en la lucha contra el fascismo internacional. Se 
alistaron en las unidades españolas y combatieron en el frente de Aragón. Al 
poco tiempo llegaron grupos más numerosos de italianos antifascistas de 
todas las tendencias: anarquistas, socialistas, sindicalistas y liberales. Los 
voluntarios italianos formaron la brigada Garibaldi. Esta brigada se 
distinguió en el combate de Huesca. Numerosos anarquistas italianos y 
socialistas liberales perdieron sus vidas en esta batalla. En septiembre de 
1936 se formó la columna Sacco y Vanzetti, compuesta por combatientes 
internacionales, que se unió a las unidades dirigidas por Durruti. El total de 
estos milicianos internacionales no pasaba de 3.000. En el extranjero eran 
poco conocidos. No dependían de las brigadas internacionales organizadas 
por los comunistas. 

Dicho sea de paso, los anarcosindicalistas no tenían interés en atraer 
combatientes extranjeros al país. Hombres no les faltaban; tenían suficientes 
combatientes en sus sindicatos. Algo parecido ocurría con la UGT socialista. 
Lo que sí necesitaban eran armas. 

La situación del Partido Comunista era diferente. Los comunistas tenían 
tan pocos partidarios en España, que en todo el país no habían podido reunir 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 139 

más de dos o tres columnas. En consecuencia, les interesaba fortalecer sus 
unidades de combate y su influencia con la ayuda de los partidos comunistas 
extranjeros. 

Durante los primeros tres meses después del 19 de julio, Cataluña estuvo 
totalmente en manos de los anarcosindicalistas, y la frontera catalana estaba 
vigilada por la FAI. La gente de la FAI dejaba entrar a sus propios 
correligionarios extranjeros, pero dudaba en abrir la frontera a los 
numerosos comunistas. El anarquista García Oliver, que más tarde fue 
ministro de Justicia en el gobierno de Largo Caballero, era el organizador de 
las milicias antifascistas de Cataluña. Oliver ordenó cerrar totalmente la 
frontera a los voluntarios extranjeros. 

[AUGUSTIN SOUCHY 2] 

La disciplina 

La coerción y la rígida disciplina no son necesarias en las milicias. Todos 
saben por qué combaten. No se trata, como en las guerras imperialistas, de 
luchar contra un enemigo desconocido, objetivo, por así decido, sino contra 
un adversario que los obreros y campesinos conocen y odian. Además saben 
que los fascistas no perdonan la vida a los heridos ni a los prisioneros, y que 
no hay ninguna posibilidad de rendirse o de llegar a un compromiso. Este 
ejército político no participa en la Guerra Civil para defender valores 
abstractos, conquistar provincias o colonias ni abrir rutas imperiales, sino 
para defender su propia vida. 

Los enemigos son los militares, los miembros de las organizaciones 
fascistas y los capitalistas. Para ellos no hay perdón. En cambio, casi 
siempre dejan en paz a los soldados prisioneros; se considera que han sido 
avasallados y obligados. Y lo son con frecuencia, en efecto. Es común que 
los oficiales del bando opuesto y los falangistas se coloquen detrás de sus 
propias tropas con las pistolas en la mano, para obligados a atacar. Sin 
embargo, todos los días aparecen desertores y prófugos que declaran su 
deseo de luchar en las filas de la milicia. Por eso la propaganda desempeña 
un papel tan importante, incluso y sobre todo, en la primera línea. 

La Guerra Civil tiene leyes propias. 

[H. E. KAMINSKI] 

En otoño partimos de Barcelona hacia el frente con Emma Goldman, la 
conocida anarquista norteamericana, para visitar a Durruti. Éste tenía 
entonces a su mando cerca de nueve mil hombres, era un general anarquista, 
por así decido (aunque nunca se haya afirmado así). Él nos dijo: «He sido un 
anarquista toda mi vida y ahora no pienso disciplinar a mi gente a 
garrotazos. No lo haré. Sé que la disciplina es necesaria en la guerra, pero 
esta disciplina debe ser interior y debe nacer del objetivo por el cual se 
lucha.» Y en esto se diferenciaba de todos los generales del mundo. Vivía 
con su gente, dormía sobre la misma paja, andaba en alpargatas como los 
demás y comía la misma comida. Y su gente decía: él es uno de los nuestros. 
Un jefe militar salido de una academia militar nunca habría logrado dirigir 
una división entera sin coerción militar. Pero Durruti no era ningún oficial 
profesional, sino un mecánico. 

[AUGUSTIN SOUCHY 1] 



140 



H . M . E nzensberger 



Un grupo de jóvenes milicianos pertenecientes a la columna Durruti se 
había escapado y quería regresar a Barcelona. Durruti los encontró en el 
camino, detuvo su coche, se bajó y salió a su encuentro con la pistola 
desenfundada. Los hizo ponerse de espaldas contra la pared. Otro miliciano 
que andaba casualmente por allí le pidió un par de zapatos. «Mira bien los 
zapatos que éstos llevan. Si te sirven puedes elegir un par. ¿Para qué vamos 
a enterrar zapatos, para que se pudran?» 

Por supuesto, Durruti no fusiló a los desertores. Siempre solía decir: 
«Aquí nadie tiene la obligación de quedarse. El que tenga miedo puede irse 
cuando quiera.» Pero casi siempre bastaba con que les dijera algunas 
palabras enérgicas a los que querían volver a casa, y ellos le pedían que les 
permitiera regresar al frente. 

[España Libre] 

El ejemplo soviético: dos versiones de una carta 

CNT-FAI. Milicias Antifascistas, Columna Durruti, Cuartel General. Al 
proletariado de la Unión Soviética: 

Compañeros, aprovecho esta oportunidad para enviaros fraternales 
saludos desde el frente de Aragón, donde miles de vuestros hermanos 
luchan, como vosotros veinte años atrás por la liberación de nuestra clase, 
oprimida y humillada durante siglos. Hace veinte años, los obreros de Rusia 
enarbolaron en Oriente la bandera roja, símbolo de la hermandad 
internacional de los trabajadores. Vosotros habéis puesto vuestras 
esperanzas en la clase obrera internacional, confiando en que ellos os 
ayudarían en la gran obra que habíais iniciado. Los trabajadores del mundo 
no os traicionaron, sino que os ayudaron todo lo que pudieron. 

Hoy ha nacido en Occidente una nueva revolución y se vuelve a desplegar 
la misma bandera que representa nuestro ideal común y victorioso. La 
fraternidad une a nuestros pueblos largamente oprimidos, el uno por el 
zarismo y el otro por una despótica monarquía. Confiamos en vosotros, los 
obreros de la URSS, para la defensa de nuestra revolución. No podemos 
fiarnos de los políticos que se llaman antifascistas y demócratas. Sólo 
creemos en nuestros hermanos de clase. Sólo los obreros pueden defender la 
revolución española, así como nosotros luchamos por la rusa hace veinte 
años. Creednos. Somos obreros como vosotros. En ningún caso 
renunciaremos a nuestros principios ni deshonraremos los símbolos del 
proletariado, las herramientas de nuestro trabajo, la hoz y el martillo. 

Saludos de todos los que combaten en el frente de Aragón, arma en mano, 
contra el fascismo. 

Vuestro compañero B. Durruti. 

Osera, 22 de octubre de 1936. 

[BUENAVENTURA DURRUTI 3] 

A los obreros rusos: 

En Rusia viven numerosos revolucionarios internacionales que sienten y 
piensan como nosotros. Pero no son libres. Se hallan en celdas, en cárceles 
políticas y en campos de trabajos forzados. Muchos de ellos han exigido 
expresamente que los pusieran en libertad para luchar en España, en primera 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 141 

línea, contra el enemigo común. El proletariado internacional no puede 
comprender por qué están detenidos esos compañeros. Tampoco 
comprendemos por qué los refuerzos y las armas que Rusia se dispone a 
enviar a España son objeto de un regateo político que comporta la renuncia 
de los revolucionarios españoles a su libertad de acción. 

La revolución española debe seguir un curso diferente al de la Revolución 
Rusa. No debe desarrollarse bajo la consigna: «Un partido al poder y los 
demás a la cárcel.» Debe procurar por el contrario la victoria del único lema 
que favorece verdaderamente al frente único y no lo rebaja a un engaño: 
«Todas las tendencias al trabajo, todas las tendencias al combate contra el 
enemigo común. ¡Y el pueblo decidirá qué régimen le conviene!» 

[BUENAVENTURA DURRUTI 5] 



14 de agosto de 1936 

Bujaraloz está engalanada con banderas rojinegras; a cada paso encuentro 
decretos firmados por Durruti o simples carteles: «Durruti ordena...» El 
mercado se llama «Plaza Durruti». Durruti y su cuartel general están 
alojados en la casita de un peón caminero, en la carretera, a dos kilómetros 
de distancia del enemigo. Esto no es precisamente muy prudente, pero aquí 
todos se esfuerzan por ostentar su valentía. «Moriremos o venceremos», 
«Moriremos, pero tomaremos Zaragoza», «Moriremos, cubiertos de gloria 
ante el mundo», estas consignas pueden leerse en las banderas, carteles y 
octavillas. 

El famoso anarquista parecía distraído al principio, pero se interesó al leer 
en la carta de Oliver las palabras «Moscú, Pravda». Enseguida inició una 
violenta y polémica discusión, allí en la carretera, con sus soldados 
alrededor y la evidente intención de despertar su atención. 

Su arenga estaba llena de sombría y fanática pasión: 

-Es posible que sólo cien de nosotros sobrevivamos, pero esos cien 
entrarán en Zaragoza, aniquilarán al fascismo, desplegarán la bandera del 
anarcosindicalismo y proclamarán el comunismo libertario. Yo seré el 
primero en entrar en Zaragoza para proclamar la comuna libre. No nos 
subordinaremos a Madrid ni a Barcelona, ni a Azaña ni a Giral, ni a 
Companys ni a Casanovas. Si ellos quieren, pueden vivir en paz con 
nosotros, si no... marcharemos directamente sobre Madrid... Nosotros os 
enseñaremos a vosotros, bolcheviques rusos y españoles, cómo se hace una 
revolución y cómo se lleva hasta sus últimas consecuencias. Vosotros tenéis 
allí una dictadura, en vuestro ejército rojo hay coroneles y generales. En mi 
columna no hay comandantes ni subalternos, todos tenemos el mismo 
derecho, somos todos soldados, también yo soy sólo un soldado. 

Viste un mono de lino, una gorra de raso negro y rojo. Alto y atlético. Una 
hermosa cabeza, ligeramente entrecana. Durruti domina imperiosamente a 
su ambiente, pero en sus ojos hay algo excesivamente sentimental, casi 
femenino, y a veces tiene la mirada de un animal herido de muerte. Me 
parece que le falta voluntad. 

-Conmigo nadie combate por sentimiento del deber o por amor a la 
disciplina. Los que están aquí han venido a luchar por su propia voluntad, y 
porque están dispuestos a morir por la libertad. Ayer dos me pidieron 



142 



H . M . E nzensberger 



permiso para ir a Barcelona a visitar a sus parientes. Les quité los fusiles y 
los despedí. No necesito hombres como ésos. Entonces uno dijo que lo había 
pensado y que quería quedarse, pero no lo acepté de nuevo. ¡Así procederé 
con todos, aunque no quede más que una docena! Así, y no de otro modo, 
debe organizarse un ejército revolucionario. La población está obligada a 
ayudamos, ¡al fin y al cabo estamos luchando por la libertad de todos y 
contra todo tipo de dictaduras! Aniquilaremos a quien no nos ayude. 
Aniquilaremos a todos los que cierren el camino de la libertad. 

-Eso huele a dictadura -dije yo-. Cuando los bolcheviques disolvían 
eventualmente una organización popular en la que se había infiltrado el 
enemigo, se los acusaba de dictadores. Pero nosotros no nos escudamos 
detrás de palabras sobre la libertad en general. Nunca hemos negado la 
existencia de la dictadura del proletariado, siempre la hemos reconocido 
públicamente. Además, ¿qué clase de ejército podrá organizar sin 
comandantes, sin disciplina y sin obediencia? O usted no piensa luchar en 
serio, o finge, mientras que en realidad existe una subordinación, con otro 
nombre. 

-Nosotros hemos organizado la indisciplina. Cada uno es responsable ante 
sí mismo y ante la colectividad. A los cobardes y merodeadores los 
fusilamos, el comité los juzga. 

-Eso no significa nada. ¿De quién es ese coche? 

Todos volvieron la cabeza en la dirección que yo señalaba. 

En la plaza, cerca de la carretera, había alrededor de quince coches 
arruinados, destrozados Fords y Adlers. Y entre ellos un lujoso Hispano- 
Suiza, con un brillo plateado y elegantes asientos de cuero. 

-Ése es mi coche -dijo Durruti-. Necesito uno veloz para llegar más rápido 
a las secciones del frente. 

-¡Muy bien! -repliqué-. El comandante tiene que tener un coche mejor, si 
es posible. Sería ridículo que un soldado raso fuera en ese coche y usted 
anduviera a pie o tuviera que deslomarse en un Ford desvencijado. Además 
he visto sus órdenes, están colgadas por todas partes en Bujaraloz. Todas 
comienzan con las palabras: «Durruti ordena...» 

-Sí, alguien tiene que mandar -respondió Durruti sonriendo-. Ésas son 
manifestaciones de iniciativas. Es una utilización de la autoridad que yo 
tengo ante las masas. Claro, eso no les agrada a los comunistas... 

Miró de reojo a Trucha, que se había mantenido a distancia todo el 
tiempo. 

-Los comunistas nunca han negado el valor de las personalidades 
individuales y de la autoridad individual. La autoridad personal no 
obstaculiza en modo alguno el movimiento de masas, e incluso con 
frecuencia las unifica y las fortalece. Usted es un comandante, entonces no 
simule ser un soldado raso, eso no rinde ningún fruto y no aumenta la fuerza 
combativa de la tropa. 

-Con nuestra muerte -dijo Durruti-, con nuestra muerte demostraremos a 
Rusia y al mundo entero lo que es en realidad el anarquismo y lo que son los 
anarquistas ibéricos. 

-Con la muerte no se demuestra nada -repliqué-, hay que demostrarlo con 
la victoria. El pueblo soviético desea de todo corazón la victoria del pueblo 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 143 

español, desea con igual efusividad la victoria de los obreros anarquistas y 
de sus dirigentes como la de los comunistas y de todos los combatientes 
antifascistas. 

Se dirigió luego a la multitud que nos rodeaba, y exclamó, ya no en 
francés, sino en castellano: 

-Este compañero ha venido a transmitir a los combatientes de la CNT y la 
F Al un cálido saludo del proletariado ruso, que ansia nuestra victoria sobre 
los capitalistas. ¡Viva la CNT y la FAI! ¡Viva el comunismo libertario! 

-¡Viva! -gritó la multitud. 

Los rostros se despejaron y se volvieron mucho más amistosos. 

[MIJAÍL KOLTSOV] 

La militarización 

El primero de agosto el gobierno central de Madrid ordenó la 
movilización de los reservistas de los años 1933 y 1935; la Generalitat 
estuvo de acuerdo con esta medida. Enseguida Cataluña, o mejor dicho la 
única fuerza política de importancia en Cataluña, se opuso al gobierno: la 
CNT se negó a apoyar a un ejército regular, uniformado y organizado con 
las jerarquías tradicionales. Diez mil jóvenes y soldados se reunieron el 4 de 
agosto en el teatro Olimpia y anunciaron que no obedecerían ninguna orden 
de las autoridades militares. «Nos incorporaremos a las milicias. Iremos al 
frente. Pero no seremos soldados de cuartel. No acataremos ninguna 
disciplina ni ninguna orden que no proceda directamente del pueblo en 
armas.» 

[JOHN STEPHEN BRADEMAS] 

El 4 de septiembre el nuevo jefe del gobierno, el socialista Largo 
Caballero, declaró a la prensa extranjera: «Primero debemos ganar la guerra, 
después hablaremos de la revolución.» 

El 27 de septiembre se reorganizó el gobierno; en adelante se llamaría 
Consejo de la Generalitat. Tres anarcosindicalistas participaban en este 
consejo. En la declaración política del gobierno se decía: «Concentraremos 
todos nuestros esfuerzos en la guerra y haremos todo lo posible para 
terminarla rápida y victoriosamente: mando único, coordinación de todas las 
unidades combatientes, formación de milicias sobre la base del servicio 
militar obligatorio, y refuerzo de la disciplina.» 

Al formarse el Consejo de la Generalitat se disolvió al mismo tiempo el 
Comité Central de Milicias Antifascistas: «Ahora ya no necesitamos más al 
Comité; la Generalitat nos representa a todos», declaró García Oliver. 
Santillán explicó después de la guerra las causas de aquel cambio de rumbo: 
«Sabíamos que la revolución no podía triunfar sin una victoria en la guerra. 
Así, sacrificamos todo por la guerra. Por último, sacrificamos también la 
revolución misma, sin advertir que esto implicaba también sacrificar los 
objetivos de la guerra... El Comité de Milicias había garantizado la 
autonomía de Cataluña, la legitimidad de la guerra y la resurrección de la 
verdadera España. Pero se nos decía y repetía sin descanso: "Si proseguís 
afirmando el poder popular no os enviaremos armas a Cataluña; no os 
daremos divisas para comprar armas en el extranjero; no os enviaremos 
materias primas para vuestra industria..." Por eso permitimos la disolución 



144 



H . M . E nzensberger 



del Comité de Milicias, y nos incorporamos al gobierno de la Generalitat. 
Así nos hicimos cargo del ministerio de Defensa y de otros ministerios de 
importancia vital, sólo para no perder la guerra y con ello todo lo demás.» 

[JOSÉ PEIRATS 1] 

Santillán es uno de los pocos intelectuales del anarquismo español. 
Estudió filosofía en Madrid y medicina en Berlín. Durante la República fue 
encarcelado cinco veces en dos años y medio; estuvo detenido largo tiempo. 

-La tragedia de mi vida -dice- es tener que participar en la guerra por 
obligación, con todas las consecuencias que esta participación implica. Yo 
fui siempre un pacifista. 

Sin embargo, él fue uno de los dirigentes más activos durante los 
combates callejeros del 19 de julio, y la milicia es en gran parte obra suya. 
No obstante, me dice: 

-La milicia ha cumplido su cometido. Tiene que integrarse al nuevo 
ejército revolucionario. Una guerra anarquista no existe, sólo hay un tipo de 
guerra, y tenemos que ganarla. La ganaremos pero tendremos que sacrificar 
muchos de nuestros principios. El anarquismo no acepta la guerra ni sus 
necesidades, y viceversa. El anarquismo es incompatible con la guerra. 

[H. E. KAMINSKI] 

En aquellos días de agosto se especulaba mucho en las oficinas de 
propaganda de la CNT-FAI sobre una frase de Durruti pronunciada en un 
discurso radiofónico desde su cuartel de Bujaraloz: «Renunciamos a todo, 
menos a la victoria.» Las tropas anarquistas se resistían tenazmente a la 
militarización, y los adversarios de los anarquistas utilizaban todos los 
medios para hacerlos entrar en razón. Llegaron a afirmar que el gran 
guerrillero quería decir con esas palabras que estaba dispuesto a sacrificar la 
revolución por la guerra. Esta suposición es absolutamente falsa. Quien haya 
conocido el temperamento y las convicciones de Durruti no puede darle 
crédito. Las transformaciones revolucionarias que él introdujo en su propio 
sector del frente bastan para demostrar lo contrario. 

[JOSÉ PEIRATS 1] 

El carácter de las tropas ha cambiado radicalmente comparado con el que 
tenían en las primeras semanas y meses de la revolución, Ya no se 
componen de proletarios armados de improviso que consideran a su unidad 
como un mero anexo de su sindicato o su partido, Este ejército se ha 
militarizado espontáneamente: los miliciano s se han convertido en soldados 
regulares. En la práctica las centurias se han convertido en compañías y las 
columnas en regimientos, Los antiguos nombres sólo tienen un valor teórico. 

Los oficiales se llaman todavía «delegados». Cada grupo (sección), 
centuria (compañía), sector (batallón) y columna (regimiento) elige un 
representante; el sistema de elección es de abajo hacia arriba: los delegados 
de las formaciones militares menores eligen a los delegados de las 
formaciones mayores. Pero la autoridad de los oficiales ha aumentado, cada 
vez se hace valer más. Su elegibilidad parece un residuo del pasado, el 
sistema de elección va caducando paulatinamente. 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 145 

Todos comprenden que no es posible dirigir una guerra sin disciplina. En 
la teoría la milicia se basa como antes en la libre voluntad, pero en la 
práctica este carácter voluntario es una ficción. Se va imponiendo 
lentamente la jerarquía que reina en todos los ejércitos. He leído los 
reglamentos en las trincheras; sus disposiciones plantean automáticamente el 
problema de las sanciones por infracción a la disciplina. En rigor, en un 
ejército de voluntarios no deberían existir los castigos; pero en la práctica 
esto es irrealizable. Por cierto, los milicianos rechazan el antiguo código 
militar que el gobierno ha vuelto a poner provisionalmente en vigor. Pero ya 
existen tribunales de guerra. Las infracciones leves son sometidas a los 
delegados de la sección; los casos más graves son elevados al jefe de la 
columna. Ya se han pronunciado sentencias de muerte. Ha sido ejecutado un 
telefonista que dormía durante el ataque. 

El problema de la deserción no se ha aclarado teóricamente. No se 
especifica si un voluntario tiene el derecho de marcharse a casa cuando lo 
desee. En realidad sólo se les permite a los extranjeros. Si un español quiere 
abandonar el frente, primero se le hacen reproches y se lo amenaza con 
denunciado a su organización para causa de así dificultades en su pueblo. 
Luego, si esto no da resultado, no se le proporcionan medios de transporte. 

[H. E. KAMINSKI] 

Con el tiempo se creó una especie de ejército catalán, dependiente más 
bien del gobierno de la Generalitat que del gobierno central de Madrid. Así 
se demuestra que la tan cacareada consigna de la disciplina sólo sirvió para 
engañar al pueblo con falsas apariencias. Los políticos catalanes la 
interpretaban de acuerdo a sus conveniencias. En cuanto al gobierno central, 
se comprobó que su promesa de enviar armas a las milicias anarquistas tan 
pronto como éstas se militarizaran, no era más que un mero chantaje. 
Incluso después de que el gobierno hubo logrado sus propósitos, las 
unidades anarquistas siguieron siendo como antes las peor armadas del 
ejército. 

[JOSÉ PEIRATS 1] 

El principio del fin 

INTERLOCUTOR: ¿Es cierto que se va a restablecer en las milicias el 
reglamento y la jerarquía del antiguo ejército? 

DURRUTI: No, no se trata de eso, precisamente. Se ha convocado a 
algunas clases y se ha establecido un comando único. Con respecto a la 
disciplina, es lógico que el combate callejero tenga menos exigencias que 
una larga y dura campaña contra un ejército pertrechado con las armas más 
modernas. Era necesario hacer algo en este sentido. 

INTERLOCUTOR: ¿Y en qué consiste ese refuerzo de la disciplina? 

DURRUTI: Hasta hace poco hemos tenido un número exorbitante de 
unidades distintas, cada una con su propio jefe, y efectivos que acusaban 
enormes fluctuaciones de un día a otro. Cada uno con su propio equipo, 
bagaje y avituallamiento, una política propia con respecto a la población 
civil, y también bastante a menudo con una concepción propia sobre la 
guerra. Esto no podía seguir así. Lo hemos mejorado y procuraremos 
mejorado más aún. 



146 



H . M . E nzensberger 



INTERLOCUTOR: ¿Y los grados, el saludo, los castigos y las 
recompensas? 

DURRUTI: De eso podemos prescindir. Aquí somos todos anarquistas. 

INTERLOCUTOR: Pero recientemente el gobierno de Madrid ha vuelto a 
poner en vigor el antiguo código militar. 

DURRUTI: En efecto. Esta resolución del gobierno ha causado un efecto 
deplorable en la tropa. Ese decreto demuestra una absoluta falta de sentido 
de la realidad. Ellos representan una tendencia completamente opuesta a la 
de las milicias. No queremos conflictos, pero es evidente que estas dos 
mentalidades son tan diametralmente opuestas que se excluyen mutuamente. 
Una de las dos tiene que desaparecer. 

INTERLOCUTOR: ¿No crees que en caso de durar mucho la guerra se 
estabilizaría la militarización y se pondría en peligro la revolución? 

DURRUTI: Claro que sí. Por eso debemos ganar cuanto antes la guerra. 

Durruti sonrió al decir esto y nos despidió con un apretón de manos. 

[A. y D. PRUDHOMMEAUX] 

La Guerra Civil se convierte cada vez más en un combate entre dos 
grandes ejércitos que utilizan los medios técnicos más modernos. Una 
milicia siempre será numéricamente restringida, porque se compone sólo de 
revolucionarios conscientes. Por lo tanto se han visto obligados a organizar 
un gran ejército regular (aparte de las milicias), y con este propósito se han 
convocado a filas a varias clases. Una movilización así se opone por 
completo al carácter voluntario de las milicias. A los simples reclutas es 
imposible concederles los mismos derechos de que gozan los voluntarios 
políticamente dignos de confianza. 

Se discute mucho la militarización. Una gran parte de las milicias no están 
de acuerdo con ella, sobre todo los anarquistas, que ven en este proceso el 
principio del fin de la revolución. A los anarquistas les fascina el ejemplo 
del anarquista ruso Machno, jefe de un ejército de voluntarios, a quien los 
bolcheviques le obligaron a disolver su milicia y emigrar. Con la expulsión 
de Machno, que murió en 1934 en el exilio en París, el anarquismo ruso 
sufrió un golpe mortal. Los anarquistas españoles temen que al organizarse 
el nuevo ejército se les reserve un destino parecido. 

Pero también ellos han tenido que reconocer que no se puede dirigir una 
guerra moderna con pequeñas unidades de compañeros unidos por las 
mismas convicciones, que se autoabastecen, toman sus decisiones 
independientemente, coordinan apenas sus movimientos con las demás 
unidades y cuidan celosamente su autonomía. 

[H. E. KAMINSKI] 

Al ejército popular y los consejos de soldados 

Los compañeros alemanes del grupo internacional de la columna Durruti 
han tomado una resolución con respecto al problema de la militarización de 
las milicias en general y de la columna Durruti en particular. Los principios 
que van a aplicarse a través de esta militarización han sido elaborados a 
espaldas de los combatientes del frente. Consideramos como provisionales 
las medidas tomadas en cumplimiento de esa militarización, y sólo 
admitimos su validez con carácter provisional. Exigimos que se establezca 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 147 

lo más pronto posible un nuevo reglamento, para terminar con el presente 
estado de permanente confusión. Sólo reconoceremos un reglamento que 
cumpla con las siguientes condiciones: 

1 . Abolición del saludo. 

2. Igual salario para todos. 

3. Libertad de prensa para los periódicos del frente. 

4. Libertad de discusión. 

5. Consejo de soldados por batallón (tres delegados por cada 
compañía). 

6. Ningún delegado puede ser comandante. 

7. El consejo de soldados convocará a asamblea general a los soldados 
del batallón, si así lo desean los dos tercios de los representantes de la 
compañía. 

8. También los regimientos formarán un consejo de soldados, cuyos 
representantes podrán convocar una asamblea de soldados. 

9. Se enviará un delegado observador al estado mayor de la brigada. 

10. La organización de la representación de los soldados debe extenderse 
a todo el ejército. 

11. El consejo general de soldados estará representado en el estado mayor 
general mediante un delegado. 

12. Los tribunales de guerra en campaña estarán integrados 
exclusivamente por soldados. Sólo en caso de comparecer un oficial ante el 
tribunal, podrá participar en éste un oficial. 

Esta resolución ha sido aprobada unánimemente el 22-121936 y ratificada 
en Barcelona el 29-12-1936 por el pleno de la FAI. 

[A. y D. PRUDHOMMEAUX] 

Cada vez se plantea con más urgencia el interrogante de si los generales 
facciosos lograrán imponer su forma de lucha a los revolucionarios 
españoles, o si, por el contrario, nuestros compañeros lograrán destrozar el 
militarismo. Pero esto sólo será posible si se adoptan otros métodos, si se 
disuelve el «frente», o el frente principal de combate y se extiende la 
revolución social a toda España. 

Los factores que obran a favor de los fascistas son los siguientes: 
superioridad en lo que se refiere al material bélico, disciplina draconiana de 
cuartel, completa organización militar, terror policial contra la población; 
además, la táctica de la guerra de posiciones, la estabilidad del frente y el 
traslado de tropas y masivas formaciones en cuña hacia los puntos 
estratégicos donde se desarrollan batallas decisivas. 

Los factores que favorecen la causa del pueblo son de carácter 
absolutamente opuesto: abundancia de tropas, iniciativa apasionada y 
acometividad de los individuos y de los grupos políticamente conscientes, 
simpatía de las masas trabajadoras en todo el país, el arma económica de la 
huelga y el sabotaje en las zonas ocupadas por el enemigo. Estas fuerzas 
morales y físicas, muy superiores a las del enemigo, sólo puede utilizadas 
una guerrilla cuyos ataques sorpresivos y emboscadas se extiendan a todo el 
país. 



148 



H . M . E nzensberger 



Sin embargo, ciertos sectores del Frente Popular español sostienen la 
opinión, bien argumentada políticamente, de combatir el militarismo con el 
militarismo, de derrotar al enemigo con sus propios instrumentos y dirigir 
una guerra regular de cuerpos de ejército y lucha técnica, recurriendo al 
servicio militar obligatorio, el mando unificado y a un plan de batalla 
estratégico, en resumen, copiando al fascismo con más o menos exactitud. 
También algunos de nuestros compañeros, influidos por el bolchevismo, 
piden la creación de un «Ejército Rojo». Esta actitud nos parece peligrosa 
desde todo punto de vista. En la actualidad no necesitamos ningún ejército 
profesional en España, sino una milicia que haga la guerra de guerrillas. 

[L'Espagne Antifasciste] 



Sexto Comentario 
El declinar de los anarquistas 

La República española fue siempre un estado burgués, desde su 
proclamación en 1931 hasta su caída en marzo de 1939. 

Nunca existió un gobierno «rojo» en Madrid. La revolución española de 
1936 no había destruido ni adoptado el aparato estatal existente: al principio 
se había introducido en él, después lo había inhabilitado. El movimiento 
obrero anarquista era su única fuerza motriz organizada. Las victorias 
iniciales en la Guerra Civil se debieron a su capacidad de movilización. 

Desde el principio, pues, se enfrentaron en el sector libre de España dos 
adversarios intransigentes e irreconciliables: por un lado el régimen de la 
democracia revolucionaria, cuya rama política había originado 
espontáneamente consejos y comités, cuya rama militar eran las milicias, y 
su expresión económica la producción colectiva en la agricultura y la 
industria; por el otro lado el antiguo estado burgués de la República con su 
administración política, su ejército regular y su estructura capitalista de 
propiedad y de producción. Sus métodos estratégicos eran diametralmente 
opuestos. Cada uno consideraba el suyo como el único correcto. Mientras el 
aparato estatal tradicional, con su ejército organizado jerárquicamente y 
dirigido por generales profesionales, quería emprender una campaña 
convencional, los vencedores del 19 de julio aspiraban a una guerra del 
pueblo, cuya victoria final sólo podía alcanzarse con milicias motivadas 
políticamente y métodos guerrilleros. 

El resultado de esta situación inicial fue la dualidad de poderes, que duró 
desde junio hasta bien avanzado el otoño de 1936. 

La contradicción en que se basaba era antagónica. Sólo podía resolverse 
por la violencia. La consecuencia fue una guerra civil dentro de la Guerra 
Civil, sordamente ocultada al principio, cada vez más abiertamente 
manifestada luego. Las fuerzas que se enfrentaban eran las siguientes: por 
un lado la CNT-FAI, apoyada por el POUM (Partido Obrero de Unificación 
Marxista), un grupo de izquierda escindido de los comunistas; por el otro los 
partidos burgueses de la República, dirigidos por los socialdemócratas con 
Largo Caballero a la cabeza, y el Partido Comunista de España, sostenido 
por la ayuda masiva de la Unión Soviética. Los comunistas sacaron amplia 
ventaja a los socialdemócratas en su giro a la derecha, y se perfilaron como 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 149 

el verdadero partido de la pequeña burguesía; así cumplían, naturalmente, 
las instrucciones que les llegaban de Moscú; los intereses de los trabajadores 
españoles no les importaban. 

La dirección de la CNT-FAI no estaba de ningún modo a la altura de la 
situación que se planteó en el otoño de 1936. Atrapados entre las tenazas de 
la ofensiva fascista por una parte, y de la contrarrevolución por la otra, no 
pudo perseverar sin claudicaciones en los principios simples y tradicionales 
de la doctrina anarquista. Fue retrocediendo paso a paso ante la realidad. Es 
un viejo error de los anarquistas el ignorar persistentemente el instrumento 
político por excelencia, es decir la mediación entre la fidelidad a los 
principios y la necesidad táctica. Así ocurrió también en este caso. Una vez 
desviados de «justa senda» de la revolución directa, ya no hubo manera de 
que se detuvieran. Las concesiones que la CNT-FAI hizo a sus adversarios 
políticos en su propio campo se convirtieron en catastróficas derrotas. Su 
firmeza de principios se transformó en un oportunismo sin límites. Los 
dirigentes anarquistas perdieron en pocos meses la esencia revolucionaria de 
su movimiento de masas. Es posible precisar algunas fases de este proceso 
galopante. 

8 de septiembre de 1936: el dirigente de la CNT, Juan López, anuncia 
desde Valencia al gobierno central de Madrid su cooperación y su apoyo al 
programa gubernamental. 

26 de septiembre de 1936: la CNT acepta tres cargos ministeriales sin 
importancia en el gobierno regional de Cataluña. 

1 de octubre de 1936: la CNT accede a la disolución del Comité Central de 
las Milicias. 

9 de octubre de 1936: en Cataluña se decreta la disolución de los consejos 
y comités locales; la CNT se declara de acuerdo con esta medida. 

Principios de diciembre de 1936: en Madrid se producen violentos 
encuentros entre destacamentos de la CNT y unidades del Partido 
Comunista. 

4 de diciembre de 1936: la CNT ingresa al gobierno central de Madrid. 
Los anarquistas se contentan con carteras de segunda categoría (Justicia, 
Salud, Comercio e Industria); no obtienen posiciones de verdadero poder. 

15 de diciembre de 1936: el consejo superior de seguridad centraliza la 
policía política. 

17 de diciembre de 1936: Pravda de Moscú publica un editorial donde se 
dice: «Ya ha comenzado en Cataluña la depuración de trotskistas y 
anarcosindicalistas; se lleva a cabo con la misma energía que en la Unión 
Soviética.» 

24 de diciembre de 1936: se prohibe en Madrid la portación de armas. 

Fines de diciembre de 1936: el Partido Comunista inicia su campaña 
contra el POUM. 

Febrero-marzo de 1937: surgen graves divergencias entre la dirección de 
la CNT-FAI y su base. La oposición revolucionaria dentro del movimiento 
anarquista funda una sección de combate propia: los «Amigos de Durruti». 

En los últimos días de abril de 1937 se hacen públicas las intenciones del 
gobierno de desarmar a los obreros de Barcelona y devolver a la policía el 
monopolio del poder. Así comienza la el último acto del drama de la CNT- 



150 



H . M . E nzensberger 



FAI, «la semana sangrienta de Barcelona». Se producen las primeras 
escaramuzas y obreros y policías tratan de desarmarse mutuamente. El 3 de 
mayo se inicia la lucha callejera. Comunistas armados asaltan la central 
telefónica, que se encuentra en manos de la CNT. De inmediato, sin 
aguardar su proclamación, los obreros de Barcelona declaran la huelga 
general. Se levantan barricadas, y los puntos más importantes de la ciudad 
son ocupados por los obreros. La dirección de la CNT claudica. El gobierno 
central envía cinco mil miembros de la Guardia de Asalto, que entran en 
Barcelona el 7 de mayo. Es sofocado el último movimiento revolucionario 
de la clase obrera española: sigue siendo el último hasta el presente; hay más 
de quinientos muertos. La CNT declara: «Lo único que podemos hacer es 
esperar los acontecimientos y adaptarnos a ellos lo mejor que podamos.» 

Así se quiebra la espina dorsal del anarquismo español; la CNT lleva en 
adelante una vida irreal y contempla impotente la liquidación de los restos 
de la revolución española. También en mayo se declara ilegal a la FA!. El 
ministro comunista Uribe - exige la proscripción del POUM, y desencadena 
así una crisis gubernamental en Madrid; Largo Caballero tiene que dimitir, 
porque los comunistas lo consideran demasiado izquierdista; su lugar lo 
ocupa Negrín, un decidido adversario de la colectivización y auténtico 
campeón de la propiedad privada. En junio de 1937 es detenida la junta 
directiva del POUM; llega a su apogeo la caza de brujas contra «trotskistas» 
(por otra parte, ni Trotski mismo quería saber de ellos), y su jefe Andrés Nin 
es asesinado por agentes de la NKVD. En agosto se prohibe por intermedio 
de una circular del gobierno las críticas sobre la Unión Soviética; el nuevo 
Servicio de Investigación Militar (SIM), en el cual el Partido Comunista 
ocupa puestos claves, construye cárceles y campos de concentración 
propios, que se llenan rápidamente de anarquistas y «ultraizquierdistas». En 
el mismo mes de agosto el gobierno central dispone la disolución del 
Consejo de Defensa de Aragón; éste era el último órgano de poder 
revolucionario que quedaba. Joaquín Ascaso, su presidente, es detenido; la 
undécima división comunista arremete contra los comités de pueblo 
aragoneses y disuelve la producción agrícola colectiva. En septiembre de 
1937 el edificio del Comité de Defensa de la CNT-FAI es atacado y ocupado 
por tropas gubernamentales apoyadas por cañones y tanques. 

En el transcurso de 1938 regresan los grandes terratenientes y exigen la 
devolución de sus bienes. La colectivización es anulada; se suprime el 
control obrero en las fábricas catalanas. Los jefes de taller y el personal de 
vigilancia vuelven a sus antiguos puestos. Se vuelve a pagar dividendos a los 
accionistas extranjeros. La paga del soldado raso disminuye de ÍO a 7 
pesetas, el salario de los oficiales aumenta de 25 a 100 pesetas. Se 
restablecen los distintivos, el saludo y la instrucción militar; se introduce la 
pena de muerte por agravio a los superiores. Los militantes del POUM y de 
la CNT-FAI están en las cárceles. La revolución ha sido liquidada; se 
restablece el estado burgués; se ha perdido la Guerra Civil. En los últimos 
días de marzo de 1939 el gobierno de la República española vuela a Francia. 

«¿Cuál es pues el resultado de nuestra investigación? 

»Los bakuninistas se vieron obligados a arrojar por la borda su programa 
anterior, tan pronto como se encontraron frente a una situación 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 151 

revolucionaria seria. Primero sacrificaron la doctrina de la abstención 
política, y sobre todo de la abstención electoral. Luego siguió la anarquía, la 
abolición del Estado; en lugar de abolido trataron más bien de establecer un 
conjunto de nuevos y pequeños Estados. Luego abandonaron su postulado 
de que los trabajadores no debían participar en ninguna revolución cuyo 
objetivo no fuera la inmediata y completa emancipación del proletariado, y 
entraron a participar a sabiendas en un movimiento puramente burgués. Por 
último escarnecieron su dogma recién proclamado, a saber: que el 
establecimiento de un gobierno revolucionario sería sólo una nueva estafa y 
una nueva traición contra la clase obrera; e ingresaron confortablemente en 
los comités gubernamentales de las distintas ciudades. Casi en todas partes 
no fueron más que una minoría (impotente ante la mayoría de votos 
burguesa) que la burguesía explotó políticamente. 

»E1 alarido ultrarrevolucionario de los bakuninistas se convirtió, pues, en 
la práctica, en conciliación, en insurrecciones destinadas desde un principio 
al fracaso, o en uniones con un partido burgués que explotaba políticamente 
de modo ignominioso a los obreros y los trataba por añadidura a puntapiés.» 

Este juicio fue emitido en 1873 por Federico Engels. Su propósito era 
criticar despiadadamente a los anarquistas. Pero su verdadera ironía consiste 
en que el «partido burgués», al que Engels se refiere, no era otro, en la 
Guerra Civil española, que el Partido Comunista. 



La defensa de Madrid 
Una visita a la capital 

En el otoño de 1936 yo trabajaba en Madrid como corresponsal de 
Solidaridad Obrera. A mediados de septiembre, Durruti vino a Madrid, por 
primera vez desde que se había iniciado la Guerra Civil. Mi hermano 
Eduardo lo acompañó. Por la noche, poco después de su llegada, vinieron a 
visitarme en la oficina del periódico en la calle de Alcalá. 

Durruti llevaba su típica gorra de cuero, que después recibió su nombre, 
una chaqueta también de cuero, con cinturón, y un revólver. Era la primera 
vez que me encontraba frente al famoso «gorila» de los anarquistas. Era alto, 
de fuerte complexión y pelo oscuro; su mirada era fija y penetrante, su 
actitud serena y espontánea. A pesar de su energía, su gesto tenía algo de 
infantil. Era macizo y musculoso y estaba quemado por el sol. Manos 
grandes y nervudas. En sus labios había siempre una sonrisa bondadosa y 
llena de confianza. Su manera de ser sencilla y espontánea despertaba de 
inmediato simpatía. Su voz era seria y persuasiva, su pelo crespo y muy 
negro, su boca grande y carnosa, el torso colosal, y sus ademanes serenos, 
risueños y expresivos. Su andar era más bien lento, pero parecía imposible 
de detener. Tenía el aire de un típico hijo de la meseta castellana. 

[ARIEL] 

A muchos de los nuestros les gustaba que los fotografiaran y los 
entrevistaran; querían salir siempre en los periódicos. A Durruti eso no le 
interesaba. No quería hacer publicidad con su persona. Odiaba las actitudes 
teatrales. En Madrid se comportó con la misma sobriedad de siempre. 



152 



H . M . E nzensberger 



-Esta gorra y esta chaqueta de cuero -dijo-, la hacemos ahora para todos 
mis hombres. Todos llevamos la misma ropa. Somos como hermanos, no 
hay diferencias. 

Se rió con su sonrisa de niño y mostró sus grandes dientes blancos de lobo 
manso. 

-He venido a buscar armas para los compañeros de Aragón. Si el gobierno 
nos da las armas que necesitamos, tomaremos Zaragoza en pocos días. 

«No es cierto que haya armas. Conozco personas que nos ofrecen todas 
las armas que queramos. Sólo tienen una pequeña pretensión: que se las 
paguemos en oro. Estos burgueses no tienen sentimientos humanos cuando 
se trata de dinero. Sin embargo, nuestro gobierno tiene oro a paladas. ¿Y 
para qué sirve todo ese oro? ¿Para ganar la guerra? Eso dicen. Ahora 
veremos si es verdad lo que dicen. Mañana iremos a negociar con ellos al 
Ministerio de la Guerra. Les diré dónde podemos conseguir armas, si ellos 
pagan. ¿Para qué quieren si no todo el oro que almacenan en el Banco de 
España?» 

Fuimos a comer a un restaurante de la Gran Vía administrado por el 
sindicato gastronómico. Era una comida sencilla. Durruti nos habló de los 
combates en Barcelona y en el frente de Aragón. Reía mucho y parecía 
mirar el futuro con despreocupación. 

Después de la comida fuimos al Ministerio de la Guerra, donde Durruti 
habló con Largo Caballero; después lo recibió Indalecio Prieto en el 
Ministerio de Marina. Por aquella época el gobierno tenía muchas 
esperanzas en la ayuda de los rusos. Largo Caballero pasaba entonces por el 
«Lenin español». Las negociaciones desengañaron mucho a Durruti. Se le 
recibió bien, se le hicieron promesas y se le dieron toda clase de 
explicaciones para justificar la falta de armamento de los anarquistas. Pero 
todo siguió como antes. Pronto se demostró que las promesas eran palabras 
huecas. 

[ARIEL] 

Un día, Largo Caballero (quien puede testimoniar este episodio) llamó a 
Durruti a Madrid para ofrecerle una cartera de ministro en su nuevo 
gabinete, donde participaban también los anarquistas. Durruti nunca había 
visto a Largo Caballero; ni siquiera sabía qué aspecto tenía. Cuando le 
pregunté qué impresión le había causado en la conversación, me respondió: 

-Esperaba ver a un hombre de cuarenta años, y de repente me encontré 
ante un anciano. Siempre lo había considerado un político como todos los 
demás, pero sus convicciones políticas eran tan rígidas que casi me intimidó. 

Durruti no aceptó la cartera de ministro. Consideró que su presencia en el 
frente era más importante. Y, ciertamente, era insustituible en el frente. Su 
columna dependía fanáticamente de él y le obedecía ciegamente. 

[ANTONIO DE LA VILLA] 

Buenaventura Durruti viene a Madrid precisamente cuando todo parece 
confirmar que no somos capaces de dirigir la guerra, de atacar, ni siquiera de 
defendernos, en el preciso momento en que nuestras derrotas comienzan a 
hacernos perder la cabeza. Viene respaldado por el prestigio de varias 
columnas que nunca han retrocedido, sino que han conquistado centenares 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 153 

de kilómetros cuadrados de terreno en Aragón. Este contraste nos ha 
inducido a pedirle una entrevista. 

Durruti se refirió primero a un problema que entonces no se podía discutir 
públicamente. Había venido a Madrid para hablar personalmente con el 
ministro de la Guerra; se trataba de dos millones de cartuchos que necesitaba 
para concretar su planeada ofensiva contra Zaragoza. Informó a nuestro jefe 
de redacción de esas negociaciones. Se habían creado situaciones que aún 
hoy no podemos revelar. Luego Durruti habló de sus concepciones 
estratégicas, del carácter revolucionario de las milicias y de su categórica 
posición ante el problema de la disciplina. 

DURRUTI: Basta un poco de buen sentido para comprender claramente 
los propósitos de los movimientos del enemigo: se juega el todo por el todo 
a una carta: la conquista de Madrid. Le embriaga la idea de conquistar la 
capital. Pero sus fuerzas se agotarán en nuestras líneas defensivas, y como 
para dirigir este ataque desesperado tendrá que retirar sus reservas de otros 
sectores, la defensa de Madrid, siempre y cuando la combinemos con 
ataques en otros frentes, nos permitirá dominado y derrotado. Eso es todo. 

Pero es preciso comprender que una ciudad no se defiende con palabras, 
sino con fortificaciones. El pico y la pala son tan indispensables como el 
fusil. En Madrid hay demasiados holgazanes y vividores. Hay que 
movilizados a todos. No hay que desperdiciar ni una gota de combustible. 
Nuestro poderío en Aragón se basa en que toda conquista de territorio, hasta 
la más pequeña, se asegura de inmediato con la construcción de trincheras. 
Nuestros miliciano s han aprendido que cuando el enemigo ataca no hay 
nada más peligroso que retroceder; lo más seguro es mantener la posición. 
No es cierto que el instinto de conservación conduzca a la derrota. Siempre 
se lucha por la vida. Este instinto es muy fuerte y hay que aprovechado en el 
combate. El instinto de conservación acrecienta en mis soldados su 
capacidad de resistencia. Pero esto exige plantear seriamente el problema de 
las fortificaciones. Por lo tanto, opino que también aquí, en las secciones 
medias del frente, es absolutamente necesario crear una red de trincheras 
bien protegidas con alambradas y parapetos avanzados. Madrid debe 
convertirse en una fortaleza, la ciudad debe dedicarse exclusivamente a la 
guerra y a la defensa. Sólo de este modo lograremos que el enemigo disperse 
aquí sus fuerzas, con lo que también obtendremos victorias en otros frentes. 

INTERLOCUTOR: ¿Qué puedes decirnos sobre tu columna? 

DURRUTI: Estoy satisfecho con ella. Mis hombres tienen todo lo que 
necesitan, y cuando llega el momento atacan con gran arrojo. Con esto no 
quiero decir que la milicia se haya convertido en una mera máquina militar. 
No. Ellos saben por qué y para qué luchan. Se sienten revolucionarios. Lo 
que los impulsa al combate no son palabras huecas ni leyes más o menos 
prometedoras. Van a la conquista de la tierra, de las fábricas, de los medios 
de transporte, del pan, y de una nueva cultura. Saben que su futuro depende 
de nuestra victoria. 

«Nosotros hacemos la guerra y la revolución al mismo tiempo; según mi 
opinión, esto es lo que exigen las circunstancias. Las medidas 
revolucionarias que conciernen al pueblo no se aplican sólo en la 
retaguardia, en Barcelona; son válidas también en la primera línea. 



154 



H . M . E nzensberger 



»En cada pueblo que conquistamos revolucionamos enseguida la vida 
cotidiana. Esto es lo mejor de nuestra campaña. Para esto se requiere mucha 
pasión. Cuando estoy solo pienso a menudo en lo enorme que es la tarea que 
nos hemos propuesto y que ya hemos comenzado. Entonces comprendo la 
magnitud de mi responsabilidad. Una derrota de mi columna sería terrible, 
porque no podemos retroceder así, sin más, como cualquier otro ejército. 
Tendríamos que llevar con nosotros a todos los habitantes del lugar donde 
hemos permanecido, a todos sin excepción. Porque desde nuestras 
avanzadas hasta Barcelona no hay más que combatientes. Todos trabajan 
para la guerra y por la revolución. Ahí está nuestra fuerza. 

Interlocutor: Pasemos ahora al problema más discutido del momento: el 
problema de la disciplina. 

Durruti: Cómo no. Se habla mucho de esto, pero muy pocos de los que 
hablan dan en el meollo del asunto. Para mí la disciplina significa respetar la 
responsabilidad propia y la de los demás. Me opongo a toda disciplina de 
cuartel, porque conduce a la brutalización, al odio y al funcionamiento 
automático. Pero tampoco hablo a favor de una libertad mal entendida, que 
los cobardes reivindican para sacarse el fardo de encima. En nuestra 
organización, la CNT, hay una correcta comprensión de la disciplina; por 
eso los anarquistas respetan las decisiones de los compañeros en quienes han 
depositado su confianza. En tiempos de guerra debe obedecerse a los 
delegados escogidos, de lo contrario todas las operaciones están condenadas 
al fracaso. Si los hombres no están de acuerdo con ellos, deben revocar a sus 
delegados en una asamblea y reemplazados por otros. 

»Mi experiencia en la columna me ha permitido conocer bastantes trucos 
a que recurren los soldados en la guerra: la madre enferma, la madre que 
agoniza, la mujer que espera un hijo, el niño que tiene fiebre... Pero yo tengo 
mis propios remedios caseros para contrarrestarlos. ¡Unos días de trabajo 
extra para el embustero! ¡Las cartas desmoralizadoras, al cesto! El que 
insiste en regresar a casa porque, claro, se incorporó como voluntario, debe 
escuchar un sermón mío primero. Le hago notar que nos engaña a todos 
hasta cierto punto, porque habíamos contado con él. Después se le quita el 
arma, que al fin y al cabo pertenece a la columna. Si insiste en partir, puede 
irse pero a pie, porque los coches los necesitamos exclusivamente para la 
guerra. Pero esto ocurre muy rara vez, porque el miliciano tiene también su 
amor propio. En general, basta con que diga que yo no me dejo tomar el pelo 
y que soy el jefe de la columna, y enseguida regresan a la línea de fuego y 
luchan como héroes. 

»Estoy satisfecho con los compañeros, y espero que ellos también estén 
satisfechos conmigo. No les falta nada. Sus esposas y sus mujeres pueden 
visitados dos días en el frente. Después regresan a casa. Los periódicos 
llegan diariamente, la alimentación es muy buena, hay libros, todos los que 
queremos, y cuando hay calma en el frente entablamos discusiones para 
reanimar el espíritu revolucionario de los compañeros. No estamos ociosos, 
siempre hay algo que hacer. Tenemos que ampliar y mejorar las 
fortificaciones sobre todo. ¿Qué hora es? ¿La una de la madrugada? A esta 
hora mis hombres estarán cavando trincheras, y os aseguro que lo hacen con 
gusto. 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti 

«¡Ganaremos la guerra! 



155 
[DURRUTI 7] 



Una vez volamos juntos a Madrid, ya no me acuerdo por qué, con el avión 
de André Malraux. Era un avión muy pequeño, una avioneta, y se 
bamboleaba mucho. En Madrid pasamos por la jefatura de policía, y a 
Durruti se le ocurrió por diversión pedir todos sus documentos y sus 
antecedentes de antaño. La policía española me había rendido a mí también 
el honor de registrar todo lo que sabía sobre mí. Hasta habían pedido mis 
antecedentes a París. Nos divertimos mucho. 

[ÉMILIENNE MORIN] 

El traslado 

Debo decir que yo fui posiblemente la primera en pensar que Durruti 
debía venir con su columna a Madrid. El comité nacional de la CNT hizo 
suya esta idea. Mariano R. Vázquez, su secretario, le dijo a Durruti: «Sí, te 
necesitamos en Madrid, ha llegado el momento. El Quinto Regimiento lleva 
la voz cantante aquí, y la llegada de las brigadas internacionales es 
inminente. ¿Qué hacemos para contrarrestar su influencia? Tienes que hacer 
valer tu prestigio y la fuerza combativa de tu columna, de lo contrario 
seremos relegados políticamente.» 

[FEDERICA MONTSENY 1] 

Yo estaba totalmente en contra de trasladar a Durruti a Madrid. Mientras 
viajábamos en coche hacia Barcelona, seguí discutiendo con Federica 
Montseny sobre el asunto. Le pregunté si no sería más importante para la 
revolución conservarle con vida, en lugar de enviado a morir a Madrid. 
Conocíamos su arrojo y su valor. Me pareció absurdo que lo enviaran a la 
capital, sobre todo porque tenía tan pocas tropas. Habría sido otra cosa si lo 
hubiésemos podido enviar al frente de un cuerpo expedicionario de 50.000 
milicianos, pero eso era imposible. 

[JUAN GARCÍA OLIVER 2] 

Durruti fue a Madrid contra su voluntad. En una conferencia de todos los 
comandantes del frente de Aragón se decidió organizar una columna propia 
bajo su dirección para romper el cerco en torno a la capital. En esta columna 
participarían también los socialistas y otras unidades. Durruti abogó hasta el 
último momento por una ofensiva decisiva contra Zaragoza. Pero faltaban 
armas y municiones, y así se decidió trasladar la columna a Madrid. Ésta se 
componía de 6.000 hombres y disponía de algunas baterías. Durruti se tuvo 
que conformar con esto. Los socialdemócratas se negaron a combatir bajo su 
mando. 

[DIEGO ABAD DE SANTILLÁN 1] 

No sé si es verdad que en Madrid el general Miaja calificó de cobardes a 
las tropas de Durruti. Si es cierto que lo dijo y si es cierto que esas tropas 
combatieron mal en Madrid, debe tenerse en cuenta lo siguiente: la mayoría 
no tenían experiencia en el frente y se los había enviado de improviso a un 
verdadero infierno. 



156 



H . M . E nzensberger 



Puedo asegurar con certeza que el grueso de la columna Durruti nunca se 
alejó de su sector en el frente de Aragón, y que las tropas que Durruti llevó a 
Madrid eran en su mayoría voluntarios que las organizaciones anarquistas de 
Barcelona habían reclutado y puesto en pie de guerra recientemente. 

Me acuerdo de la última noche que Durruti pasó con su columna en 
Aragón. Después de comer habló de su partida y preguntó: «¿Quién quiere 
acompañarme?» 

A mí no me tomaron en cuenta, desde luego. Durruti dijo que sólo quería 
llevar consigo a algunos de sus leales para su escolta y para que dirigieran a 
los reservistas que él tendría a su cargo en Madrid. 

[JESÚS ARNAL PENA 2] 

Yo tenía una hija que se iba a casar entonces, y claro, viajé a casa, a 
Badalona. Me tomé un día de licencia para asistir a la boda. En aquella 
época no se necesitaba un cura. Firmábamos el documento y basta. 
Habíamos preparado un pequeño banquete. Tuve que pronunciar un 
discurso, y dije: «Espero que os llevéis bien, que seáis amables entre 
vosotros y que seáis felices. Tenéis suerte, la situación es favorable, porque 
el pueblo ha tomado el poder.» Etcétera, etcétera. De repente oí el motor de 
un coche, entran dos compañeros por la puerta y dicen: «¿Qué pasa aquí, 
Rionda? Tenemos que hablar contigo.» «Ya lo veis, mi hija se casa.» 
«Durruti nos ha llamado desde Barcelona, te necesita, la columna marcha 
hoy mismo a Madrid.» «¿Cómo? ¿A Madrid? ¡Yo no sabía nada!» Así que 
dejé en casa el matrimonio y todo, tomé mi revólver, subimos al coche, y 
nos marchamos a escape. 

[RICARDO RIONDA CASTRO] 

Antes de su partida a Madrid, Durruti les dijo a sus hombres: «La 
situación en Madrid es angustiosa, casi desesperada. Vayamos, dejémonos 
matar, no nos queda más remedio que morir en Madrid.» 

[RAMÓN GARCÍA LÓPEZ] 

La situación era terrible: estábamos entre la espada y la pared. Los 
comunistas habían aumentado extraordinariamente su influencia debido al 
suministro de armas de la Unión Soviética. Temíamos- que a los anarquistas 
españoles les aguardara el mismo destino que a los anarquistas rusos. Esto 
bastó para convencer a Durruti, él comprendía la necesidad de que 
estuviéramos presentes en todas partes. Debíamos impedir que se pactara 
con los fascistas. (Desde el primer día de la Guerra Civil, los republicanos 
habían considerado la posibilidad de un arreglo pacífico.) Le aseguro que sin 
nosotros el combate nunca habría durado tres años. 

La llegada de Durruti y su división influyó mucho en la moral de los 
defensores de Madrid. Cuando la columna desfiló por la ciudad la gente 
parecía electrizada. Todos decían: «¡Durruti está aquí!» 

[FEDERICA MONTSENY 1] 

El peligro 

Inmediatamente después de su llegada, Durruti se presentó ante el 
comandante de las fuerzas armadas, el general Miaja, y el jefe del estado 
mayor, el mayor Vicente Rojo, y anunció la llegada inminente de sus tropas. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 157 

Ese mismo día inspeccionó el frente de los defensores, situado a pocos 
kilómetros del centro de la ciudad. La situación de las fortificaciones 
defensivas le horrorizó. Desde su puesto de mando llamó al ministro de la 
Guerra, Largo Caballero, y le describió con crudeza la situación. «Si Madrid 
ya no está en manos de los fascistas, se debe sólo a la indecisión del 
enemigo; la ciudad esta des guarnecida. En algunos puntos se lucha 
heroicamente, pero en otras partes no se hace ningún esfuerzo para rechazar 
al enemigo. No es de extrañar que gane terreno continuamente, sobre todo 
en la Ciudad Universitaria, el Cerro de los Angeles y en Carabanchel Alto y 
Bajo.» 

El ministro le prometió a Durruti todo el apoyo posible por parte del 
gobierno y aseguró que le daría plenos poderes. Le informó también que se 
acercaban nuevas brigadas internacionales y que los defensores podrían 
contar con aviones y tanques. 

[RICARDO SANZ 4] 

Le propuse al jefe del gobierno, Largo Caballero, que nombrara general a 
Durruti y le confiara la defensa de la capital. No creo que pueda reprocharse 
la actuación del general Miaja; al fin y al cabo Madrid seguía en poder de 
los antifascistas y de la revolución. Pero estoy seguro de que Durruti 
también habría tenido éxito. 

[JUAN GARCÍA OLIVER 2] 

Cuando el gobierno republicano salió de la capital sitiada el 6 de 
noviembre y huyó a Valencia, su prestigio sufrió un duro golpe. Después de 
las heroicas proclamaciones que el presidente Largo Caballero había lanzado 
con tanta facilidad, a la población le pareció bastante extraña esta forma de 
abdicar. 

Si los anarquistas hubiesen querido, ése habría sido el momento apropiado 
para quitarse definitivamente de encima al gobierno central y proclamar la 
Comuna de Madrid. Otra cosa es preguntarse si eso habría sido prudente. 
Una medida así habría recibido el apoyo de las masas obreras y de los 
combatientes del frente, pero seguramente les habría causado la enemistad 
de Rusia y de los grupos controlados por los rusos. 

De todos modos, con la partida del gobierno hacia Valencia había llegado 
la hora de la verdad. Las frases rimbombantes sobre la unidad y la disciplina 
fueron reemplazadas por un auténtico dinamismo y un sentimiento de 
responsabilidad e iniciativa. En adelante nadie confiaría en peroratas 
heroicas, sino sólo en la fuerza convincente del ejemplo. Ahora se trabajaba 
realmente por la defensa; las masas tenían la palabra. La desaparición de los 
ministros tuvo un efecto saludable. 

[A. y D. PRUDHOMMEAUX] 

Apenas llegó a Madrid, Durruti pronunció por la radio un discurso 
vehemente y rotundo contra los holgazanes, los falsos revolucionarios y los 
charlatanes. Le ofreció a cada habitante de Madrid un fusil o una pala y los 
exhortó a cavar trincheras y levantar barricadas. En un instante logró lo que 
no habían conseguido los comunicados y los discursos del gobierno: un 
eufórico entusiasmo se apoderó de la ciudad. Hasta entonces no se había 



158 



H . M . E nzensberger 



organizado correctamente la evacuación de la población inepta para el 
combate ni la defensa civil, porque el gobierno temía que estas medidas 
desmoralizaran a la ciudad. En cambio, Durruti y el comité de defensa de la 
CNT trataron a los madrileños como seres adultos y responsables. El éxito 
demostró que tenían razón. La CNT, a la que pertenecían el ala radical de la 
clase obrera, dio el ejemplo organizando una brigada para la defensa civil. 

[A. y D. PRUDHOMMEAUX] 

Cuando un soldado duda de la política del gobierno disminuye su valor. 
Por eso lucharon mal los anarquistas en general. No querían pelear por 
Caballero, por Negrín o por Martínez Barrio, ni por el gobierno que estos 
hombres representaban. 

Algunos días después de enrolarme como voluntario, André Marty apostó 
guardias armados hasta los dientes frente a los acantonamientos de las 
brigadas internacionales. Se había enterado de que Durruti marchaba hacia 
Madrid al frente de una columna de 10.000 anarquistas de Barcelona, y que 
ya había llegado a Albacete. Más tarde se comprobó que eran sólo 3.000 
hombres y que no abrigaban intenciones hostiles contra nuestra brigada. 
Eran hombres extraordinariamente impetuosos, pero aparte de eso no 
hicieron daño a nadie. El comunista Marty les tenía una desconfianza 
enfermiza. 

[LOUIS FISCHER] 

Cuando las bandas fascistas se aproximaron a Madrid, Durruti salió de 
inmediato a su encuentro al frente de una unidad de 5.000 hombres. Se 
declaró dispuesto a someterse sin reservas a la dirección de un comando 
único y centralizado para la defensa de Madrid. Influido por las enseñanzas 
de la lucha revolucionaria en España, Durruti evolucionó cada vez más hacia 
la línea del Partido Comunista. En una conversación sostenida con un 
representante de la prensa soviética, dijo: «Sí, me siento bolchevique. Estoy 
dispuesto a colgar el retrato de Stalin en mi puesto de mando.» La carta de 
Durruti al proletariado de la URSS está imbuida de un extraordinario amor y 
una profunda fe en la fuerza del proletariado organizado. 

[Commnunist International] 

La columna llegó a Madrid en tres trenes especiales y una larga caravana 
de camiones, y se alojó en el cuartel de Granada. Se componía casi 
exclusivamente de voluntarios. Venía armada con material de guerra nuevo, 
recientemente llegado, sobre todo con fusiles Winchester de gran potencia 
de fuego pero sin repetición y muy peligrosos en el manejo. 

[RICARDO SANZ 3] 

La deliberación 

El 13 de noviembre, a la caída de la tarde, la columna Durruti entró en 
Madrid. Es saludada con entusiasmo. Las tropas están extenuadas. Se alojan 
de inmediato en el cuartel de la calle Granada, donde se alimentan y donde 
dormirán esa noche para recuperarse del cansancio del viaje. 

Apenas se han alojado los soldados, llega el parte de que el enemigo ha 
conquistado la mayoría de los edificios de la Ciudad Universitaria y que al 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 159 

no encontrar resistencia considerable, está a punto de avanzar hacia la cárcel 
Modelo y la plaza de la Moncloa. 

El general Miaja llama a Durruti a su cuartel general y le pide que lance la 
columna al frente de inmediato, sin tomar en cuenta el agotamiento de las 
tropas. Durruti le contesta que es imposible; él conoce a sus hombres. Le 
advierte que un ataque precipitado podría tener fatales consecuencias. Miaja 
comprende las objeciones de Durruti, pero no ve otra solución. El jefe del 
estado mayor se adhiere a él: la columna debe partir al frente con las 
primeras luces del alba para impedir una invasión decisiva del enemigo. 

Durruti interrumpe la discusión, se dirige al cuartel general de la calle 
Granada, reúne a sus hombres y les explica la situación. Esa misma noche la 
columna forma en el patio y marcha al ataque hacia el frente. 

[RICARDO SANZ 4] 

14 de noviembre de 1936 Las tropas llegaron desde Cataluña con Durruti 
al frente. 

Tres mil hombres, muy bien armados y vestidos, imposible comparados 
exteriormente con los fantásticos soldados que Durruti tenía en Bujaraloz. 

Me abrazó radiante, como un viejo amigo. Y enseguida comenzó a 
bromear. 

-Ves, no he tomado Zaragoza, no me han matado, y todavía no me he 
vuelto marxista. Todo está en el futuro aún. 

Ha enflaquecido, tiene más porte de soldado, y aspecto de militar, ya no 
habla con sus ayudantes como SI estuviera en una asamblea, ahora tiene un 
tono de comandante. 

Durruti pidió a un oficial como asesor. Se le propuso a Santi. Pidió que le 
contaran algo de él, y lo aceptó. Santi es el primer comunista en el cuerpo 
del ejército de Durruti. Al venir Santi, Durruti le dijo: 

-Tú eres comunista. Bueno, veremos. Estarás siempre a mi lado. 
Comeremos juntos y dormiremos en la misma habitación. Ya veremos. 

Santi respondió: 

-Espero tener horas libres, ¿no? En la guerra siempre hay horas libres, de 
vez en cuando. Pido permiso para retirarme en esas horas libres. 

-¿Qué quieres hacer en esas horas? 

-Quisiera utilizar este tiempo libre para enseñar a tus soldados a tirar con 
la ametralladora. Tiran muy mal. Quisiera entrenar a algunos grupos y 
organizar una brigada con ametralladoras. 

Durruti sonrió: 

-También yo quiero. Enséñame a manejar una ametralladora. 

Al mismo tiempo llegó a Madrid García Oliver; ahora es ministro de 
lusticia. Los dos famosos anarquistas, Durruti y Oliver, se entrevistaron con 
Miaja y Rojo. Declararon que las tropas anarquistas venían de Cataluña para 
salvar Madrid, y que salvarían Madrid. Pero después no querían permanecer 
allí, sino regresar a los muros de Zaragoza. Pidieron que las tropas de 
Durruti fueran enviadas a una sección especial, donde los anarquistas 
pudieran demostrar su rendimiento. De lo contrario se podía dar lugar a 
malas interpretaciones. Sí, incluso podría ocurrir que otros partidos se 
atribuyeran los éxitos de los anarquistas. 



160 



H . M . E nzensberger 



Rojo propuso dejar las tropas en la Casa de Campo, para que por la 
mañana atacaran a los fascistas y los expulsaran del parque hacia el 
sudoeste. Durruti y Oliver estuvieron de acuerdo. Más tarde hablé con ellos. 
Estaban convencidos de que las tropas cumplirían a la perfección su 
cometido. 

[MIIAÍL KOLTSOV] 

El 15 de noviembre yo estaba en Madrid. Fui al Ministerio de la Guerra 
para hablar con el general Goriev, que había asumido el mando militar. 
Pregunté a un ordenanza dónde podía encontrar al general Goriev. El 
hombre me hizo señas de que lo siguiera; mientras caminábamos por los 
largos corredores, I llamaba a todos los que encontrábamos y les 
preguntaba: «¿Habéis visto al general ruso? ¿Dónde está el general ruso?» La 
I presencia de Goriev era un secreto; pero los españoles odian los secretos. 

Avanzada la noche me reuní con Goriev en el cuartel general. El general 
esperaba las últimas noticias del frente. Durruti y su columna ya habían 
iniciado el ataque. Su ayudante era un oficial del ejército rojo, un circasiano 
alto. Los anarquistas habían ocupado una posición en el frente cerca del 
cerro de la Casa de Campo, desde donde dominaban las vías de acceso al 
centro de Madrid. Eran tropas frescas; Goriev les había confiado un sector 
importante. 

Poco después de medianoche llegó el circasiano e informó que los 
anarquistas habían huido presa de pánico ante el ataque de una pequeña 
unidad marroquí. En consecuencia la zona universitaria estaba 
desguarnecida ahora, a merced de Franco. 

Durruti exigió a sus hombres que lucharan. Esto lo hizo impopular. Lo 
veía con frecuencia por la noche en el Hotel Gran Vía. Iba rodeado de una 
fuerte escolta personal, todos siempre con el dedo en el gatillo de sus 
pistolas ametralladoras. 

[LOUIS FISCHER] 

La columna Durruti llegó con la pretensión un tanto fanfarrona de salvar 
Madrid. Además querían hacerla a toda prisa, para regresar lo antes posible 
a Aragón. Pidieron el sector del frente donde el enemigo se hubiese 
infiltrado más profundamente; querían desalojarlo de allí. Se les asignó el 
sector de la Casa de Campo. 

Conocí a Durruti el 18 o 19 de noviembre. Nos encontramos en el estado 
mayor de Miaja, en una deliberación a la que asistieron algunos 
comandantes de los sectores del frente de Madrid. En esa reunión Durruti 
pidió que sus tropas fueran relevadas y enviadas de regreso a Aragón. Varios 
oficiales, entre ellos yo, objetamos que era lamentable relevar a unas tropas 
que apenas llevaban tres días en el combate. La inmensa mayoría de los 
soldados luchaba en el mismo frente desde el primer día de la guerra, sin 
haber recibido ni pedido un solo día de permiso. Sin embargo, acordamos 
permitir a la columna Durruti que se marchara si insistía en ello. Con él o sin 
él, nosotros seguiríamos defendiendo Madrid como lo habíamos hecho antes 
de su llegada. 

Acto seguido, Durruti dio algunas explicaciones sobre el carácter, las 
costumbres y las concepciones que reinaban en su unidad con respecto a la 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



161 



disciplina y las facultades de mando. Comprendí la tragedia de este hombre 
fuerte y bueno, combatiente valeroso, víctima de las mismas ideas por las 
que luchaba. Prometió hacer todo lo posible para que sus hombres 
comprendieran la necesidad de seguir defendiendo Madrid. Salimos juntos 
de la reunión y nos despedimos amigablemente; cada uno regresó a su 
sector. 

[ENRIQUE LÍSTER] 

Puros bárbaros 

Sí, fuimos a Madrid, ¿y qué vimos en medio de la calle? Allí andaba un 
cretino mandando a cuatro o cinco tipos, derecha, izquierda, y todos tenían 
un fusil en la mano. ¡Eso era demasiado! Pronto pusimos punto final a esta 
situación. «¿Qué? ¿Tenéis pájaros en la cabeza? ¡Aquí no venimos a hacer 
ejercicios, vamos al frente!» Claro, esto nos disgustó enseguida. Todos se 
pusieron a temblar, el gobierno también, y gritaban: «¡Ésos son una banda 
de descarados!» Una vez salimos del cuartel general: «¡Vamos a tomar un 
trago antes de comer!» «¿Adonde?» «Allí, al lado de la telefónica, allí hay 
langosta también.» «¿Qué? ¿Langosta?», gritó el dueño del restaurante. 
«¿De dónde sois?» «¡Somos de la columna Durruti!» Entonces trajo 
enseguida las langostas. Cuando salimos encontramos en la calle a una 
mujer herida. Alguien había disparado desde una ventana. Y otra mujer 
grita: «Allá arriba hay un tirador, un fascista.» Y subimos las escaleras, 
encontramos al tipo y lo tiramos por la ventana a la calle. Y el gobierno 
decía: «¡Son unos bárbaros!» Pero nosotros los dejamos que refunfuñaran y 
seguimos adelante. 

[RICARDO RIONDA CASTRO] 

En Madrid la columna Durruti usaba mucho la llamada bomba FAI. Era 
una granada de mano muy pesada, pesaría un kilo y tenía una gran fuerza 
explosiva. Era especialmente apropiada para la lucha callejera. Pero no 
servía para el campo raso. No se podía arrojar muy lejos debido a su peso. 
En general estallaban en el aire antes de caer. En cambio daban muy buen 
resultado al lanzarlas desde las azoteas y los balcones. Debido a su alta 
fuerza explosiva, en Madrid se la utilizó incluso contra tanques enemigos. 
En un cuartel general de la calle Miguel Ángel, Durruti había apilado 35.000 
bombas FAI en una pirámide de cajones, en el garaje del palacio. Cuando 
los vecinos se enteraron de la existencia de ese arsenal se quejaron al 
Ministerio de la Guerra, por el peligro que representaba ese depósito en caso 
de un ataque aéreo; pero justo después de un mes pudieron depositarse las 
bombas FAI en un sótano aislado más seguro. 

[RICARDO SANZ 3] 

En octubre de 1936 yo dirigía el grupo de médicos de Cataluña. El jefe de 
sanidad de Barcelona nos había encomendado la misión de ir a Madrid a 
instalar allí, en el Hotel Ritz, el hospital militar número 21, junto con 
algunos médicos madrileños. 

Claro, nosotros éramos, por nuestro origen, nuestra educación y nuestra 
mentalidad, miembros de la burguesía. Pero los anarquistas se convencieron 
enseguida de que los queríamos ayudar con toda la ciencia y conciencia de 



162 



H . M . E nzensberger 



que éramos capaces, y que no éramos traidores. Desde entonces nos tuvieron 
confianza y nos respetaron. 

Aunque no participo de sus ideas, debo decir que en mi vida he conocido 
muy pocas personas tan generosas y dispuestas al sacrificio como los 
anarquistas. Tenían una moral muy especial. Por ejemplo, les parecía muy 
mal que un hombre tuviera más de una mujer. Consideraban inmoral tener 
dos relaciones amorosas al mismo tiempo. Por otra parte, estaban totalmente 
en contra del matrimonio burgués. Cuando un hombre no se entendía con su 
compañera, se buscaba otra, sin inconvenientes. Pero dos al mismo tiempo 
no. 

También sobre la propiedad tenían unas ideas particulares. No poseían 
casi nada, y estaban a favor de la expropiación de la burguesía. Pero odiaban 
el robo. Por ejemplo, un día me llamaron al cuartel general de la columna 
Durruti en Madrid. En el suelo yacía un miliciano muerto; incluso recuerdo 
su apellido, se llamaba Valena. Tenía que extender un certificado de 
defunción, para que pudieran enterrado. Pregunté de qué había muerto. Me 
contestaron con toda sangre fría que le habían pegado dos tiros porque 
durante un registro domiciliario había robado un reloj y dos pulseras. 
Imagínese, por aquella época había constantes tiroteos en Madrid, y 
prácticamente no había justicia. Además, esos registros estaban organizados 
por los mismos anarquistas. De este modo querían reunir dinero para la 
CNT. Pero cuidado, si alguien se guardaba parte del botín en el bolsillo, lo 
fusilaban en el acto. Así era la moral de los anarquistas. 

[MARTÍNEZ FRAILE] 

Veinticuatro horas antes de la voladura del Puente de los Franceses, en 
medio de la batalla de Madrid, me encontré con Durruti. Nos repartimos la 
comida de los soldados: pan y un poco de carne de buey. Durruti estaba de 
buen humor, y refiriéndose con un poco de ironía al cargo que yo ocupaba 
entonces, rió y dijo mientras mordía el bocadillo: «¡Una verdadera comida 
de ministro!» Un miliciano escéptico le contestó: «Qué va, los ministros no 
comen nunca eso. Ni siquiera saben lo que pasa aquí.» Durruti se rió más 
fuerte aún: «Mira, aquí tienes uno, éste es un ministro.» Pero el miliciano se 
negó a creer que un ministro podía comer pan con carne de conserva en una 
trinchera. 

[IUAN GARCÍA OLIVER 2] 

La batalla 

19 de noviembre de 1936 Los facciosos asaltan furiosamente la Ciudad 
Universitaria. Cada vez incorporan más refuerzos, artillería y lanzagranadas. 
Sus ataques les cuestan caro, las pérdidas, sobre todo entre los marroquíes, 
son enormes. Las plazas situadas entre los edificios de la Ciudad 
Universitaria están cubiertas de cadáveres. Durruti está muy abatido, porque 
ha sido justamente su tropa la que le ha dado al enemigo la oportunidad de 
infiltrarse en la ciudad. Pero quiere compensar el descalabro con otro ataque 
en el mismo sitio donde los anarquistas retrocedieron. Los bombardeos 
ininterrumpidos y el aniquilamiento de habitantes indefensos lo enceguecen 
de ira. Sus grandes puños se contraen, su tensa figura un tanto encogida 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



163 



parece personificar a un antiguo gladiador romano agitado por un 
desesperado deseo de liberación. 

21 de noviembre de 1936 

Llueve de nuevo todo el día. 

Al mediodía, junto con unidades republicanas atacantes, he logrado 
penetrar en la clínica de la universidad y en el hogar de ancianos Santa 
Cristina. Ambos edificios han sido tomados en un ataque frontal con 
granadas de mano y bayonetas. 

Los marroquíes y los regulares han retrocedido doscientos metros nada 
más. Siguen haciendo fuego sobre los edificios de donde han sido 
desalojados. Hay que arrastrarse, todavía no se han excavado vías de 
comunicación. 

Un edificio de la clínica, contiguo a una obra en construcción, está 
totalmente destruido. Los techos y los suelos están acribillados a balazos, los 
muebles destrozados y despedazados. Las camas tumbadas, los suelos 
cubiertos de trozos de vidrio y escombros. 

Abajo, en la casa mortuoria, me encuentro de repente con el viejo 
guardián. Ha logrado salir ileso después de un triple asalto y rendición en 
cuyo transcurso la casa ha pasado de uno a otro varias veces. Les pide a los 
soldados combatientes que traigan sus muertos para depositarlos en la casa 
mortuoria, y se siente ofendido ante la negativa de éstos. Es evidente que no 
está en su sano juicio. 

¿Quién habría creído que esta modesta morgue se llenaría tanto? ¿Quién 
podía prever que el lugar más silencioso y retirado de la ciencia universitaria 
se convertiría en la arena de las batallas más duras y encarnizadas? 

¡Pobre Madrid! Se la tenía por una ciudad tan despreocupada, segura y 
feliz... La Primera Guerra no la había tocado, se desarrolló lejos de allí. 
Ahora, en quince días, sufría más que las capitales europeas en cuatro años 
de guerra. ¡La ciudad se había convertido en un campo de batalla! 

Cuando regresamos arrastrándonos a la segunda línea, agotados, mojados, 
sucios y silenciosos, aunque satisfechos, alguien vino corriendo y nos contó 
que en el sector vecino, en el Parque del Oeste, había caído Durruti. En la 
madrugada le había visto aún en las escaleras del Ministerio de la Guerra. 
Lo había invitado a venir al hogar de ancianos Santa Cristina. Durruti movió 
la cabeza negativamente. Tenía que ocuparse de su propio sector, tenía que 
proteger de la lluvia a su cuerpo de ejército, sobre todo. 

Yo bromeé. «¿Acaso son de azúcar?" 

Él respondió hostil: «Sí, son de azúcar, se disuelven en el agua. De cada 
dos queda uno. Se echan a perder en Madrid." Éstas fueron sus últimas 
palabras. Estaba de mal humor. 

[MIJAIL KOLTSOV] 

Entre el 13 y el 19 de noviembre de 1936 cayeron frente al enemigo el 
sesenta por ciento de las tropas que Durruti había dirigido en Madrid, entre 
ellos la mayor parte de su estado mayor. Los sobrevivientes estaban 
completamente agotados y trasnochados. 

[RICARDO SANZ 2] 



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Militarmente eran un desastre. Una columna con esa mentalidad no podía 
hacer nada en Madrid. Sencillamente porque les faltaba todo sentido de 
disciplina, cada uno hacía lo que le daba la gana. Cuando comenzaron a 
comprender sus errores ya era demasiado tarde. Las unidades de ideología 
distinta, quiero decir los comunistas, funcionaban de otro modo; su 
disciplina militar era muy estricta. Entre los anarquistas no había ningún 
cobarde, la mayoría eran extraordinariamente valerosos, pero en conjunto 
eran un desastre desde el punto de vista militar. 

[MARTÍNEZ FRAILE] 



Séptimo Comentario 
El héroe 

La historia del anarquismo español puede conducir fácilmente a la 
desesperación al amante de la verdad. Quien busque hechos se topará con 
versiones. ¿Cuántos afiliados tenía la CNT en 1919? 700.000, 1.000.000, 
550.000. Tres fuentes, ninguna mejor que la otra, ofrecen tres informaciones 
distintas. En 1936, al estallar la Guerra Civil, los cálculos oscilaban entre un 
millón y 1.600.000. Un año más tarde, la redacción de Solidaridad Obrera 
desalentó toda curiosidad académica y el afán de ulteriores investigaciones 
con una sola frase brutal: «¡Basta de miserables estadísticas! ¡Nos debilitan 
el entendimiento y nos paralizan la sangre!» 

Más borrosa aún se vuelve la realidad cuando nos aproximamos a la figura 
del héroe. La biografía de Durruti es un caso especial. Las contradicciones 
de la tradición oral hilan un in soluble ovillo de rumores. ¿Participó Durruti 
en el atentado contra el presidente Dato? ¿Qué países de Latinoamérica 
visitó, y qué le sucedió allí? ¿Quién incendió la catedral de Lérida? ¿Hubo 
un acercamiento entre Durruti y los comunistas en el otoño de 1936? No hay 
respuestas para estas preguntas. O hay demasiadas. 

Las dos obras básicas que describen la Guerra Civil sólo dedican pocas 
páginas a Durruti; pero incluso los escasos datos que ofrecen ambos libros 
son incongruentes. El inglés Hugh Thomas informa que Durruti había sido 
condenado a muerte en cuatro países; que a fines de julio de 1936 su 
columna se componía de miles de hombres; que su muerte fue causada por 
una bala perdida proveniente del sector enemigo. El francés Pierre Broué, en 
cambio, se refiere sólo a una sentencia de muerte, dictada en Argentina; 
calcula en tres mil los efectivos de la columna; y afirma la posibilidad de 
que Durruti haya sido asesinado por su propia gente. 

Estas discrepancias no son nada sorprendentes y no debería reprocharse a 
los historiadores por ello. Ni la más celosa crítica de las fuentes podrá 
desatar el nudo de esta tradición; a lo sumo podremos, con su ayuda, trazar 
el árbol genealógico de las diversas versiones. Así puede comprobarse cómo 
en tales genealogías un oscuro folleto propagandístico adquiere una cierta 
respetabilidad al ser citado en un estudio científico. De allí pasa a 
descripciones serias, obras básicas y enciclopedias. La fe de carbonero en la 
palabra impresa está muy difundida; lo que se cita con frecuencia adquiere 
la validez de un hecho. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 165 

No es difícil explicar por qué la historia de una organización como la 
CNT, y más aún, la FAI, se mueve en un terreno tan inestable. Cuando las 
masas mismas intervienen, en lugar de dejar sus asuntos a cargo de 
«conspicuos» políticos, no se publica en general ningún protocolo. Rara vez 
se escribe lo que pasa en la calle. Hay que considerar, además, la larga 
práctica de la ilegalidad, que se convierte en una segunda naturaleza de los 
anarquistas españoles. Las luchas de clases en España no eran noticia para 
los diarios. La clandestinidad en la que actuaban hombres como Durruti no 
permitía el paso de las cámaras. Puesto que los archivos de la policía 
española tienen buenos motivos para estar cerrados, dependemos de dos 
fuentes principales: la propaganda de aquella época de la CNT y los 
recuerdos de los supervivientes. Muchos de quienes estuvieron presentes 
prefieren aún hoy callar. Quien habla lo hace con ciertos miramientos; 
además, el intervalo de tres hasta seis décadas vuelve borroso el recuerdo. 
Los viejos folletos y las revistas medio desaparecidas de los años veinte y 
treinta sobrevivieron con creces a sus objetivos; sirvieron para la agitación 
inmediata, la autojustificación y la acusación. Allí se rechazan con 
indignación las acusaciones de la policía y se afirma con énfasis la inocencia 
de los compañeros; con frecuencia, sin embargo, una página más adelante se 
habla de sus gloriosos duelos y exitosos atentados y asaltos. 

Las contradicciones de esta tradición son inseparables de su contenido. 
Estos materiales no permiten una lectura pasiva. Leer significa aquí 
diferenciar, juzgar y tomar partido. 

La extraña penumbra que rodea a la historia del anarquismo español se 
hace más densa a medida que nos aproximamos al tema central de este libro. 
Incluso después de leer todo lo que se sabe de él, Durruti sigue siendo lo que 
siempre fue: un desconocido, un hombre de la multitud. Es sorprendente 
comprobar cómo se repiten en los relatos las definiciones negativas: «No era 
un orador», «No pensaba en sí mismo», «No era un teórico», «No me lo 
imagino como general», «No era orgulloso», «No se conducía como el 
dirigente de un partido», «De militar no tenía nada»,«El trabajo organizativo 
no era su fuerte», «En nuestro movimiento hubo muchos Durrutis», «No era 
un funcionario, ni un intelectual o estratega». Lo que era en realidad no lo 
sabemos. Lo esencial es inexpresable. Es imposible captar lo típico de 
Durruti en su peculiaridad individual. Lo que se destaca en los detalles 
anecdóticos es su actitud social, incluso en sus acciones más privadas. Las 
descripciones retienen un inconfundible perfil proletario; dibujan una silueta 
sin darle un contenido psicológico. 

Ante Durruti fracasa la comprensión. Precisamente por eso las masas se 
sintieron reflejadas en él. Su existencia individual fue absorbida enteramente 
por un carácter social: el del héroe. Pero la historia de un héroe obedece 
leyes que la novela burguesa de la evolución intelectual 1 no conoce. Su 
metabolismo es orientado por necesidades más poderosas aún que meros 
hechos. La leyenda recoge anécdotas, aventuras y secretos; busca lo que 
necesita y descarta lo que no le sirve; y de este modo obtiene una 
concordancia que defiende tenazmente. El enemigo, que se obstina en 



1 En el original, Entwicklungsroman. (N. de los T.) 



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destruida y «desenmascaran> al héroe, se estrella contra la consistencia de 
esas narraciones colectivas, contra su carácter consecuente y su densidad. La 
refutación científica de ciertos detalles afecta menos aún a la historia de un 
héroe. Esta inmunidad otorga al héroe una extraña influencia política, que 
incluso los más escaldados ajedrecistas de la política realista tienen que 
tomar en cuenta; no se opondrán a él, sino que tratarán más bien de explotar 
su autoridad, sobre todo cuando éste está muerto y no puede defenderse. 

La dramaturgia de la leyenda heroica ya ha sido establecida en sus rasgos 
esenciales. Los orígenes del héroe son modestos. Se destaca de su anonimato 
como luchador individual ejemplar. Su gloria va unida a su valor, a su 
sinceridad y a su solidaridad. Sale airoso en situaciones desesperadas, en la 
persecución y en el exilio. Donde otros caen él siempre se escapa, como si 
fuera invulnerable. Sin embargo, sólo a través de su muerte completará su 
ser. Una muerte así siempre tiene algo de enigmático. En el fondo sólo 
puede explicarse por una traición. El fin del héroe parece un presagio, pero 
también una consumación. En este preciso instante se cristaliza la leyenda. 
Su entierro se convierte en manifestación. Se pone su nombre a las calles, su 
retrato aparece en las paredes y en los carteles políticos; se convierte en 
talismán. La victoria de su causa habría conducido a su canonización, lo que 
casi siempre equivale a decir al abuso y la traición. Así, también Durruti 
habría podido convertirse en un héroe oficial, en un héroe nacional. La 
derrota de la revolución lo preservó de este destino. Así siguió siendo lo que 
siempre fue: un héroe proletario, un defensor de los explotados, de los 
oprimidos y perseguidos. Pertenece a la antihistoria que no figura en los 
libros de texto. Su tumba se halla en los suburbios de Barcelona, a la sombra 
de una fábrica. Sobre la blanca losa siempre hay flores. Ningún escultor ha 
cincelado su nombre. Sólo quien se fije bien podrá leer lo que un 
desconocido raspó con una navaja y mala letra sobre la piedra: la palabra 
Durruti. 



La muerte 
La noticia 

Yo venía del frente con mis hombres y al llegar a la plaza de la Moncloa 
alguien me llamó: «Rionda, ven acá.» «¿Quién?, ¿yo?» «Sí, tú.» Me acerqué 
y me dijo: «Rionda, ven enseguida, Durruti se está muriendo.» Era uno de su 
escolta quien me lo dijo, Ramón García, miope, de cara delgada. 

[RICARDO RIONDA CASTRO] 

Estaba sentado ante mi máquina de escribir. Era el atardecer cuando de 
repente vi entrar por la puerta al chófer de Durruti. Se llamaba Julio Graves, 
un muchacho de estatura mediana, que siempre se mantenía derecho. Me 
preguntó dónde estaba mi hermano Eduardo, a quien él conocía muy bien 
desde la época de las luchas revolucionarias de Barcelona. Le dije que 
Eduardo estaba acostado en la habitación de al lado. No le presté mucha 
atención al chófer, pero me acuerdo de que parecía excitado y triste. Lo 
atribuía a las dificultades de los días que estábamos atravesando. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 167 

Cuando mi hermano se despertó escuché que los dos intercambiaban unas 
palabras. De pronto los dos se pusieron a llorar. Me levanté enseguida y fui 
hacia ellos. 

-¿Qué pasa? -pregunté. 

-Durruti está herido de muerte. Tal vez ya esté muerto. 

-Es mejor que nadie se entere -agregó el compañero Julio Graves. 

Eran las cinco de la tarde. 

Fuimos los tres al Hotel Ritz; allí se había instalado el hospital de las 
milicias catalanas. Muy pocos sabían la noticia. En el hospital encontré al 
doctor Santamaría, un médico anarquista que había venido a Madrid con las 
tropas de Durruti desde el frente de Aragón. Alto y flaco con su guardapolvo 
blanco de cirujano, me informó sobre el estado del herido. No se le podía 
salvar la vida a Durruti. 

Una enfermera salió de la sala donde él yacía. Hablaron de una sonda, que 
habían introducido dos veces. 

Fui al vicecomité nacional de la CNT. Ya se habían difundido algunos 
rumores. Los compañeros decían que era necesario guardar el secreto. Hasta 
muy tarde por la noche no me atreví a llamar a Barcelona para transmitir la 
noticia. 

La dirección de los anarquistas se reunió para deliberar; teníamos que 
aguardar el resultado de esta consulta. Se discutió sobre todo la defensa de 
Madrid. Durruti era un hombre con cuyo nombre se podía ganar una batalla, 
incluso después de su muerte, como con el nombre del Cid. 

[ARIEL] 

No recuerdo la fecha exacta, pero una tarde, cerca de las tres y media, nos 
trajeron al hospital a ese dirigente del anarquismo español, grave, 
mortalmente herido, según mi opinión. En aquella época no existía una 
cirugía cardiaca con métodos y técnicas adecuadas. Y les informé a mis 
colegas. No se podía operar; era seguro un desenlace fatal. El doctor Bastos, 
una eminencia, corroboró mi pronóstico y aconsejó también que no se 
realizara una intervención quirúrgica. 

En cuanto al orificio de la bala, estaba situado a la altura de la caja 
torácica, entre la sexta y la séptima costilla. Las lesiones internas eran muy 
graves, especialmente en la zona del pericardio. Era indudable que el 
paciente moriría de una hemorragia interna. 

[MARTÍNEZ FRAILE] 

Cuando llegué todavía vivía. Me reconoció, tenía dolores, quería hablar, 
pero el médico lo había prohibido. Luego dijo algo, no lo entendí bien. Algo 
sobre los comités. ¡Demasiados comités! Siempre hablaba de eso, desde que 
llegamos a Madrid. En cada esquina había un comité; era como para sacarlos 
a tiros de esos agujeros. ¡Demasiados comités! Ésas fueron sus últimas 
palabras. 

[RICARDO RIONDA CASTRO] 

Cómo encontró la muerte nuestro compañero Durruti: 
Nuestro malogrado compañero salió para el frente a eso de las ocho y 
media de la mañana, para visitar los puestos avanzados de su columna. En el 



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camino encontró a algunos milicianos que abandonaban el frente. Ordenó 
detener el coche; cuando estaba a punto de bajar sonó un disparo. Se supone 
que dispararon desde una ventana de un pequeño hotel de la plaza de la 
Moncloa. Durruti cayó de inmediato al suelo, sin decir ni una palabra. La 
bala asesina le había perforado completamente la espalda. La herida era 
mortal, no había salvación posible. 

[Solidaridad Obrera] 

El recelo 

Por la noche el ambiente era extraordinariamente intranquilo, emotivo y 
cargado de sentimientos. La muerte inminente de Durruti desorientó a la 
gente; cundió el temor de posibles enfrentamientos y luchas fraticidas en el 
seno de las organizaciones. 

[MARTÍNEZ FRAILE] 

El vestíbulo del Hotel Ritz se llenó de partidarios de la CNT. Muchos 
lloraban. No sabíamos qué contestar a sus preguntas. Un rato después 
salieron. Manzano y Bonilla. Ordenaron retirar nuestras tropas del frente; 
preveían que se producirían conflictos cuando se supiera la noticia de la 
muerte de Durruti. Nuestras tropas fueron reunidas en el cuartel del barrio de 
Vallecas y se les ordenó que permanecieran allí. El día 21 se dio a conocer 
públicamente la muerte de Durruti. Ese mismo día los testigos fuimos 
citados ante Marianet, quien nos hizo jurar que guardaríamos silencio acerca 
de las circunstancias en que se había producido su muerte. 

[RAMÓN GARCÍA CASTRO] 

Por supuesto, la muerte de Durruti fue un golpe terrible. Volvía del frente 
en dirección a la ciudad, bajó del coche y cayó mortalmente herido. En la 
primera versión oficial, la de la CNT, se decía que un guardia civil, un 
tirador enemigo, le había acertado con un máuser desde un balcón. Eso 
suponía una precisión increíble, casi le había dado en el corazón. Nos 
pareció increíble. Porque no estaba solo, iba rodeado por sus 
guardaespaldas, sus amigos. ¿Cómo había podido llegar la bala? Teníamos 
nuestras dudas. 

[JAUME MIRAVITLLES 1] 

Al día siguiente de mi llegada a Madrid me dirigí al cuartel de Granada, 
donde estaban alojados los soldados sobrevivientes de la columna. Se habían 
reunido en una gran sala. Había venido conmigo la entonces ministra 
Federica Montseny. Ella habló primero y comunicó a las tropas que yo había 
sido designado sucesor de Durruti. 

Reinaba una gran agitación. Además de la muerte de Durruti el día 
anterior habían sido muertos otros dos compañeros de la columna mientras 
paseaban por la calle. Los milicianos exclamaron: 

-¡No, Sanz, así no puede ser! 

-¿Qué pasa? -pregunté. 

Uno de los soldados me respondió: 

-Compañero Sanz, no te extrañes de que estemos alterados. Estamos todos 
convencidos de que no fueron los fascistas los que mataron a nuestro 
Durruti. Han sido nuestros enemigos en las propias filas, nuestros enemigos 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



169 



dentro de la República. Lo han matado porque sabían que Durruti era 
incorruptible y no aceptaba compromisos dudosos. A ti te pasará lo mismo si 
no te cuidas. Quieren liquidar a los que representan ideas revolucionarias. 
Eso es lo que ocurre aquí. Hay gente que teme que la revolución vaya 
demasiado lejos. Ayer asesinaron por la espalda a dos compañeros mientras 
paseaban. A ti también te matarán si te quedas en Madrid. Queremos irnos lo 
antes posible de aquí, queremos regresar a Aragón. Allí sabemos Con quién 
estamos peleando, allí no hay enemigos que nos atacan por la espalda. 

Así pensaban todos más o menos. 

Una parte considerable de la columna regresó a Aragón, en efecto. Los 
otros permanecieron en Madrid. 

[RICARDO SANZ 3] 

Apenas murió comenzaron a propagarse las mentiras. Que lo habían 
matado los comunistas, fulano me lo dijo. ¿No lo habéis escuchado por la 
radio? Apenas se podía contener a los hombres de la columna Durruti. 
Querían tirar las armas y marcharse a casa, temían que los mataran a ellos 
también. Era la radio de los fascistas la que propalaba esos infundios. 
Primero se dijo que habían sido los comunistas. Eso dijo Queipo de Llano, 
el chillón de los fascistas. Después cambió su copla de improviso, que no 
eran los comunistas, sino la propia escolta de Durruti. ¡Qué jaleo se armó! 
En Madrid se armó una confusión bárbara en los estados mayores y en el 
gobierno, todos hablaban sin ton ni son y contaban los rumores más 
increíbles. Esto nos disgustó mucho. Yo mismo fui a nuestros periódicos, los 
periódicos de la CNT, y les dije: «¡Estamos en guerra y no podemos seguir 
así, hay que escribir un desmentido, y pronto, hay que acabar con este 
jaleo!» Y eso hicieron. 

[RICARDO RIONDA CASTRO] 

Al principio no se descartó la posibilidad de que hubiese sido un atentado 
hábilmente tramado. A favor de esta teoría hablaba la inveterada rivalidad 
que reinaba entre los distintos partidos y grupos. Con Durruti desaparecía 
uno de los pocos hombres notorios de la revolución que tenía influencia en 
las masas. Su vida tenía algo de legendario. Precisamente porque despertaba 
fuertes sentimientos en el pueblo, muchos creyeron que se trataba de un 
atentado, aunque esta conjetura no pudo confirmarse dadas las 
circunstancias. 

Claro, la radio de los militares rebeldes aprovechó por todos los medios la 
desmoralización y la confusión nuestras. Los comités de la CNT y la FAI 
consideraron que esas informaciones radiofónicas eran una maniobra 
maquiavélica y les salieron al paso el21 de noviembre con el siguiente 
comunicado: 

«¡Trabajadores! Los intrigantes de la llamada quinta columna han 
propalado el rumor de que nuestro compañero Durruti ha caído víctima de 
un atentado insidioso y traidor. Advertimos a todos los compañeros contra 
tales calumnias infames. Esta repugnante invención trata de quebrantar la 
poderosa unidad de acción y de pensamiento del proletariado, que es nuestra 
arma más vigorosa contra el fascismo. ¡Camaradas! Durruti no ha caído 
víctima de una traición. Ha caído en la lucha, en el cumplimiento heroico de 



170 



H . M . E nzensberger 



su deber, como otros soldados de la libertad. Rechazad los miserables 
rumores que hacen circular los fascistas para quebrar nuestro bloque 
indestructible. ¡Ni vacilaciones ni desalientos! ¡No escuchéis a esos 
irresponsables charlatanes cuyos infundios sólo pueden conducir al 
fratricidio! ¡Son los enemigos de la revolución los que los difunden! 
»E1 Comité Nacional de la CNT. El Comité Peninsular de la FAI.» 

[JOSÉ PEIRATS 1] 

Valencia, 23 de noviembre 

El Comité Nacional de la CNT y la FAI han emitido el siguiente 
comunicado: 

Con motivo de la muerte de nuestro compañero Durruti se ha divulgado 
una serie de rumores y suposiciones que el comité, con pleno conocimiento 
de las circunstancias, debe rechazar. Nuestro compañero ha sido asesinado 
por una bala fascista y no, como tal vez cree la gente, por obra de las 
maquinaciones de un determinado partido. 

No debemos olvidar que estamos en guerra con el fascismo, contra cuyas 
hordas combate en común esfuerzo el proletariado español, lado a lado con 
todas las fuerzas antifascistas. 

El organismo supremo de la clase obrera anarquista de España exhorta en 
consecuencia a todos a abstenerse de hacer comentarios que puedan 
perjudicar el éxito de nuestras operaciones y destruir incluso la unidad 
sagrada de la clase obrera española en su lucha contra las bestias de la 
reacción. 

Esperamos que esta declaración convencerá a todos los compañeros y los 
impulsará a permanecer en sus puestos. 

¡Adelante hasta la aniquilación del fascismo en España! 

El Comité. 

[Solidaridad Obrera] 



Las siete muertes de Durruti 

Estoy convencido de que fue un atentado. Apenas murió Durruti 
desaparecieron de Madrid los dirigentes más importantes del anarquismo 
español. El ambiente político cambió bruscamente. 

Muchos anarquistas se vieron súbitamente perseguidos, no hace falta decir 
por quiénes, por los comunistas. En aquellas noches en las calles de Madrid 
era mucho más peligroso llevar en el bolsillo el carnet de afiliado a la CNT- 
FAI que el de un partido político de la extrema derecha. 

[MARTÍNEZ FRAILE] 

Algunos días después del desastre de los anarquistas en el cerro de 
Garabitas, cayó DURRUTI en el frente. Le dispararon por la espalda; se 
supone que lo asesinaron sus propios hombres, porque estaba a favor de la 
participación activa de los anarquistas en la guerra y la colaboración con el 
gobierno de Largo Caballero. 

Muchos anarquistas tenían ante todo interés en establecer en España una 
república libertaria ideal; no proyectaban trabajar con los socialistas, los 
comunistas o los republicanos burgueses. No pensaban arriesgar la vida por 
el gobierno de Largo Caballero. Según ellos, no era «importante». 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 171 

[LOUIS FISCHER] 

Durruti cayó sin duda víctima de una imprudencia. Por la tarde fue al 
frente de la Ciudad Universitaria. Allí reinaba una calma absoluta. 
Precisamente por eso era peligroso, porque los hombres andaban sin 
precauciones por allí. 

Su gran Packard se detuvo cerca de la línea de fuego de sus tropas. 
Enfrente estaba el Hospital Clínico de la Universidad, un gran edificio de 
seis o siete pisos desde donde se dominaba una extensa zona de fuego. El 
enemigo ocupaba los pisos superiores, los nuestros los pisos inferiores. 

Cuando el enemigo, que evidentemente estaba muy alerta, vio detenerse el 
coche a menos de un kilómetro de distancia, esperó a que los ocupantes 
descendieran; cuando éstos quedaron sin protección, al aire libre, 
descargaron una ráfaga de ametralladora que hirió mortalmente a Durruti y 
produjo lesiones de menos consideración a dos de sus acompañantes. 

[RICARDO SANZ 3] 

Al día siguiente corrió el rumor de que Durruti, al querer parar una 
aterrorizada retirada de sus tropas, fue asesinado por uno de sus hombres. Al 
confirmarse poco después la trágica noticia, nuestro dolor ante la pérdida de 
este valeroso oficial y luchador aumentó dadas las circunstancias en que se 
había producido su muerte. En cuanto a su unidad, no sólo no desalojó al 
enemigo de sus posiciones, sino que, a la inversa, fue el adversario quien los 
desalojó a ellos. Después de la muerte de Durruti hubo que disolver de 
inmediato esas tropas. Eran un verdadero peligro para todo el frente de 
Madrid. 

[ENRIQUE LÍSTER] 

El chófer de Durruti me contó cómo había ocurrido. Me acompañó a la 
oficina en Madrid de Solidaridad Obrera, para que pudiéramos hablar con 
toda tranquilidad. 

-Dime toda la verdad -le pedí al compañero lulio Graves. 

-No hay mucho que contar. Después del almuerzo nos dirigimos al frente, 
hacia la Ciudad Universitaria. El compañero Manzana nos acompañó. 
Llegamos a la plaza Cuatro Caminos. Doblé por la avenida Pablo Iglesias a 
toda velocidad. Pasamos por una serie de pequeños hoteles al final de la 
avenida y luego seguimos a la derecha. 

»Las tropas de Durruti habían cambiado sus posiciones después de las 
graves pérdidas que habían sufrido en la plaza de la Moncloa y ante los 
muros de la cárcel Modelo. Era un día luminoso, en las calles brillaba el sol 
otoñal de la tarde. Llegamos a una bocacalle y entonces vimos venir a 
nuestro encuentro a un grupo de milicianos. Durruti se dio cuenta enseguida 
de que esos muchachos querían abandonar el frente. Me ordenó detener el 
coche. 

«Estábamos en la zona de fuego del enemigo: las tropas moras, que 
ocupaban la clínica, dominaban la plaza. Por si acaso aparqué el coche en la 
esquina de uno de esos pequeños hoteles. Durruti se bajó y se dirigió hacia 
los milicianos fugitivos. Les preguntó adonde iban. No supieron qué 
contestar. Durruti les increpó duramente con su voz bronca y les ordenó con 



172 



H . M . E nzensberger 



tono cortante que regresaran a sus puestos. Los soldados obedecieron y 
regresaron. 

»Durruti se dirigió al coche de nuevo. El fuego de fusilería arreció. La 
enorme masa rojiza del Hospital Clínico estaba justo enfrente de nosotros. 
Escuchábamos el silbido de las balas. Mientras trataba de agarrar la puerta 
del coche se desplomó. Lo habían herido en el pecho. Manzana y yo salimos 
precipitadamente del coche y lo colocamos en el asiento de atrás. 

»Di la vuelta lo más rápido posible y regresé a toda velocidad a la ciudad, 
hacia el hospital de las milicias catalanas. El resto ya lo sabes. Eso es todo. 

[ARIEL] 

En realidad nos movemos en un terreno de hipótesis. Sólo sé, de segunda 
mano, por cierto, un conocido mío me lo dijo, sin duda una persona muy 
bien informada, en fin, sé que Auguste Lecoeur, uno de los hombres más 
importantes del Partido Comunista francés, que fue el segundo hombre del 
partido, después de Thorez, hasta su expulsión causada por sus controversias 
sobre Stalin, así pues, este Lecoeur, actualmente antiestalinista, dijo con 
toda franqueza a sus amigos que habían sido los comunistas: que ellos 
habían matado a Durruti. 

[GASTÓN LEVAL] 

Los anarquistas promueven una noche de San Bartolomé en Barcelona. 
París, 23 de noviembre. 

Según el Echo de Paris, Durruti, el dirigente anarquista catalán que fue el 
alma de la resistencia en Madrid, no cayó, como informan los bolcheviques, 
luchando contra las tropas nacionales, sino que fue asesinado por los 
comunistas. 

En Madrid se habrían vuelto a producir choques entre los comunistas y los 
anarquistas al distribuirse el botín después del saqueo de los palacios de la 
nobleza. En una de esas disputas, Durruti habría amenazado a los 
comunistas con regresar a Barcelona con sus anarquistas y abandonar a su 
suerte a Madrid. Ese mismo día por la tarde, Durruti habría sido atacado y 
derribado ante la puerta de su casa por un grupo de comunistas. 

Como agrega el Echo de Paris desde Barcelona, los anarquistas habrían 
establecido un régimen de terror en la capital catalana. Al conocerse la 
noticia del asesinato de su cabecilla Durruti a manos de los comunistas 
madrileños, los anarquistas habrían organizado una especie de noche de San 
Bartolomé. 

Por último, los terribles disturbios les habrían parecido demasiado (!!) 
incluso a la dirección de las asociaciones anarquistas, por lo cual éstas 
habrían exigido en urgentes llamadas el cese del sangriento terror. 

[VÓLKISCHER BEOBACHTER] 

Telegrama del secretario general del Partido Comunista de España: 
«Nos hemos enterado con profundo dolor de la gloriosa muerte de nuestro 
compañero Durruti, ese abnegado hijo de la clase obrera, ese entusiasta y 
enérgico defensor de la unidad del proletariado. La bala criminal de los 
bandidos fascistas nos ha arrebatado una vida joven, pero llena de 
sacrificios. ¡Debemos unirnos más que nunca en la defensa de Madrid, hasta 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



173 



el exterminio de las bandas fascistas que manchan de sangre nuestro país! 
¡Por la lucha unida en todos los frentes de España! ¡Vengaremos a nuestros 
héroes! ¡Por el triunfo del pueblo español! 
»José Díaz.» 

[Solidaridad Obrera] 

Más tarde la viuda de Durruti (¿o fue el Comité Central de la CNT?) me 
envió la camisa para una exposición en memoria de Durruti, la camisa que 
llevaba el día de su muerte. Me fijé en el orificio del proyectil; además 
consulté también a un experto. Sacamos la conclusión de que el disparo 
había sido hecho a boca de jarro, porque el tejido de la camisa mostraba 
claramente huellas de quemaduras y pólvora. 

Nosotros conocíamos muy bien la mentalidad de los anarquistas. 
Sabíamos que en Madrid Durruti no era ya el guerrillero de antes; se había 
convertido en un militar en toda regla. Sabíamos también que había 
procedido sin miramientos contra los dirigentes de tropas anarquistas que no 
habían cumplido con su deber. Incluso había ordenado fusilar a algunos. Así 
llegamos a la conclusión de que tal vez había sido un acto de venganza. 

[JAUME MIRAVITLLES 1] 

Un año después de la muerte de Durruti se inauguró en Barcelona una 
exposición en honor a los heroicos defensores de Madrid. Entre otras cosas 
se exhibía allí la camisa que llevaba Durruti en el momento de su muerte. 
Estaba colocada en una vitrina. La gente se aglomeraba para observar bien el 
agujero circundado de quemaduras que la bala había hecho en la tela. Yo 
estaba en la misma sala, cuando de repente escuché decir a alguien que era 
imposible que ese agujero lo hubiera hecho un tirador situado a seiscientos 
metros de distancia. Esa misma noche encargué a especialistas del Instituto 
Médico Forense que examinaran la camisa. Ellos llegaron unánimemente a 
la conclusión de que el disparo había sido hecho desde una distancia 
máxima de diez centímetros. 

Algunos días después cené con la mujer de Durruti, una francesa. 

-¿Cómo murió él? -le pregunté-. Usted debe de saber la verdad. 

-Sí, yo lo sé todo. 

-¿Cómo ocurrió? 

Me miró a los ojos. 

-Hasta el día de mi muerte -dijo luego-, me atendré a la explicación 
oficial: que un guardia civil le hizo fuego desde arriba, desde una ventana, -y 
en voz más baja agregó-: Pero yo sé quién lo mató. Fue uno de los que 
estaban a su lado. Fue un acto de venganza. 

[JAUME MIRAVITLLES 2] 

Durruti era un hombre que había respirado y vivido en la atmósfera del 
anarquismo del siglo XIX. Se consideraba a sí mismo heredero de Bakunin, 
y por lo tanto enemigo inveterado de los marxistas. Era además un hombre 
de gran inteligencia, un hombre que quiso ayudar a la República a vencer a 
los partidarios del general Franco. 

En el frente de Aragón no había mucho movimiento. En Barcelona los 
anarquistas retenían una gran cantidad de armas automáticas que habrían 



174 



H . M . E nzensberger 



sido de gran utilidad en el combate en Madrid, con la vana esperanza de 
resistir a los comunistas. Ya habían desistido de algunas de sus posiciones 
ideológicas al asociarse al gobierno. Pero su posición militar era 
incontrovertible: todavía estaban en condiciones de ganar luchas callejeras, 
ocupar radioemisoras y otros medios de comunicación o, si lo exigían sus 
principios antiautoritarios, de dar paso al enemigo, para impedir que los 
comunistas obtuvieran el control de la República. (Los comunistas, sin 
embargo, no estaban en condiciones de lograr este control, porque su 
victoria en España habría desatado seguramente una guerra mundial que 
Moscú no deseaba en esos momentos.) 

Surgió así una situación en la cual los «puros ideólogos» de ambos 
sectores (los herederos de Marx, por un lado, y los de Bakunin por el otro) 
se vieron obligados a tratar con gente menos pura que ante todo quería ganar 
la guerra. 

Habla muy a favor de Durruti el hecho de que se haya declarado dispuesto 
a marchar a Madrid para hacer un convenio con el Partido Comunista y el 
gobierno central. Apareció con sus guardaespaldas armisonantes en los 
restaurantes subterráneos de la Gran Vía, mientras fuera, en las calles, caían 
las granadas de las tropas de Franco. Los habitantes de Madrid nunca habían 
visto guerreros como aquéllos, armados hasta los dientes; la idea de que 
aquellos hombres de punta en blanco acudían por fin en su ayuda los llenó 
de entusiasmo. Durruti dejó su escolta. Fue solo a encontrarse con los 
comunistas. Quince minutos después fue muerto a tiros en plena calle por 
los agentes de un grupo anarquista que para colmo se llamaba Amigos de 
Durruti. 

Los historiadores de la Guerra Civil describen falsamente este episodio 
cuando se dan por satisfechos con la explicación de que Durruti fue al frente 
y allí lo mataron personas desconocidas. Por razones obvias, el gobierno 
republicano y el Partido Comunista difundieron esta versión: ambos tenían 
interés en dar poca importancia al conflicto entre anarquistas y comunistas. 
Incluso se sostuvo que Durruti había caído víctima de una bala perdida 
procedente de las trincheras de Franco. Nada de esto es cierto. En realidad lo 
mataron en la calle, y por la espalda. Numerosos espectadores presenciaron 
su fin. Su muerte puede interpretarse tal vez como una manifestación 
extrema del modo de pensar anarquista. De todos modos demuestra que el 
conflicto entre los anarquistas y los comunistas era insoluble. 

Los Amigos de Durruti se habían organizado mucho antes de este 
asesinato. El grupo representaría el espíritu del «verdadero» anarquismo y la 
oposición a las tendencias autoritarias del comunismo. Desde este punto de 
vista, es lógico que sus propios «amigos» lo mataran. Su muerte fue el 
último acto de la disputa entre Bakunin y Carlos Marx. 

[ANÓNIMO 2] 

Cuando a un hombre lo matan en la calle durante la guerra, no es de 
extrañar que se atribuya su muerte tanto al enemigo como a sus propios 
partidarios. El disparo mortal fue hecho en un barrio de donde estaban 
siendo expulsadas las tropas nacionalistas. Es imposible que el asesino lo 
haya reconocido y haya disparado sabiendo que tenía ante sí a Durruti, 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 175 

porque Buenaventura Durruti no llevaba ningún distintivo en su uniforme. 
El tirador disparaba contra cualquier miliciano que avanzara; sí que debía de 
ser alguien del lado franquista. Es cierto que a Durruti lo mataron por la 
espalda, pero el disparo vino desde arriba, desde alguno de los edificios que 
todavía estaban en manos del enemigo. 

Más tarde hubo polémicas sobre este asunto entre los republicanos. 
Algunos anarquistas dieron a entender que Durruti había sido asesinado por 
los comunistas. Esto es improbable. Lo cierto es que su muerte favoreció 
considerablemente la táctica de los comunistas. Con Durruti desaparecía la 
única figura del movimiento anarquista cuyo prestigio habría bastado para 
contrarrestar la creciente influencia de los comunistas. 

El grupo Amigos de Durruti se fundó muchos meses después de su 
muerte. Esto se deduce del nombre de la agrupación: es una tradición 
anarquista denominar sus asociaciones con el nombre de algunos de los 
miembros de su movimiento ya fallecidos, un filósofo o un dirigente 
político, pero nunca con el nombre de alguien que vive todavía. La primera 
agrupación así denominada se formó en París. El segundo grupo se fundó en 
España. Combatieron la política de compromiso de la CNT y su retroceso 
ante el chantaje de los comunistas. Tampoco es cierto que Durruti estuviera 
dispuesto a llegar a un «acuerdo» con los comunistas. En la época de su 
muerte, los comunistas no estaban en absoluto en condiciones de ejercer una 
fuerte presión sobre los anarquistas. Esto fue posible después de la muerte 
de Durruti, al aumentar en España la influencia rusa. En las entrevistas que 
Buenaventura Durruti concedió poco antes de su muerte a la veterana 
anarquista Emma Goldman, una rusa, él expresó claramente su posición. 
Cuando le preguntó si no sería él demasiado confiado, respondió: «Si los 
obreros españoles tienen que elegir entre nuestros métodos libertarios y la 
clase de comunismo que usted conoció en Rusia, estoy seguro de que 
elegirán bien. En este sentido estoy muy tranquilo.» Emma Goldman le 
preguntó qué ocurriría si los comunistas tuvieran tanta fuerza que no les 
quedara a los obreros ninguna opción. Durruti contestó: « Ya frenaremos a 
los comunistas fácilmente una vez que nos hayamos desembarazado de 
Franco, y si es necesario los frenaremos antes.» Tal vez eso habría ocurrido 
si él hubiese vivido. 

[ALBERT MELTZER] 

Nunca he creído y rechazo enérgicamente la suposición de que Durruti 
haya sido asesinado por la espalda por su propia escolta. Ésta es una mentira 
infame. Ninguno de sus hombres habría sido capaz de semejante crimen. 
Más tarde se rumoreó que habían sido los comunistas. Le digo con toda 
franqueza que tampoco creo en esa versión. La mentira de que a Durruti lo 
mataron los anarquistas la inventaron algunos periodistas e historiadores 
títeres de los comunistas. Los comunistas hicieron todo lo posible por 
desacreditar al movimiento anarquista. Otros repitieron esas mentiras. Hay 
gente que se traga todo lo que le cuentan. 

[FEDERICA MONTSENY 1] 



176 



H . M . E nzensberger 



El testigo ocular 

Ya han pasado treinta y cinco años, pero a pesar de todo sé aún 
exactamente, no sólo la fecha, sino también la hora y todos los detalles. 

Estábamos aparcados en la calle Miguel Ángel, número 27, allí estaba el 
cuartel general de Durruti. Era el palacio del duque de Sotomayor, sobrino 
del rey Alfonso XIII. Por la tarde, era el 19 de noviembre, llegó un 
mensajero del frente. El Hospital Clínico había caído en manos del enemigo. 
Subimos al coche de inmediato. Eran las cuatro de la tarde, diez minutos 
más, diez minutos menos. Fuimos directamente al frente, lo más cerca 
posible del hospital, para examinar la situación. Delante, al volante, iba 
Julio, el chófer, y a su lado, como siempre, Durruti. No le gustaba ir en el 
asiento de atrás. En el asiento trasero íbamos Manzana, Bonillo y yo. 

Atravesamos la ciudad y por el paseo Rosales llegamos a la plaza de la 
Moncloa, justo en la esquina de la calle Andrés Mellado. Oíamos silbar las 
balas. Nos detuvimos, no se podía seguir. El coche era un blanco demasiado 
bueno para los tiradores enemigos. Así que Julio paró y bajó para estudiar la 
situación. Durruti quiere seguirlo, toma su pistola ametralladora, un 
naranjero, abre la puerta y golpea con el arma contra el estribo de la puerta. 
Se le escapó un tiro, el disparo le dio en medio del pecho y lo atravesó de 
parte a parte. 

Yo estaba a punto de bajar, sólo quedaba uno en el coche. 

Levantamos a Durruti, una enorme cantidad de sangre, tratamos de 
enjugarla, imposible, lo pusimos en el coche, subimos y nos dirigimos lo 
más rápido posible hacia el Hotel Ritz, donde estaba el hospital de las 
milicias. 

Dejamos a Durruti al cuidado de los médicos; ellos trataron de salvarle 
por todos los medios. Se mantuvo plenamente consciente hasta las dos de la 
madrugada. No sé si dijo algo, yo no estuve allí. Pero sé que murió a eso de 
las cuatro de la madrugada, once o doce horas después de la desgracia. 

La muerte de Durruti nos impresionó tanto que casi no podíamos creerlo, 
y eso que nosotros éramos los testigos oculares. Nadie se atrevió a 
comunicar la noticia, nadie quería decir la verdad. Por eso se dijo en el 
comunicado que lo había matado una bala enemiga. Ello habría podido 
ocurrir fácilmente, sólo que no fue así. Entonces surgieron los rumores, 
claro, algunos decían que los comunistas eran los culpables, otros que 
nosotros, su escolta, le habíamos matado, otros le echaron la culpa a la 
quinta columna, etcétera, etcétera. A nadie se le ocurrió pensar que en 
realidad había sido un accidente, que Durruti mismo se había matado. 

[RAMÓN GARCÍA LÓPEZ] 



Yo sostuve antes la teoría de que Durruti había sido víctima de un 
atentado. Había llegado a esa conclusión porque tenía en mis manos una 
especie de cuerpo del delito: la camisa. Ésta demostraba que el disparo había 
sido hecho desde muy cerca. Además sabía que la viuda albergaba ciertas 
dudas sobre la versión oficial. Desde entonces he conversado con mucha 
gente sobre ello, también con amigos de Émilienne. Parece que ocurrió de 
un modo totalmente distinto al que yo me había imaginado, parece que al 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 177 

bajar del coche, el fusil automático de Durruti, de esos llamados naranjeros 
(nunca supe por qué esas armas se llamaban « hirió lo y solo disparó se> 

Si ocurrió así, también la actitud de la CNT es comprensible entonces. 
Este modo de morir habría tenido un resabio de letal ironía; las masas no 
habrían creído ni aceptado semejante versión. ¡Un hombre que estaba tan 
familiarizado con el manejo de las armas como una secretaria con su 
máquina de escribir! Claro, los anarquistas no tenían ningún interés en 
destruir con una explicación tan banal el mito que se había creado en tomo a 
Durruti. Era inconcebible. No podía ser. 

[JAUME MIRAVITLLES 1] 

Nadie supo nunca la verdad, por la simple razón de que se nos tomó 
juramento a todos: hasta el fin de la guerra, debíamos guardar silencio y no 
decir nada a nuestros padres, esposas y amigos; en parte porque esta muerte 
era un tanto ridicula para un dirigente anarquista, y además para no despertar 
la sospecha de que Durruti había sido asesinado por sus propios hombres. 
Federica Montseny, que era entonces ministra, y Marianet (es decir Mariano 
R. Vázquez, secretario general del Comité Nacional de la CNT) nos tomaron 
juramento. 

El doctor Santamaría, con quien hablé, no sabía de dónde había venido el 
disparo. Pero me aseguró que había sido descerrajado desde una distancia no 
mayor de quince centímetros. 

[JESÚS ARNAL PENA 3] 

Incluso actualmente hay gente que no quiere ni oír hablar de esto, porque 
no les conviene, pero ellos saben la verdad tan bien como yo. Hemos 
escuchado a los compañeros que estaban con él, es decir Manzana, su jefe de 
estado mayor en Madrid, el chófer Estancio y otro más que lo acompañaba, 
y ¿qué dijeron ellos? Que se le disparó el fusil por descuido. Estaba sentado 
así (Rionda lo imita) y sostenía así el fusil, con el cañón hacia arriba. Lo 
toma y quiere bajar, entonces se engancha el gatillo en el estribo y ¡pum!, se 
escapa un tiro y le atraviesa el pulmón. 

Yo entiendo bastante de armas. Desde los veintidós años nunca he salido 
de casa sin mi pistola. Nunca se sabe, sobre todo por la tarde y por la noche. 
Jamás fui a una asamblea sin mi pistola, siempre la tenía a mano, en el 
cinturón. Uno tiene que estar listo para defenderse en cualquier momento. 
Pero Durruti siempre fue descuidado, ése era su defecto. Se lo dije varias 
veces. Era demasiado despreocupado; también Manzana opinaba así. 
Cuando se viaja en coche no hay que llevar el fusil así, con el cañón 
apuntando contra uno, y menos aún al bajar. 

Pero Manzana me aseguró que así había ocurrido. El naranjero es un rifle 
temible, se dispara con facilidad. Lo conozco muy bien, porque después el 
fusil de Durruti lo usé yo, el mismo con el que había ocurrido el accidente; 
lo conservé hasta que fui a Francia. Al huir tuve que dejarlo en la frontera. 

[RICARDO RIONDA CASTRO] 



178 



H . M . E nzensberger 



Sus bienes personales 

Era increíble, no poseía nada, nada, absolutamente nada. 

Todo lo que tenía pertenecía a todos. Cuando murió me puse a buscar 
algunas ropas para enterrarlo con ellas. Finalmente encontramos una 
chaqueta de cuero vieja, muy gastada, unos pantalones color caqui y un par 
de zapatos agujereados. En una palabra, era un hombre que lo daba todo, no 
le quedaba ni un botón. No tenía nada. 

[RICARDO RIONDA CASTRO] 

En su equipaje se encontraron los siguientes efectos: ropa interior para 
una muda, dos pistolas, unos prismáticos y gafas de sol. Éste era todo el 
inventario. 

[JOSÉ PEIRATS 1] 

La muerte de Durruti causó una profunda emoción en Madrid. Los 
camaradas trasladaron el cadáver al local del Comité Nacional de la CNT, 
donde se instaló la capilla ardiente. E121 de noviembre a las cuatro de la 
madrugada el féretro fue colocado en un coche y conducido hacia Valencia, 
acompañado por una gran comitiva de automóviles. La población lo 
aguardaba en las ciudades por donde iba a pasar el séquito. En Chiva la 
comitiva fue recibida por los ministros García Oliver, Alvarez del Vaya, 
Just, Esplá y Giral. La población se manifestó en todos los pueblos con 
banderas rojinegras y trajo coronas al féretro. En Valencia, los 
representantes del comité regional levantino de la CNT depositaron coronas 
y flores en el coche que albergaba los restos mortales del camarada difunto. 

También en Levante y Cataluña se brindó en todos los pueblos un último 
saludo al muerto. Poco antes de la una de la madrugada, el 22 de noviembre, 
el féretro llegó a la sede de la CNT -F AI en Barcelona. La capilla ardiente se 
instaló en el vestíbulo de la entidad, y se le cubrió con flores y banderas 
rojinegras. Por encima de él y en la bandera que lo cubría, estaban escritas 
las letras que sintetizaban la esencia de su vida, las siglas por las que había 
caído: CNT-FAI. 

[Durruti 6] 

El funeral se llevó a cabo en Barcelona. Era un día nublado y gris. La 
ciudad cayó en una especie de histeria colectiva. La gente se arrodillaba en 
la calle, mientras pasaba el cortejo fúnebre con una guardia de honor de 
anarquistas en ropas de combate. Lloraban. Medio millón de personas se 
habían congregado en las calles. Todos tenían los ojos húmedos. Durruti era 
para Barcelona el símbolo del pensamiento anarquista, y parecía increíble 
que hubiese muerto. 

Aquel día reinó un extraño sosiego sobre la ciudad. Las banderas 
rojinegras pendían de los mástiles. El sol se había ocultado. Nunca he visto 
un día tan silencioso, tan solemne y triste. 

[JAUME MIRAVITLLES 2] 

El enorme edificio de la antigua unión de empresarios catalanes (el 
Fomento Nacional del Trabajo), ahora la CNT-FAI, sede del comité regional 
catalán de la CNT, está situado en la Vía Layetana, la amplia y moderna 
arteria que conecta el puerto de Barcelona con la parte nueva de la ciudad. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 179 

Durruti estuvo en los últimos meses de su vida en estrecho contacto con esta 
casa, por la radio de esta casa había pronunciado su último discurso al 
pueblo español, por esta calle se condujo su féretro a Montjuíc. 

A solicitud de la federación local barcelonesa de la CNT, esta calle se 
llama ahora avenida de Buenaventura Durruti. 

[Durrutió] 

Cuando se fue a Madrid, lo acompañé hasta el aeródromo. Fue la última 
vez que lo vi. Lo llamaba a Madrid todos los días; una tarde me dijeron que 
no estaba. Después me enteré de que para entonces ya había muerto. 

Yo no estaba allí, no le puedo decir nada sobre ello. Pero, por supuesto, no 
se le podía decir a la gente que había sido un accidente, por la sencilla razón 
de que nadie lo habría creído. Así que se dijo que había caído en el frente. 
Un caído más, eso es todo. Un hombre como Durruti no muere en la cama, 
claro. 

Sí, tuve mis dudas. Pero al fin y al cabo fueron sus amigos, García Oliver 
y Aurelio Fernández, quienes me dijeron que había sido un accidente. Eran 
sus compañeros de lucha. ¿Por qué habrían de mentirme? Quedamos en eso 
entonces. De todos modos no se puede cambiar. 

[ÉMILIENNE MORIN] 



Octavo Comentario 
La revolución envejece 

Han pasado treinta y cinco años desde la derrota de la revolución 
española. Quien quiera seguir sus huellas, día a día, debe leer Solidaridad 
Obrera, el diario más importante de Barcelona en su tiempo. En un subsuelo 
en el Herengracht de Amsterdam hallará sus amarillentos pliegos, en 
grandes carpetas polvorientas; y en los cuatro pisos superiores encontrará 
todo cuanto se ha escrito, impreso y encuadernado sobre la revolución 
española. El Instituto de Historia Social Internacional conserva la historia de 
sus victorias y sus derrotas. Cartas y octavillas, decretos e informes 
testimoniales, frágiles folletos: una melancólica inmortalidad. Pero no sólo 
letra muerta, sino también las huellas de los sobrevivientes se encuentran 
allí: antecedentes personales, recuerdos, direcciones; referencias que llevan 
muy lejos: a los tristes arrabales de la ciudad de México, a los apartados 
pueblos de las provincias francesas, a las buhardillas de París, a los patios 
traseros de los barrios obreros de Barcelona, a las deslucidas oficinas de la 
capital argentina, y a los graneros de Gascuña. 

El ebanista Florentino Monroy, exiliado en Francia, va con sus setenta y 
cinco años de uno a otro castillo. No cobra pensión para la vejez. Vive de 
reparar los armarios taraceados de los decrépitos aristócratas de la región. 

Detrás de una droguería, en el somnoliento suburbio parisiense de Choisy- 
le-Roi, en el patio interior de la rué Chevreuil, número 6, los anarquistas 
españoles han instalado una pequeña imprenta. Allí imprimen los carteles 
cinematográficos de las aldeas de la provincia, e invitaciones para bailes de 
máscaras, pero también sus propias revistas y folletos. 

En alguna parte de Latinoamérica trabaja Diego Abad de Santillán, en una 
pequeña editorial. En otra época uno de los hombres más influyentes de 



180 



H . M . E nzensberger 



Cataluña, más tarde un enconado crítico de la CNT dentro de sus propias 
filas, hoy un hombre sereno, siempre dispuesto a ayudar, un gran fumador 
de pipa. 

Ricardo Sanz, obrero textil de Valencia, uno de los antiguos Solidarios, 
vive de una renta de 300 francos, solo en una sombría casa de campo a 
orillas del Garona; hace más de treinta años que dirigió, como sucesor de 
Durruti, una división de las milicias anarquistas. Muestra a sus visitantes las 
reliquias de la revolución: la mascarilla de Durruti, las fotos que guarda en 
la cómoda y las alacenas llenas de ejemplares de sus libros, que él mismo ha 
editado en una imprenta propia. 

Pero la mayoría han muerto. Se supone que Gregorio Jover vive aún, en 
alguna parte de América Central. Se desconoce el paradero de los demás. 

En el viejo patio de una fábrica, en Toulouse, se encuentra el cuartel 
general de la CNT en el exilio. Después de subir unas gastadas escaleras se 
llega al «Secretariado Intercontinental». Al lado de una pequeña librería, en 
la cual se encuentran raros folletos de los años treinta y cuarenta y las 
singulares y edificantes novelas de la Biblioteca Ideal, Federica Montseny 
ha instalado su oficina, donde sigue limando sus discursos y editoriales, 
infatigable como hace décadas. 

Es un mundo aparte, muy disperso geográficamente, y sin embargo 
estrecho: un mundo con sus propias reglas, su código de preferencias y 
aversiones; donde cada uno sabe lo que hace el otro, incluso cuando pasan 
años sin verse. Este mundo de los viejos compañeros no está exento de 
frustración y celos, de desavenencias y alienación, los estigmas de la 
emigración. El promedio de edad es alto; los rumores y novedades se 
difunden fácilmente y persisten con tenacidad; el recuerdo se ha solidificado 
hace tiempo; todos saben de memoria cuál fue su papel durante los años 
decisivos; también pagan su tributo a la obstinación y pérdida de la memoria 
típicas de la vejez. 

Pero esta revolución vencida y envejecida no ha perdido su integridad. El 
anarquismo español, por el cual han luchado toda su vida estos hombres y 
estas mujeres, nunca ha sido una secta al margen de la sociedad, una moda 
intelectual ni un burgués «jugar con fuego». Fue un movimiento proletario 
de masas, y tienen menos que ver con el neoanarquismo de los grupos 
estudiantiles actuales, de lo que manifiestos y consignas hacen suponer. 
Estos octogenarios contemplan con sentimientos contradictorios el 
renacimiento que experimentaron sus ideas en el Mayo de París y en otras 
partes. Casi todos han trabajado toda la vida con sus manos. Muchos de ellos 
van aún hoy todos los días a las obras y a la fábrica. La mayoría trabaja en 
pequeñas empresas. Declaran con cierto orgullo que no dependen de nadie, 
que se ganan la vida por sí mismos; todos son expertos en su especialidad. 
Las consignas de la «sociedad del tiempo libre» y las utopías del ocio les 
son ajenas. En sus pequeñas viviendas no hay nada superfluo; no conocen la 
disipación ni el fetichismo del consumo. Sólo cuenta lo que puede usarse. 
Viven con una modestia que no los oprime. Ignoran tácitamente las normas 
del consumo, sin entrar en polémicas. 

Las relaciones de los jóvenes con la cultura les inquieta. Les parece 
incomprensible el desprecio de los situacionistas hacia todo lo que huele a 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 181 

«ilustración». Para estos viejos trabajadores, la cultura es algo bueno. Esto 
no es nada sorprendente, ya que ellos conquistaron el abecedario con sangre 
y sudor. En sus pequeñas habitaciones oscuras no hay televisores, sino 
libros. Ni en sueños se les ocurriría arrojar el arte y la ciencia por la borda, 
aunque sean de origen burgués. Tampoco comprenden el analfabetismo de 
un «escenario» cuya conciencia está determinada por los cómics y la música 
rock. Omiten sin comentarios la liberación sexual, que copia al pie de la 
letra antiquísimas teorías anarquistas. 

Estos revolucionarios de otros tiempos han envejecido, pero no parecen 
cansados. Ignoran lo que es la irreflexión. Su moral es silenciosa, pero no 
permite la ambigüedad. Están familiarizados con la violencia, pero miran 
con profunda desconfianza el gusto por la violencia. Son solitarios y 
desconfiados; pero una vez traspasado el umbral de su exilio, que nos separa 
de ellos, se abre un mundo de generosidad, hospitalidad y solidaridad. 
Cuando uno los conoce, se sorprende al comprobar cuan poca desorientación 
y amargura hay en ellos; mucho menos que en sus jóvenes visitantes. No son 
melancólicos. Su amabilidad es proletaria. Tienen la dignidad de las 
personas que nunca han capitulado. No tienen que agradecerle nada a nadie. 
Nadie los ha «patrocinado». No han aceptado nada, ni han gozado de becas. 
El bienestar no les interesa. Son incorruptibles. Su conciencia está intacta. 
No son fracasados. Su estado físico es excelente. No son hombres acabados 
ni neuróticos. No necesitan drogas. No se autocompadecen. No lamentan 
nada. Sus derrotas no los han desengañado. Saben que han cometido errores, 
pero no se vuelven atrás. Los viejos hombres de la revolución son más 
fuertes que el mundo que los sucedió. 



Epílogo 
La posteridad 

Para mucha gente la muerte de Durruti significó el fin de sus esperanzas. 
Mientras creyeron que luchaban por la revolución su moral fue buena. 
Cuando vieron que sólo se trataba de ganar la guerra y que todo lo demás 
seguiría siendo como antes, se acabó. Muchos veían en Durruti la 
encarnación de sus esperanzas en una nueva sociedad. La muerte de Durruti 
fue terrible; con su caída declinó el espíritu revolucionario en las fábricas y 
en las colectividades del campo. 

[FEDERICA MONTSENY 1] 

Dos versiones del discurso de Lluís Companys en el entierro de Durruti: 

¡Compañeros!, en este momento de tensión os hago una llamada a la 
unión, a la disciplina, a la austeridad y al valor. 

Por un instante sentimos asomar lágrimas a nuestros ojos. Pero ¿para qué 
llorar? ¿Lloraremos acaso la muerte de un hombre que ha cumplido con su 
deber y a quien rendimos el tributo de nuestra admiración? Lloremos más 
bien por los cobardes y los desalmados. Sequemos nuestras lágrimas, 
levantemos el brazo y sigamos nuestro camino hacia adelante, sin 
detenemos. Que el nombre de Durruti nos sirva de ejemplo. El camino que 
nos queda por recorrer es aún difícil y fatigoso. ¡Adelante! ¡Adelante! 

[Solidaridad Obrera] 



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Ha muerto Durruti como mueren los cobardes o como mueren los héroes, 
a manos de un cobarde: por la espalda. Por la espalda mueren los que huyen 
o aquellos que, como Durruti, no encuentran quien se atreva a asesinados de 
frente. ¡Durruti, saludamos tu valor! Tu nombre estaba impregnado de una 
profunda emoción popular, Aquí quedamos nosotros con una consigna: 
¡Adelante! ¡Cada uno al puesto adonde lo llama su deber, más unidos que 
nunca en la lucha contra el fascismo y por la libertad! ¡Adelante, sin volver 
la vista atrás! 

[El Pueblo] 

Ya sea que estemos de acuerdo o no con las ideas de Durruti, hay que 
reconocer que él llevó una vida absolutamente fiel a sus principios. Era un 
anarquista y cayó como un miembro disciplinado del ejército popular 
español. 

La historia de la vida de Durruti corresponde exactamente al desarrollo 
del anarquismo español en su conjunto. Así como la policía reaccionaria 
consideraba a Durruti como un delincuente común, la prensa burguesa 
tiende a hablar de la CNT y la FAI como si fueran simples bandas de 
asesinos, saqueadores e incendiarios. En realidad, el movimiento anarquista 
español tiene fuertes rasgos de idealismo. Muchos anarquistas son no 
fumadores y vegetarianos. Muchos rehusan el alcohol. Rechazan 
categóricamente toda clase de excesos. En Madrid se ven por doquier 
grandes carteles de la F Al y la CNT que exigen la clausura de los bares y 
cafés, considerados las antesalas del burdel. En estos días, la concepción 
anarquista del sacrificio personal se lleva a la práctica con ferviente energía 
en Madrid. 

La cosmovisión marxista se diferencia en sus principios básicos de la 
cosmo visión anarquista. Sin embargo, esto no significa que el sincero 
idealismo de la CNT -FAI no tenga sus méritos también, o que no empleen 
todas sus fuerzas en la lucha contra el fascismo, una lucha que impone 
severos sacrificios. La muerte de Durruti es una grave pérdida para la 
España democrática. 

Durruti luchó enérgicamente por la unión de los dos sindicatos 
industriales de España. Fue uno de los portavoces más importantes de un 
ejército popular disciplinado. Todos los partidos del Frente Popular, el 
gobierno y la población de la España republicana sienten que su muerte es 
un duro golpe. 

[HUGHSLATER] 

¿Quién es Durruti, su jefe? En Montevideo se sabía que era un gángster 
internacional. Su registro penal consigna su participación en el asesinato del 
obispo de Zaragoza y un asalto a mano armada al banco de Gijón, de donde 
se llevó 550.000 pesetas. 

Las policías española y chilena le buscaban por todo el mundo. Los 
chilenos por el asalto a una sucursal bancaria en Chile. La policía cubana lo 
buscaba por un atentado parecido. 

En 1925 cometió un atraco en Buenos Aires. Después de salir airoso, los 
franceses lo requirieron por su participación en un atentado contra el rey 
Alfonso XIII. 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 183 

Al proclamarse en España la República, Durruti regresó. Más tarde su 
propia gente lo mató por la espalda. Fue a razón de la distribución de un 
botín, y la Pasionaria, esa horrorosa mujer del gobierno de Madrid, lo elogió 
durante su aparatoso funeral llamándolo libertador ejemplar. 

Éstos son los infrahombres que soltaron en España el compañero 
Dimitroff y los otros. A su lado estaban los criminales de la columna de 
hierro, la división Carlos Marx, que hacía trizas a los prisioneros con balas 
dum-dum. 

[KARL GEORG VON STACKELBERG] 

En noviembre de 1936 viajó a la Unión Soviética un pequeño grupo de 
sindicalistas anarquistas. Los sindicatos de aquel país querían mostramos lo 
que habían logrado después de la revolución; nosotros teníamos interés en 
explicar a nuestros anfitriones y al pueblo ruso la difícil situación a la que 
nos habían arrastrado la Guerra Civil y el fascismo internacional. 

Ya desde el primer encuentro con los representantes de la URSS, pudimos 
constatar que Durruti no era desconocido allí. Las entrevistas que sobre él 
habían aparecido en la prensa soviética no sólo mencionaban sus acciones en 
la Guerra Civil, sino que se remontaban muchos años antes del 19 de julio. 
Los periodistas rusos habían ido a verle a las fábricas de Barcelona y habían 
publicado algunas entrevistas con él. El pueblo ruso sabía incluso que 
Durruti era anarquista, un caso excepcional, porque sobre los otros 
anarquistas no decían los rusos ni una palabra. En cambio los comunistas 
españoles como la Pasionaria, Díaz y Mije eran más populares en Rusia que 
en su propio país. Esto es comprensible, porque allí sólo hay periódicos 
comunistas, todos los demás están prohibidos. Alaban siempre a su propia 
gente. Sólo con Durruti hicieron una excepción. 

En Kiev, las autoridades civiles y militares y los representantes de las 
universidades y escuelas nos ofrecieron una recepción en la gran sala del 
mejor hotel de la ciudad. Allí estaba presente la Ucrania oficial. El jefe de la 
guarnición de Kiev, un viejo bolchevique, pronunció un discurso de 
salutación. Después de dar la bienvenida a los huéspedes, comunicó la 
noticia de la muerte de Durruti e invitó a los presentes a ponerse de pie y 
guardar un minuto de silencio en honor al «gran guerrillero español». 

Pero no sólo las personalidades oficiales admiraban a Durruti. Durante 
nuestra estancia en Moscú fuimos a visitar a algunos obreros que habitaban 
en un barrio proletario de la ciudad. En una pequeña cabana encontramos a 
un obrero metalúrgico que había participado en las luchas de 1918. Tenía 
que mantener a una numerosa familia y vivía en la miseria. Había seguido 
con interés el desarrollo de la guerra en España. Nos hizo señas de que nos 
acercáramos a un rincón de su habitación, y sacó un viejo libro de una 
cómoda. Era una amarillenta edición de la obra de Korolenko. En el libro 
había puesto algunos recortes de periódicos: una fotografía de Durruti que 
había aparecido en Pravda, y un reportaje con su biografía. 

-¿Por qué guardas eso? -le preguntamos. 

-Porque tenía fe en él, porque era sincero. No era ningún impostor, de los 
que engañan a la clase obrera. 



184 



H . M . E nzensberger 



Siguió hojeando en su libro y encontró otro recorte, más viejo aún. En la 
tosca foto reconocimos a Néstor Machno, el viejo jefe anarquista. El obrero 
nos relató algunas acciones de Machno en el tiempo de la Revolución Rusa, 
y nos comentó su caída. 

-Machno era uno de los más grandes revolucionarios -dijo-, y ahora 
quieren hacemos creer que era un bandido. Tened cuidado de que ahora que 
está muerto no profanen también su memoria. 

Se lo prometimos. 

[ANÓNIMO 3] 

Actualmente hay mucha gente, también de la burguesía, e incluso de la 
Iglesia católica, que estaría dispuesta a aceptar de buena gana a Durruti, 
ahora que está muerto, como a un hijo pródigo. De pronto han descubierto 
sus aspectos positivos y tratan de utilizado para sus fines. Los curas 
españoles quieren hacer de él un cristo rojo. Mientras vivía dispararon 
contra él. Se habían atrincherado en las iglesias de Barcelona. Eran 
verdaderas fortalezas las iglesias, y disparaban contra nosotros, disparaban 
contra todo lo que se movía. Y la burguesía puso el grito en el cielo: ¡los 
anarquistas queman las iglesias! Nosotros no hemos hecho más que 
defendemos. ¡Y la misma gente que lo persiguió como a un criminal 
mientras vivía, quiere hacer un santo de él ahora! 

[ÉMILIENNE MORIN] 

Para mí, su heroísmo no estaba tanto en lo que dicen los diarios, sino 
sobre todo en su vida cotidiana. Claro, eso lo sabe muy poca gente, lo saben 
los que lo conocieron en el café de la esquina, en su casa o en la cárcel. 

Por las manos de Durruti han pasado millones, y sin embargo le he visto 
remedándose las plantillas de los zapatos porque no tenía dinero para 
llevados al zapatero. A veces, cuando nos encontrábamos en un bar, no tenía 
siquiera el dinero para pedir un café. 

Cuando iban a visitados salía a menudo con un delantal puesto, porque 
estaba pelando patatas. Su mujer trabajaba. A él no le importaba; no conocía 
el machismo y no se sentía herido en su orgullo al hacer las labores 
domésticas. 

Al día siguiente tomaba la pistola y se echaba a la calle para enfrentarse a 
un mundo de represión social. Lo hacía con la misma naturalidad con que la 
noche anterior había cambiado los pañales a su hijita Colette. 

[FRANCISCO PELLICER] 

Algunos dicen que si Durruti no hubiese muerto habríamos ganado la 
guerra. Ése es un gran error. Nuestra guerra no fue una guerra entre dos 
partidos, fue un conflicto internacional, y los militares españoles no se 
habrían sublevado, jamás habrían tenido una posibilidad, si no hubiesen 
sabido que el fascismo internacional los ayudaría, los italianos y los 
alemanes. 

[RICARDO SANZ 1] 

Para nosotros no es ni un héroe ni un mesías. No necesitamos jefes ni 
caudillos. Eso no existe entre los anarquistas. 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



185 



El papel de Durruti no puede interpretarse como un culto al héroe. Él tenía 
una cierta dignidad y un cierto valor sin los cuales es imposible vivir. En 
nuestros días, el Che Guevara desempeñó un papel muy parecido. Durruti no 
era un teórico, no era de los que se sientan ante un escritorio mientras los 
demás luchan. Era un hombre de acción, salía a la calle a luchar, y siempre 
se le encontraba donde el peligro era mayor. 

[FEDERICA MONTSENY 1] 

Enseguida comprendí que Durruti era un anarquista innato. Se notaba que 
venía de la provincia, tenía algo de rústico. Cavilaba a menudo y pensaba lo 
suyo. No era un intelectual, ciertamente, y en Barcelona adquirió una cierta 
formación teórica. 

Era de León, de la meseta castellana, y tenía algo de la fuerza y la dureza 
de sus paisanos. Era un hombre del temple de un Padilla o de un Pizarro, los 
viejos conquistadores. 

En Barcelona leyó mucho, sobre todo a nuestros clásicos anarquistas, 
Anselmo Lorenzo, Elisée Reclus, Ricardo Mella, y sobre todo a Sebastian 
Faure, el filósofo francés del anarquismo. Su horizonte cultural siempre fue 
un poco limitado, pero a pesar de todo tenía una base sólida. 

Además, siempre fue un hombre capaz de todo cuando era necesario. Sus 
ideas no eran un pasatiempo para él, quería realizarlas. Esto explica lo que 
más tarde llamarían su heroísmo. Actuaba instintivamente, sin duda. Tal vez 
era también un obcecado, pero al mismo tiempo tenía un temperamento 
bondadoso, y con esto quiero decir que su impulso más esencial era la 
solidaridad. 

Sus recursos eran enormes desde todo punto de vista. Ello se demostraba 
por ejemplo en la cárcel, donde ayudaba a los doblegado s y decaídos. 
Durruti no conocía la depresión física ni la depresión moral. No importa lo 
crítica que fuese la situación en que se hallaba -en las huelgas, en la lucha 
callejera, bajo los golpes de la represión-, siempre la afrontaba con decisión, 
y muchas veces con éxito. Y cuando fracasaba no se desesperaba. Enseguida 
pensaba en la próxima etapa, en la próxima tentativa. 

No hacemos más que hablar de Durruti, todo el tiempo, como si no 
hubiese habido otros como él. En realidad hubo miles de Durrutis anónimos 
en nuestro movimiento. Algunos eran conocidos, otros no. Pero muchos 
cayeron, y nadie habla de ellos. Y sin embargo no eran menos valerosos ni 
menos decididos, y no se arriesgaron menos que Durruti o Ascaso. Cuántos 
compañeros hemos perdido en la guerra, cuántos cayeron en 1919, en 1920, 
¡cuántos perdieron la vida bajo la represión de Martínez Anida! Quinientos 
por lo menos. Eran los mejores de los nuestros. Si nos pusiéramos a llorar a 
nuestros muertos y a venerarlos, estaríamos muy ocupados. Es mejor seguir 
su ejemplo y llevar adelante lo mejor que se pueda nuestro ideal. 

Creo que no hay otra solución. No importa si somos muchos o pocos, 
tenemos la razón y el derecho de nuestra parte. Esto tenemos que 
demostrarlo de nuevo cada día, con la palabra, con la pluma y con los 
hechos. Pero nuestras publicaciones no llegan a las masas, nuestras 
ediciones son pequeñas, actuamos en el exilio, el idioma de este país no es el 



186 



H . M . E nzensberger 



nuestro, nuestra influencia en Francia es reducida. Debemos superar esta 
situación. Debemos sobreponernos a estos obstáculos. 

[JUAN FERRER] 

Vivió para sus ideas. Es maravilloso. A veces lo envidio. Su vida fue una 
vida plena. No creo que haya sido inútil. 

Claro, ahora que está muerto todos quieren reivindicarlo para sí mismos. 
Mientras vivió lo persiguieron como a un criminal. Ahora hasta la burguesía 
le descubre cosas buenas, y los curas quieren embalsamarlo. Un 
revolucionario muerto es siempre un buen revolucionario. 

[COLETTE MARLOT] 

No sé, si él estuviera en la habitación, creo que nos haría callar la boca. 
No nos dejaría hablar así, era muy modesto. Habría dicho: «Habla de la 
CNT, habla de nuestros pensamientos, pero no hables de mí.» Eso habría 
dicho si hubiese estado aquí. 

[MANUEL HERNÁNDEZ] 

Sí, Durruti era pacífico y violento a la vez. Pero esto no es una 
contradicción. Todos estamos en esa situación. Nuestras ideas son justas, 
nadie ha podido rebatirlas. Hemos discutido con la gente más inteligente, y 
al final siempre nos han dicho: «Sí, vuestro ideal es muy hermoso, pero no 
lo realizáis, sois utópicos.» Pero nosotros les decimos, no es cierto, incluso 
aquí y ahora se realiza una parte de esa utopía. Ante nosotros tenemos el 
poder del capitalismo y el sistema de represión del Estado, y este poder 
sigue existiendo en el comunismo. Pues abdicamos, o les hacemos frente. 
Pero quien les haga frente tiene que pagar las consecuencias. Y aunque uno 
sea muy bueno, se ve obligado a luchar como una fiera. Es una lucha 
impuesta. Nosotros no la hemos querido. 

[JUAN FERRER] 

Me propongo volver lo antes posible a España. No, no por la familia, sino 
porque pienso continuar la lucha. La misma lucha de entonces, cuando 
éramos jóvenes. Hoy, como antaño, con mis setenta y cinco años. Tal vez 
sea una obsesión, pero yo volveré a León. 

El fascismo es sólo un episodio, una interrupción. No me hago ninguna 
ilusión. Cuando muera Franco vendrá otro que no será mejor. Quizá sea 
peor. ¿Sabéis por qué lo digo? Porque siempre fue así en la historia. Es igual 
que sea un gobierno de derecha, de izquierda o de centro, lo echáis abajo 
porque es un mal gobierno, y ¿qué conseguís? Otro peor todavía. Si no fuese 
así, el mundo ya sería un paraíso. Pero yo creo que es al revés. Sólo que la 
gente no se da cuenta, aunque hasta un ciego podría verlo. Y vota y vota y 
vota. Siempre es igual. Pero cuando Franco, a quien considero culpable de la 
muerte de un millón de seres humanos, cuando él se haya ido, puedo volver 
a León, y entonces veremos lo que se puede hacer y lo que yo puedo lograr 
todavía. 

[FLORENTINO MONROY] 

Sí, por supuesto, están muy bien organizados los emigrados españoles. 
Pagan todos los meses sus cuotas de afiliados. También el periódico sigue 



El corto verano de la anarqua (vida y muerte de Durruti) 



187 



saliendo, el diario de los anarquistas. Quisiera creer lo que se dice allí, pero 
hay cosas que me parecen tan simplistas, tan ingenuas. Quizá sea duro 
decirlo, pero yo digo lo que pienso: yo no puedo seguirlos. La mayoría se 
imaginan que bastaría regresar a España, cuando llegue el momento, y 
volver a empezar donde lo habían dejado en 1936. Pero lo pasado ya pasó. 
No se hace dos veces la misma revolución. 

[ÉMILIENNE MORIN] 



Fuentes 

Una parte importante de los documentos utilizados en este libro se debe a 
los interlocutores entrevistados que se citan en la lista siguiente. Doy las 
gracias además a la CNT de Toulouse y a los señores Ángel Montoto y Luis 
Romero de Barcelona. En lo que se refiere a los materiales escritos, he 
recibido la paciente ayuda de los miembros del Instituto Internacional de 
Historia Social de Amsterdam. La radio Alemania Occidental, de Colonia, 
me ha proporcionado los medios económicos para practicar estas largas 
investigaciones. En la primavera de 1972 filmé una película sobre Durruti 
para el Tercer Programa de dicha emisora. Doy las gracias también a los 
colaboradores de esa radio. Una parte de las entrevistas empleadas aquí 
proceden de los materiales de la película para la televisión. Cristoph Busse 
ha realizado las grabaciones y Rubén Jaramillo su versión escrita. En París, 
Abel Paz, biógrafo de Durruti, me ha ayudado con innumerables referencias. 
Su libro sobre Durruti, que (a diferencia del mío) plantea y satisface 
exigencias científicas, aparecerá próximamente en Francia. Es un libro 
imprescindible para quienes deseen ampliar sus conocimientos acerca de 
Durruti. 

Cuando en el siguiente índice de fuentes no aparece citado el nombre del 
traductor, significa que la versión alemana es mía. Los textos originales han 
sido citados literalmente, han sido parafraseados, o relatados libremente. La 
enumeración de las páginas permitirá la comprobación a quien lo desee 
saber con exactitud. No se incluyen los números de las páginas de los 
folletos y textos de poco volumen. 

Luz D. Alba, 19 de julio. Antología de la Revolución española, 

Montevideo, 1937, p. 94 (compilación de propaganda anarquista). 

Anónimo 1, La persécution réligieuse en Espagne. Poema prefacio de Paul 

Claudel, París, 1937, p. 78. (El autor, ex diputado a Cortes, pertenece a la 

extrema derecha católica.) 

Anónimo 2, Anarchism. The Idea and the Deed. En «The Times Literary 

Supplement», Londres, 24 de diciembre de 1964. (Extracto de una reseña. El 

crítico, probablemente Claude Cockbum, es sin duda un ex comunista.) 

Anónimo 3, en ¡Campo! (véase). 

Ariel, ¿Cómo murió Durruti?, sin fecha ni lugar de edición (Toulouse, 

probablemente, alrededor de 1945; folleto de un comité regional de la CNT 

en el exilio, expresa el punto de vista «oficial» de la organización en aquella 

época. «Ariel» es un seudónimo, por supuesto). 

Jesús Arnal Pena 1, entrevista realizada por Ángel Montoto Ferrer y 

publicada en Heraldo de Aragón, Zaragoza, 4 y 11 de diciembre de 1969 



U 



H . M . E nzensberger 



(Amal Pena es actualmente párroco de Ballobar; durante la Guerra Civil 

prestó servicios en la oficina de la columna Durruti). 

Jesús Arnal Pena 2, Memorias, manuscrito inédito, pp. 91-99, 106. 

Jesús Arnal Pena 3, declaración oral al periodista Ángel Montoto Ferrer, 

en Barcelona, otoño de 1970. 

Manuel D. Benavides, Guerra y revolución en Cataluña, México, D. F., 

1946, pp. 189-191, 222,259-260. (Político del PSUC; adversario de los 

anarquistas, cercano al Partido Comunista; descripción de tendencia 

fuertemente novelesca.) 

Franz Borkenau, The Spanish Cockpit. An Eye- Witness Account of the 

Political and Social Conflicts of the Spanish Civil War (Prefacio de Gerald 

Brenan, Ann Arbor, 1963, pp. 69-71, 75, 90-92, 94-95, 108-111. (Para el 

tercer comentario: passim. Informe imprescindible de un testigo ocular, 

emigrante alemán. Borkenau perteneció antes de 1933 al Partido Comunista 

Alemán, luego abandonó el partido y se hizo anticomunista. Era sociólogo 

de profesión. Su libro apareció por primera vez en 1937 en Londres.) Hay 

edición española: El reñidero español, París, 1971. 

Stephen John Brademas, Revolution and Social Revolution. A 

Contribution to the History of the Anarcho-Syndicalist Movement in Spain: 

1930-1937, texto mecanografiado, Oxford, 1953, pp.161, 171-172, 263, 

281-284, 289, 297. (Profunda investigación académica de las fuentes.) 

Gerald Brenan, The Spanish Labyrinth. An Account of the Social and 

Political Background of the Civil War, Cambridge, 1943. (Para el segundo y 

tercer comentario: capítulos IV, VII, VIII. A pesar de algunas debilidades 

idealistas del autor, sigue siendo la mejor descripción de la historia social de 

España entre los años 1874 y 1936. Útil bibliografía.) Hay edición española: 

El laberinto español, París, 1962. 

Pierre Broué y Émile Témine, Revolution und Krieg in Spanien, Frankfurt 

am Main, 1968. (Para el quinto comentario: passim. Obra básica, compuesta 

por dos libros. Se destaca especialmente la descripción de Broué del proceso 

político. La traducción alemana es preferible al original francés, porque es al 

mismo tiempo una edición minuciosamente revisada.) 

Manuel Buenacasa, en Durruti 4 (véase). Importante dirigente de la CNT 

en los años veinte. 

Manuel Buizán. Obrero jubilado de Barcelona. Relato de segunda mano 

(narración de Francisco Ascaso). Entrevista del 26 de mayo de 1971 en 

Choisy-Ie-Roi. 

Liberto Callejas, en Durruti 4 (véase). Uno de los pocos intelectuales del 

movimiento anarquista español de los años veinte. 

Leo Campion, Ascaso et Durruti, Flémalle-Haute, sin fecha. (Folleto de un 

anarquista belga.) 

S. Cánovas Cervantes, Durruti y Ascaso. La CNT y la revolución de julio, 

Toulouse, sin fecha (alrededor de 1946). (Folleto de propaganda de la CNT). 

«Communist International», Moscú, diciembre de 1937, pp. 736-738 

(órgano de la Komintem). 

¡Campo! Órgano de la Federación Regional de campesinos de Cataluña, 

Barcelona, 20 de noviembre de 1937. (Revista campesina. Número 

extraordinario dedicado a Durruti.) 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 189 

«Crónica de la guerra española», Buenos Aires, sin fecha, núm. 44, p. 78 

(serie popular). 

Durruti 1, en ¡Campo! (véase). 

Durruti 2, entrevista realizada por Pierre van Paasen en Toronto Daily Star, 

Toronto, 28 de octubre de 1936. 

Durruti 3, en «Communist Internationa» (véase). 

Durruti 4, Durruti. Sa vie. Sa mort, París, sin fecha (1938). (Antología con 

textos de Durruti y sobre él, publicados por la oficina de información y 

prensa de la CNT.) 

Durruti 5, en Guérin (véase). 

Durruti 6, Buenaventura Durruti, publicado por el servicio alemán de 

información de la CNT-FAI, Barcelona, 1936 (folleto). 

Rosa Durruti. Hermana de Buenaventura. Vive en León. Fotocopia de una 

carta a Ángel Montoto Ferrer, otoño de 1969. 

Encyclopaedia Britannica, undécima edición, Nueva York, 1911, tomo 16, 

p.444. 

Friedrich Engels, Die Bakunisten an der Arbeit, en MEW, tomo 18, pp. 

491-493 (Quinto comentario). 

Ilya Grigorevic Ehrenburg 1, Ljudi, gody, zisn'. Edición alemana: 

Menschen, Jahre Leben. Autobiografía, primera parte. Versión alemana de 

Alexander Kaempfe, Munich, 1962, p. 141 (Primer comentario), p. 142-143 

(Ehrenburg fue corresponsal de guerra en España). 

Ilya Grigorevic Ehrenburg 2, No pasarán. La lucha de los españoles por 

la libertad, Londres, 1937, pp. 33-36. 

L'Espagne Antifasciste, París, 1936-1937. núm. 4, impreso en 

Prudhommeaux (véase). (Revista allegada al POUM.) 

«España libre», Toulouse, 11 de septiembre de 1949. (Contribución 

anónima en una revista de los anarquistas.) 

Juan Ferrer. Tipógrafo de Barcelona. Vive en París. Entrevista del 26 de 

mayo de 1971 en Choisy-le-Roy. 

Ramón García López. Obrero de Barcelona. Entrevista del 5 de mayo de 

1971. 

Alejandro Gilabert, Durruti, un anarquista íntegro, Barcelona, sin fecha 

(folleto de la CNT). 

Daniel Guérin, Ni Dieu ni Maitre, antología del anarquismo. París, 1970. 

Tomo 4, pp. 138-139, 156. 

Manuel Hernández. Carpintero de Barcelona. Vive en Dreux. Entrevista 

del 25 de mayo de 1971 en París-Aubervilliers. 

Josefa Ibáñez. Viuda de un ebanista de Barcelona, que trabajó con Durruti 

desde 1932 hasta 1934. Vive en París. Entrevista del 25 de mayo de 1971 en 

París-Aubervilliers. 

Frank Jellinek, The Civil War in Spain, Londres, 1939, pp. 442-444, 502- 

503. (Primera tentativa de descripción general, escrita por un simpatizante 

de los comunistas.) 

Marguerite Jouve, Vu en Espagne, febrero de 1936-febrero de 1937, p. 85 

(informe de un testigo ocular, una liberal). 



190 



H . M . E nzensberger 



H. E. Kaminski (seudónimo de E. Halpérine-Kaminsky), Ceux de 

Barcelona, París, 1937, pp. 59-65, 241-253 (informe de un testigo ocular 

simpatizante de la CNT). 

Mijaíl Koltsov, Ispanskij dn'evnik, Moscú, 1957. Edición alemana: Die rote 

Schlacht. Versión alemana de Rahel Strassberg, Berlín, 1960, pp. 16-17,31- 

33,45-48,51-55,324-325,335-337. (Destacado periodista soviético que cayó 

víctima de las purgas estalinistas. Fue jefe de redacción de Pravda algún 

tiempo.) Hay edición española: Diario de la guerra de España, París, 1963. 

John Langdon-Davies, Behind the Spanish Barricades, Londres, 1936, pp. 

222-224 (informe de un testigo ocular, reportero liberal inglés). 

Louis Lecoin, Le cours d'une vie, París, 1965. pp. 117-129, 153-154 

(autobiografía de un abogado anarquista). 

Arthur Lehning. Erudito anarquista editor de los «Archives Bakounine». A 

principios de los años treinta actuó en España como secretario de la 

Internacional Anarquista (AIT). Vive en Amsterdam. Entrevista del 2 de 

junio de 1971 en Amsterdam. 

Madeleine Lehning. Esposa de Arthur Lehning. Es profesora de lenguas en 

Amsterdam. Entrevista del 26 de enero de 1971 en Amsterdam. 

Gastón Leval. Anarquista y escritor. Vive en París. Entrevista del 27 de 

mayo de 1971 en París. 

Enrique Líster, Nuestra guerra. Aportaciones para una historia de la 

guerra nacional revolucionaria del pueblo español 1936-1939. París, 1966, 

pp. 88-89. (General de los comunistas. Actualmente vive en Moscú y es jefe 

del sector prosoviético del Partido Comunista español.) 

Anselmo Lorenzo, El proletariado militante. Memorias de un 

internacional. Primer periodo, Barcelona, sin fecha (1911). (Para el segundo 

comentario, págs. 35-38.) 

César M. Lorenzo, Les anarchistes espagnoles et le pouvoir (1868-1969), 

París, 1970, pp. 78, 149-151 (documentación abundante, pero no siempre 

digna de confianza). 

Colette Marlot. Hija de Durruti. Vive en Bretaña. Entrevista del 29 de 

mayo de 1971 en Quimper. 

Martínez Fraile. Médico de ideas liberales. Vive en Barcelona. Entrevista 

del 7 de mayo de 1971. 

Albert Meltzer, en The Times Literary Supplement (véase). 

Jaume Miravitlles 1, periodista. A principios de los años treinta era 

comunista, después miembro del partido catalanista Esquerra y secretario de 

Companys. Vive en Barcelona. Entrevista del 8 de mayo de 1971 en 

Barcelona. 

Jaume Miravitlles 2, Memorias inéditas, extracto en The Civil War in 

Spain, 1936-1939. Compilado y comentado por Robert Payne, Greenwich, 

Conn, 1968, pp. 63,124-125. 

Florentino Monroy. Ebanista y militante de la CNT. Vive en el sur de 

Francia. Entrevista del 24 de abril de 1971 en Lastours. 

Federica Montseny 1 . Importante política de la CNT en el exilio, redactora 

del periódico L'Espoir. Vive en Toulouse. Entrevista del 21 de abril de 1971 

en Toulouse. 

Federica Montseny 2, en Broué, edición alemana, p. 70 (véase). 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 191 

Federica Montseny 3, en Revista Blanca, Barcelona, 15 de diciembre de 

1932. 

Federica Montseny 4, en Gilbert Guilleminault y André Mahé, L'epopée de 

la révolte. Le román vrai d'un siecle d'anarchisme, 1862-1962, París, 1963, 

p. 343. 

Émilienne Morin, viuda de Durruti, taquidactilógrafa de profesión. Vive en 

París y en Bretaña. Entrevista del 29 de mayo de 1971 en Quimper. 

Niño Napolitano, Ascaso e Durruti nei ricordi deslio, en Era Nueva, Turín, 

1 de enero de 1948. (Memorias de un anarquista italiano.) 

Julio Patán. Obrero de la construcción de León, vive en Toulouse. 

Entrevista del 24 de abril de 1971 en Lastours. 

Abel Paz 1, Paradigma de una revolución, 19 de julio de 1936, en 

Barcelona, prefacio de Federica Montseny, sin fecha ni lugar de edición 

(1967), pp. 45-46, 54-55, 57-58, 61-62, 118-119, 133-135, 152-154. 

(Informe basado en versiones de testigos oculares y documentos; el autor es 

anarquista.) 

Abel Paz 2, Durruti (1896-1936) et la guerre libertaire. En Guérin (véase). 

José Peirats 1, Los anarquistas en la crisis política española, Buenos Aires, 

1964, pp. 46, 86-87, 92, 119-120, 180-183, 190. (Peirats vive exiliado en el 

sur de Francia; fue durante décadas el historiador casi oficial de la CNT y 

tuvo acceso a los archivos del movimiento anarquista.) 

José Peirats 2, La CNT en la revolución española, Toulouse, 1951, tomo 1, 

pp. 50-52, 64-65,162-163, 165, 225-227. 

Francisco Pellicer, en ¡Campo! (véase). 

Manuel Pérez, en: ¡Campo! (véase). 

A. y D. Prudhommeaux, Catalogne 1936-1937. L'armament du peuple. 

¿Que sont la CNT et la FAI?, París, 1937, pp. 11, 18-22,2526. (Número 

extraordinario de la revista trotskista Spartacus, marzo de 1937; contiene 

muchos documentos inaccesibles de otro modo.) 

El Pueblo, Valencia, 24 de noviembre de 1936. Diario, citado según Diego 

Sevilla Andrés (Historia política de la zona roja, Madrid, 1954, p. 320). 

Henri Rabasseire, Espagne, creuset politique, París, 1938. Citado según la 

reedición España, crisol político. Buenos Aires, sin fecha (1966), pp. 222- 

225. (Rabasseire es un seudónimo de Henry M. Pachter, emigrante alemán 

que actualmente enseña en la New School for Social Research de Nueva 

York. Estudio bien documentado sobre el comienzo de la Guerra Civil.) 

N. Ragacini, en Durruti 4 (véase). 

Jean Raynaud, En Espagne rouge, París, 1937, pp. 66-67, 70. Observador 

contrarrevolucionario del campo cristiano. 

Ricardo Rionda Castro. Vidriero de Asturias. Comisario político de la 

columna Durruti en 1936, después de la división 26. Vive en el sur de 

Francia. Entrevista del 23 de abril de 1971, en Réalville. 

V. de Rol, Ascaso, Durruti, Jover. Su obra de militantes. Su vida de 

perseguidos, Buenos Aires, 1927. (Seudónimo de un folleto de lucha de los 

anarquistas de los años veinte.) 

Luis Romero, Tres días de julio, 18, 19 Y 20 de 1936. Barcelona, 1967, pp. 

25-27, 205-209, 234-236, 349-351, 564-565, 567-568, 611-614. (Relato 

verídico basado en noticias periodísticas y entrevistas con testigos oculares.) 



192 



H . M . E nzensberger 



Carrasco de la Rubia (seudónimo), en Durruti 4 (véase). 

Heinz Rüdiger, en Durruti 6 (véase). (Heinz Rüdiger era un anarquista 

alemán que combatió en España.) 

Manuel Salas, en Durruti 4 (véase). 

Diego Abad de Santillán 1, «Buenaventura Durruti 1896-1936». En 

Timón, Barcelona, noviembre de 1938, pp. 11-22 (artículo necrológico de 

un destacado anarquista). 

Diego Abad de Santillán 2, La revolución y la guerra en España, notas 

preliminares para su historia, Buenos Aires, 1938, pp. 34-38, 40-42, 53-54. 

(Santillán vive en Buenos Aires y es lector de una editorial.) 

Diego Abad de Santillán 3, Por qué perdimos la guerra. Una contribución 

a la historia de la tragedia española, Buenos Aires, 1940, pp. 67-68. (Una de 

las pocas autocríticas desde el punto de vista anarquista.) 

Ricardo Sanz 1. Obrero textil de Barcelona. Después de la muerte de 

Durruti asumió el mando de la columna, y más tarde de la división 26. 

Entrevista del 22 de abril de 1971 en Golfech. 

Ricardo Sanz 2, El sindicalismo y la política. Los «Solidarios» Y 

«Nosotros», Toulouse, 1966, pp. 104, 114-115, 127-128, 270271. (Al igual 

que los títulos siguientes, es un informe de tendencia fuertemente 

autobiográfica, algo confuso a trozos.) 

Ricardo Sanz 3, Buenaventura Durruti, Toulouse, 1945 (folleto). 

Ricardo Sanz 4, Los que fuimos a Madrid. Columna Durruti. 26 división, 

Toulouse, 1969, pp. 57,72-73,112-115. 

Víctor Serge, Mémoires d'un Révolutionaire. 1901-1941. París, 1951. 

Versión alemana: Beruf: Revolutinar. Erinnerungen 1901-1917-1941. 

Traducción de Cajetán Freund. Frankfurt am Main 1967. (Para el tercer 

comentario: pp. 63-66.) 

Hugh Slater, «On the Death of the Spanish Anarchist Durruti». En 

Inprecorr, Moscú, 5 de diciembre de 1936 (Servicio de prensa de la 

Komintem). 

Solidaridad Obrera, Barcelona, 6 de marzo de 1936, 30 de julio de 1936, 2 

de agosto de 1936, 21, 22 Y 24 de noviembre de 1936. (Periódico de la 

CNT.) 

Augustin Souchy 1, anarquista. Emigrado en la época de Hitler, tuvo a su 

cargo el servicio de información alemana de la CNT -FAI de Barcelona en 

1936. Vive en Munich. Entrevista del 3 de junio de 1971, en Munich. 

Augustin Souchy 2, Nacht über Spaien, Darmstadt, sin fecha. Citado según 

la reedición: Anarcho-Syndikalisten und RevoZution in Spanien. Ein 

Bericht, Darmstadt, 1969, p. 181. 

Karl Georg von Stackelberg, Legión Candor, Berlín, 1939, pp. 125-126. 

(Propagandista nazi.) 

Hugh Thomas, The Spanish Civil War, Harmondworth, 1961 (detalles para 

el quinto comentario. Compendio manuable y fácilmente asequible. Se 

interesa más por la historia de la guerra y del gabinete político que por el 

proceso revolucionario. No siempre digno de confianza. Detallada 

bibliografía). 

Henri Torres, Accusés hors series, prefacio de J. Kessel, París, 1957, pp. 

219-221. (Memorias de un abogado liberal.) 



E I corto verano de la anarqua (vida y muerte de Dirruti) 193 

León Davídovich Trotski, Lesson of Spain. The Last Warning!, Londres, 

1937, pp. 19-20 (en ediciones post eriores faltan interesantes pasajes). 

Eugenio Valdenebro. Tipógrafo de Barcelona. Vive en las cercanías de 

París. Entrevista del 26 de mayo de 1971 en Choisy-le-Roi. 

Antonio de la Villa, en Durruti 4 (véase). 

Vozkischer Beobachter, Munich, 24 de noviembre de 1936. (Ejemplo de 

noticiario fascista.) 

Simone Weil, Écrits historiques et politiques, París, 1960, pp. 209-214, 

217-223. (Simone Weil fue voluntaria en España y combatió en la columna 

Durruti.) 



índice 



Nota de los traductores 05 

Prólogo 

Los funerales 06 

Primer Comentario 

La historia como ficción colectiva 09 

Balas Perdidas 

Dos aspectos de una ciudad 12 

Informaciones de una hermana 12 

El amigo de la escuela 13 

La huelga general 14 

Los sindicatos 15 

El primer exilio 16 

Mr. Davis del Clavel Blanco 16 

Dinamita 17 

Segundo comentario 

Orígenes del anarquismo español 18 

Los Solidarios 

El terror de los Pistoleros 25 

Miembros del grupo Los Solidarios (1923-1926) 26 

Ascaso 26 

Jover 28 

El dinero para la escuela 29 

Tres razzias 30 

Las armas 31 

La madre 32 

Tercer Comentario 

El dilema español (1917-1931) 33 

El Exilio 

La huida 37 

Una tentativa ingenua 38 

La aventura latinoamericana 40 

La biblioteca ideal 41 

El atentado contra el rey 42 

El proceso 44 

La campaña 45 

La compañera 48 

Extranjeros indeseables 49 

Vida tranquila en Bruselas 49 

Cuarto Comentario 

El dilema español (1931-1936) 50 

La República 

El retorno 53 53 



El primero de mayo 54 

La deplorable República 55 

El destierro 57 

La agitación 58 58 

Sobre el trabajo en las fábricas 60 

La vida cotidiana 60 

El boicot electoral 62 

La rebelión de Zaragoza 63 

Nuevas prisiones 65 

El Frente Popular 66 

La declaración de la lucha 67 

La Victoria 

El preludio 68 

Suena el teléfono. 69 

El comité de defensa 70 

Las sirenas 74 

La lucha callejera 76 

La muerte de Ascaso 77 

La anarquía 80 

La Dualidad de los Poderes 

El problema del poder 82 

La conversación con el presidente 83 

El compromiso 86 

El juicio de Trotski 88 

Un hombre que no calentaba el asiento 89 

La Campaña Militar 

La primera columna 89 

La marcha hacia Zaragoza 90 

Diario de un cura de aldea 92 

Una guerra sin generales 93 

El ángel vengador 94 

Tres periodistas 96 

Notas de una voluntaria 99 

Regreso al cuartel general. 100 

Lunes 17 de agosto 100 

Martes 18 de agosto 101 

Faits divers 102 

El reverso de la medalla 103 

Las ametralladoras 106 

Los principios 109 

La Retaguardia 

La nueva ciudad 111 

La expropiación 114 

La contradicción 115 

10 de agosto de 1936 116 

Situaciones intolerables 117 



LaFAI sale al paso de situaciones intolerables 118 

La escasez 120 

La exhortación 122 

[Primera versión del discurso de Durruti] 123 

[Segunda versión] 124 

Los campesinos 

La liberación 125 

La colectivización 127 

La asamblea está de acuerdo. 128 

Columna Durruti. Viernes 14 y sábado 15 de agosto. 129 

Los propietarios ricos de Zaragoza. 129 

Anécdotas de aldea 130 

Una última tentativa 132 

Proclamación del Consejo Regional de Defensa de Aragón 133 

Quinto Comentario 

El enemigo 134 

Las Milicias 

Un fantástico libro ilustrado 137 

La disciplina 139 

El ejemplo soviético: dos versiones de una carta 140 

A los obreros rusos: 140 

14 de agosto de 1936 141 

La militarización 143 

El principio del fin 145 

Sexto Comentario 

El declinar de los anarquistas 148 

La defensa de Madrid 

Una visita a la capital 151 

El traslado 155 

El peligro 156 

La deliberación 158 

Puros bárbaros 161 

La batalla 162 

21 de noviembre de 1936 163 

Séptimo Comentario 

El héroe 164 

La muerte 

La noticia 166 

El recelo 168 

Valencia, 23 de noviembre 170 

Las siete muertes de Durruti 170 

El testigo ocular 176 

Sus bienes personales 178 



Octavo Comentario 

La revolución envejece 179 

Epílogo 

La posteridad 181 

Fuentes 187